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Un yakuza en una prisión argentina

Las familias criminales japonesas operan en gran parte del país. Pero algunos de sus miembros trasladaron sus actividades a algunos países latinoamericanos como Argentina, donde continúan realizando las actividades criminales que les dieron fama en Japón.

Es mediodía en Tokio. Hirasawa transmite total frescura en su rostro; el sudor que le brota de la frente en este bochornoso verano no le impide sonreír. Después de una largo tiempo por fin se ha vuelto a bañar como lo dictan sus costumbres. Acaba de salir de un baño ancestral japonés al que llaman sento, donde se conjugan drásticos cambios de temperatura del agua y en el cual para enjuagarse es necesario sentarse en diminutos bancos.

Trae puesta una bata de baño que se abre justo a la altura del pecho, permitiendo entrever el gran candil tatuado que lleva. Hirasawa sabe que este balneario clavado en el barrio de Sumida es de los pocos que permiten el ingreso a personas como él.

Las autoridades gubernamentales, como algunos establecimientos comerciales, han impedido desde hace 20 años el acceso a hombres que lleven la piel pintada con tintas imborrables. A los tatuados… a gente como él.

Un yakuza en una prisión argentina

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Los tatuajes de Hirasawa cubren todo su cuerpo

Los Yakuza en Japón

De 1603 a 1867 el término ya-ku-za, traducido como “8-9-3”, se interpretaba en el habla popular como “persona inútil”, una combinación numérica de mala suerte en la baraja japonesa Oicho-Kabu.

Cuando Japón se volvió un estado centralizado y capitalista durante el periodo Meiji en 1868, los samuráis fueron obligados a abandonar sus sables para convertirse en hombres de negocios. Quienes no lograron el cambio, emigraron al interior del país para emplearse como comerciantes o jugadores profesionales dedicándose prontamente a la apuesta, prostitución y venta de alcohol, negocios ilegales que protegían con compañeros exsamuráis. Así que los hombres que en el pasado fueron guerreros feudales, se volvieron delincuentes utilizando el término yakuza como rebeldía.

Con los años, nacieron diferentes clanes yakuza; en 1915 nació el Yamaguchi-gumi, en 1949, el Inagawa-kai y en 1958, el Sumisyoshi-yai, entre otros. En los clanes aparecieron los tatuajes o irezumi que identificaban con coloridos dibujos a cada familia criminal de Japón.

Durante años, la tranquilidad de Japón era una molestia para él. Quería riesgo y adrenalina y decidió expandir sus horizontes. Hirasawa pensó que sería fácil

En los años 30 y 40 el gobierno japonés los empleó para atacar a los invasores extranjeros durante la Segunda Guerra Mundial y otros más los sumó al ejército. Terminada la guerra, los clanes yakuza crecieron y se adentraron al tráfico de armas y droga, comenzando a montar numerosas oficinas por todo Japón.

Esa extensión logró que algunos clanes yakuza expandireran sus actividades a Latinoamérica, reclutando mujeres para ser llevadas a Japón y prostituirlas. De acuerdo con la Organización de Estados Americanos (OEA), Brasil y Colombia son los países más golpeados por la trata de mujeres a mano de estas mafias japonesas.

Para tener un idea de la dimensión de estos clanes, de acuerdo con la Agencia Nacional de Policía de Japón, en 2012 existían 63.200 miembros de diferentes grupos repartidos en 45 de las 47 provincias que comprende a la nación. Y Hirasawa era uno de ellos.

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Este hombre le ha entregado 30 años de su vida al quehacer delincuencial, de los cuales la gran parte los invirtió en la mayor organización criminal de Japón, la Yamaguchi-gumi. Un clan que de acuerdo con la Oficina de la Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por sus iniciales en inglés) se encuentra esparcido en Estados Unidos y Australia. Como parte de las acciones de esta organización, Hirasawa conoció de primera mano el tráfico de personas a Nigeria, fue testigo del creciente tráfico de anfetaminas por parte de las triadas chinas a Japón y evidenció como los rusos ingresan armas a su país en las entrañas de pescados.

De esa vida en el hampa, Hirasawa ha estado recluido quince años entre paredes penitenciarias, ya sea por posesión de drogas, por portar sables o armas de fuego. Esta última penalización, ha sido perseguida con vehemencia por las autoridades niponas que han permitido una reducción significativa de estas organizaciones en el archipiélago. “Japón se ha calmado”, asegura Hirasawa con su español titubeante. El veto a las armas y la pasividad que se vive en Japón eran hasta hace unos años una molestia para él. Quería riesgo y adrenalina, por eso decidió abrirse nuevos horizontes. Creyó que sería fácil.

En 2010 viajó por primera vez a Suramérica para surtirse de droga. Pensó que su experiencia en la venta y suministro de anfetaminas en Japón le brindarían la suficiente confianza para cruzar todo un océano abastecido de cocaína. Pero no fue así.

Era fiel al código bushidõ, ese “camino del guerrero” que los samuráis heredaron a los yakuza para mantener el honor hasta la muerte

El sábado 27 de marzo de ese año, en la Terminal A del Aeropuerto Internacional de Ezeiza Ministro Pistarini, Buenos Aires, Hirasawa intentaba volver a su país transportando en su maleta tres kilos de clorhidrato de cocaína. Su jugarreta empezaba bien, su compañero de viaje Shinobu Kodama, también portaba tres kilos de esa droga y había pasado ya los cercos de seguridad sin titubeos para abordar el avión Air Europa con destino a Madrid.

De pronto, elementos de la Policía de Seguridad Aeroportuaria aparecieron de cara a Hirasawa y el nerviosismo lo arropó. En arrebatos le pedía que mostrara la maleta, que inmediátamente la abriera. Pasmado, se hacía el desentendido para no mostrar su equipaje de mano. Los policías tenían conocimiento de la droga que transportaba. Alguien lo había delatado. De manera inmediata dieron con la mercancía que traficaba. Le arrebataron US$200, 30 euros y 1.052 pesos argentinos que cargaba. Lo sometieron y Shinobu fue traído a la par, para que los remitieran por “contrabando agravado”. Hirosowa desconocía el idioma, desconocía la justicia argentina.

En la cárcel preventiva y durante todo su juicio Hirasawa jamás contó con un intérprete que le tradujera los procesos penales que enfrentó y pese a que sabía poco inglés, sacó ventaja de este déficit del sistema judicial argentino para nunca declarar, incluso, para nunca dar su nombre completo.

Ataviado con su bata gris, Hirasawa habla un precario español argentinizado que se vio obligado a aprender para sobrevivir en el sistema penitenciario de ese país, español salpicado de groserías como su repetido “la concha de tu madre”, que emplea para referirse a un policía en particular. Para designar a ese custodio que ante la desesperación de no poderlo hacer hablar, le pegó un culatazo que le arrancó de raíz todos los dientes frontales.

Y ni así habló. Jamás dio aviso a las autoridades argentinas sobre algún familiar rastreable para dar cuenta de su cautiverio, así como tampoco mandó una carta para informarles que estaba recluido en algún confín americano. Era fiel al código bushidõ, ese “camino del guerrero” que los samuráis heredaron a los yakuza para mantener el honor hasta la muerte.

Un yakuza en una prisión argentina

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El silencio e ingenio de Hirasawa sumado a la incapacidad del sistema judicial por conseguir un intérprete, jamás permitieron a las autoridades conocer su nombre de pila. Por eso, cuando los oficiales consultaron a la INTERPOL y al Tribunal de Tokio, jamás pudieron dar con su historial criminal, delitos que en su mayoría estaban relacionados con estupefacientes, como lo asegura entre risas este desdentado.

Ante la falta de información que le pudo sumar más cargos al yakuza, la acusación penal fechada el 27 de mayo de 2011 y emanada por un Tribunal Oral en lo Penal Económico del Ministerio Publico, le impuso a Hirasawa una condena de 4 años y 9 meses. Pena que empezó a purgar a partir del 8 de julio en el Complejo Penitenciario Federal I de Ezeiza (CPFE), una cárcel de máxima seguridad que lo confinó con otros de su especie, con más extranjeros.

Ahí, pronto se abrió fama entre el grupo de reos foráneos, ser el único japonés lo hacía atractivo, y más aún, su silencio y ese pecho tatuado de colores tan vivos y distintivos.

“Pensaban que era un ninja”, recuerda con una voz ronca. Desconocían que ese tatuaje a medio concluir no era más que el nombre de un amigo finado y abatido en las calles de Japón, el resto parte de la parafernalia gamang, que por su colorido impresiona a muchos.

Su discreción le hizo ganarse el respeto de sus pares en prisión, en aquel complejo penitenciario que el gobierno del país sudamericano presume como cárcel modelo, los delincuentes con poder se regodean usando celdas particulares, ingresando comida y acostándose con las prostitutas que apetecen. Mientras que en su calabazo los reos provenientes de Colombia, Holanda, Brasil y otros rincones del mundo, se comunicaban con gestos y un balbuceante inglés para hacerse de un porro de marihuana, describe Hirasawa.

El exyakuza todavía tiene fresco una disputa por droga en su celda que terminó en la agonizante muerte de un reo, el cual fue asfixiado por la presión de una almohada contra su rostro. Mientras unos oprimían su cara con el trozo de tela, otros más sostenían sus extremidades para evitar la fuga. Y de eso, jamás salió una palabra de boca de Hirasawa. Pero el infierno de la cárcel lo estaba carcomiendo. Se puede ser una tumba humana, pero se sigue siendo humano. Y eso era Hirosawa, una caja que podría reventar en cualquier momento.

Sin previo aviso, un nuevo juicio se abrió a favor del yamaguchi-gumi. La pena dictada por el gobierno argento por varios años era “inconstitucional”. Pese haber sido capturado en flagrancia con posesión de cocaína, el proceso judicial realizado nunca presentó una defensa para el acusado. Así que después de un año cinco meses, la justicia argentina puso en un avión comercial al japonés de regreso a su patria. No pudieron justificar el encierro al que lo sometieron, no pudieron argumentar el porqué Hirasawa nunca contó con un intérprete. Vaya, tampoco pudieron saber para quien traficaba cocaína.

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Hace unos minutos que se bajó del avión y ahora está sentado en las escaleras de un sento. Cansado de la vida delincuencial, este hombre que también se dice obrero se siente realizado de vuelta en su país. En su carpeta carga los folios acusatorios de los cuales busca deshacerse a la brevedad. El sobre que lleva revienta de billetes argentinos que considera innecesarios y los ofrece como regalo. En su pasaporte hay un sello distintivo que en letras mayúsculas prohíbe su reingreso a Argentina. “PROHIBIDO”, está escrito en letras rojas.

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Hirasawa está muy fresco. Sabe que no regresará con la Yamaguchi-gumi y que no aplicará el yubitsume, ese otro rito yakuza que para su retiro obliga amputarse la falange del dedo meñique, pero no lo hará, ahora uno de sus pendientes es reconstruirse la dentadura.

Lo que no sabe es qué hará después de esta charla, desconoce si buscará a sus familiares que por más de un año esquivó, si continuará en la penumbra. No tiene claro si volverá a su antiguo barrio o si se empleara como obrero. Tiene la sensación de estar solo.

Con la única muda que trae y una cajetilla de cigarrillos se despide con su sonrisa de abuelo. Se entremete por los callejones de la ciudad más densa del mundo y se pierde con ese caminar confianzudo. En el horizonte sólo se aprecia como un yakuza arrepentido se evanece en un caluroso mediodía en Tokio.

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