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Teofilo Gutierrez el post que se merece.

River Plate de Argentina y Cruz Azul de México, se pelean por uno de los mejores delanteros de la Selección Colombia.

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Teófilo Gutiérrez fue el encargado de fusilar a Perú en el último partido de la Selección Colombia. Ahora suma cinco goles, ha hecho un dúo perfecto con Radamel Falcao y tiene a Colombia a un triunfo de volver a un mundial. Acaba de ser fichado por River Plate (aunque al cierre de esta edición cruz azul todavía reclamaba sus derechos deportivos) y seguramente será titular contra Ecuador en Barranquilla. Esta ha sido la historia de un hombre que se persigna con cada gol, pero que también es capaz de sacar una pistola en un camerino.

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En el aeropuerto internacional de Ezeiza, en Buenos Aires, Argentina, hay muchas caras de gente buena. Son las siete de la noche del lunes 29 de julio y la mayoría de los arribos provienen de Río de Janeiro. Acaba de culminar la Jornada Mundial de la Juventud 2013 en Brasil y miles de argentinos regresan de la primera visita del papa Francisco a Sudamérica. Los familiares, también con pinta de “buenudos”, esperan a los peregrinos.

Hay banderas con letras de colores, osos de peluche gigantes, carteles de bienvenida, abrazos, llantos de emoción, remeras Teofilo Gutierrez el post que se merece. que dicen “el papa es argentino”. Hasta que todo cambia. Porque minutos después de las nueve llega otro creyente. Un fiel que, a diferencia de los otros del lugar, tiene cara de malo. Es morocho, viene de chaqueta negra y jeans. Metros atrás, los asistentes llevan sus maletas. Se llama Teófilo Gutiérrez y aterrizó en Buenos Aires porque fichará en River Plate al día siguiente.

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Teo encara por el pasillo y debe hacer la primera pausa. Decenas de fanáticos se le lanzan encima para pedirle fotos. Lo abrazan, lo tocan, le desean buena suerte. También están los fotógrafos de los diarios y las cámaras de televisión. El aeropuerto se ha convertido en un verdadero caos, como cada lugar que pisa Teo en Argentina. De los empujones una señora cae al piso y otra grita con desesperación “cuidado, cuidado, no empujen que hay niños”. Una empleada de limpieza deja su escoba, el trapo y el balde y corre para fotografiarse con él.

La última vez que un colombiano reunió tantas cámaras argentinas fue a fines de octubre de 2012. Cuando el secretario de Seguridad de Cristina Kirchner presentó, esposado y con chaleco antibalas, a Henry de Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”. Dijo que era “el narco criminal más peligroso y buscado del mundo”. Teo sigue con su cara de malo. Pero se porta como si fuese un peregrino más que regresa de estar junto a Francisco. Posa para las fotos, saluda a los que lo saludan y cuando los periodistas de la televisión lo llaman, mete una diagonal y frena: van más de diez minutos de saludos y fotos con fanáticos. No ha podido caminar más de cincuenta metros.

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–Me imagino con la felicidad y con la ilusión que llegás a nuestro país para cumplir un sueño más que importante en tu carrera –le dice uno, que está en vivo para un canal de deportes. –Sí, gracias a Dios…, estoy muy agradecido con Dios, con toda la gente que ha hecho posible que cumpla uno de mis sueños y la verdad que es una alegría muy inmensa. El cariño de la gente es lo más hermoso y voy a trabajar para ganarme un lugar –responde–.

Durante las seis o siete preguntas Teo está rodeado de micrófonos y celulares de fanáticos que siguen fotografiándolo. A los costados pasa de todo. “Aguante Boca, Teo”, grita un grandote desde el fondo, junto a un grupo de taxistas. “Cuidado, que este negro puede estar armado”, bromea otro. “Dale Teo, ¡eh! Que los bosteros [los hinchas de Boca] ya están llorando tus goles, se quieren matar que sos refuerzo nuestro, ¡eh!”, dice un gordo que no parece haber venido a otra cosa que a saludarlo.

Teo sale y se sube a una Toyota Hilux. Los periodistas y fans se acercan hasta allí. Teo sigue con su cara de malo. Pero se porta como un hombre bueno. Porque Teo, al fin y al cabo, es un hombre bueno, que vino a cumplir su sueño a Argentina. Un hombre bueno que se convierte en un hombre malo cuando entra a un campo de juego.

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El sueño de este hombre bueno con cara de malo comenzó a mediados de los noventa, en el barrio La Chinita, de Barranquilla, Colombia, con un regalo que hace entender por qué, a veces, un hombre prefiere, si pudiera elegir, que su primer hijo sea varón. Don Teófilo trabajaba durante todo el día en el mercado del pescado de la ciudad.

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Una tarde, en el centro de Barranquilla, vio que vendían camisetas de River. Y no lo dudó: se enfrentaba a esa mística que solo pueden sentir los papás futboleros. Porque cuando los hijos crecen no recuerdan regalos de autitos, muñecos o soldaditos. En la memoria siempre quedan los obsequios de guayos o camisetas de fútbol. Esos regalos no se comparten con los hermanos, el resto, sí. Entonces metió las manos en los bolsillos y contó las monedas. Una por una. Como le alcanzaba, la pidió y la llevó a la casa. Teo era el más grande de sus seis hijos.

Durante el día, cuando no estaba en la escuela ni jugando a la bola de trapo, era cuidado por su abuela. Don Teófilo llegaba por las noches. A la hora que los niños tenían prohibido salir. Afuera, las pandillas se corrían a tiros. Al igual que en millones de hogares del mundo, en ese hogar de La Chinita, el fútbol unía a los varones que no sabían cómo demostrarse afecto. Entre hombres no nos decimos que nos queremos, que nos extrañamos, que tenemos ganas de estar juntos. Un hijo con su mamá sí, pero un hijo con su papá, no.

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El fútbol hace muchas veces que padre e hijo tengan su lugar de encuentro. Es el momento exclusivo de ambos, lejos de mamá y las hermanas. Y en el caso de los Gutiérrez esa sensación única la generaba River. Y no cualquier River. El River de Enzo Francescoli, de Hernán Crespo, de Matías Almeyda, de Ariel Ortega. El River dirigido por Ramón Díaz. El River campeón de la Copa Libertadores. El River que lograba que se quedaran despiertos hasta tarde, juntos, sin importar que al día siguiente hubiera que ir a la escuela y al trabajo. Era River. O tal vez no era River. Era eso que sentían que les pasaba a uno con el otro cada vez que jugaba River.

–Cuando tenía tres o cuatro años le había dado la camiseta de Junior, pero nunca le generó lo mismo.

… Mirábamos juntos a River y nos pegábamos a la televisión. Teo no quería lavar esa camiseta. La usaba los domingos, cuando salía a pasear. Era su mejor prenda. Y a veces se la ponía hasta para dormir –recuerda don Teófilo esas noches por teléfono, desde Colombia, y lo primero que cuenta es que acaba de cortar por teléfono con Teo. Y que le ha contado cómo fue ese recibimiento de los hinchas de River en el aeropuerto. Cada vez que necesitan hablar y contarse cosas, los Gutiérrez charlan de fútbol. Hablar de fútbol y compartir la misma pasión hace que a padres e hijos nos sea más fácil demostrarnos afecto entre varones. Es nuestra manera de decirnos que nos queremos.

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Se dice de Teo:

Alberto Salcedo Ramos: Teófilo aprendió temprano los códigos de la calle, pues sin ellos jamás habría podido sobrevivir en su entorno tan difícil como el de su barrio. A mi modo de ver, a veces, en la cancha, Teófilo se olvida del fútbol, y mentalmente siente que está en La Chinita. Entonces protesta por todo, bravuconea, se comporta como un matón de esquina y no como el futbolista exquisito que es cuando se dedica a jugar exclusivamente.

Siempre ha habido futbolistas temperamentales, que se juegan el pellejo en cada jugada, que hacen sentir su voz de mando, que pelean incluso con sus propios compañeros cuando las cosas no están saliendo bien. “El Pibe” Valderrama era uno de ellos. Pero “el Pibe” inspiraba respeto porque se veía que estaba trabajando, que aquella era su manera de asumir el trabajo por el cual le pagaban. No había nada personal en sus reclamos a los compañeros.

Pero Teo genera resistencia en su propio camerino porque a veces es un tanto agrandado y porque da la impresión de que pelea por él y no por el grupo entero. Yo quisiera ver alguna vez cómo Teo sale de un equipo y entra a otro sin que se arme una telenovela de mal gusto. Cuando eso suceda, tendré razones para suponer que ha empezado a madurar como persona. Antes, no.

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Hoy iba a ser el primer entrenamiento de Teo en River. Iba. Son las once de la mañana de un miércoles y el empleado de seguridad da la orden para que la prensa pueda ingresar a la práctica.

El predio que el club tiene en Ezeiza cuenta con dos canchas, dos tribunas, un gimnasio al que no se puede entrar con guayos y pantuflas, vestuarios, un estacionamiento y una sala de prensa. Pero hay un problema. Teo no pudo presentarse. El jefe de prensa explica que debió hacer trámites en Migraciones durante toda la mañana.

En Argentina, los colombianos detenidos hasta mediados de 2010 eran 30. Hoy, llegan a 200. Y durante los últimos meses de 2012 los colombianos capturados robando en apartamentos fueron 450. Es por eso por lo que en Migraciones los trámites aumentan si el ciudadano que llega al país es colombiano. Teo firmó con River un contrato de tres años. Percibirá 600.000 dólares cada 12 meses. El grupo empresario le compró la otra mitad del pase al Cruz Azul en 3.250.000 dólares y lo cedió. Ramón Díaz, el entrenador, el mismo que dirigió el River del 96, le vive tirando flores. Hace semanas. –Nos pone muy contentos que haya venido –dijo en una conferencia de prensa–. Hay que agradecerle por todo el esfuerzo que hizo para venir. Muy pocos, como él, mostraron intenciones de llegar al club. Es hincha y apenas venga se va a dar cuenta del significado de River.

El plantel hace trabajos con pelota. Los camarógrafos toman imágenes desde la tribuna y los fotógrafos, pegados al alambrado. Los periodistas son más de veinte. Todos hablan de lo mismo: cómo formará River en el debut del sábado frente a Gimnasia y Esgrima La Plata. De repente pasa un asistente del club y comenta, delante de todos: –El loco ayer durmió con la camiseta de River, como si fuera un nene –se refiere a Teo–. Ayer, en la revisación médica lo mataron; lo hicieron correr que no sabés…, al negro le dijeron “venite con una remera y un pantalón corto, cómodo para trotar”. Y el loco, cuando lo pasó a buscar el remisero [el conductor de taxi] estaba así, de remera y pantalón corto. Se cagó de frío, anoche hicieron 9 grados.

Le preguntaron por qué no se había abrigado y dijo que “a él le habían dicho que debía venir así”. El asistente, que no tiene ropa que lo identifique con el club, cuenta la anécdota con cara de felicidad. Como si estuviera en un bar rodeado de amigos. Nunca en su vida había llamado la atención de veinte personas, como esta mañana.

Juan Cortese es el periodista del canal TyC Sports encargado de la información de River. Y dice que el sueño del chico bueno con cara de malo, que comenzó en La Chinita, revivió este año en el estadio Monumental. El 7 de junio pasado la Selección Argentina recibió a Colombia por las eliminatorias 2014. Antes del partido, Daniel Pasarella y Diego Turnes, presidente y vice de River, se presentaron en el estadio con dos plaquetas: una para Radamel Falcao y otra para Mario Yepes, en agradecimiento a su pasado en el club. Y como otro de los concentrados era Teo Gutiérrez decidieron regalarle una camiseta.

Cuando jugaba en Racing había reconocido que desde muy chico era hincha de River. –Se la entregaron y él dijo “gracias. Pero yo quiero la oficial, señor presidente. Quiero que me entregue la camiseta para jugar aquí y cumplir mi sueño” –cuenta Cortese. –Bueno, vos hacé lo que tengás que hacer para irte del Cruz Azul y nosotros te traemos al club –dice Cortese que le respondieron a Teo, que tenía tres años de contrato en México y mucho más dinero de contrato del que podía ofrecer River. Pero ¿todos los directivos estuvieron de acuerdo? Porque se armó un debate: Teo es un gran jugador. Pero también es cierto que se ha ido mal de todos los clubes en los que ha estado.

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–Acá están convencidos de que el único entrenador que lo puede controlar es Ramón Díaz. Los directivos dicen que Teo no estará tan expuesto. Que el protagonista será Ramón, que ya está declarando en todos los medios el esfuerzo del jugador por venir a River a cumplir su sueño. En la Argentina futbolera ha surgido un debate desde que sonó el rumor de la vuelta de Teo. El asunto está dividido.

Teo despierta amores y odios. Porque durante su pase por Racing se enfrentó en declaraciones periodísticas hasta con Ramón Díaz, el entrenador de River, que le tira flores en cada conferencia de prensa. –¿Cómo te imaginás el domingo a la tarde? –le preguntaron a Teo antes de jugar el clásico frente a Independiente, que era dirigido por Ramón Díaz. –Me imagino descansando con mi familia y contando el dinero–respondió. Claro, tiene que ver con el premio que cobraría el plantel de la Academia en caso de un triunfo sobre el eterno rival. Y Ramón respondió: “Sabemos que Teo habla y es polémico, además de ser un gran jugador. Pero algún día le va a ir mal, alguno lo va a lastimar. Ya nos reencontraremos con Teo”.

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Si hay que hacer un resumen de Teo en Argentina se debe decir que en su primer partido como titular en Racing convirtió dos goles. Que fue goleador de ese campeonato, con once tantos. Que en 41 partidos marcó 22 veces y fue expulsado en cuatro oportunidades. Que se dio puños con un arquero suplente en un entrenamiento. Y que en el vestuario agredió a sus compañeros y sacó un arma de su bolso y amenazó a todos. Algunos dicen que era de juguete, otros dicen que no. Racing le rescindió el contrato y lo fichó Lanús. Al mes se fue a Colombia diciendo haber sido convocado por Pékerman. Pero no figuraba en la lista. A los dos meses los directivos se cansaron y le rescindieron el contrato, otra vez.

Todas las cosas que se dicen de Teo en Argentina tienen que ver con sus enormes condiciones técnicas y su comportamiento. Todos aclaran que es un gran jugador, que lo quieren para su equipo. Pero todos, todísimos, agregan que tiene lo suyo. Que es conflictivo, que perjudica al equipo, que se pelea hasta con sus propios compañeros. No hay que saber de fútbol para darse cuenta de que si Teo no fuera lo que es futbolísticamente sería expulsado de cualquier club.

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Es tan rudo que ni la barra brava de Racing se metió con él. A Giovanni Moreno, por ejemplo, le mostraron un arma y lo amenazaron de pegarle un tiro en la rodilla si no volvía a su buen nivel. Pero con Teo, no. Decían que estaba “loquito” y podía costarles caro meterse con él. Expulsado de Racing, Teo regresó a Colombia. Allí estaría cerca de su mujer, embarazada de su tercer hijo. José Pékerman lo convocó a la selección y otra vez el debate: “Ha jugado 441 minutos, no ha marcado goles y tiene dos amarillas. Está jugando mejor Dayro Moreno”, decían los periodistas. Pékerman no escuchó a nadie. Se la jugó y lo puso de titular, dejando en el banco a Jackson Martínez y Dorlan Pabón, que sí estaban jugando, y en Europa.

Y ocurrió lo mismo: pareciera que cuando más hablan mal de él, Teo se enchufa. Será jugar en Barranquilla, cerca de su barrio, lo que lo pone así. Al minuto dos del segundo tiempo hizo el primer gol, dedicado a su hija recién nacida. El estadio explotaba. Los barranquilleros gritaban más fuertes los goles de su hijo pródigo. Pasaron cuatro minutos más y Teo anotó otro gol y se ganó el puesto en la delantera junto a Falcao. Había callado a todos. Como siempre. Dicen quienes lo conocen que fichar en River y estar bien mentalmente puede beneficiar su rendimiento en la selección, a un año de un posible mundial.

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Se dice de Teo:

Alfio “Coco” Basile. Histórico exjugador de Racing y entrenador de la Selección Argentina. Fue el técnico de Teo en Racing.

-Teo es un bipolar. Él es así. En el vestuario es un señorcito. Todos los días oraciones, se hacía la señal de la cruz hasta en los goles que hacía en los entrenamientos. Tenía un pastor colombiano que lo acompañaba a todos lados. Lo traía al vestuario y nos hacía rezar a todos. ¡Yo decía “qué bárbaro! Lo educado que es este muchacho”.

Ahora estaría con el papa Francisco. Pero yo le vivía pidiendo “no te hagas echar, mirá que los referís no te perdonan una”, y cuando reaccionaba siempre me dejaba con diez jugadores. Es bipolar. Entra a la cancha y se transforma: se quiere pelear con la hinchada, con todo el mundo. No le importa nada. El día del incidente en el vestuario se dijo que perdió una pelea, por eso sacó el arma. Pero yo estaba ahí… ¿Y qué le van a pegar a Teo? ¡Si es una fiera! Es grandote el negro. Le pegó a Saja y después sacó la máquina [el arma] y se fueron todos. Está loco…

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Los Gutiérrez siempre fueron de La Chinita. Y siempre vivieron en arriendo. “Vivimos en más de diez casas; cuando los dueños querían vender, teníamos que buscar otra”, cuenta don Teo. Pero hay una mudanza que no olvidará nunca. O una imagen, mejor dicho, que había generado una mudanza no deseada: Teo y su mamá, Cristina, lloraban y se abrazaban en una carrera de La Chinita, rodeados de todas sus cosas. Habían quedado otra vez en la calle. –Madre, yo le prometo que cuando sea un jugador profesional voy a comprarle su casa –recuerda don Teófilo que dijo su hijo–. Y cuando Teo fue goleador en el Junior de Barranquilla y cobró sus primeros millones de pesos, no lo dudó. Ya tenía esposa y era papá, pero no priorizó a su familia. Se acordó de su mamá llorando por tantas mudanzas, trabajando para que no le faltara nada. Y le regaló una casa en el barrio Las Nieves, que, cuando jugó con Racing, mandó a pintar con los colores del equipo: celeste y blanco.

Don Teófilo es consciente del esfuerzo de su hijo por triunfar en el fútbol. Dice que en 2004, cuando tenía 18 años, lo citaron para debutar en primera división. El partido de Junior sería un miércoles. El lunes, 48 horas antes de la posibilidad más importante de su vida, comenzó a sentir dolores de estómago. Su papá lo llevó a la clínica. Los médicos le hicieron exámenes de rigor y dijeron que estaba grave, que debían operarlo de urgencia de apendicitis. Los Gutiérrez no dudaron. Primero estaba el fútbol.

La operación, según ellos, podía esperar. Abandonaron el hospital y regresaron a su casa. Era martes, y había que concentrar para el posible debut de Teo. Pero a las horas salieron corriendo a la clínica. No hubo fútbol. Hubo operación. Y después, un tratamiento que lo alejaría de los estadios. –Mi hijo sufrió muchos obstáculos. Por eso lo veo gozándose mucho todo lo que le pasa. Porque había estado dos veces cerca de llegar a River. Ahora va a entregarse al máximo por el amor a esa camiseta –dice don Teófilo.

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Haciendo un resumen de Teo en Barranquilla, jugando para Junior, hay que decir que hizo 42 goles en 79 partidos. El Trabzonspor de Turquía pagó 4,5 millones de dólares por su pase. En los últimos meses de 2012 regresó a Junior. Jugó 18 partidos y convirtió 5 goles. En la selección se volvió un titular indiscutido por sus buenas actuaciones. En Junior alcanzó a anotar el gol número 100 de su carrera. De allí al Cruz Azul de México: 9 goles en 28 partidos. Y de allí al River.

Daniel Martínez es vecino de La Chinita. Fue el tutor de tercer y cuarto grado en la escuela de Teo. Lo recuerda como un alumno un poco difícil para las matemáticas. Pero, en general, muy aplicado, callado, humilde, lejos de los revoltosos que se portaban mal. La que se ocupaba de él era su abuela. Cuando creció iba caminando y se regresaba solo con sus amiguitos de la 15. –Era durito en matemáticas, pero su pasión por el fútbol hacía que se esforzara con los números – cuenta Martínez–. Porque nosotros le decíamos que si quería jugar al fútbol debía mejorar las notas de matemáticas. Y ahí estudiaba más.

–Cuando empecé a entrar a La Chinita, el barrio era un tugurio muy peligroso –dice el obispo monseñor Víctor Tamayo. En esa época la policía no le permitía ingresar y debían ponerle un guardia para poder salir con vida del barrio. Había dos pandillas enfrentadas y causaban el terror en la zona. Pero el sacerdote cuenta que en una colecta recaudó el dinero para construir una iglesia y luego una virgencita en el parque del barrio. Una tarde cualquiera pudo juntar a los referentes de cada pandilla para que hicieran las pases. Y una promesa: no más balas, no más muertes, no más mala vida. Desde ese día, se rebautizó el barrio. Lo llaman “La Nueva Chinita”.

Teo había sufrido de cerca las pérdidas que había dejado esa disputa sangrienta. Y su primer gol en la élite del fútbol colombiano, en 2007, para el Junior, se lo dedicó a John Gabriel Padilla, señalando al cielo. Además de integrante de una de las pandillas de La Chinita, era su amigo. Un amigo de esos que lo aconsejaba como un hermano mayor. Un amigo de esos que lo cuidan a uno, que se preocupan por uno, que le recomiendan seguir en el fútbol y no bajar los brazos cuando el debut no llegaba tan rápido como él quería.

Hoy, en La Nueva Chinita, los niños ya no tienen como espejo a los pandilleros. “No dejo de sorprenderme en los bautismos del barrio. Teófilo es el nombre más elegido”, cuenta el padre Tamayo. Y agrega que en La Chinita, desde el último fichaje de Teo, no paran de verse camisetas de River. Sienten, por él, que Argentina es la mejor vitrina. Y que si pudo uno como ellos, todo es posible. “Todos sueñan con ser Teófilo. Aquí estamos rezando para que tenga éxito. Le pedimos que se porte tranquilo, que demuestre que en nuestro barrio, además de dolor, hay esperanza”.

Pero Martínez, el extutor de Teo, lo sigue recordando en la escuela. Y no duda en responder cuando se le pregunta por la anécdota más graciosa junto a Teo. Fue una tarde en la que había sido castigado por sus bajas notas y durante el horario del fútbol debía limpiar los baños. Teo dejó los elementos de limpieza e intentó trepar y subirse a una pared para mirar el partido. Tenía 12 años. –Se quiso colgar a una pared y tropezó con su propio pie y cayó. “Me lesioné, me lesioné. No voy a poder jugar más al fútbol”, gritaba desesperado. Lloraba como un bebé chiquito. Decía haberse quebrado un dedo del pie. Lo levantamos, lo sacudimos y le dijimos que no tenía nada, que era el golpe. Pero seguía llorando y nos hizo llamar a la abuela, para que lo llevara a la casa. A los años dejó la escuela.

La situación económica en la casa era cada vez más difícil y comenzó a ayudarle a su mamá en la venta callejera de empanadas. A veces también iba con su papá al mercado del pescado. –¿De peladito era el mejor jugando al fútbol? –le pregunto a Martínez. –Teo es el único del barrio que ha llegado a Primera. En el barrio hubo muchos con más condiciones que él, pero por sus limitaciones

socioeconómicas quedaron en la mitad del camino. Teo tuvo suerte, fue muy ayudado por el profe Franklin [su primer entrenador]. Fue como un padre. Lo contuvo y lo ayudó en todo. –¿Se lo quiere en La Chinita? –Lo quieren todos. Pero ojo: ha fundado una escuela de fútbol, pero en el barrio Simón Bolívar. En el nuestro, nada. Se ha olvidado por completo de sus raíces. Uno no puede perder la humildad. Tenemos una cancha en condiciones deplorables y no nos ha colaborado. Yo creo que la avaricia, vivir rodeado de lujos, le ha hecho mal.

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Se dice de Teo:

Eduardo Sacheri: historiador, docente y escritor. Autor de la novela El secreto de sus ojos, elícula que ganó el premio Óscar. Futbolero. Hincha de Independiente, máximo rival de Racing, exequipo de Teófilo.

–Lo que me gusta del tipo es que va al frente, y es guapo y para jugar ahí arriba, peleando con los defensores, está bueno que tenga un fuego adentro. Ahora, esa misma virtud, cuando se pasa de rosca, puede transformarse en defecto. La versión que uno vio en Argentina perjudicó lo grupal que el fútbol debe tener. Porque por algo se juega con once. En el famoso clásico del arma de juguete, el tipo nos la dejó servida. Fue uno más de Independiente. Porque hizo el gol de Racing, pero después, todo mal. Pero ojo: es un tipo inteligente y los inteligentes aprenden de sus cagadas. Me parece que a unas cuantas revoluciones menos, el tipo es buenísimo. Tiene algunas cosas, de guapo, peleador, pícaro, que lo aproxima bastante a nuestro modo de jugar. Y con eso no lo estoy elogiando. Pero esta cosa individualista siempre hace que perjudique a sus equipos.

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Práctica de fútbol de River. La pelota le cae a Jonathan Fabbro a la altura del área grande. Engancha, se acomoda y se perfila y patea con la derecha. La pelota pega en un defensor y se desvía. El arquero sigue de largo, reacciona y corre hacia el otro palo. Pero antes aparece Teo, que cabecea y convierte su primer gol en un entrenamiento. La imagen aparece, y se repite, en todos los canales deportivos. El tanto y a Teo, con guayos naranjas y medias blancas debajo del pantalón corto, haciendo la señal de la cruz. Por ahora hay que conformarse con eso. Porque River jugó el domingo su primer partido en el campeonato. Perdió de visitante. No estuvo Teo ni los refuerzos. Todos están inhabilitados. Y para el viernes, por la segunda fecha, el colombiano tampoco estará. Aclaró, mediante su jefe de prensa, que hasta que no sea habilitado para jugar no atenderá a la prensa.

Hace unos días casi no estuvo ni en el entrenamiento. Llegó sobre la hora, aclarando que había ido hasta el predio cuando la cita era en el estadio. Teo vive en Puerto Madero, como cuando estuvo en Racing. Allí se come la carne más cara de Buenos Aires. En sus restaurantes, como Cabaña de las Lilas, los turistas pagan en dólares por comidas con nombres raros. En La Chinita se come cualquier cosa que se pueda. En Puerto Madero el metro cuadrado cuesta 4.300 dólares. En La Chinita las viviendas se mejoran si el Estado envía materiales. En Puerto Madero hay camionetas importadas. En La Chinita las únicas camionetas lujosas son juguetes de los niños. Pero en Puerto Madero no hay ninguna canchita de barro. Niningún niño que sueñe con triunfar para hacer feliz a su mamá y comprarle su casa. Porque en Puerto Madero hay todo, menos sueños.

Tampoco hay hambre. Y en La Chinita hay niños que, por el hambre, deben dejar la escuela y trabajar. Y por el hambre a cambiar de vida pueden llevarse el mundo por delante. Y entrar a una cancha y querer comerse a los defensores. Y tomar la pelota cerca del área y reventar el arco. Y vencer al arquero y gritar con toda la furia. Con bronca. Porque el arquero es el último de todos los rivales que venció Teo en su vida. Por más que a veces se saque de sí y se le salga de sí el barrio de nuevo. Ese barrio que es único en el mundo. Que lo hizo así: amado y odiado, pero marca registrada. Porque no hay otro como Teófilo Gutiérrez. De La Chinita, Barranquilla, para todo el mundo.

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