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Uruguay: Un país exótico para América Latina – Parte 2

Historia: los orígenes

Desde el punto de vista del Imperio español, el Uruguay no tenía ningún interés. No había allí ni oro ni plata, ni productos tropicales codiciados en Europa, ni poblaciones abundantes y dóciles. Había un pequeño grupo de indígenas feroces y celosos de su independencia. Aquella era, verdaderamente, la última frontera del Imperio.

Uruguay: Un país exótico para América Latina - Parte 2

El régimen de centralización y monopolio que estableció la corona española para la administración económica del Imperio creó, en la zona del Caribe, una sola puerta de entrada para toda América.

A pesar de estar situado el Uruguay en un lugar de fácil acceso desde Europa (sobre el Atlántico Sur, y en la margen Norte del anchísimo Río de la Plata, con algunos puertos naturales tan notables como Colonia, Montevideo y Maldonado), el país estaba destinado a ser la última estación en la cadena de comunicaciones del Imperio español.

La flota que salía de Sevilla cruzaba el Atlántico medio hacia el Caribe, desembarcaba sus mercaderías en Puerto Bello (en el istmo de Panamá) o en Veracruz (México). De Panamá, la mercadería iba por tierra hasta el Perú y, atravesando la cordillera de los Andes, hasta el Paraguay y la Argentina, antes de llegar (si llegaba) al Uruguay.

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Un pañuelo, tejido en Holanda con algodón peruano, podía costar doscientas veces más el precio original del algodón después de haber realizado la materia prima un doble viaje de América a Europa y viceversa, cumpliendo así el ciclo mercantilista más disparatado del mundo, como han apuntado los historiadores. La ruta directa por el Atlántico (que hubiera reducido los precios a la mitad, por lo menos) estaba prohibida.

Por otra parte, no había mayor apuro por llegar al Uruguay. Los conquistadores y colonizadores españoles de los siglos XVI y XVII no encontraron allí nada que pudiera interesarles realmente. Incluso Sebastián Gaboto, que en 1526 bautizó al Río de la Plata con ese nombre tan sonoro porque creyó que por allí se encontraría un camino más corto hacia las minas de Plata del Perú, habría de resultar mayor optimista que geógrafo. Es cierto que por el estuario del Plata se podía ascender hasta el corazón de América y encontrar así una ruta hasta el Perú.

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Pero la naturaleza había interpuesto en la ruta inmensos ríos, selvas, una cordillera de montañas, lo que la hacía impracticable y más onerosa que la del Pacífico.

Aún en aquella misma región del Atlántico Sur había otras tierras más codiciables que el Uruguay. Aunque también feroces, los indios argentinos eran menos hostiles y soportaron hasta dos fundaciones de Buenos Aires; remontando el Paraná, uno de los grandes afluentes del Plata, se encontraban los guaraníes en la zona que hoy es el Paraguay.

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Allí había frutos exóticos, indígenas agricultores, mujeres en abundancia. Los españoles fundaron

Asunción y convirtieron esta población en el centro de la cuenca del Plata. Era una tierra paradisíaca en comparación con el Uruguay.

No es casual por eso mismo, que Voltaire situara en aquellas zonas el país de El Dorado, en la fantasía satírica titulada Candide (1750).

Hasta entrado el siglo XVIII el Uruguay queda librado a la mano de Dios. La única actividad colonizadora que intentan los españoles (fuera de la fundación de alguna población, como Soriano, por sacerdotes misioneros), es la introducción de ganado vacuno y caballar que habrá de criarse, salvaje y fecundo, en las vastas llanuras del país.

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Ese ganado será la base de la riqueza del país futuro. Aún hoy, el escudo nacional celebra en las imágenes de un caballo y una vaca ese acto de impremeditada sabiduría que tuvo el colonizador español Hernandarias. Sólo cuando la expansión hacia el Sur de la conquista portuguesa pone en peligro a Buenos Aires, los españoles deciden colonizar el Uruguay.

De hecho, los primeros en descubrir su valor estratégico y su riqueza pecuaria fueron los portugueses que, en 1680, fundaron en el extremo Oeste de Río de la Plata la Colonia del Sacramento.

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Esa población fortificada era la llave que controlaba todo el estuario del Plata. Allí llegaba la plata clandestinamente, desde el Potosí (en Perú) y era enviada, junto con los cueros del ganado disperso en las praderas uruguayas, hasta el mercado de Lisboa.

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Por Colonia penetraban clandestinamente en el Río de la Plata, y de allí seguían hasta el Pacífico, esclavos, azúcar y sobre todos los productos que empezaba ya a producir Inglaterra, en pleno comienzo de su Revolución industrial.

Los portugueses fueron, pues, los primeros en crear en aquella zona una economía basada en la clandestinidad, en el contrabando. Burlando los principios de la centralización y el monopolio comercial del Imperio español, descubrieron el flanco débil del mismo. De esa manera, el Uruguay que era la última frontera, una tierra de nadie, por el ganado y los contrabandistas, se convirtió en una puerta de acceso.

Para cerrarla, y también para proteger a Buenos Aires, que ya se empezaba a ver como el verdadero centro de esa región, España decide crear en 1724 una fortaleza militar en el Cerro que domina la bahía de Montevideo y luego, en 1726, una ciudad en el extremo opuesto de la bahía. Montevideo será, pues, desde los orígenes, una ciudad auxiliar, accesoria, de Buenos Aires. Es la suya una fundación muy modesta y de fines puramente utilitarios.

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Durante todo el siglo XVIII, Montevideo no pasa de ser una ciudad de segundo orden, que sirve sobre todo para administrar la tierra que queda al Norte, tierra de ganado bravío, habitada casi exclusivamente por jinetes más o menos nómades, verdadera frontera a lo Far West. Sólo que los cowboys se llaman allí gauchos, palabra que deriva de otra española, guacho, que quiere decir: huérfano, o (eufemísticamente) sin padre conocido. El siglo XVIII es la apoteosis del gaucho.

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Descendiente de españoles, indígenas y aún negros, mestizo por los cuatro costados, el gaucho es el verdadero dueño de una región sin alambrados ni fronteras que tiene por centro geográfico al Uruguay pero se extiende sobre las provincias argentinas del lado occidental del Río Uruguay, y

sobre el Sur del Brasil, donde los gauchos son llamados gaúchos.

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El poblador de esa tierra de nadie ha llegado desde las zonas más remotas de la cuenca del Plata. Es santafecino, cordobés o guaraní; es también portugués y hasta puede ser inglés. Pero lo que lo caracteriza no es su origen ni su lengua también sino su estilo de vida. Vive a caballo, es totalmente independiente, es uno de los trabajadores mejor pagados de la época. Lo que ganaba un gaucho por su labor, muy especializada, es cierto, no tenía equivalente en el Imperio español.

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De ahí que la profesión atrajese a hombres de toda la cuenca del Plata.

Allí, en ese crisol salvaje, se forma una nueva raza mestiza que será el núcleo originario de la población uruguaya, hecho que tan bien ilustran las novelas de Acevedo Díaz (1851-1921).

Hasta fines del siglo XVIII, el Uruguay es poco más que una enorme estancia, sin límites ni autoridad reconocida, y Montevideo apenas un centro que trataba de controlar el contrabando de cueros y esclavos.

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Entonces, la corona española reconoce por fin que esa zona del Imperio es potencialmente más rica que otras. Ha pasado la fiebre del oro y la plata, al agotarse las minas, la seducción de los productos tropicales americanos no es tan grande ahora que son más accesibles las rutas al Asia y Oceanía. La expansión económica de Europa tiene otro signo.

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Cada vez, Gran Bretaña gravita más sobre el destino de Europa y del mundo; las necesidades de su revolución industrial se hacen sentir en todas partes. España trata de ponerse al día. Entonces las desdeñadas riquezas de la zona del Plata (ganado que sirve para la alimentación, vestimenta, transporte) resultan evidentes. A la zaga de los portugueses y de los ingleses, España descubre un nuevo Eldorado. Como pasó en California al terminar la fiebre del oro, los frustrados mineros descubrieron que la tierra también daba otros frutos maravillosos.

El Uruguay sale entonces de su condición de última frontera del Imperio español.

España decide una reforma importante en la estructura administrativa y económica del Imperio. En 1776, saca al Río de la Plata de la tutela del Perú y crea un Virreinato nuevo, con sede en Buenos Aires.

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El cambio mejora la situación de Montevideo pero no radicalmente: sigue siendo una ciudad auxiliar de Buenos Aires, la administradora de su estancia oriental. Pero Inglaterra tenía otros designios. El episodio culminante, del punto de vista militar, es la expedición del comodoro Popham en 1806. Sin órdenes explícitas de la corona británica, pero tal vez con su anuencia tácita, Popham organiza desde África del Sur una expedición que ocupa Buenos Aires, es

expulsada luego por las fuerzas combinadas de los argentinos y uruguayos, contraataca con refuerzos llegados de Inglaterra, ocupa Montevideo durante siete meses, en 1807 intenta, sin éxito, la reconquista de Buenos Aires.

Este episodio (que se conoce en la historia local como las “invasiones inglesas” pero que en la historia británica casi no se registra, por su escasa importancia) tuvo graves consecuencias para el Río de la Plata.

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En primer lugar, demostró a los administradores locales que España ya no estaba en condiciones de defenderlos de una agresión extranjera; en segundo lugar, demostró que ellos estaban en condiciones de defenderse solos; en tercer lugar, puso más en evidencia aún que el sistema de monopolio español no sólo era absurdo sino que estaba obsoleto. Porque los ingleses no sólo trajeron soldados y artillería; también trajeron barcos mercantes y comerciantes, ávidos de abrir nuevos mercados. Las invasiones inglesas fueron el dress rehearsal de la revolución de la independencia que se inicia en 1810.

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Para el Uruguay, la independencia del poder español creaba un problema sutil. Independizarse de España no significaba independizarse de Buenos Aires. Se cambiaba un padre remoto y casi senil, por un Big Brother, muy poderoso y cercano. De ahí que Uruguay haya tardado en sumarse al movimiento de la independencia, y que, al adherirse, lo haya hecho para defender un proyecto federalista copiado de la Constitución de los Estados Unidos de América.

El héroe nacional, José Artigas (1764-1851), lucha primero contra los españoles, luego contra los

argentinos y finalmente contra los portugueses y argentinos combinados para imponer el triunfo de su causa.

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Derrotado finalmente en 1820, se retira al exilio en el Paraguay.

El Uruguay parece destinado a ser un apéndice de Buenos Aires, o una provincia más del Imperio

portugués o brasileño. (En 1821, Brasil se separa de Portugal y proclama su independencia). Aquí interviene dramáticamente Inglaterra. De la misma manera que los Estados Unidos fomentaran en 1903 la separación de Panamá de Colombia, para obtener así el control estratégico de aquella zona, Inglaterra interviene entonces en el Plata para evitar que el Uruguay sea absorbido por uno de sus dos poderosos vecinos.

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Fomentado el movimiento independentista que en 1825 se alza contra la dominación brasileña, Inglaterra consigue que en una Convención Preliminar de Paz, tanto la Argentina como el Brasil, acepten la creación de un Estado que se llamará República Oriental del Uruguay (por estar situado en la orilla oriental de este río). El nuevo país se convierte pues en un buffer

state, y en una pieza más (como Gibraltar, como Aden, como Singapur) de la estrategia imperial británica.

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Bajo la tutela económica y política británica, como parte del Imperio aunque sin perder sus características hispánicas, el Uruguay seguirá durante todo el siglo XIX y parte del XX el curso de una economía que le exigía únicamente mantener la producción de carnes, cueros, lana y trigo, y le permitía desarrollar moderadamente una pequeña industria frigorífica. Esta situación habría de recibir duros golpes con la guerra de 1914, la crisis económica de 1929 (que en el Uruguay se siente, con algún retraso, en 1931) y sobre todo de la segunda guerra mundial.

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Creado como país independiente por la voluntad de Gran Bretaña, el Uruguay fue antes un Estado que una Nación. O al menos eso es lo que han sostenido muchos historiadores. Desde el punto de vista local, el Uruguay pertenece a la misma entidad nacional que la Argentina. Hay más puntos de contacto entre el Uruguay y las provincias argentinas de la margen occidental del río Uruguay, que entre dichas provincias y el resto de aquel país.

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El sueño federal de Artigas, que Buenos Aires combatió, esas Provincias Unidas del Río de la Plata, es más viable como proyecto que la idea de un Uruguay independiente. Incluso los hombres que lucharon por la Independencia en 1825 querían unirse a la Argentina y revivir la idea federal. Pero las ambiciones monopolistas de Buenos Aires,

el apetito imperial de Brasil y las necesidades de la estrategia imperial británica forzaron la creación del Uruguay.

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Esa creación de un país artificial impuso condiciones extremas. El Uruguay respondió a esas condiciones creándose como un país completamente distinto a los demás de América Latina y, por eso mismo, tan exótico.

Parte 1 : http://www.taringa.net/posts/info/19055090/Uruguay-Un-pais-exotico-para-America-Latina—Parte-1.html

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