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Tamerlán, sangriento emperador mongol.

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Tamerlán, sangriento emperador mongol.GIF

Tamerlán fue un líder turco-mongol al que no le importó asesinar a miles de inocentes con el fin de fundar un imperio gigantesco. Timur el Cojo, como también le llaman, nació en 1336 en una región conocida como Transoxiana, actualmente ocupada por Uzbekistán. Su padre era jefe de una pequeña tribu mongola llamada Barlas, que formaba parte del imperio instaurado por el célebre Gengis Kan – que inspiraría a Tamerlán para crear la dinastía timúrida.

Tamerlán, sangriento emperador mongol.

A muy temprana edad Tamerlán ya robaba ovejas. Fue en esa época de la juventud que sufrió un ataque que lo marcó para toda su vida: recibió dos flechazos, uno en el hombro y el otro a la altura de la cintura – probablemente provenientes de un pastor enojado. Como consecuencia de esto perdió movilidad en el brazo y en la pierna derechos y pasó a ser conocido como Timur el Cojo (en inglés, “Timur the Lame”, que después se transformó en Tamerlane y finalmente llegó al español como Tamerlán).

Al llegar a la adultez lo nombraron ministro de Transoxiana. Con toda la ambición del mundo se unió a su cuñado, Amir Husayn, y derrocó al gobernador que se encontraba por arriba de él en la jerarquía. Unos años después del golpe, en 1370, traicionó a su cuñado Husayn al ordenar su muerte y el ataque de la ciudad que comandaba su antiguo aliado.

Tamerlán, sangriento emperador mongol.

Tras tomar la ciudad comandada por Husayn, llamada Balkh situada en el actual Afganistán, Tamerlán inició su etapa como conquistador y se apropió de las ciudades más cercanas. Hábil líder militar y político, fue capaz de unir soldados de distintos orígenes bajo una misma bandera y de mantener su gobierno a base de alianzas y traiciones. Se hizo conocido por su inteligencia y, evidentemente, por su crueldad. Afirmaba rescatar la grandiosidad del Imperio Mongol al edificar su propio reinado.

Era cuestión de tiempo para que Tamerlán codiciara fronteras más lejanas. En 1383 invadió Persia (actual región de Irán). Durante la década que siguió, mientras se encontraba lejos dominando regiones de Rusia y sus alrededores, los persas iniciaron una serie de revueltas contra el imperio timúrida. Regresó enardecido: diezmo ciudades enteras, asesinó a sus habitantes y, por si no les había quedado claro, construyó torres con los cráneos de las víctimas.

En 1391 invadió India, para entonces bajo el control de musulmanes. A donde quiera que iba, su ejército devastaba ciudades y masacraba inocentes. Cuando destruyó Delhi, la capital, Tamerlán tomó decenas de elefantes. Estos animales harían el extenuante camino de regreso a Samarcanda, la capital del imperio, portando rocas gigantes para edificar una mezquita en honor al conquistador.

Tamerlán, sangriento emperador mongol.

Desde el 1401, Tamerlán puso su atención en el Medio Oriente. Destruyó Alepo, Damasco y se apropió de Bagdad, asesinando a miles y derribando monumentos y mezquitas. Su forma de gobierno rayaba en lo extremadamente cruel: los derrotados podían ser crucificados, decapitados, enterrados (aún con vida), lapidados o pisoteados por caballos. Aquellos que se salvaban se convertían en esclavos.

El Imperio Otomano fue el próximo objetivo. En la ciudad Sivas, solicitó a la población que se entregara bajo la promesa de que no asesinaría a nadie. Y, en teoría, no lo hizo: después que se rindieron, los enterró vivos a todos. Tamerlán también secuestró al sultán otomano, dando origen a una guerra civil entre los herederos del trono que se extendió durante una década.

En 1404, la cabeza del imperio timúrida ya era dueño de un enorme trozo de Asia Central. Con una ambición insaciable decidió invadir China. Pero no tomó en cuenta a un rival: el frío. Partió con su ejército en diciembre, época invernal. Avanzó durante meses pero enfermó a mitad del camino y murió en Otrar, en Kazajistán, en 1405. Su cuerpo fue devuelto a Samarcanda.

Tamerlán, sangriento emperador mongol.

En su epitafio podía leerse “Cuando me levante entre los muertos, el mundo temblará”. En junio de 1941, la tumba fue abierta por los rusos, bajo la protesta del pueblo que temía a una maldición. Dicho y hecho: dos días después, la Unión Soviética sufría la invasión nazi. Cuando lo volvieron a sepultar, en diciembre de 1942, empezó la decadencia alemana.

Tamerlán fue un gobernante cruel y sanguinario en toda la extensión de la palabra. Murió tras más de treinta años de batallas constantes sin ninguna derrota notable. El imperio que dejó atrás, comandado por hijos y nietos, no duró mucho tras su muerte.

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