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Tomate cinco minutos para leer este cuento y decime que tal.

Tomate cinco minutos para leer este cuento y decime que tal.

El Pequeño Nicolás.

En la casa de la esquina vivían la señora Delgado, él señor Delgado y su pequeño hijo Nicolás. Ambos padres pasaban la mayor parte del día trabajando en él diario local, así que les quedaba muy poco tiempo para atender a su hijo.

Fue entonces que, apenas este dejó la teta, sus papás contrataron a una niñera.

—¿Cómo ha estado Nicolás hoy? —preguntaba la señora Delgado en cuanto volvía del trabajo.

—Ha dormido gran parte del día —respondía la niñera—. Se despertó un momento, le di la mamadera y volvió a dormirse.

Los años pasaban y conforme él pequeño Nicolás crecía, más apegado se volvía a su niñera.

—¿Y esto que es? —le preguntaba sonriente la mujer.

—He atado tú delantal a mi cinturón, así estaremos siempre unidos —respondía él niño.

Norma, la niñera, hacía todo por él pequeño Nicolás. A la mañana temprano, luego de que se despertaba, lo bañaba y lo vestía.

—Recuerda que al mediodía vas a ir a almorzar a la casa de tú tía —le recordaba Norma—, así que debes cuidar de no ensuciarte. Juega dentro de casa, nada de salir que afuera está lloviznando.

—Sí Norma, jugaré adentro —respondía él niño.

Cuando él pequeño Nicolás se portaba mal, Norma se ponía firme y lo castigaba.

—Te dije que no saliéras —le decía enojada la niñera.

—La pelota salió por la ventana —le explicaba el niño— y tuve que ir por ella.

—Aun así, te dije que no saliéras. Ahora por haber desobedecido no vas a ver la televisión —lo regañaba Norma.

Cuando él pequeño Nicolás se portaba bien, la niñera sabía cómo recompensarlo.

—Hoy has sido un buen chico y me has dejado hacer mis quehaceres —le dijo sonriente Norma—. Así que cuando vayamos a hacer las compras voy a comprarte una golosina.

—¡Sí un choclibon! —exclamó feliz él niño—. Compráme uno de chocolate blanco.

Todas las noches, después de darle la cena, la niñera lo acostaba y le contaba un cuento antes de irse a dormir.

—Entonces cuando el sol asomo detrás de la colina —le narraba la mujer—, los tres enormes trolls se volvieron de piedra en cuanto la luz los toco.

—¡Sí! Y así pudieron escapar, ¿verdad? —pregunto él niño…

Cada mañana el pequeño Nicolás se despertaba muy temprano a esperar la llegada de su niñera.

—¿Cuándo llega Norma? —le preguntaba el niño a sus padres antes de que se fueran a trabajar.

—Ya debe de estar por llegar —respondía su padre—, puedes ver la televisión mientras esperas.

Cierta noche los padres del pequeño Nicolás tuvieron que salir a una cena de negocios y Norma se quedó a cuidar del niño.

—Ya pueden salir —les dijo la niñera—, Nicolás ya se quedó dormido.

—Muchas gracias Norma —le agradeció la madre—. Volveremos temprano y mañana tendrás el día libre.

—No se preocupe —le dijo sonriente la mujer—, vallan y diviértanse.

A la mañana siguiente el pequeño Nicolás se despertó antes de que llegaran sus padres y fue corriendo a despertar a Norma.

—¡Norma, Norma! —grito el niño al entrar en el cuarto donde había dormido la mujer—. ¡Despierta Norma que el sol ya salió!

Por mucho que el pequeño Nicolás grito, la niñera no se despertó. Cuando llegaron los padres, el niño fue contarles lo sucedido.

—Mami, papi —los sorprendió apenas abrieron la puerta de entrada—, Norma no despierta, la llamo pero ella no se despierta.

Después de que los padres del pequeño Nicolás fueron a ver a la mujer, descubrieron que ella había fallecido mientras dormía durante la noche.

—¿Qué sucede con Norma? —pregunto el niño en cuanto salieron sus padres del cuarto.

—Norma se ha quedado dormida mi amor —le dijo su madre—, y me temo que ella ya no va a despertarse…

—¿Cómo que no va a despertar? —se apresuró a preguntar el niño.

—Mirá Nico, viste cuando en las pelis a uno de los señores les disparan con un arma —comenzó a explicarle su padre—, viste que estos señores no vuelven a despertarse porque se mueren…

—¿Y eso que tiene que ver papi? —pregunto desconcertado el pequeño.

—Bueno Nico, a Norma le ha pasado como a estos señores —continuo su padre—, ella ha muerto.

—¡No, no! Ella no puede morirse —llorisqueo el niño.

La madre rápidamente se abalanzo sobre el pequeño Nicolás y lo abrazo con fuerza tratando de consolarlo, luego su padre se inclinó y los abrazo a ambos.

—Mira Nico, ahora tenemos que llamar a la policía y a la ambulancia —le explico su madre—, pero luego vamos a hacerle el funeral a Norma y van a venir algunas personas.

—¿Las personas vienen porque un funeral es como un cumpleaños? —pregunto confundido el pequeño.

—Si… Sí, es como un cumpleaños —se apresuró a decir su padre— y van a venir algunas personas, quizá… quizá vengan tus tíos y tus primos…

—¿Enserio? Eso sería maravilloso —se alegró el niño—. ¡Vamos a hacer un funeral!

—Así es, y va a ver torta… y… ¡Vas a tener un regalo sorpresa! —le dijo su madre en un intento de alegrarlo.

Así fue que el pequeño Nicolás salió corriendo por los pasillos de la casa con una felicidad y unos ánimos renovados.

—Vamos a hacer un funeral, vamos a hacer un funeral —canturreaba el niño con entusiasmo.

Mientras los padres del pequeño Nicolás se encargaban de llamar a la policía y a la ambulancia, el niño, mientras corría, oyó un ruido que venía desde la habitación en donde estaba Norma.

—¿Hay alguien aquí? —pregunto después de abrir la puerta del cuarto.

Ya adentro pudo ver que sobre la cama, Norma comenzaba a levantarse hasta quedar sentada sobre esta.

—¡Norma! —exclamo el pequeño con susto.

—¿Qué sucede mi niño, porque esa cara? —le pregunto la mujer en cuanto lo vio.

—Es que tú estabas… —empezó a decir el niño mientras se acercaba a ella— Mamá y papá me dijeron que estabas muerta.

—No querido —se apresuró a decir la niñera sentándolo en su falda—. Debe de haber sido que sufrí uno de mis ataques de catalepsia.

—¿Cata qué? —pregunto confundido el niño.

—Es… Es una enfermedad rara que hace que parezcas muerto… —le comenzó a explicar la mujer— No importa eso ahora, lo importante aquí es que estoy contigo.

La niñera y el pequeño Nicolás se abrazaron mutuamente, ella beso al niño y le froto el cabello, el casi se larga a llorar.

—No te pongas así —dijo la mujer consolándolo—, yo nunca voy a dejarte…

—¿Entonces no habrá funeral? —se preguntó así mismo el pequeño.

—Por más que pasen los años —continuo la mujer…

—Entonces no van a poder venir ni mis tíos, ni mis primos —pensó el niño.

—Pase lo que pase, nosotros, siempre estaremos juntos —dijo sonriente la niñera.

—Y no habrá torta —se molestó el niño—, y tampoco tendré mi regalo…

El pequeño Nicolás miro de reojo a su niñera y rápidamente tomo una almohada de la cama y se lanzó sobre la mujer cubriéndole la cabeza con esta.

Por mucho que la mujer lucho, no pudo sacarse al niño de encima. Unos minutos después la mujer se quedó inmóvil y el pequeño Nicolás se bajó de ella y salió del cuarto canturreando:

—¡Vamos a hacer un funeral, vamos a hacer un funeral!

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