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Sonetos famosos

Sonetos famosos

15

ME gustas cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma

emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,

y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.

Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:

déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio

claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

20

PUEDO escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.

Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos

árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis

brazos,

mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.



¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Que es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.

[

i]XXIII

Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo;

por un beso… yo no sé

qué te diera por un beso.

[/i]

[b]Volverán las oscuras golondrinas

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales,

jugando llamarán;

pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar;

aquellas que aprendieron nuestros nombres,

esas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde, aun mas hermosas,

sus flores abrirán;

pero aquellas cuajadas de rocío,

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer, como lágrimas del día…

esas… ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón, de su profundo sueño

tal vez despertará;

pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido… desengáñate,

¡así no te querrán!

[/b]

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave sonoro,

y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.

Parlanchina, la dueña dice cosas banales,

y vestido de rojo piruetea el bufón.

La princesa no ríe, la princesa no siente;

la princesa persigue por el cielo de Oriente

la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,

o en el que ha detenido su carroza argentina

para ver de sus ojos la dulzura de luz?

¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,

o en el que es soberano de los claros diamantes,

o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa

quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,

tener alas ligeras, bajo el cielo volar;

ir al sol por la escala luminosa de un rayo,

saludar a los lirios con los versos de mayo

o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,

ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,

ni los cisnes unánimes en el lago de azur.

Y están tristes las flores por la flor de la corte,

los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,

de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!

Está presa en sus oros, está presa en sus tules,

en la jaula de mármol del palacio real;

el palacio soberbio que vigilan los guardas,

que custodian cien negros con sus cien alabardas,

un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!

(La princesa está triste. La princesa está pálida.)

¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!

¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,

(La princesa está pálida. La princesa está triste.)

más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;

en caballo, con alas, hacia acá se encamina,

en el cinto la espada y en la mano el azor,

el feliz caballero que te adora sin verte,

y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,

a encenderte los labios con un beso de amor».

[

i]He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego

arriesgado y hermoso de la vida,

para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente

se aplicó a las simétricas porfías

del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.

No me abandona. Siempre está a mi lado

La sombra de haber sido un desdichado.

[/i]

Se equivocó la paloma.

Se equivocaba.

Por ir al norte, fue al sur.

Creyó que el trigo era agua.

Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;

que la noche, la mañana.

Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;

que la calor; la nevada.

Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;

que tu corazón, su casa.

Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.

Tú, en la cumbre de una rama.)

Con diez cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela,

un velero bergantín;

bajel pirata que llaman

por su bravura el Temido

en todo el mar conocido

del uno al otro confín.

La luna en el mar riela,

en la lona gime el viento

y alza en blando movimiento

olas de plata y azul;

y ve el capitán pirata,

cantando alegre en la popa,

Asia a un lado, al otro Europa,

Y allá a su frente Estambul:

-Navega, velero mío,

sin temor

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

Veinte presas

hemos hecho

a despecho

del inglés

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad;

mi ley, la fuerza y el viento;

mi única patria, la mar.

Allá muevan feroz guerra

ciegos reyes

por un palmo más de tierra,

que yo tengo aquí por mío

cuanto abarca el mar bravío

a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa

sea cualquiera,

ni bandera

de esplendor,

que no sienta

mi derecho

y dé pecho

a mi valor

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad;

mi ley, la fuerza y el viento;

mi única patria, la mar.

A la voz de ¡barco viene!,

es de ver

cómo vira y se previene

a todo trapo a escapar:

que yo soy el rey del mar

y mi furia es de temer.

En las presas

yo divido

lo cogido

por igual:

sólo quiero

por riqueza

la belleza

sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad;

mi ley, la fuerza y el viento;

mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!

Yo me río:

no me abandone la suerte,

y al mismo que me condena

colgaré de alguna antena

quizá en su propio navío.

Y si caigo,

¿qué es la vida?

Por perdida

ya la di

cuando el yugo

del esclavo

como un bravo sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad;

mi ley, la fuerza y el viento;

mi única patria, la mar.

Son mi música mejor

aquilones,

el estrépito y temblor

de los cables sacudidos

del negro mar los bramidos

y el rugir de mis cañones.

Y del trueno

al son violento,

y del viento,

al rebramar,

yo me duermo

sosegado,

arrullado

por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi Dios la libertad;

mi ley, la fuerza y el viento;

mi única patria, la mar.

El niño quiso ser pez;

metió los pies en el río.

Estaba tan frío el río

que ya no quiso ser pez.

El niño quiso ser ave;

se asomó al balcón del aire.

Estaba tan alto el aire

que ya no quiso ser ave.

El niño quiso ser perro;

se puso a ladrar a un gato.

Le trató tan mal el gato

que ya no quiso ser perro.

El niño quiso ser hombre;

le estaban tan mal los años

que ya no quiso ser hombre.

y ya no quiso crecer,

no quería crecer el niño

se estaba tan bien de niño,

pero tuvo que crecer.

Y una tarde, al volver

a su placita de niño

el hombre quiso ser niño

pero ya no pudo ser.

Yo quiero que el agua se quede sin cauce.

Yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos

y mi corazón sin la flor del oro.

Que los bueyes hablen con las grandes hojas

y que la lombriz se muera de sombra.

Que brillen los dientes de la calavera

y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida

luchando enroscada con el mediodía.

Resisto un ocaso de verde veneno

y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no me enseñes tu limpio desnudo

como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas,

¡pero no me enseñes tu cintura fresca!

Si el hombre pudiera decir lo que ama,

si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo

como una nube en la luz;

si como muros que se derrumban,

para saludar la verdad erguida en medio,

pudiera derrumbar su cuerpo,

dejando sólo la verdad de su amor,

la verdad de sí mismo,

que no se llama gloria, fortuna o ambición,

sino amor o deseo,

yo sería aquel que imaginaba;

aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos

proclama ante los hombres la verdad ignorada,

la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien

cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;

alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina

por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,

y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu

como leños perdidos que el mar anega o levanta

libremente, con la libertad del amor,

la única libertad que me exalta,

la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:

si no te conozco, no he vivido;

si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Tú me quieres alba,

me quieres de espumas,

me quieres de nácar.

Que sea azucena

Ssbre todas, casta.

De perfume tenue.

Corola cerrada .

Ni un rayo de luna

filtrado me haya.

Ni una margarita

se diga mi hermana.

Tú me quieres nívea,

tú me quieres blanca,

tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas

las copas a mano,

de frutos y mieles

los labios morados.

Tú que en el banquete

cubierto de pámpanos

dejaste las carnes

festejando a Baco.

Tú que en los jardines

negros del Engaño

vestido de rojo

corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto

conservas intacto

no sé todavía

por cuáles milagros,

me pretendes blanca

(Dios te lo perdone),

me pretendes casta

(Dios te lo perdone),

¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,

vete a la montaña;

límpiate la boca;

vive en las cabañas;

toca con las manos

la tierra mojada;

alimenta el cuerpo

con raíz amarga;

bebe de las rocas;

duerme sobre escarcha;

renueva tejidos

con salitre y agua:

Habla con los pájaros

y lévate al alba.

Y cuando las carnes

te sean tornadas,

y cuando hayas puesto

en ellas el alma

que por las alcobas

se quedó enredada,

entonces, buen hombre,

preténdeme blanca,

preténdeme nívea,

preténdeme casta.

Cerrar podrá mis ojos la postrera

Sombra que me llevare el blanco día,

Y podrá desatar esta alma mía

Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera

Dejará la memoria, en donde ardía:

Nadar sabe mi llama el agua fría,

Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,

Venas, que humor a tanto fuego han dado,

Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, mas polvo enamorado.


A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas en alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

Ir y quedarse, y con quedar partirse,

partir sin alma, y ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo, y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma, y en la vida infierno.

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me

ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con

quien tanto quería.

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento

a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera;

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y en tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata le requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

[b]Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París ?y no me corro?

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…

[/b]

I

Recuerde el alma dormida,

avive el seso e despierte

contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el plazer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parescer,

cualquiere tiempo passado

fue mejor.

II

Pues si vemos lo presente

cómo en un punto s’es ido

e acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo non venido

por passado.

Non se engañe nadi, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de passar

por tal manera.

III

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

qu’es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

e más chicos,

allegados, son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos.

INVOCACIÓN

IV

Dexo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

non curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores.

Aquél sólo m’encomiendo,

Aquél sólo invoco yo

de verdad,

que en este mundo viviendo,

el mundo non conoció

su deidad.

V

Este mundo es el camino

para el otro, qu’es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nascemos,

andamos mientra vivimos,

e llegamos

al tiempo que feneçemos;

assí que cuando morimos,

descansamos.

VI

Este mundo bueno fue

si bien usásemos dél

como debemos,

porque, segund nuestra fe,

es para ganar aquél

que atendemos.

Aun aquel fijo de Dios

para sobirnos al cielo

descendió

a nescer acá entre nos,

y a vivir en este suelo

do murió.

VII

Si fuesse en nuestro poder

hazer la cara hermosa

corporal,

como podemos hazer

el alma tan glorïosa

angelical,

¡qué diligencia tan viva

toviéramos toda hora

e tan presta,

en componer la cativa,

dexándonos la señora

descompuesta!

VIII

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que, en este mundo traidor,

aun primero que muramos

las perdemos.

Dellas deshaze la edad,

dellas casos desastrados

que acaeçen,

dellas, por su calidad,

en los más altos estados

desfallescen.

IX

Dezidme: La hermosura,

la gentil frescura y tez

de la cara,

la color e la blancura,

cuando viene la vejez,

¿cuál se para?

Las mañas e ligereza

e la fuerça corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega el arrabal

de senectud.

X

Pues la sangre de los godos,

y el linaje e la nobleza

tan crescida,

¡por cuántas vías e modos

se pierde su grand alteza

en esta vida!

Unos, por poco valer,

por cuán baxos e abatidos

que los tienen;

otros que, por non tener,

con oficios non debidos

se mantienen.

XI

Los estados e riqueza,

que nos dexen a deshora

¿quién lo duda?,

non les pidamos firmeza.

pues que son d’una señora;

que se muda,

que bienes son de Fortuna

que revuelven con su rueda

presurosa,

la cual non puede ser una

ni estar estable ni queda

en una cosa.

XII

Pero digo c’acompañen

e lleguen fasta la fuessa

con su dueño:

por esso non nos engañen,

pues se va la vida apriessa

como sueño,

e los deleites d’acá

son, en que nos deleitamos,

temporales,

e los tormentos d’allá,

que por ellos esperamos,

eternales.

XIII

Los plazeres e dulçores

desta vida trabajada

que tenemos,

non son sino corredores,

e la muerte, la çelada

en que caemos.

Non mirando a nuestro daño,

corremos a rienda suelta

sin parar;

desque vemos el engaño

y queremos dar la vuelta

no hay lugar.

XIV

Esos reyes poderosos

que vemos por escripturas

ya passadas

con casos tristes, llorosos,

fueron sus buenas venturas

trastornadas;

assí, que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

e perlados,

assí los trata la muerte

como a los pobres pastores

de ganados.

XV

Dexemos a los troyanos,

que sus males non los vimos,

ni sus glorias;

dexemos a los romanos,

aunque oímos e leímos

sus hestorias;

non curemos de saber

lo d’aquel siglo passado

qué fue d’ello;

vengamos a lo d’ayer,

que también es olvidado

como aquello.

XVI

¿Qué se hizo el rey don Joan?

Los infantes d’Aragón

¿qué se hizieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué de tanta invinción

como truxeron?

¿Fueron sino devaneos,

qué fueron sino verduras

de las eras,

las justas e los torneos,

paramentos, bordaduras

e çimeras?

XVII

¿Qué se hizieron las damas,

sus tocados e vestidos,

sus olores?

¿Qué se hizieron las llamas

de los fuegos encendidos

d’amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,

las músicas acordadas

que tañían?

¿Qué se hizo aquel dançar,

aquellas ropas chapadas

que traían?

XVIII

Pues el otro, su heredero

don Anrique, ¡qué poderes

alcançaba!

¡Cuánd blando, cuánd halaguero

el mundo con sus plazeres

se le daba!

Mas verás cuánd enemigo,

cuánd contrario, cuánd cruel

se le mostró;

habiéndole sido amigo,

¡cuánd poco duró con él

lo que le dio!

XIX

Las dávidas desmedidas,

los edeficios reales

llenos d’oro,

las vaxillas tan fabridas

los enriques e reales

del tesoro,

los jaezes, los caballos

de sus gentes e atavíos

tan sobrados

¿dónde iremos a buscallos?;

¿qué fueron sino rocíos

de los prados?

XX

Pues su hermano el innocente

qu’en su vida sucesor

se llamó

¡qué corte tan excellente

tuvo, e cuánto grand señor

le siguió!

Mas, como fuesse mortal,

metióle la Muerte luego

en su fragua.

¡Oh jüicio divinal!,

cuando más ardía el fuego,

echaste agua.

XXI

Pues aquel grand Condestable,

maestre que conoscimos

tan privado,

non cumple que dél se hable,

mas sólo como lo vimos

degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas e sus lugares,

su mandar,

¿qué le fueron sino lloros?,

¿qué fueron sino pesares

al dexar?

XXII

E los otros dos hermanos,

maestres tan prosperados

como reyes,

c’a los grandes e medianos

truxieron tan sojuzgados

a sus leyes;

aquella prosperidad

qu’en tan alto fue subida

y ensalzada,

¿qué fue sino claridad

que cuando más encendida

fue amatada?

XXIII

Tantos duques excelentes,

tantos marqueses e condes

e varones

como vimos tan potentes,

dí, Muerte, ¿dó los escondes,

e traspones?

E las sus claras hazañas

que hizieron en las guerras

y en las pazes,

cuando tú, cruda, t’ensañas,

con tu fuerça, las atierras

e desfazes.

XXIV

Las huestes inumerables,

los pendones, estandartes

e banderas,

los castillos impugnables,

los muros e balüartes

e barreras,

la cava honda, chapada,

o cualquier otro reparo,

¿qué aprovecha?

Cuando tú vienes airada,

todo lo passas de claro

con tu flecha.

XXV

Aquel de buenos abrigo,

amado, por virtuoso,

de la gente,

el maestre don Rodrigo

Manrique, tanto famoso

e tan valiente;

sus hechos grandes e claros

non cumple que los alabe,

pues los vieron;

ni los quiero hazer caros,

pues qu’el mundo todo sabe

cuáles fueron.

XXVI

Amigo de sus amigos,

¡qué señor para criados

e parientes!

¡Qué enemigo d’enemigos!

¡Qué maestro d’esforçados

e valientes!

¡Qué seso para discretos!

¡Qué gracia para donosos!

¡Qué razón!

¡Qué benino a los sujetos!

¡A los bravos e dañosos,

qué león!

XXVII

En ventura, Octavïano;

Julio César en vencer

e batallar;

en la virtud, Africano;

Aníbal en el saber

e trabajar;

en la bondad, un Trajano;

Tito en liberalidad

con alegría;

en su braço, Aureliano;

Marco Atilio en la verdad

que prometía.

XXVIII

Antoño Pío en clemencia;

Marco Aurelio en igualdad

del semblante;

Adriano en la elocuencia;

Teodosio en humanidad

e buen talante.

Aurelio Alexandre fue

en desciplina e rigor

de la guerra;

un Constantino en la fe,

Camilo en el grand amor

de su tierra.

XXIX

Non dexó grandes tesoros,

ni alcançó muchas riquezas

ni vaxillas;

mas fizo guerra a los moros

ganando sus fortalezas

e sus villas;

y en las lides que venció,

cuántos moros e cavallos

se perdieron;

y en este oficio ganó

las rentas e los vasallos

que le dieron.

XXX

Pues por su honra y estado,

en otros tiempos passados

¿cómo s’hubo?

Quedando desamparado,

con hermanos e criados

se sostuvo.

Después que fechos famosos

fizo en esta misma guerra

que hazía,

fizo tratos tan honrosos

que le dieron aun más tierra

que tenía.

XXXI

Estas sus viejas hestorias

que con su braço pintó

en joventud,

con otras nuevas victorias

agora las renovó

en senectud.

Por su gran habilidad,

por méritos e ancianía

bien gastada,

alcançó la dignidad

de la grand Caballería

dell Espada.

XXXII

E sus villas e sus tierras,

ocupadas de tiranos

las halló;

mas por çercos e por guerras

e por fuerça de sus manos

las cobró.

Pues nuestro rey natural,

si de las obras que obró

fue servido,

dígalo el de Portogal,

y, en Castilla, quien siguió

su partido.

XXXIII

Después de puesta la vida

tantas vezes por su ley

al tablero;

después de tan bien servida

la corona de su rey

verdadero;

después de tanta hazaña

a que non puede bastar

cuenta cierta,

en la su villa d’Ocaña

vino la Muerte a llamar

a su puerta,

XXXIV

diziendo: “Buen caballero,

dexad el mundo engañoso

e su halago;

vuestro corazón d’azero

muestre su esfuerço famoso

en este trago;

e pues de vida e salud

fezistes tan poca cuenta

por la fama;

esfuércese la virtud

para sofrir esta afruenta

que vos llama.”

XXXV

“Non se vos haga tan amarga

la batalla temerosa

qu’esperáis,

pues otra vida más larga

de la fama glorïosa

acá dexáis.

Aunqu’esta vida d’honor

tampoco no es eternal

ni verdadera;

mas, con todo, es muy mejor

que la otra temporal,

peresçedera.”

XXXVI

“El vivir qu’es perdurable

non se gana con estados

mundanales,

ni con vida delectable

donde moran los pecados

infernales;

mas los buenos religiosos

gánanlo con oraciones

e con lloros;

los caballeros famosos,

con trabajos e aflicciones

contra moros.”

XXXVII

“E pues vos, claro varón,

tanta sangre derramastes

de paganos,

esperad el galardón

que en este mundo ganastes

por las manos;

e con esta confiança

e con la fe tan entera

que tenéis,

partid con buena esperança,

qu’estotra vida tercera

ganaréis.”

[Responde el MaestreSonetos famosos

XXXVIII

“Non tengamos tiempo ya

en esta vida mesquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo;

e consiento en mi morir

con voluntad plazentera,

clara e pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera,

es locura.”

[Del maestre a Jesús]

XXXIX

“Tú que, por nuestra maldad,

tomaste forma servil

e baxo nombre;

tú, que a tu divinidad

juntaste cosa tan vil

como es el hombre;

tú, que tan grandes tormentos

sofriste sin resistencia

en tu persona,

non por mis merescimientos,

mas por tu sola clemencia

me perdona”.

FIN

XL

Assí, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados,

cercado de su mujer

y de sus hijos e hermanos

e criados,

dio el alma a quien gela dio

(el cual la ponga en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió,

dexónos harto consuelo

su memoria.

Sonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famososSonetos famosos

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