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Un día de p… en la antigua Roma II

Felizmente el corazón infantil no se oprime después de la travesura cometida, sino, más bien, sigue complaciéndose todavía en ella; felizmente, digo, porque nada debe ser tan conmovedor, tan imposible de seguir mirando, que la cara de un niño arrepentido.

Un día de putas… en la antigua Roma II

Ahora ya nunca podrás decir que no has estado en un lupanar… en la casa de Arvina.

Aquellas mujeres no parecían forzadas, pues en el complejo mundo de la prostitución las hay de todos tipos, de las que no pueden elegir y de las que elige bien a sus amantes de pago.

En aquel caso supe después que muchas de aquellas espléndidas féminas le pagaban un jugoso porcentaje a la dueña de la casa por trabajar discretamente con personajes conocidos e influyentes en la comodidad de un lecho cálido y mullido.

Un día de p… en la antigua Roma II

El acicalado grupo de profesionales del amor se fue paseando entre los bancos, acariciándonos, sonriendo y provocando nuestra ya irrefrenable lujuria.

Una de aquellas tremendas hembras, una esbelta morena de larga cabellera que emanaba un embriagador aroma a jazmín persa, se dirigió hacia mí, barrió mi rostro con su fragante melena a la vez que introducía su hábil mano bajo de mi túnica.

Fue la que más me impactó.

Y no menosprecio al resto de jovencitas y no tan jovencitas, a ver cuál más apetecible, pero la primera impresión me marcó la decisión.

Tenía aún sus bronceadas carnes prietas, pues no sería mayor que yo, unos glúteos redondos y respingones más duros que las Columnas de Hércules y unos pechos puntiagudos y tiesos como odres llenos.

La elegí a ella.

Un día de p… en la antigua Roma II

Mi hermano negoció en grupo con la mofletuda y pintarrajeada Arvina el coste de los servicios de su apetitosa mercancía, cerrándolo en cincuenta monedas de plata por una hora de amancebamiento.

La muchachita morena que tanto me gustaba me cogió de la mano y me llevó a su cubículo, un pequeño y encarnado habitáculo en el peristilo en el que un taburete y un camastro eran sus únicos muebles.

Un día de p… en la antigua Roma II

Sobre el dintel de la puerta había un expresivo grabado de una amazona cabalgando sobre un tipo recostado en un diván.

En aquel momento no le presté atención pero con el tiempo descubrí que cada una de aquellas mujeres indicaba explícitamente en su puerta su especialidad.

Y cada uno de aquellos servicios tenía su coste prefijado pues no es lo mismo una simple masturbación manual que una felación completa, y más teniendo en cuenta la escueta higiene, por llamarla de alguna manera, de ciertos clientes habituales de la casa.

Un día de p… en la antigua Roma II

La chica me condujo a su nido de placeres.

Una lucerna de cuatro bocas sobre el taburete era la única iluminación de aquella pequeña estancia.

Corrió las cortinas de arpillera rallada que cerraban la puerta y me llevó hacia el catre.

Con un movimiento cadencioso y pausado se arremangó el vestido desde las pantorrillas sacándolo por encima de su cabeza, mostrando paulatinamente en toda su plenitud su excelsa desnudez.

Tenía unos grandes ojos del color de la miel y un pelo moreno y ondulado que caía en tirabuzones sobre sus duros pechos.

Un día de p… en la antigua Roma II

Bajé un momento la mirada y comprobé como mi erecto miembro ya se marcaba, y manchaba, en la túnica. Recuerdo que sudaba como un galeote, no por el calor húmedo y pesado de la pequeña habitación sino excitado por la inminencia del roce de nuestros cuerpos… y a la vez me sentía temeroso de no dar la talla ante aquella joven experta.

Un día de p… en la antigua Roma II

A pesar de su corta edad la muchacha sabía muy bien lo que se hacía.

Me susurró un par de bonitos piropos al oído, me quitó la empapada túnica con suavidad y me tumbó boca arriba en su camastro.

Un relájate y un beso profundo en la frente me dejaron más tranquilo.

Fue entonces cuando la lozana profesional del lenocinio se colocó sobre mí, introduciéndose mi hinchado apéndice en su rizado secreto y oscilando su moldeado cuerpo sobre mí.

Un día de p… en la antigua Roma II

No soy capaz de evaluar cuanto tiempo pude contener mi semilla, pero pienso que sería más bien poco puesto que sólo de la excitación ya estaba más que preparado. Aprisioné sus nalgas entre mis manos intentando alcanzar con la boca uno de sus oscuros y enhiestos pezones.

Al ver la contracción de placer de mi cara la muchacha apretó su ritmo desenfrenadamente, oprimiendo mi miembro con sus pétreas nalgas en una intensa fricción y desencadenando en mí el efecto deseado.

Un día de p… en la antigua Roma II

Cuando salí del cubículo, sudado, envanecido y más satisfecho que un general durante un Triunfo (el mayor honor que le concedía el Senado a un general después de una campaña victoriosa), coincidí con el resto de amigos que también habían cumplido holgadamente con su propósito.

Me chocó ver a Labieno, siempre luciendo músculos en las salas de ejercicios de las termas, salir de una de las estancias junto a uno de los efebos imberbes.

Que peligroso descubrimiento nos enseñó aquella cálida tarde mi pícaro hermano.

No fue la única vez que acudimos a aplacar la presión de la entrepierna en la discreta y selecta casa de Arvina.

Un día de p… en la antigua Roma II

Tiempo después me enteré gracias a una conversación cruzada en las letrinas de las termas de que aquella gorda matrona había ejercido el oficio más viejo del mundo hacía años en varios lupanares de Arse hasta que un tal Sexto Vitruvio Arvino, un tipo poco agraciado y menos aún sociable que llegó a ser pontífice de Júpiter en la ciudad durante muchos años, se encaprichó de sus grandes tetas y se la compró a su dueño.

Al morir hace pocos años aquel pobre infeliz, Arvina, – manumisa y heredera de una discreta fortuna – conocedora de la gestión del pingüe negocio, cambió de residencia para evitar habladurías y se montó su propia mancebía de lujo en la nueva colonia.

Fuentes:

Wiki

http://interesantesbiografias.blogspot.com/2011/06/un-dia-de-putas-en-la-antigua-roma.html

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