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Una Breve Historia de la Quinta de Olivos.

La legendaria Residencia Presidencial de Olivos ubicada a unos diez kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires, en la localidad del mismo nombre es, seguramente, uno de los edificios que simbolizan la investidura del primer mandatario en la República Argentina. Ahora bien, ¿cómo es que este extenso predio, de alrededor de treinta y cinco hectáreas, ubicado en el partido bonaerense de Vicente López, llegó a ser la residencia del titular del Poder Ejecutivo en nuestro país?

Una Breve Historia de la Quinta de Olivos.
Presidente Macri con los gobernadores en la Quinta de Olivos.

Juan de Garay fundó, por segunda vez, la ciudad de la Trinidad y el Puerto de la Santa María de los Buenos Aires el 11 de Junio de 1580. En su expedición, originaria de Asunción del Paraguay, Garay vino acompañado de 64 hombres y una mujer (Ana Díaz), con sus respectivas familias.

Entre estos primeros habitantes, Garay repartió las extensas parcelas en las que dividió la tierra anexa al poblado que acababa de fundar. Después de lotear los terrenos, los distribuyó por sorteo a cada colono que trajo de Asunción. Al militar Rodrigo de Ibarrola le tocó en suerte el número 39 que comprendía:

1º) El cuarto de una manzana próxima a la Plaza Mayor, (hoy Plaza de Mayo) detrás del Cabildo porteño, para ser más precisos.

2º) Una huerta de aproximadamente una manzana, en el actual barrio de Constitución; que por entonces quedaba al Sur del poblado originario.

3º) Una extensa “chacra” de unas 300 varas de Este a Oeste (unos 250 metros), contados a partir de la barranca del río, hacia el interior; por una legua de largo (5 kilómetros paralelos al río). Se trataba de una línea de “chacras” que nacían cerca de la actual Plaza de Retiro hacia el Norte y terminaban en San Fernando. Era una forma de darles a los primitivos colonos porteños una extensión adicional de terreno, para su explotación agropecuaria, fuera del ejido urbano. Así nació la costumbre de muchos vecinos de tener una vivienda en la ciudad y una “chacra” o “quinta” en el Norte de la ciudad, que continúa hasta hoy

Dentro de la chacra adjudicada a don Rodrigo se encontraba el terreno en el que hoy se erige la “Quinta Presidencial” de Olivos, demarcado por las calles Villate, Malaver, Av. Maipú y vías del Ferrocarril Gral. Mitre. En aquel entonces, la ribera del Río de la Plata llegaba a sus inmediaciones. Por algún motivo, Rodrigo de Ibarrola no se asentó definitivamente en la nueva urbe; al poco tiempo retornó a Asunción, de cuyo Cabildo llegó a ser regidor, luego de haber ocupado idéntica función en el de Buenos Aires.

No sabemos bien cómo se fue transmitiendo la propiedad debido a que no existía un sistema registral; tampoco se conservan todos los archivos de la Buenos Aires colonial. En 1774, don Manuel de Basavilbaso, que era administrador general de correos de la ciudad, adquirió esa porción de la “chacra” originaria de don Rodrigo, a un tal Pedro Morán. Al fallecer don Manuel, la heredó su única hija, Justa Rufina de Basavilbaso y Garfias; quien se casó con un primo hermano suyo, más tarde sería famoso: don Miguel Ignacio de Azcuénaga y Basavilbaso, conocido entre nosotros por el nombre abreviado de Miguel de Azcuénaga, el de la Primera Junta. El padre de Justa Rufina era hermano de la madre de Miguel.

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Miguel de Azcuénaga (1754-1833), integrante del primer gobierno patrio. Su familia fue propietaria de la Quinta de Olivos por varias generaciones

Miguel se destacó luchando en las Invasiones Inglesas; y luego como vocal de la Primera Junta de Gobierno, tras la Revolución de Mayo de 1810. En 1812 ocupó el cargo de titular de la Gobernación Intendencia de Buenos Aires; con lo que llegó a ser el primer gobernador de la actual Provincia de Buenos Aires. En 1819, fue diputado al Congreso de Tucumán, que entonces ya sesionaba en la Capital. En 1828 intervino en las negociaciones de paz con el Imperio del Brasil. Murió el 19 de diciembre de 1833, en la misma Quinta de Olivos. Su esposa había fallecido el 5 de febrero de 1818.

En vida, ambos disfrutaron de la quinta, donde se había construido una casa, como residencia de descanso. En la ciudad, residían frente a la Plaza de Monserrat (hoy plazoleta Provincia de Jujuy, frente al ex Ministerio de Obras Públicas, en la av 9 de Julio, entre Moreno y Alsina).

La casa de la “Quinta” era sencilla y de estilo colonial: de una sola planta, con paredes de adobo blanqueadas y techo de tejas; el frente daba aa la barranca del río. Muchas de las prominentes familias patrias de entonces eran vecinas de los Azcuénaga. Uno de los hijos del matrimonio, Miguel José, conocido en la familia como: “Miguelito”, para distinguirlo del padre, heredó luego la propiedad que los Azcuénaga llamaban: “Chacra Nueva”, para diferenciarla de la “Chacra Vieja”, que heredaría su hermana Manuela.

En la “Chacra Nueva” Miguelito se dedicó a criar caballos de raza. Los vecinos la rebautizaron entonces como “Cabaña de los Azcuénaga”. Tiempo después, Miguelito requirió a su amigo y contemporáneo Prilidiano Pueyrredón, único hijo de Juan Martín de Pueyrredón y el más prestigioso arquitecto argentino de entonces, que diseñara una nueva casa, más cómoda y acorde a los nuevos tiempos. Prilidiano se había graduado en el Instituto Politécnico de Francia, y era también un reconocido pintor y escultor.

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Autorretrato de Prilidiano Pueyrredón, arquitecto de la Residencia Presidencial de Olivos.

Pueyrredón puso manos a la obra, y en 1851 confeccionó los planos de su primera edificación importante en nuestro país: la hermosa casa neoclásica que sustituyó a la vetusta vivienda colonial de los Azcuénaga. Su frente es básicamente, con pocas adecuaciones, el que conocemos hoy. El diseño de Prilidiano era novedoso, basado en una seguidilla de terrazas divergentes, en tres niveles que, abriéndose en diagonal, van convergiendo hasta transformarse en un hermoso mirador, en la cima.

Por esa época, se llevó a cabo un hermoso e importante trabajo de parquización en el que intervino el famoso paisajista francés Charles Thays (diseñador de los parques de Palermo y otros), quien embelleció la rudimentaria chacra colonial, plantando tipas y araucarias.

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Hacia 1863, el ferrocarril llegó a Olivos siguiendo una traza paralela al antiguo “camino del bajo” que, desde las actuales Paseo Colón-Leandro N. Alem-Libertador, bordeaba al entonces cauce del río, conectaba la ciudad con el norte del conrubano. Las vías partieron en dos la “Cabaña de los Azcuénaga”, quienes debieron cerrar el ingreso principal por el camino del bajo, y habilitar entradas laterales y otra sobre la naciente Av. Maipú, que empezaba a poblarse de nuevos vecinos, al compás del parcelamiento creciente que sufría la entonces villa de Vicente López.

Miguel José de Azcuénaga Basavilbaso murió soltero y sin descendencia, el 19 de enero de 1873. La propiedad pasó a la descendencia de su hermana Manuela. Primero a su hija (y sobrina de Miguelito), María Rosa Martina de Olaguer Feliú Azcuénaga. Fallecida ésta, la heredó, en 1903, su único hijo: Carlos Villate Olaguer Feliú; biznieto de Miguel de Azcuénaga.

Carlos Villate Olaguer, de 31 años, era soltero y de fortuna. Viajaba seguido a París. Durante sus transitorias estancias en el Plata, residía en la “Chacra Nueva” y desde allí administraba sus numerosas propiedades y hacienda. Tenía un muelle sobre la barranca que daba al río, donde amarraba a su yate, con el cual se desplazaba hacia Buenos Aires, cuando lo necesitaba. Al ver declinar irremediablemente su salud, Carlos, que no tenía descendientes, testó a los 46 años, poco antes de morir el 20 de Abril de 1918.

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Carlos Villate Olaguer Feliú, biznieto de Miguel de Azcuénaga, legó la quinta de Olivos al Gobierno en 1918, poco antes de morir

Fiel a la generosa tradición de los Azcuénaga, los Basavilbaso, los Santa Coloma y los Olaguer, familias ilustres y patricias de las que descendía, Carlos Villate legó la histórica chacra de los Azcuénaga al Gobierno Nacional, “para que pueda hacer asiento o residencia veraniega” del Presidente de la Nación.

Este legado fue aceptado a poco de morir Villate, el 30 de Setiembre de 1918, mediante decreto del entonces presidente, Hipólito Yrigoyen: “El Poder Ejecutivo de la Nación decreta: Acéptase el siguiente legado hecho por el señor Carlos Villate Olaguer: Al Gobierno Nacional de mi Patria, para que pueda hacer asiento o residencia veraniega, lego parte de mi propiedad denominada Cabaña Azcuénaga, situada en Vicente López, con los límites siguientes: por el Norte con la calle denominada Carlos Villate, por el Sud con la calle denominada Antonio Malaver, por el Este con el Río de la Plata y por el Oeste con la Avenida Centenario, que consta más o menos una superficie de treinta y cinco hectáreas. En caso de que el gobierno no aceptara esta donación, es mi voluntad sea construido un gran parque, donándolo al Gobierno Nacional para beneficio público y pulmones de la población, que se denominará Parque Azcuénaga“.

Esta aceptación se efectivizó formalmente el 3 de Septiembre de 1920 ante el Juzgado Civil a cargo del Dr. Uladislao Padilla; donde tramitaba la sucesión de Carlos Villate Olaguer.

Así es como esta histórica cabaña pasó a ser propiedad del Estado Nacional. El Presidente Yrigoyen, pese a haber aceptado este legado, jamás ocupó la residencia pero envió al doctor Honorio Pueyrredón a tomar posesión de la misma, en nombre del gobierno.

El primer mandatario que usó la residencia con los fines pensados por Carlos Villate, aunque de modo esporádico, fue el presidente de facto, general José Félix Uriburu, a partir del verano de 1931. El primero que la ocupó de modo permanente -de allí tomaría el nombre de “Residencia Presidencial de Olivos”- fue el también presidente de facto, general Pedro Eugenio Aramburu, en 1955.

Desde entonces, en mayor o menor medida, casi todos los presidentes que lo sucedieron han mantenido esa costumbre.

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