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testimonios e info de personas que sufrieron timidez

Ni amigos, ni pareja, ni trabajo. Los hombres y mujeres que padecen fobia social tienen muchas dificultades para entablar relaciones con otras personas y se sienten incomprendidos en una sociedad que los confunde con tímidos.

TEXTO: Mª ÁNGELES GONZÁLEZ

Muchos de ellos han renunciado a tener un empleo por el infierno que les supone pasar una entrevista de trabajo. No tienen amigos ni pareja y viven encerrados en casa la mayor parte del tiempo porque la angustia de creer ser evaluados y criticados constantemente por los demás les impide entablar relaciones personales. Son los hombres y mujeres que padecen fobia social, un trastorno que muchos confunden con timidez y que sume en la desesperación a cientos de personas que no encuentran una solución.

FRANCISCO

Profesor universitario, 46 años

Era un niño tímido, sobreprotegido por sus padres. No tenía amigos y no sabía cómo relacionarse con sus compañeros de colegio, los veía lejanos, diferentes. En la adolescencia se refugió en los estudios como única forma de comunicación con el mundo, demostrando a los demás que era tan válido como ellos.

Terminó una carrera universitaria con buenas notas, pero su vida se limitaba a eso: estudiar y «vivir hacia dentro». Nunca salía con ningún amigo, «y menos aún con amigas». Concluyó su tesis y todo seguía igual: hacía lo que creía que los demás esperaban de él. Ésa era su forma de sentirse vivo. Se presentó a unas oposiciones y consiguió una plaza de profesor en la Universidad de Córdoba.

Pero la historia de Francisco es excepcional, ya que a pesar de reconocer que tiende a evitar las situaciones sociales y que no encuentra satisfacción en ellas, debe enfrentarse a diario con sus alumnos e, inevitablemente, con sus compañeros de trabajo. Aunque, a juzgar por sus palabras, para él las clases son una representación teatral en la que se limita a hacer un papel. «El espectáculo de la clase magistral no resulta fácil de interpretar», dice Francisco, que asegura que cada clase la anticipa con mucho nerviosismo e intranquilidad, y queda exhausto al terminar, creyendo siempre que lo está haciendo «muy mal» . Con el tiempo se ha acostumbrado a «este sufrimiento», que va remitiendo algo, aunque está convencido de que lo haría mucho mejor si no tuviera ese «miedo exagerado a todos».

Con los compañeros le pasa lo mismo; los profesores lo ven como una persona tímida y no tiene contacto estrecho con ninguno de ellos. Como cuando era niño, los ve lejanos y diferentes. Cualquier charla con ellos le produce «desasosiego, temor y miedo a defraudarles». En la investigación es un perfecto colaborador, toma pocas iniciativas pero ayuda a todos en sus problemas y eso le hace sentirse mejor.

ANTONIO

Profesor de idiomas, 38 años

Algo similar le ocurre a Antonio, granadino de 38 años que ‘huyó’ de España porque estaba sumido en una depresión que le impedía salir a la calle y le hacía pensar constantemente en el suicidio. Se marchó a Londres y allí es profesor de idiomas en colegios y centros de adultos.

Dice estar «encantado» de hablar en público, pero teme ir a un supermercado o a fiestas. «No puedo entrar en una habitación donde hay personas charlando entre ellas, me resulta difícil mantener la mirada cuando hablo con alguien, no puedo seguir lo que me dicen, mi cabeza se nubla, sólo pienso que me están mirando, que me voy a poner nervioso, que se me nota. Me horroriza encontrarme con alguien conocido por la calle, me tiembla la voz si le tengo que saludar, comienzo a sudar, me falta naturalidad…». Es el escalofriante relato de Antonio, que comenzó a sufrir fobia social a los 13 años y que dice no tener amigos ni pareja por un trastorno que ha intentado solucionar acudiendo a «innumerables» psicólogos y psiquiatras, tomando pastillas, pasando tests, haciendo relajación o yendo a grupos de terapia cognitiva. El resultado, según él: cero.

«Creo que este problema no tiene cura porque ni los profesionales nos comprenden. Cuando te armas de valor para ir al médico, resulta que no tiene ni repajolera idea de lo que le estás contando, piensa que te pones nervioso por los exámenes y te manda píldoras para dormir. Cuando vas a un psicólogo o psiquiatra tampoco entiende mucho del tema. Es patético».

RAMÓN

Diseñador gráfico, 32 años

info sobre la timidez

Aunque sumidos en el pesimismo de creer que no existe solución a su problema, estos dos profesores pueden sentirse afortunados por tener un trabajo y ayudar a los demás. Otros, como Ramón, no tienen esa suerte. Este catalán, diseñador gráfico, empezó a notar los síntomas de la fobia social en el instituto. «Me encantaba leer en voz alta, pero un día tuve que hacerlo y no pude». Así comenzó todo. Hoy, con 32 años, es incapaz de ir a entrevistas de trabajo porque se queda en blanco.

Consiguió un empleo en un hotel pero lo dejó tras sufrir dos ataques de pánico y hoy ni siquiera puede ir al INEM a arreglar los papeles del paro por miedo a que le dé otro ataque. Vive encerrado en su habitación y lleva cerca de dos años sin salir a la calle como antes lo hacía.

Como otros tantos afectados, no tiene amigos porque, después de poner muchas excusas para no salir con ellos, los ha ido perdiendo uno a uno. Ahora conoce gente a través de Internet, e incluso está pensando en organizar una asociación nacional de afectados de fobia social para dar a conocer el problema.

Y es que Ramón lo daría todo por salir de este túnel: «Me operaron de un cáncer y ojalá me hubiera quedado allí, porque esto me está quitando la vida».

Había una vez una niña que se pasaba los días ensimismada junto a una charca, contemplando un sapo que se colocaba siempre sobre un nenúfar. La niñita sabía que el sapo era seguramente un príncipe. Y el sapo, que en verdad lo era, sabía que bastaba con que la niña le diera un besito en la nariz para romper el hechizo que años atrás le había proferido una bruja malvada. La niña, sin embargo, era tan tímida que no se atrevía a conversar con el batracio; y este tampoco tenía el valor para decirle que se moría de ganas de que ella lo besara en la nariz. Los días pasaron. La niñita se quedó sentada contemplando el sapo, y colorín colorado, el cuento se ha acabado.

Lo peor de este cuento es que se hace realidad todos los días. Piensa en todos los hermosos idilios que nunca llegan a florecer, en los romeos que nunca conocen a sus julietas, porque ambos son tan tímidos que no se atreven a dar el primer paso. Piensa además en todos los carusos, mozarts y rembrandts que nunca se dieron a conocer, que se cohibieron y no mostraron sus obras, tantos genios que nunca osaron expresarse.

Algunas personas por naturaleza son extrovertidas y habladoras, mientras que otras tienden a ser más introvertidas, reservadas y reticentes. De todas maneras, la mayoría de los que sufren de fobia social o ansiedad social —términos que hoy se emplean para describir lo que antes se calificaba simplemente de timidez— no quieren en realidad ser así. Les gustaría ser capaces de relacionarse más libremente con los demás, pero les cuesta una enormidad deshacerse de las murallas que los aprisionan.

La timidez suele ser una mezcla de temor y vergüenza. Muchas veces nos cohibimos porque nos preocupa la opinión de los demás o la evaluación negativa que puedan hacer de nosotros, sobre todo si ya nos hemos visto expuestos a opiniones semejantes o si tenemos ese concepto de nosotros mismos. Quizá nos consideramos muy altos o muy bajos, muy gordos o muy flacos, feos o qué sé yo.

Eso le pasaba a Cass Daley, una joven que deseaba ser cantante pero vivía acomplejada porque tenía la boca grande y los dientes salidos. Las primeras veces que actuó en público en clubes nocturnos intentó esconder los dientes estirando el labio superior. Acabó haciendo el ridículo.

Cierta noche un hombre la oyó cantar y reconoció en ella un talento excepcional. Así que le dijo la verdad sin la menor vacilación.

—Mira— le comentó con toda franqueza—, presencié tu actuación y sé qué es lo que tratas de ocultar. Te dan vergüenza tus dientes.

Cass se ruborizó, pero el hombre no se detuvo:

—Y ¿qué? ¿Acaso es un delito tener los dientes salidos? No los ocultes. ¡Exhíbelos! Al público le gustará ver que no te dan vergüenza. Además, esos dientes que pretendes ocultar podrían labrar tu fortuna.

Cass Daley siguió su consejo. A partir de entonces dejó de cohibirse. Abría bien la boca y cantaba con tanta pasión y deleite que llegó a ser una exitosa cantante, actriz y comediante.

¿Cómo podemos, entonces, superar la vergüenza y la timidez? Por una parte, olvidándonos de nosotros mismos, como hizo Cass Daley. Cuando dejamos de preocuparnos por cumplir todas las expectativas que pensamos que la gente tiene de nosotros y nos sentimos satisfechos con las características que Dios nos dio, ya no nos inquietan tanto las opiniones ajenas.

A nadie le gusta toparse con una mirada fría de rechazo. Pero si te pasas la vida rehuyendo el rechazo, no llegarás muy lejos ni lograrás mucho. Aventúrate. Quien no se arriesga no pasa la mar.

El célebre escritor y dramaturgo George Bernard Shaw es otra persona que superó la timidez y llegó a ser uno de los oradores más directos e ingeniosos de su época. Cuando le preguntaron cómo había conseguido vencer el apocamiento, respondió:

—Del mismo modo que aprendí a patinar: haciendo el ridículo una y otra vez hasta que me acostumbré.

De joven, era uno de los hombres más tímidos de Londres. Con frecuencia se pasaba 20 minutos subiendo y bajando por la calle antes de armarse de coraje para llamar a la puerta de la casa de una familia que no conocía bien.

—¡Pocos hombres —confesó— han sufrido más de timidez y pura cobardía, o se han avergonzado más de ello que yo!

Finalmente dio con un método para superar sus inhibiciones y su vergüenza. Se decidió a convertir su punto flaco en su mayor baza. Ingresó en una sociedad de debates. Asistía a toda reunión en la que hubiera una discusión pública y se obligaba a ponerse en pie y participar. Con la práctica, su oratoria mejoró, hasta que terminó siendo uno de los oradores más brillantes y seguros de sí mismos de principios del siglo xx.

Cass Daley y George Bernard Shaw tenían por lo menos dos cosas en común: determinación y un plan concreto, elementos clave de cualquier método de autoayuda; pero hay algo más, un catalizador capaz de facilitar y agilizar exponencialmente el proceso. El Espíritu de Dios en nosotros «puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir» (Efesios 3:20, NVI). La ayuda divina es ampliamente superior a la mera autoayuda.

Lo anterior se aplica a la timidez, pero también a cualquier otra característica. Si hay un aspecto de tu personalidad que deseas cambiar para bien, ten la certeza de que Dios desea ayudarte (V. 1 Juan 5:14,15). Algunas transformaciones son instantáneas; otras, más graduales. Somos hechura Suya, sí; pero cada uno de nosotros sigue siendo una obra en curso.

Por lo que respecta a la timidez, cuanto más consciente estés de la amorosa presencia de Dios en tu vida, más seguridad te inspirará ese amor, menos pensarás en ti mismo y más a gusto te sentirás en ambientes sociales. Imagínate que tienes un balde de agua enlodada, turbia, y lo pones debajo de un chorro de agua limpia. Al rato el agua clara desplazará a la turbia, y casi toda acabará estando limpia. En nuestro caso, la fuente de agua limpia son los ratos provechosos que pasamos con Dios en oración meditativa, o leyendo la Biblia y otros textos que nos acercan a Él. La Escritura promete: «Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros» (Santiago 4:8). Cada vez que haces un esfuerzo por acercarte a Dios, Su Espíritu te toca y te transforma un poco más.

* * *

«Mi primer idioma fue el de la timidez. Aprendí a lidiar con ella al verme lanzado inexorablemente al centro del escenario.»—Al Pacino (actor y director de cine y teatro estadounidense, 1940– )

«Fui el ser humano más tímido que haya sido concebido; pero dentro de mí había una leona que se negaba a callarse.»—Ingrid Bergman (actriz sueca, 1915–1982)

Superar la timidez no es algo que debamos hacer exclusivamente en beneficio propio, sino que en cierta medida es una contribución a la sociedad. Cuando tenemos un pensamiento o una idea que merece atención, nuestro silencio no solo nos perjudica a nosotros mismos, sino que va en detrimento también de la gente que nos rodea.

Los demás nos necesitan. Pueden beneficiarse de nuestra inteligencia y perspicacia. Necesitan nuestra ayuda para resolver los problemas. Ocultándonos detrás de la timidez limitamos la ayuda que podríamos brindar a nuestros amigos, familiares y colegas*.—Erin Falconer

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