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¡Viajó al año 2006 y te lo cuento!

¡Hola queridos taringueros!

Les traigo el quinto capítulo de la historia que estoy escribiendo, acerca de un pibe que viaja al año 2006.

Al sexto capítulo lo estoy terminando, y en cuanto esté listo lo subo acá y en mi blog.

¡Viajó al año 2006 y te lo cuento!

Pasen por acá para leer los capítulos anteriores:

Capítulo 4: Cosas que no cambian con el tiempo

Capítulo 3: Te estoy hablando en serio

Capítulo 2: Déjà vu por la mañana

Capítulo 1: Todo tiempo pasado fue mejor

iteratura amateur

Muchas gracias a todos por sus comentarios, puntos y firmas en mi blog; me animan a seguir escribiendo y a seguir dándolo a conocer. ¡Gracias!

tengo que darle de comer al gato

Ahora sí, el quinto capítulo:

Capítulo V: Swinger temporal

Lucas reconoce inmediatamente el sonido, y aunque sueña que está en el 2006 viendo los partidos del Mundial y Casados con Hijos a la vez (cosas que sólo pasan en el mundo onírico) sabe perfectamente que eso que suena es su despertador. El Ratón Ayala despeja una pelota que Dardo y Pepe pelean en el mediocampo pero de fondo suena Barón Rojo de Ciro y Los Persas. Lentamente la conciencia le comienza a ganar al sopor y el partido híbrido desaparece mientras la música aumenta y se hace más vívida. Abre los ojos y está tirado en el pasillo de su departamento y en alguna parte suena su teléfono, configurado para despertarlo de lunes a viernes a las 7 de la mañana.

Un nuevo día comienza en San Juan, y los calendarios marcan rigurosamente que es martes 24 de marzo del año 2015…



“¿Qué carajo está pasando? Estoy otra vez en mi departamento… otra vez en el 2015, ¿o no?”, alcanza a pensar Lucas mientras se incorpora, nuevamente aturdido por el sueño y por no saber ciertamente dónde (y cuándo) se encuentra. Se apoya en la pared del angosto pasillo y busca, todavía mareado, la procedencia de la canción. Encara para su cuarto pero el sonido se aleja. “No, por aquí no está”, susurra mientras da media vuelta para seguir la búsqueda por otras habitaciones. Revisa el cuarto del lavarropas, el baño y la cocina pero no encuentra nada. El teléfono sigue sonando y sonando; Ciro canta y Los Persas tocan, mientras Lucas busca e insulta.

Siente como si tuviese resaca, resfrío, hambre y sueño a la vez. Una escena de domingo invernal al mediodía luego de un boliche (o dos) con un par de revolcadas en algún patio o plaza (porque el césped en su cuerpo tiene que haber salido de algún lado). Su departamento está igual o peor que él y tiene la extraña sensación zumbante de haber estado escuchando música muy fuerte. Indudablemente Lucas ha estado de fiesta y el teatro de operaciones fue su departamento. Camina por lo que parece ser el fondo de un boliche (pero que en realidad es su cocina) y tropieza con una botella de vidrio, que gira tintineante entre las patas de las sillas y queda dando vueltas contra la pared. Hay charcos de ¿agua? por aquí y chipotes chorreando por allá. Ciro sigue cantando.

Rascándose la despeinada cabeza camina hacia el living-comedor tratando de recordar qué hizo anoche, pero sólo recuerda haber chateado con Lucía en el 2006. No tiene recuerdo alguno de lo que sea que haya ocurrido en el 2015. Los Persas hacen silencio justo cuando Lucas encuentra cinco cajas de pizza desperdigadas por el piso y los muebles, y una prenda de vestir negra que, cree, puede ser una “camperita” (siempre escuchó a Gema llamar así a los abrigos que en realidad no abrigan) enredada entre los joystick de la Play.

Cualquiera que entrara y lo viese a Lucas parado en el medio de ese desastre, en calzoncillos, despeinado y con pasto por todas partes, no hubiese dudado de la ferocidad de la fiesta a la que ese cuerpo estuvo sometido. Pero en lo que a Lucas respecta, él no estuvo en ningún descontrolado festejo. Sí estuvo en el pasado, chateando con mujeres que ya no ve y paseando por un mundo que ya no existe; pero definitivamente no anduvo de parranda. “Bue –dice, perdido, Lucas- ¿qué onda con esto? Parece que aquí la pasaron bastante bien… botellas de vodka, fernet, cajas de pizza, ropa tirada… porciones de pizza a medio comer. Más pasto…”.

Como si quisieran tercamente que les prestaran atención, los Persas interpretan nuevamente Barón Rojo, al tiempo que Lucas prende la televisión para chequear en qué año se encuentra. Cambia de canal y busca los informativos, aunque el menú de DirecTV le indica claramente la fecha. “Sí, estoy de nuevo en el 2015; medio gordo otra vez y con la casa hecha un quilombo”, dice mientras busca nuevamente el teléfono. Descartado su cuarto, el baño, la cocina y la sala de lavado no le queda otra que el balcón (“O vaya uno a saber dónde”), y así como estaba (en ropa interior) se asoma para ver si el aparato está o no allí afuera. El espectáculo es casi el mismo que adentro, con vasos, botellas y pizza por todos lados. Hay tapitas de cerveza y envoltorios de sorbetes (“¡¿WTF?!”) tirados entre colillas de cigarros, pero lo más importante es que la reconocida melodía de Barón Rojo está en primer plano. Lucas revuelve un poco la mugre y finalmente encuentra el teléfono en una maceta, sonando desesperadamente y con el segundo cartel de batería baja.

Está de nuevo en el 2015 y siente, sin embargo, una lejana nostalgia. El aire que respira es el del presente y ya no está de visita en un lugar perdido en la memoria; es él nuevamente y todo lo que lo rodea lo define, habla de él. Allí está la Play 3 enchufada permanentemente al led de 40 pulgadas; la computadora con el sistema de audio, los muebles que hacen juego con el decorado. Está en su casa, su lugar, pero aún así le gustaría haber disfrutado más del 2006. Le hubiese gustado seguir siendo un adolescente y disfrutar de esa época, a pesar de que ahora está en su año, con su gente y su novia. En el 2006 era un pibe y disfrutaba de la libertad de salir siempre y conocer chicas, de escuchar música nueva; pero ahora también disfrutaba de tener su propia plata y de no pedirle permiso a nadie, con su tiempo, sus obligaciones, con el control de su propio destino, con su trabajo…

– ¡El trabajo! -gritó desesperado- ¿Qué hora es? ¿Hoy es lunes o es martes? ¡LPM!

Buscó nuevamente el teléfono, que había dejado cargando en su cuarto, y vio la cantidad enorme de notificaciones que tenía. Le sacó el modo avión y rogó que todo estuviese en orden aunque intuía que no sería así. Sabía que Noelia lo habría estado llamando, que desde el trabajo habrían intentado ponerse en contacto con él y que si no pensaba rápido en una excusa lo podrían suspender o, peor, despedir.

Mientras se reactivaban las funciones de red miró el panel de notificaciones y era una fila interminable de íconos:



¡Viajó al año 2006 y te lo cuento!

Mensajes, llamadas, llamadas de WhatsApp, notificaciones y mensajes de Facebook, de todo… y eso que estaba en modo avión. “Desde cuándo estará en modo avión, y desde cuándo estarán todos estos mensajes y llamadas…”, se dijo Lucas mientras revisaba el celular.

Lo que vio era algo inédito: 27 mensajes sin leer, 1067 whatsapp (1053 de sus grupos, los 14 restantes eran mensajes individuales), 15 llamadas perdidas, 9 mensajes de Facebook y 2 notificaciones. “Menos mal que no uso Twitter…”, dijo.

De los 27 mensajes de texto, 10 eran llamadas perdidas de Noelia; 7 de su trabajo, otros tantos de su hermana y de sus padres, y dos eran de números desconocidos. El restante era un mensaje de Noelia: “Lucas si no me atendes cuando t llamo o me resp los wsapp juro q no t hablo mas, en serio t digo”.

En WhatsApp la cosa se ponía peor, porque no sólo estaban “vistos” los mensajes de Noelia, sino que hasta les habían respondido algunos. Al parecer, el que le escribió se le había hecho el chistoso respondiéndole tonteras. Un simple “chau lucas no me hables mas” dictaminaba un cierre temporal en las relaciones diplomáticas de ambos. Los mensajes de Facebook no eran otra cosa que un intento de Noe y de sus compañeros de trabajo de comunicarse con él, y pensando que le habrían firmado el muro también, se encontró con que las notificaciones eran de dos etiquetas de fotos. La cosa se ponía más extraña aún.

En una de las imágenes aparecía con sus compañeros de la Secundaria tomando fernet en una plaza (“Eso explica el pasto”, pensó Lucas); y en la otra, las personas que posaban eran desconocidos. De fondo se podía ver a Ramiro y a Nicolás jugando a la play con un grupito de chicas, pero en la parte superior derecha, casi en el filo de la imagen, aparecía él besándose con una desconocida. De pronto Lucas sintió cómo su rostro comenzó a deslizarse lentamente hacia abajo, mientras su corazón debatía entre detenerse para siempre o lanzarse al galope como un caballo por una estepa rusa: ahí estaba él, ya sin remera y con pasto por todos lados, abrazado a lo que parecía ser una desconocida, etiquetado en Facebook y escrachado a la vista de todos, pero principalmente de Noelia. Si no entendía nada cuando se despertó en medio de un apocalipsis posfiesta, después de haber estado un día entero en el 2006 disfrutando de una experiencia metafísica y digna de atesorar por siempre, más confundido estaba ahora que podía ver cómo su presente se iba al tacho.

¿Las cosas pueden empeorar? Oh, sí; claro que sí. Con la reactivación de los datos móviles comenzaron a llegar nuevas notificaciones y nuevos mensajes. Entre los múltiples Me Gusta que tenía la foto de Lucas besándose aparecían los de algunas amigas de Noelia, y la catarata de comentarios decía de todo. El más llamativo era el de el propio Nico (etiquetado también en la foto) que decía “Penal en el minuto 47 del segundo tiempo, bro?”. Pero el que sin dudas llenó a Lucas de turbación fue el de una prima de Noelia: “Que lindo tu novio Noe Garcia es re cariñoso con las trolas”. Listo. Punto final. Si su novia no había alcanzado a odiarlo por su “desaparición” el día anterior, ahora sí que no había vuelta atrás.

A las ocho y diez llegó un mensaje de un compañero de trabajo preguntándole si estaba bien y si hoy iba a trabajar o también faltaría. Lucas estaba al borde de una crisis: sin saber qué había pasado en el 2015 mientras él paseaba en el 2006, con un gravísimo e inminente conflicto nuclear con su novia, con un desastre en la casa y con una resaca como para cuatro, tenía que definir si iba a trabajar o si (por lo visto) volvía a faltar. Lo llamativo entre tantas malas noticias es que él se sentía bien, sin sueño y con los recuerdos del 2006 frescos. Pero su cuerpo, al que parecía que le habían pegado una paliza alcohólica, se negaba a funcionar correctamente. Cuando se incorporó para ducharse y tratar de arreglar todo, sintió que el mundo estaba al revés y cayó mareado. No se despertaría sino hasta las cuatro de la tarde.

En todo ese tiempo el teléfono siguió sonando. Llamadas telefónicas, mensajes, notificaciones de Facebook y hasta una solicitud de amistad. Sobre las doce y media alguien tocó el timbre y golpeó la puerta por un largo rato, pero al encontrar silencio como respuesta se retiró. A las 13:43 Noelia le volvió a escribir por WhatsApp, y a las 14:12 lo llamaron dos veces del trabajo. Lucas permanecía profundamente dormido. Soñó que se encontraba con Lucía, la chica del MSN, tal y como lo habían acordado, y que conversaban sobre salir a bailar y algunas cosas sin sentido. Por momentos la miraba fijamente y creía verla con la cara de Noelia. Y en otro pasaje del sueño era Lucía la que hablaba, pero la voz era la de su actual novia (¿o ex?). A veces caminaba de la mano con ambas, una de cada lado, y en otro momento las besaba a las dos a la vez.

Un mensaje de Facebook y su “dinggg” agudo lo despertó a las 16:02, y antes de que el reloj marcara las cinco menos cuarto ya estaba a dos cuadras de la casa de Noelia, dispuesto a explicarle todo y a arreglar el terrible problema que cargaba en su espalda.

Estacionó el auto y tomó coraje, golpeó la puerta de la casa y esperó. Fueron los 45 segundos más largos de su vida. Luego de los acostumbrados ladridos del insoportable caniche que tenían, se escucharon pasos. Luego, una llave giró, la cerradura se destrabó y los resortes gastados del picaporte se quejaron al bajar éste y abrirse la puerta.

– ¡Lucas! ¿Cómo estás? –dijo la madre de Noelia, sorprendida por la visita.

– Hola, muy bien… Eh, ¿está Noelia?

– No, salió temprano a la casa de una compañera a estudiar.

– (Bien, la vieja ni se ha enterado. Punto a favor.) Eh, sí, está todo bien. ¿No sabe con qué compañera está estudiando?

– No, no me dijo. ¿Por qué no le llamás? Pasá, pasá, no te quedés en la puerta.

– Ya le he llamado y no responde; debe haberlo puesto en silencio. No se preocupe, pasaba a darle una sorpresa porque salí temprano de trabajar; ya me voy…

– Bueno, como querás. Cuando llegue le aviso que viniste por si todavía no te contactás con ella.

– Bueno, muchas gracias –gritó Lucas, ya con las llaves en la mano y saliendo por el portón hacia el auto.

El teléfono de Noelia no estaba en silencio. Ella lo había dejado sonar cada vez que Lucas la llamó. Estaba en la casa de una compañera, sí, pero no estudiando. Estaba devastada por lo que había sucedido y no tenía ganas de hablar o leer a su novio. Quería tomar una decisión en frío, porque así, como estaba, prefería no verlo nunca más.

Lucas llamó por teléfono a cada una de las amigas y compañeras de Noelia, pero ninguna supo (o quiso) decirle dónde estaba. Eran ya las nueve de la noche y agotados los recursos para dar con su novia, prosiguió al siguiente ítem de la lista: encontrar a sus amigos y pedirle que le explicaran qué había sucedido. Ya había arreglado todo en su trabajo: les dijo que el domingo a la noche había estado en una fiesta y que se había excedido con el alcohol. Le reprocharon que no les hubiese avisado y que los dos días se les descontarían del sueldo. Y otra cosa: que no volviese a faltar así al menos por un año o dos. “Sí, sí” les dijo Lucas, agradecido de que no lo despidieran o suspendieran.

– Francisco, ¿dónde estás?

– ¡Lucas! Hermano, todo bien; en casa, ¿por?

– Necesito hablar con vos urgentemente…

– Sí, mirá, ahora no puedo: estoy por cenar y la nena está medio enferma. Tiene fiebre y está dele de llorar… ¿te parece mañana, locura?

– Uh, lpm… bueno, dale.

– ¿Estás bien, hermano?

– No, no estoy bien. Después te cuento…

Lucas llamó varias veces a Pablo pero le saltaba el buzón de voz. Quiso hablar con Fernando pero éste no le atendía (estaba bañándose). Decidió ir a la casa de Nicolás, pero se acordó de que era martes y que debía estar jugando al fútbol con los amigos. El único que le atendió el teléfono fue Ramiro:

– Viejo, ¿dónde estás?

– Eh, moquero hdp, ¡hasta que al fin apareciste! –le dijo Ramiro.

– Escuchame, ¿dónde estás?

– En la casa de mi novia, ¿vos?

– En la calle. Mirá, no sé qué está pasando, ¿podés juntarte un toque?

– ¿Y qué te pensás que va a pasar, salame? Te gastás casi todo tu sueldo en una noche y te acostás con descono…

– ¿Me acosté con la de la foto?

– Bah, qué sé yo, si no sabés vos… bueno, te gastás un fangote de guita en fiestas y boludeces, te comés a desconocidas y después la subís a Facebook… ¿encima preguntás qué está pasando? Dejame adivinar… Ommm…. Ommmm: Noelia te dejó, ¿no?

– Escuchame…

– Sos un boludo, Lucas.

– No sé qué pasó anoche…

– Yo tampoco sé qué te pasó ayer, pero estabas sacado…

Lucas no lo sabe, y en realidad nadie lo sospecha tampoco. Pero mientras él estuvo en el pasado disfrutando nuevamente de su estadía como adolescente, el Lucas del 2006 se acostó un domingo y despertó un lunes en una cama totalmente desconocida… en el año 2015.

ano 2015

¡Muchas gracias por pasar por el post y leer! Espero que les haya gustado ¡Viajó al año 2006 y te lo cuento!¡Viajó al año 2006 y te lo cuento!

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