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Una mina en el bondi me miró

Otro paraíso perdido

Discúlpeme, señorita, por no preguntar su nombre. Discúlpeme, señorita, por no hacerle un cumplido sobre sus bellas botas cafés y mencionarle lo tierno que se veían sus medías aguamarinas, que apenas se notaban en la superficie de su pálido y hermoso tobillo. Discúlpeme por no haberle dicho lo cautivante que me resultó observar su blanco perfil y los nervios que me entraron al verme casi descubierto.



Discúlpeme, porfavor, por no dejarle de mirar al bajarse del bús, tenía miedo, mucho miedo, de no volverle a ver.


Le ruego me perdone por no atreverme a crear una vida a su lado.





El mismo día en el cual estos sucesos fueron escritos, con una esplendida casualidad que solo se puede atribuir al incierto y divino azar, me encuentro con este breve escrito de Alejandra Pizarnik. Dos épocas tan distintas y dos sentimientos muy similares:






Hoy, cuando el autobús en que viajaba se detuvo, vi por la ventanilla un hombre joven que me miraba con lasciva e interés intelectual. Me angustió y lo miré colérica pero lo miré de nuevo y allí estaba mirándome. Cuando el autobús se puso en marcha asistí asombrada a la apretura de mi rostro que le sonreía hermosamente. Pero cuando no lo vi más me subió el llanto y dije: otro paraíso perdido.  



Quizá nos vimos a través del tiempo.

Una mina en el bondi me miró

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