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Venezuela hoy: cómo es el día a día sin comida ni remedios

Venezuela hoy: cómo es el día a día sin comida ni remedios

                               ¡Bienvenidos!





-Hola. En este post no voy a poner nada gracioso. Un Tarnguero; @anthonybrianx100 nos mostró la realidad de Venezuela en varios posts, nos mostró la odisea de ir a un mercado a las 2 Am y volver a casa con las manos vacías después de mas de 8 horas de espera. En las noticas de casi todos los días se ve o escucha cosas que pasan en Venezuela, desde desaparición de periodistas que simplemente cuentan la verdad de lo que pasa, hasta gente muriendo de hambre. Bueno, en fin, sin más preambulos, comencemos.









Las colas rodean al mercado como los tentáculos al pulpo: largas, retorcidas, dando la vuelta. Es gente que se acercó por la madrugada a comprar algo para comer. “Algo” es un paquete de arroz o uno de harina o leche, azúcar. Son casi las nueve de la mañana y afuera del Mercado de Catia, en el oeste de Caracas, el sol está en todos lados: sobre los pollitos teñidos de fucsia que pían en una caja de cartón y cuestan monedas, sobre las papas que alguien tomó de la basura, limpió un poco y ahora vende en la vereda; un sol que rebota en las faldas blancas de las santeras. Una mujer –las cejas dibujadas, los labios carmín– espera en la fila desde las cuatro de la mañana. La numeraron apenas llegó. En una mano, con un trazo de fibrón indeleble, lleva el 160 y en la otra, con birome, el 128. Eso indica, al menos, tres cosas: que delante suyo hay un centenar de personas, que hará dos filas en simultáneo y que debe estar atenta para que nadie se cuele. Lo que no sabe es qué podrá llevarse. “Lo que me den, chama, no tengo nada para comer. Hace como un mes comí plátano, pero ya no como más proteína. Las criaturas se desmayan en la escuela, a nosotros nos da mareo. Uno está aquí, espera, pero eso no garantiza que podamos comprar. Vemos llegar a los camiones pero los productos desaparecen. Dejamos de compartir la comida y de hacer trueque en el trabajo. Ya uno se queda con lo que tiene, lo cuida, lo estira. No se aguanta más esto”, dice.







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El Mercado de Catia conserva su fachada original: arcadas de color bordó sobre un frente rosado, y grandes ventanales enrejados y cubiertos por unos plásticos que recuerdan que éste es un monumento histórico nacional. Adentro hay 260 puestos distribuidos en diez pasillos pero salvo el puñado de vendedores nadie camina por ahí. Este es uno de los lugares donde el Gobierno Bolivariano de Venezuela distribuye alimentos básicos a precios “regulados”, es decir, baratos. Una semana atrás, el 31 de mayo, hubo aquí un intento de saqueo. Hacia el mediodía, los feriantes avisaron que ya habían vendido toda la mercadería y las colas se desordenaron. Quemaron basura, hubo gritos y corridas. En los locales aledaños bajaron las persianas. La Guardia y la Policía Nacional llegaron de inmediato, a los balazos. Nadie logró llevarse algo del mercado: era cierto que nada quedaba. Pero esta mañana no hay agentes que custodien los ingresos. Son horas de paciencia. En la cola, sentado sobre el escalón que se separa la vereda de la pared del mercado, un hombre dormita con la cabeza apoyada en su bastón. El aire huele a sudor de una noche entera.





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Caracas está anclada en un valle, rodeada de sierras verdes muy verdes, donde siempre es primavera. Su superficie es de 845 kilómetros cuadrados: casi tres veces La Matanza pero con el quíntuple de sus habitantes. De acuerdo al último censo, realizado hace cinco años, viven 6.904.376 personas, es decir que uno de cada diez venezolanos habita algún barrio de esta ciudad. La ciudad crece en forma vertical: una casita al lado de la otra, encima de la otra, conectada a la otra, incrustada en pasillos angostos que trepan las montañas. Caracas es la sede administrativa de Venezuela, un país que tiene la inflación más alta del mundo y el PBI por debajo del de Nigeria. Aquí llenar un tanque de nafta de treinta litros es más barato que comprar una botella de agua. Si es que el agua está disponible para la venta, porque lo cierto es que por estos días lo que no hay es comida para todos. Tampoco hay productos de limpieza ni de higiene personal. Algunas cosas se consiguen en el mercado negro –llamado “bachaqueo”– a precios multiplicados por diez o más que los que fija el Gobierno. El “no hay” es como el graffiti de la ciudad.





Los motivos de la escasez son varios y están encadenados. El ingreso de Venezuela depende del petróleo, cuyo valor está por el piso. Mientras entre 2013 y 2014 el barril se vendía a 100 dólares, hoy está en 40: el precio más bajo en doce años. El bolívar, moneda nacional, ha caído de forma estrepitosa. El Estado no tiene plata para comprar materia prima y entregarla a las empresas –muchas de ellas expropiadas por el chavismo– para que elaboren los productos. Las empresas, por su parte, tampoco hicieron mucho para abastecer a la población: no sembraron, no invirtieron. Y las extranjeras no proveen mercadería por temor a que no les paguen.

El Gobierno controla el cambio. Ahora, a junio de 2016, hay tres tipos: un dólar “protegido”, que se destina a comida y medicamentos, fijado en 10 bolívares; un dólar oficial que se vende a 548 bolívares en las casas de cambio; y un dólar paralelo: mil bolívares por dólar. Este último es el que manda en la calle y sobrevalúa al dólar, lo que genera una alta demanda y, por ende, una inflación descomunal. En lo que va del año es del 125,7%, según sondeos privados. El Fondo Monetario Internacional, siempre atento a los países latinoamericanos en crisis, se limpia las babas: pronostica un 700% de inflación hacia fines de año.

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Pero: la comida. ¿Por qué no hay alimentos regulados por el Gobierno? Tomemos un producto que por tradición es como la yerba para los argentinos: la harina de maíz. Aquí la llaman harina pan y es la base de la dieta de los venezolanos porque con ella hacen las arepas. La receta es sencilla: basta con mezclar un kilo de esa harina con agua y sal para que salgan, más o menos, veinte arepas, cantidad que se consume en tres días en una familia de cuatro integrantes. El 23 de mayo, el Gobierno fijó el precio al público del kilo de la harina de maíz a 190 bolívares. También designó a la policía para que distribuya los paquetes y a las organizaciones chavistas a venderlas en los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, mercaditos que funcionan en cada barrio y al que se refieren por sus siglas: CLAP. Algo pasa entre la distribución que hacen las fuerzas armadas y quienes reciben esa mercadería en los barrios porque la harina pan no llega. Los dueños de los mercados privados hacen lo suyo: la guardan, especulan con el desabastecimiento, la venden carísima.

Para conseguir harina pan (o mantequilla o desodorante) hay que recurrir al bachaqueo, el mercado ilegal. Los bachaqueros no están en la calle ni en sus casas, y a veces no tienen, siquiera, nombre. Los bachaqueros están en las redes sociales: grupos cerrados en Facebook o en WhatsApp. Volvamos al ejemplo de la harina pan: los bachaqueros venden el kilo a 6 mil bolívares, treinta veces más caro que el precio fijado por el Gobierno. Y entre todo, un dato: alrededor del 70% de los venezolanos cobra “la mínima”: 15 mil bolívares por mes, más 18 mil en tickets para usar en los mercados donde —aquí se cierra el círculo— no se consiguen alimentos a precios regulados.

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“¿Y tú para qué quieres saber tanto amiga? Porque ya te digo: yo soy chavista y madurista”. Se presenta como Maricel y tiene los ojos tan negros que dilatan las pupilas. Lleva los brazos en jarra y un delantal blanco atado a su cintura redonda y firme, como de concreto. Maricel es la encargada de un edificio ubicado frente al Mercado de Catia y dice que todo lo que la rodea –esas colas de gente, las caras de perro flaco, el cansancio, un apetito domesticado– es por “la guerra económica que le están haciendo al gobierno de Maduro”.

La noche del 8 de diciembre de 2012, en Miraflores, Hugo Chávez Frías dio la última cadena nacional. En ese momento, llevaba catorce años de presidencia en Venezuela. Había enfrentado un golpe de Estado en 2002, impulsado por la oposición y militares insurrectos que contaron con el apoyo de las cadenas privadas de tevé. Dos años después y por referéndum, lo ratificaron en el cargo. Y en 2006, con el 68% de los votos, ganó otra vez la presidencia. Pero esa noche de sábado, Chávez –teniente coronel, zurdo, pitcher, guitarrista del cuatro– anunciaba su retiro. Debía viajar a Cuba para atender una enfermedad que sería cáncer pero que durante la cadena nacional no explicó en detalle. “Una vez que la Asamblea me autorice a salir del país, el compañero vicepresidente Nicolás Maduro quedará al frente de la República”, ungió Chávez y pidió a los venezolanos que lo voten para asumir un nuevo periodo presidencial si él no pudiera. Maduro, sentado a su izquierda, apretó las encías. Chávez murió tres meses después de aquel anuncio, a los 58 años de edad.

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“¿Que qué es lo que está sucediendo? –vuelve Maricel, en el Mercado de Catia– Que las corporaciones quieren apropiarse del país. Pero nuestro Gobierno nos está enseñando a comer, amiga. La harina pan hace mal, no podemos comer arepa todo el día, que engorda. Ahora comemos lo que hay: yuca, papa, ñame. ¿Que cómo consigo yo la comida? Mi hija está en una agrupación y me avisa que llegó mercadería o me separa una leche, una pasta. Yo veo esto, las colas, y sí, la vaina está mal pero vamos a salir. El Gobierno nos ha pedido que cultivemos. ¿Qué adónde, si no hay espacio? En la plantabanda (terraza), amiga, ahí. Agricultura urbana se llama, una cambio de consciencia. En Venezuela hay mucha flojera, tenemos alma de esclavos, necesitamos al patrón. Ése es el problema”.

Son las 7.52 y César Miguel Rondón, conductor del programa de radio que lleva su nombre, dice al aire: “Al Gobierno le está rondando una gran desesperanza. Ya no se trata de una queja contra ellos, sino que la gente está reclamando con el justo derecho por su alimento”. Es martes 7 de junio y en unas horas habrá una marcha convocada por la Mesa de Unidad Democrática, un conglomerado de partidos opositores que busca que el Consejo Nacional Electoral valide las firmas que juntaron para revocar la presidencia de Maduro. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social calcula que hay 19 protestas por día en el país. De ese total, el 80% son manifestaciones por derechos sociales, espontáneas, masivas y sin líderes. La mayoría, en reclamo de comida.

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La marcha parte de Bello Monte, un barrio de colinas y embajadas, hipervigilado. Han cerrado cuatro líneas de Metro y la zona está militarizada. Los manifestantes caminan por la avenida Río de Janeiro, a la vera del río Guaire. “Tenemos hambre”, dice la mayoría de los carteles. Henrique Capriles, gobernador de Miranda y opositor eterno, encabeza la convocatoria. Todos avanzan hasta que los detiene un retén. Desde atrás, una fila de policías en sus motos rompe la columna. Los manifestantes están acorralados. “¡Estamos peleando por tus hijos!”, le grita una mujer a un policía muy joven, que no la mira. Lleva –lo muestra– un fusil cargado de bombas lacrimógenas. Una botella de vidrio que alguien ha arrojado desde un sitio incierto revienta contra el asfalto. El resto sucede en serie: golpes, palazos, balas de goma, gas pimienta. Los manifestantes responden con piedras y la estampida es feroz. Al fin, quién puede contra un hombrecito, policía él, que aunque joven, dispara al aire como quien escupe

Ahora, en la radio, la conductora Gladys Rodríguez habla sobre los disturbios. Luego cierra el bloque con la publicidad de una inmobiliaria: “Construye tu futuro en Estados Unidos y gana una vida llena de oportunidades”.

Teresa Rojas está en la puerta de una panadería ubicada sobre la avenida Francisco de Miranda, en Petare. En tres días, cerca de aquí, unas cien personas detendrán un camión cargado de carne y pollo, abrirán la caja y lo vaciarán en treinta segundos. La rotonda de Petare es una zona en movimiento: hay una estación de Metro, mototaxis, taxis, y taxibuses. Y todo es un gran mercado: cartones de huevos apilados, repollos, sardinas, maniquíes tetones, zapatos de mujer usados, sardinas que se venden a granel, yuca, piñas del tamaño de una pelota de básquet, cables y roscas y motores y celulares, y moscas sobre las sardinas que se venden a granel.

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Teresa, como cada día durante horas, hace la fila para llevarse una baguette. “Ésta es la peor crisis. No se consiguen los productos regulados ni alcanza el dinero para pagar al bachaquero. Camine y verá que aquí ya no nos miramos a la cara, nos miramos las bolsas. Acá destruyeron todo el aparato productivo. Dan ganas de llorar”, dice Teresa. Alguien empuja a un chico desde dentro de la panadería. Es que sólo entregan un pan por persona y él, se han dado cuenta, hizo la fila dos veces.

Chacao es el barrio de la misses: mujeres esculpidas a cincel, de pelos lacios largos azabaches y uñas duras por el acrílico de lamanicure. Un almuerzo sencillo en Chacao cuesta un tercio del salario mínimo que cobra el grueso de los venezolanos. Como aquí, en Miga’s, donde venden sánguches poco atractivos como de lujo. Sentadas a las mesas, hay varias chicas que podrían ser candidatas a la corona y chicos adornados con oro y zapatillas caras y deportivas. El baño está clausurado: “Debido al racionamiento de agua el baño no se encuentra operativo”, explica un cartel.

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No importa cuán exclusivo sea el barrio: en Chacao también hay colas. El Gobierno elabora un cronograma para la compra, que depende del número en que termina la cédula de cada venezolano. En la puerta del supermercado Luz esperan los que tienen su documento terminado en 0 y 1. Como Xiomara, empleada administrativa, con un ingreso mensual que triplica al de la mayoría: 48 mil bolívares. “No sé qué venden. Yo me puse porque necesito todo. Voy por tres horas de cola. Esta mañana busqué crema dental y conseguí después de dos horas en una farmacia. Chica, no se aguanta más esto”. Dayana, flaca como un alfiler, agrega: “O almuerzo o ceno. No elijo”.

Delante suyo, Betania y Yatais también esperan. Salieron de su barrio, sobre el cerro, a las cuatro de la mañana. Van doce horas de búsqueda por distintos lugares. “Nos bañamos con lavaplatos. Nos limpiamos con servilletas o con lo que haya porque el papel higiénico no se consigue”, dice Yatais, 34 años, seis hijos. Tampoco hay pañales. En su edición de hoy, 6 de junio, el diario La Verdad, publicó que muchas madres confeccionan los pañales con telas y plástico, que en el bachaqueo el paquete está 3.500 bolívares, cien veces más que el precio fijado por el Gobierno.

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“A mí me discriminan porque tengo estómago burgués”, dice la dueña de una farmacia de Chacao. Los estantes están vacíos: no hay algodón, no hay toallitas femeninas, no hay tintura de cabello, no hay… Hoy faltó una de sus empleadas: “Es que le tocaba comprar comida. ¿Qué puedo decirle? Si ella tiene hambre pero después va y vota al chavismo. Esto es la anarquía total”, sigue. Enfrente, sobre la avenida Altamira, hay un centro comercial llamado Yamín Gourmet. Allí se tomó la foto el publicitario vasco Agustín Otxotorena y el 27 de mayo la subió a su perfil en Facebook. “En Caracas faltan cosas y el que no tiene plata tiene que buscar y conseguir en varios sitios, pero si tienes dinero no hay ningún problema”, escribió Otxotorena para acompañar la imagen. Lo que no dijo es que en esa tienda el kilo de carne cuesta 16.500 bolívares. Un venezolano debería trabajar un mes para comprarlo.

“Señores, no tranquen la reja… ¡No estén en la entrada, por favor, ya, córranse!”. La chica está afónica porque es mediodía y ella grita desde las seis. Está en el CLAP del barrio La Vega e intenta contener a todas estas personas que se acercaron para llevarse algo. Hoy venden leche, mantequilla y salsa de tomate (y nada más) a 270 bolívares. Quienes retiran la bolsa han sido censados y registrados con su huella digital y, además, tienen un código. Pueden volver a comprar, recién, en 21 días. Así funcionan los mercados que dependen del Gobierno. “Hace seis años, cuando el Comandante vivía, esto estaba abierto de par en par. Venías, comprabas, te ibas. Esto no sirve, no alcanza… ¡Señores, por favor, córranse de la reja!”, insiste la chica. Todo lo ha dicho en un susurro. “El Comandante” es Chávez y gracias a él, ella pudo recibirse. Y, también gracias a él, su familia tiene casa. “Pero Venezuela hoy está en ruinas. Fíjate esto, la gente tiene hambre”. Es mediodía de viernes y el sol está crudo. Mañana, a dos cuadras de aquí, habrá un intento de saqueo y dos muertos por los disparos de la policía. Pero ahora una mujer se aferra a la reja y mira la góndola, que está lejos y vacía. Fue con su bebé. El niño se refrega la cara en su pecho, mete la mano en el escote y se lleva el pezón a la boca.

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Vivir en otro país e imaginarse como la deben pasar los Venezolanos, es fácil. Lo que no sería fácil es vivirlo, no se si hablar de una dictadura. Aunque me parece que es un simple gobierno que se lava las manos ante su pueblo, que después de alrededor de 12 años de chavismo tiene que soportar a un presidente que quizás sea peor que Chávez. Yo no se quién fue peor, en mi opinión, lo es Maduro.





Mis Respetos a todo el pueblo Venezolano que la pechea todos los días ante las problemáticas.





Saludos desde Argentina.





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