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Zubeldía, desmontando el «antifútbol»

Fútbol / fútbol internacional

Zubeldía, desmontando el «antifútbol»

Día 03/08/2015 –

Zubeldía, desmontando el «antifútbol»
Pionero y revolucionario en el fútbol argentino y mundial. Padre de Bilardo, abuelo de Simeone, y modelo del entrenador obsesivo actual. Para Rinus Michels, «inventor del fútbol total»

Zubeldía, desmontando el «antifútbol»

Si se busca el origen de los terminos opuestos Fútbol Total y Antifútbol se acaba llegando al mismo nombre: Osvaldo Zubeldía.

A Rinus Michels, padre putativo de La Naranja Mecánica y antecedente de Cruyff, le preguntaron una vez. «¿El origen del fútbol total? Lo inventó Osvaldo Zubeldia en Estudiantes de la Plata».

La trayectoria del entrenador argentino en Estudiantes de la Plata entre 1967 y 1971 es conocida: tres Libertadores, una Intercontinental y una leyenda negra.

En este punto hay que precisar que se le achacan a Estudiantes cosas que harían después equipos de Bilardo, su discípulo y proyección en el campo. «Nunca me voy a cansar de repetir que Zubeldía fue mi maestro, tanto en lo futbolístico como en lo humano». No está del todo claro, por ejemplo, que Estudiantes pinchase a los rivales con alfileres, ni que les ofreciera a beber bebidas somníferas, ni que recomendara a los mujeres de los futbolistas que, en la hora suprema del amor (o coito, que dicen los muy precisos), se colocaran encima para ahorrar energías balompédicas.

Pero sí hay otras cosas que están demostradas. Contrataba a árbitros para dar charlas a los futbolistas sobre cuáles eran las fronteras de lo permitido. Escarbaba así en los límites del reglamento para sacar ventaja, por ejemplo, de las cesiones repetidas al portero. Por abusos así hubo que limitar, años después, los tiempos de posesión, estableciéndose una persecución entre reglamentadores y entrenadores (Nota: ¿No debería un buen entrenador, o al menos una generación, llevar siempre al límite su reglamento, hasta forzar su modificación?)

También se sabe que en la plantilla había alguien (se sospecha que Bilardo) encargado de conocer las debilidades en la vida privada de los rivales para usar la información durante el encuentro. «Si a un jugador le dices cornudo, lo desestabilizas», aseguraba Poletti, portero del equipo.

En un amistoso veraniego en España contra el Valencia, llegaron al final con empate y, como la organización había establecido que no habría penaltis, tocaba jugársela a cara o cruz. Bilardo le dijo a su capitán lo que tenía que hacer: «Antes de que la moneda llegue al suelo comienza a celebrarlo. Iremos todos corriendo y nos tiraremos encima». La Copa, claro, viajó a Argentina.

Estudiantes de La Plata se confunde a veces con la posterior leyenda personal de Bilardo. Su Argentina de Italia 90 y ese Estudiantes del 67 al 71 figuraban entre los tres equipos más odiados de la historia en una encuesta realizada años atrás.

El fin del lirismo

Pero Zubeldía fue pionero de algo malo y de mucho bueno, e inauguró una genealogía que vía Bilardo y Sabella (Estudiantes, «pincharratas») llega claramente hasta Simeone; sentó las bases del predominio táctico argentino en América (en la última Copa América, cuatro seleccionadores semifinalistas) y fue uno de los primeros modelos del entrenador obsesivo actual.

Para Malbernat, futbolista de ese equipo, la etiqueta de antifútbol fue producto de la impotencia de los clubes grandes argetinos. En el argetino Olé declaró: «Zubeldía acabó con todos y luego todos nos copiaron. Acabó con el lirismo y con los entrenadores que sólo decian ‘triangule’».

En similares términos se defendió Zubeldía alguna vez: «Los que nos critican son los que durante la semana lo único que hacen es un partidito entre reserva y primera y con eso pretenden armar un equipo».

Zubeldía, desmontando el «antifútbol»
Veamos su obra.

Zubeldía fue jugador, un mediocampista correcto que llegó a jugar en Boca Juniors. En sus últimos años compatibilizaba jugar con Banfield en la B los sábados y entrenar a Atlanta en A los domingos. «Era lento para jugar, pero rápido para entrenar», dijo de él Griguol, amigo, alumno y cinco de Atalanta.

Su interés por lo táctico era tal que, junto a a Argentino Geronazzo, escribió uno de los primeros manuales para entrenadores del continente «Táctica y estrategia del fútbol». Proponían un juego elástico, un 2-2-2-2-2 y la superación del hegemónico 4-2-4 brasileño. «No nos convence el desdén brasileño por el medio del campo».

Las evoluciones tácticas de Zubeldía no acabaron con él. Había abierto un surco de creatividad. A Bilardo se le considera (o, más bien, se considera él mismo) «inventor» del 3-5-2, un sistema que permitiría hacer frente a equipos con tres delanteros y, a la vez, poblar el centro del campo.

Es decir, que a la acreditada picardía añadían una eminente preocupación táctica.

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Zubeldía importó todo lo que pudo conocer del fútbol extranjero, actualizó el fútbol argentino, lo profesionalizó y europeizó tras veinte años de dulce estancamiento táctico con Stabile y una declarada complacencia en el esteticismo y superioridad técnica del argentino.

Bilardo cuenta, por ejemplo, que la utilización del fuera de juego la observó Zubeldía como jugador en un amistoso en La Bombonera ante el Norrköping sueco, y anotó el hallazgo. Años más tarde, el técnico explicaría por qué: «Creo en la táctica del offside porque aplasta moralmente al adversario; el delantero que cae cinco veces en fuera de juego acaba teniendo miedo de ir al área».

Tras Atlanta, un equipo que regalaba flores al público al inicio de los partidos, y donde pudo dar entrada a un joven Loco Gatti, fue fichado por Estudiantes.

El trabajo allí fue cooperativo. Estaba esperando Miguel Ubaldo Ignomiriello, el preparador físico, que, inspirado en la lectura de un libro sobre la mejor organización del trabajador en las fábricas, comenzó a recomendar el doble y triple turno. Y estaba Urrolabeitia, responsable de una cantera que daba sus frutos. Tenían una estupenda generación que jugaba en la Tercera argentina y que era conocida como La Tercera que Mata. Allí, entre otros, la Bruja Verón (padre).

Zubeldía aprovecha inmediatamente esa generación, licencia a medio equipo, hace fichajes como el del joven Bilardo y transforma al club modesto en un grande continental.

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Bilardo cuenta una anécdota sobre ese momento inicial: «Nos convocó en la estación a las siete de la mañana, una hora antes de lo normal. Nos dijo que observáramos a la gente. Eramos nueve mirando a miles de madrugadores. ¿Esperamos a alguien más? No, quería que vieran esto. Ustedes son futbolistas. Hacen algo que les gusta. Se puede decir que juegan por placer. Ellos viven corriendo, ganan poco dinero y deben soportar a los jefes. Si me hacen caso y corren, si son buenos profesionales, dejando de lado todo lo demás para entrenar fuerte, doble turno, concentrarse y vivir para esto unos cinco años, podemos llegar lejos. Serán famosos y ganarán dinero. Y si no fuera así -mirando la muchedumbre- seremos uno más de ellos». Es decir, trabajar mucho para no tener que trabajar.

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«A la gloria o a Villa Devoto»

Zubeldía marcó la trayectoria de esos jóvenes. «La superación es el mandato de la juventud», decía. «Juega cada partido como tu debut» era otro de sus lemas. Los jugadores repondieron y el equipo pasó a la historia ganando la Intercontinental en Old Trafford contra el Manchester United de Charlton, Stiles y George Best. «¡Animals!», les gritaba el público local. La víspera del encuentro, con la intención de revertir el estado de ánimo, Bilardo y compañía propagaron que la cena del hotel estaba podrida, en mal estado. «Armamos un escándalo que salió en todos lados y les pasamos la presión a ellos».

En el museo del United aún se conserva la pizarra con el mensaje de Zubeldía: «A la gloria no se llega por un camino de rosas».

Si Manchester fue el cénit, otra final Intercontineal, la jugada ante el Milan, depararía el peor recuerdo de ese equipo (hay noticias sobre ese encuentro escandaloso en la prensa española de la época). Estudiantes venía de perder 3-0 en la ida y la vuelta se jugó en La Bombonera. Hubo puñetazos, rostros ensangrentados y orgullosas celebraciones pugilísticas dedicadas a la grada. Una apoteosis de violencia que el propio Zubeldía no pudo olvidar. Al final, tres de sus jugadores fueron arrestados y llevados a un presidio llamado Villa Devoto. Tras la experiencia, Bilardo acuñó en el vestuario la frase «A la gloria o a Villa Devoto». Para las derrotas, Bilardo tenía otra: «Hoy le cantamos a Gardel y el domingo que viene nos desquitamos».

Una de las más duras fue la sufrida contra el Feyenoord en otra Intercontinental. Era la decadencia de un equipo laborioso que había conseguido un juego revolucionario. Porque Zubeldía fue un pionero: las concentraciones prolongadas, los entrenamientos a doble turno y el uso de la pizarra, el córner a pierna cambiada, el córner al primer palo, la barrera de cara al lanzador, la estrategia, el saque en corto, el balón parado durante la semana, pero también el paso adelante de fuera de juego como recurso, la presión arriba, el callejón sin salida en la banda para las contras, el medio barredor o los marcajes individuales (Zubeldía formuló esto de un modo inolvidable tras la ida de la final contra el Milan: «Cada uno tendrá quien lo cuide»).

Ese Estudiantes hacía un fútbol reconocible como bloque y estudiaba cada detalle del rival. «El equipo que juega es aquel al que le dejan jugar». Para Bilardo: «Hay muchas formas, Zubeldía las sabía todas». Una vez se presentó en el campo con una pelota de rugby: «Jueguen con ésta». Pero el equipo no era táctica marcial: el historico Verón, su delantero, permutaba posiciones con facilidad, y Poletti, el portero, enseñaba algunos atributos de portero moderno.

Zubeldía hablaba con sus jugadores. «Una táctica, para que funcione, ha de nacer del diálogo entre los dos». «Todo se discutía en el vestuario, pero la última palabra la tenía él», certificó Poletti. En ese clima de trabajo y diálogo, si el jugador cumplía era difícil de sacar. «Lo más triste era retirar del once a alguno. Es el problema más duro. Cuando me toca hacerlo no puedo dormir, tengo que pedirle pastillas al médico para tranquilizarme».

Su paternalismo dialogante con los futbolistas lo explica mejor que nada esta anécdota de Bilardo: «Ganamos a River y entramos en la Copa. Zubeldía nos reunió: «A ver, ¿quién quiere casarse?» Pero cómo, respondimos. «Sí, dijo. O se casan ahora o se casan el año que viene, durante el año ya no se casa nadie». Llamamos a nuestras novias y nos casamos siete. Y otros siete el año siguiente».

Ese Estudiantes fue una de las primeras potencias psicológicas. Dio la vuelta olímpica en Old Trafford y ganó la Libertadores a un equipo uruguayo en el mismo estadio Centenario de Montevideo, algo que nadie hizo jamás. El representante uruguayo Paco Casal, que por entonces era recogepelotas allí, ha contado que Bilardo le daba monedas (se entiende que salía con ellas al terreno de juego) para que retrasase a su antojo la devolución de la pelota. Es decir, que llegó a comprar al recopelotas en campo contrario.

Bilardo versus Zubeldía

Maestro y alumno llegaron a enfrentarse: un Deportivo Cali-Nacional de Medellín. Ganó Bilardo, que una vez llegó a enfadarse con Zubeldía cuando le vio explicando por televisión la manera de contrarrestar el fuera de juego. Lo cuenta Nicolás Morente: «Estaba furioso, no lo podía creer. Lo llamó: ¿Se da cuenta de que usted los viene matando con esa jugada y encima la explica? ¿Se da cuenta de que reveló uno de nuestros mayores secretos? Sí, lo hice para que me ayuden a pensar para crear otra nueva jugada, le contestó». Cuando Bilardo ganó el Mundial en 1986, entre lágrimas, tuvo unas palabras para Zubeldía.

Tras abandonar Estudiantes, D. Osvaldo entrenó, con menos fortuna, a otros equipos argentinos: Huracán, Velez, Rácing y San Lorenzo, donde sí ganó. Luego se fue a Colombia e hizo campeón al Atlético Nacional. Maturana ha reconocido su influencia decisiva en el fútbol de ese país. «Revolucioné en el fútbol colombiano porque acabé con la siesta», simplificó él.

Puede concluirse que el antifútbol fue un invento para desprestigiar la obra de Zubeldía. Afilado ingenio del que pierde, consolación moral. Busquemos el juicio superior del escritor argentino Roberto Fontanarrosa: «Una corriente trajo el antifútbol para calificar la destrucción de Estudiantes, de este Estudiantes que ha ganado los más grandes elogios que quizá se hayan tributado jamás en la prensa extranjera a un equipo argentino. Marcar con todos sus hombres y en toda la cancha no puede ser antifútbol».

Volviendo a la opinión de Rinus Michels, es más fácil creer que esa unidad colectiva, que ese fútbol unitario en defensa y ataque, que ese fútbol-bloque, macizo, entero, orquestado, fuera una de las primeras manifestaciones de fútbol total.

Zubeldía, desmontando el «antifútbol»
Fontanarrosa va más lejos: «Tampoco puede ser antifútbol desde el punto de vista humano». Se refería con ello al esfuerzo, vigor y personalidad d sus apasionados ejecutantes.

El futbolista y luego político Antonio Rattín dijo de Zubeldía que «no tenía vida privada, ni familia, ni nada». Sólo fútbol. Sí tuvo descendencia, al parecer. Y dicen que leía filosofía. Tímido, reflexivo, amable, poco enfático, con un divertido tono profesoral y quisquilloso. Más cerca de Benítez que de Mourinho. Vivió dedicado al trabajo, nunca faltó a un entrenamiento, y su única afición fueron las carreras de caballos. Así murió en Medellín en 1982, después de sellar una apuesta.

Si nos remontamos por el antifútbol y el fútbol total llegamos, como resolviendo una contradicción, hasta Osvaldo Zubeldía. Con él se entiende mejor la figura actual del entrenador obsesivo y la mixtificacion de quienes dividieron el fútbol en extravagantes categorías. «Acá se confunde todo, fútbol con antifútbol, responsabilidad con destrucción. El fútbol es uno solo y es el que se juega bien».

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