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Síndrome de Estocolmo PRO. Macri, pegame que me gusta.

Nos escondió sus economistas y desmentía las acusaciones de devaluación y quita de subsidios.

“No mientas más, dejá de meter miedo, Melconian y Sturzeneger no están en el equipo de Macri”, se leia todos los días. “No van a sacar los subsidios, están a full con la campaña del miedo, no va a ajustar Macri”.

Al final Melconian al Nación, Sturzenegger al Central, quita de subsidios, devaluación, quita de retenciones, si el gremio docente no se avivaba volvíamos a tener la educación de los 90 por un “error”, decenas de DNUs y el colmo, jueces de la corte suprema puestos por el legislativo. Y sólo en la primera semana.

A causa de todo esto los votantes de Macri están mostrando sufrir una especie Síndrome de Estocolmo político.

“Está bien que nos quiten los subsidios, eran muy baratos, también es correcto que suban los precios, hay que sincerarse y además está bien que le quiten las retenciones al campo y que devalúen, al final ellos merecen tener su plata. ¿Por qué el gobierno tendría que meterse con su riqueza?”

“Está bien que metan dos jueces de la corte suprema por decreto y no como el nefasto gobierno anterior que había propuesto al congreso un candidato” Comentan los votantes del Partido “Republicano”

Síndrome de Estocolmo PRO. Macri, pegame que me gusta.

Desde el ballottage, un eje del debate económico ha sido qué sucederá desde el 10 de diciembre cuando asuma el nuevo gobierno. Mientras Daniel Scioli intentaba generar confianza presentando sus posibles ministros, Mauricio Macri hizo totalmente lo opuesto. Siguiendo una sugerencia del asesor de campaña Jaime Durán Barba, Macri se dedicó a no anticipar nada, excepto una cosa: que devaluaría el peso. ¿Cómo es posible que un candidato que promete devaluar gane una elección? ¿Cuál fue la intención de anticipar la devaluación y qué pasó desde ese momento?

En el ámbito económico, la táctica de la alianza Cambiemos ha sido mayoritariamente aquella de no adelantar decisiones o planes detallados, tanto antes como después del 22 de noviembre. Sin embargo, existe una enorme excepción a esta regla general, representada por la política cambiaria. En particular, el ministro de Finanzas y Hacienda Alfonso Prat-Gay ha insistentemente reiterado la firme voluntad del futuro gobierno de devaluar (“sincerar”, según su léxico) ni bien asuma el poder. Esto fue también reforzado por Carlos Melconian, el presidente del Banco Nación. No fueron comentarios off the records, sino que en repetidas ocasiones han también sugerido que el (supuesto) valor natural de la paridad cambiaria tendría que estar alrededor de los 16 pesos, es decir casi un 70 por ciento más elevada.

Lo extraño del caso es que es muy inusual, sino único, lo que el equipo económico de Cambiemos hizo desde el ballottage. Sin exagerar, semejante conducta (y por parte de un ex presidente del Banco Central como Prat-Gay) sería tildada de irresponsable y suicida en casi todos los países del mundo. Esta fue la reacción de Roberto Lavagna, quién dijo: “O está diciendo una barbaridad técnica o está ocultando que el primer día de su gobierno piensa hacer una gran devaluación o un gran endeudamiento”. Esto se debe a la regla sagrada de las devaluaciones, que dice que si se hacen, nunca se dicen. Además, siempre se planean un minuto antes de un feriado largo, con los bancos y la Bolsa cerrados para impedir maniobras especulativas y desestabilizadoras. La historia argentina está plagada de estas experiencias.

¿Por qué, entonces, Cambiemos anticipó que devaluarán? Una posible explicación es que el deseo no era que Mauricio Macri devaluara al asumir el poder, sino que a Cristina Fernández de Kirchner le explotaran las finanzas antes de la segunda vuelta, y esto le diera un triunfo rotundo a Macri. Este tipo de golpe de mercado es una práctica cada vez más común en Argentina y todo el mundo. Es la misma estrategia que hizo caer a Raúl Alfonsín seis meses antes de finalizar su mandato en 1989. Y, paradójicamente, también la que expulsó del poder a Silvio Berlusconi en Italia en 2011 mientras estaba negociando la salida de Italia del euro y dio pie a que un neoliberal ortodoxo como Mario

Monti asumiera un gobierno transicional con fines de ajuste. En el caso argentino de 2015, si funcionaba el aparente golpe de mercado, hubiese dado al gobierno entrante un justificativo para iniciar un plan de políticas de ajuste. Esto, obviamente, no pasó.

Síndrome de Estocolmo



Desde el punto de vista de la ciudadanía, la pregunta, entonces es ¿por qué identificarnos con un gobernante que promete devaluar, es decir, empobrecernos?La identificación por una parte de la población con la necesidad del fin de los subsidios, la devaluación, la quita de planes sociales, el ajuste y otras políticas impopulares que lo afectarían directamente es producto de lo que parecería una suerte de Síndrome de Estocolmo. Este síndrome es una reacción psicológica en la que la víctima se identifica con el victimario, esto sucede en casos extremos como un secuestro. Esta relación de vínculo afectivo hace que la víctima se enamore o defienda a su victimario. Es decir, nos permite conceptualizar la identificación de un sector de la población con los que promueven empobrecerlos. El Síndrome de Estocolmo es el que pasó a primar desde el triunfo de Macri en medios de comunicación y parte de la población, naturalizando que los intereses de un CEO y un kioskero son los mismos.

En el marco de este síndrome resulta muy difícil recibir información alternativa que ponga en cuestión certezas. Aquí resulta interesante rescatar a Kunda (1990), quién dice que muchas veces las personas llevan adelante un razonamiento guiado por el deseo de obtener una conclusión predefinida que de analizar la información para elaborar decisiones con información más precisa. En otras palabras, un sector del electorado, por ser radical, por vivir en Córdoba, por rechazar todo lo que sea peronista, o porque prefiere ver caras nuevas, ignora la información de las políticas de ajuste de forma intencional y emocional. Cognitivamente establecieron barreras a la inclusión de información que pudiera presentarles la disyuntiva de tener que apoyar a otro gobernante que rechazaban a priori de cualquier argumento a su favor o en contra.

La combinación entre un gobierno entrante que auguró que devaluaría y una población que reacciona ante esta profecía como si fuese un hecho irrefutable ha generado un fenómeno novedoso: hay una devaluación inminente con fecha (casi) exacta. Los precios suben en supermercados, la economía se frena, y todos estamos en la fila para el cadalso, sabiendo que el día es alguno luego del 10 de diciembre. Pero, la población no está siendo pasiva: se agotan las compras de dólar ahorro, no se renueva el stock de productos en Precios Cuidados, todo sube de precio, y la Corte Suprema desfinancia la Anses.

La devaluación estaría en marcha, aunque seguimos con múltiples tipos de cambio. Pero, nada de esto es natural, sino que fue provocado por los dichos del equipo económico de Macri con la intención de construir una sensación de crisis que justifique políticas de austeridad.

La estrategia de Cambiemos funcionaría sin desbandar la economía solamente si el Síndrome de Estocolmo que están fomentando desde que Macri ganó hace efecto. Es decir, si ante la evidencia de que todos seremos más pobres, todos saldremos a la plaza a pedir por favor que nos empobrezcan. O no salgamos a hacer nada. Como siempre en economía, nada es natural ni necesario, la economía es política por definición, y se guía por intereses de este tipo. La profecía se cumplirá si así lo permite la población, y no será así si notamos que un CEO y un kiosquero no tienen los mismos intereses. Y que la devaluación no es una medida necesaria, ni natural, sino intencionada con claros ganadores y perdedores.

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