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Serie: Los Pintores – 53 – Alberto Durero, el grabador

Es curioso: a veces olvidamos las facciones de un rostro, pero no su fisonomía.

No tengo presente, por separado, sus ojos, su boca, sus mejillas y, sin embargo, recuerdo el conjunto de su cara, ingenua y risueña como una lámina coloreada.

Serie: Los Pintores

53 – Alberto Durero, el grabador

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Alguien ha dicho alguna vez que Alberto Durero es el mas sorprendente caso de mimetismo que quepa imaginar, porque, “a fuerza de dibujar al Nazareno y de enterrar su mirada entre los infolios de un Nuevo Testamento, acabó por hacerse con una idealizada faz nazarena”.

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Iniciamos con este rasgo fundamental su breve evocación de estas páginas, porque acaso él signifique la esencia misma del arte del incomparable pintor alemán.

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Y si en el título nos circunscribimos al llamarlo “el grabador”, ello no es porque ignoremos o desdeñemos sus otras virtudes dentro de la pintura y las letras, sino simplemente porque consideramos que como grabador no tiene igual en el mundo.

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Alberto Durero nació en 1471, en Nuremberg, la libre ciudad de los campanarios.

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Originario de una familia húngara, su padre debió entregarse a los más duros trabajos para mantener su hogar. Sin embargo, cuando advirtió que Alberto se inclinaba hacía el arte, no vaciló un momento en privarse de su posible ayuda material y lo colocó al servicio de Miguel Wolgemuth, uno de los más renombrados pintores de Nuremberg.

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Terminado su aprendizaje; Alberto viajó. Estuvo en Colmar, en Basilea, en Estrasburgo. Y luego, a su regreso, se desposó con la muchacha que sus padres le habían reservado: Agnes Frey, una criatura muy agraciada, pero a quien los historiadores presentan a cada rato como a una Xantipa.

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Tras un breve viaje por Italia, Durero regresó a Nuremberg, en donde lo encontramos en 1495.

Su fama empezaba entonces y fue acrecentándose sin interrupción.

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En 1498 inició el ciclo grandioso del Apocalipsis. Sus estampas empezaron a ser disputadas por los amantes del arte y recorrieron toda Europa. Protegido por el elector Federico de Sajonia, y en alto modo estimado por el humanista Villibaldo Pirkhelmer, pudo trabajar con tranquilidad y crear así sus impresionantes obras maestras.

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Muy pronto lució en la mejor sociedad intelectual de Nuremberg, Su genio intenso y fecundo se multiplicaba. Pero prefería el buril al pincel.

Y el libre dibujo a la pintura propiamente dicha. De ahí que sus cuadros, concebidos gráficamente, pecaran de cierta dureza.

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Y sin embargo, más de un artista se sentiría feliz de haber concebido y realizado su “Epifanía” de la Galería de los Uffizi o sus “Cuatro temperamentos” de la Pinacoteca de Mónaco.

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Un nuevo viaje a Italia, realizado en 1505, lo llevó a Venecia, en donde su éxito fue extraordinario. Su fantasía religiosa, su incisiva expresión puesta de relieve en cualquiera de sus dibujos, antes que en el mejor de sus cuadros, le ganaron rápidamente la admiración y el cariño de uno de los pueblos más afectos al arte.

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Por eso cuando regresó a su ciudad natal, su fama había alcanzado nuevas cumbres. Pero, él no se daba por satisfecho y quería llegar a algo que sólo alcanzaría con su “Caballero de la muerte”, que está considerada como su obra decisiva.

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Entre tanto, el tiempo seguía huyendo irreparable. Y un día le llegó el dolor supremo de ver morir a su vieja madre … Ved cómo narra él mismo esos momentos:

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“Mi dulce madre ha llevado en su seno dieciocho hijos; ha tenido en varias ocasiones la peste y otras enfermedades gravísimas; ha pasado por épocas de extrema pobreza y ha sufrido la burla y el desdén en la peor adversidad…

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Sin embargo, nunca le guardó rencor a nadie. .. Murió sufriendo. Yo oraba delante de su lecho. Y ahora experimento tal dolor que no puedo expresarlo. Dios la acoja en su misericordia … ”

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Estas palabras forman un retrato cabal, no tanto de la madre del artista como de él mismo.

Porque Alberto fue piadoso y honrado durante toda su vida.

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Y debió vivir en permanente conflicto con su época, la época terrible de la Reforma, en que toda la cristiandad parecía derrumbarse.

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Conoció a Lutero y a Erasmo. Y acaso tuvo con ellos roces ásperos. El era inconmoviblemente católico, y renegar de su fe le habría significado tanto como renegar de su arte.

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Por eso se refugió en los infolios de los Nuevos Testamentos. Y por eso terminó por hacerse el rostro nazareno que nos es fácil advertir en sus cuatro autorretratos.

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El primero de estos autorretratos figura en la colección Albertina de Viena. Se trata de un dibujo hecho a los trece años. Y en él, aunque no aparezca muy lindo, ya es perceptible cierta dulzura celestial que se adivina en el fondo de los ojos, a despecho de la narizota exagerada.

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El segundo autorretrato data de 1493 y está ahora en París en la colección Villeroy. Los veintidós años de Alberto aparecen aquí desgarbados pero suavísimos. Y sin embargo, él ha querido lucir en la diestra un cardo simbólico.

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El tercer autorretrato, que está en el Museo del Prado de Madrid, es de cuando ya había cumplido los veintiséis años. Dijérase que lo que quiso fue pintar a Nuestro Señor y que se tomó a él mismo como modelo.

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Sus rizos están prolijamente peinados y luce prendas de alta elegancia. El cuarto y último autorretrato de Alberto Durero se encuentra en la Pinacoteca de Munich y está fechado en 1500, aunque haya quien sostiene que tal fecha no es la verdadera y que más bien le corresponde la de 1.512, o sea el año en que el artista se encontraba en la tarea suprema de grabar las escenas de la Pasión.

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En esta ocasión Alberto aparece de frente. Encuadran su rostro el cabello y la barba. Pósase a lo lejos la mirada llena de dulzura y de húmedo amor. Y una mano extraña parece hacernos una señal de amistad desde la tela…

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En abril de 1528 murió este enorme creador que, según uno de sus apologistas, fue antes que un titán un asceta de la paciencia. Mago de la ideación, héroe del misterio, dejó innumerables pruebas de la pureza de su genio y de lo inquebrantable de su fe.

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Tuvo el sentimiento vivo de la naturaleza, y lo transformó en obra imperecedera. Sin temor a exagerar, puede afirmarse que ningún otro artista sintió con mayor intensidad que él los temas sagrados que trató.

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Porque en ellos puso no sólo la verdad de su alma, sino algo así como la protesta de su religión contra quienes pretendían desvirtuarla.

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En 1940 se realizó en la Galería Müller de Buenos Aires una exposición de grabados del gran maestro. Del catálogo que circuló entonces copiamos estas palabras finales:

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“En resumidas cuentas: nos hallamos, ante un espejo de nuestra propia inquietud, y aparte del deleite estético, debemos a este conjunto de obras una enseñanza en extremo reconfortante: en aquel mundo de la Reforma, sobrecogido por el temor de un cercano Juicio Final, surgieron una belleza y una fe nuevas.

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Entre el humo de pólvora y de casas incendiadas cumplió su obra silenciosamente un nuevo tipo de hombre, humano y creyente. Ante su ejemplo nos invade una sensación de alivio, de esperanza, que mezclada a la admiración de su belleza, reafirma nuestra confianza en los valores eternos de la humanidad.”

Fuentes:

Wiki

Revista Selecta de junio de 1946

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