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santiagueño creó 1 solución para quitar el arsénico del agua

La información fue publicada en el sitio de la Universidad Católica de Córdoba, en donde ambos alumnos hablaron sobre la experiencia del proyecto.

El responsable del proyecto, el jesuita, Guillermo Blasón, sj (GB) y dos alumnos de Ingeniería Industrial, Guillermo Kozameh (GK) de 24 años y Pablo Guanca (PG) de 26, nos contaron acerca de esta experiencia. El proyecto ha sido seleccionado para ser expuesto en el VIII° Congreso de Ingeniería Industrial (COINI) que se realizará del 12 al 15 Noviembre en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN).

–¿Concretamente qué es y que es lo que produce el arsénico en las personas?

P– Es un metal que se encuentra en algunas zonas y que contamina las napas de agua. Entre otras cosas, puede producir cáncer.

GB– Otra enfermedad que produce se llama Hacre o hidroarsenicismo crónico regional endémico que se manifiesta con problemas en la piel.

GK– La contaminación con arsénico es silenciosa porque se va acumulando en el cuerpo. Yo soy de Santiago y mi papá fue médico regional. Siempre me contaba que cuando le das la mano a una persona te das cuenta de que puede llegar a tener hacre porque las plantas de los pies y las manos se vuelven muy ásperas y callosas y esto mismo se puede manifestar en un órgano interno. También produce manchas en los dientes. Se da mucho en Santiago y Chaco.

–¿Cuál es la problemática concreta del agua?

GB– En la zona de santiago las dos primeras napas que están a 80 y a 200 mts. están contaminadas con arsénico. Hay poblaciones que se ubican en la costa del río Salado y esas consumen el agua del río que, aún sin un tratamiento adecuado, es la mejor y más sana. Otros usan aljibes en los que juntan el agua de las lluvias y que son compartidos por varias familias. Los pozos en general son muy costosos y por lo tanto, inaccesibles.

GK– Nosotros veníamos utilizando el índice de límite de arsénico de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que indica 0.01 miligramo por litro, pero desde el Laboratorio Central de Ciencias Químicas nos hicieron conocer el Código Alimentario Argentino donde dice que lo permitido es 0.05.

P– Sí, de todas formas, el nivel de arsénico del agua de esa zona es cinco veces más de lo permitido por la OMS.

–¿Cómo llegaron a trabajar allí?

GB– En 2011 nos acercamos por nuestra vinculación con tres jesuitas que viven en una parroquia que está en la zona de Boquerón. Visitamos el lugar con la idea de iniciar algunos proyectos de Responsabilidad Social Universitaria. Comenzamos con la Facultad de Ciencias Agropecuarias (FCA) haciendo unos lotes demostrativos de pasturas para la gente que cría animales, después con gente de Tecnología de los Alimentos que ayudaban a un grupo de apicultores a hacer productos de miel (caramelos, chupetines) y otros colaboraban en un a huerta comunitaria. Así fue como nos comentaron sobre esta necesidad de la gente que está alejada del río y consume agua contaminada y Fernando Pedri, el actual Decano de la FCA, comenzó con un grupo en 2012 el proyecto del filtro. Recién en 2014 pudimos llevar un modelo para utilizarlo.

–¿Qué se necesita para hacer un filtro?

P– Se necesita muy poco: dos botellas de plástico de 2 litros y cuarto; una tela de 45 x 15 cm; un alfiler o alambre; cuatro paquetes de virulana de acero (gris) y 50 gramos de algodón cortados en dos partes. La virulana reacciona ante el arsénico que queda depositado allí. El algodón y la tela se utilizan como filtro de otras partículas y del metal que pierde la virulana. Hoy aproximadamente serían entre 27 y 30 pesos por filtro y esto rinde 45 litros.

GB– El proceso se denomina adsorción y de esta forma las partículas se pegan a la superficie y el óxido de hierro queda atrapado en el algodón y la tela.

GK–Las capas de algodón se deben cambiar y la virulana se lava cada 15 litros. Después de tres ciclos se reemplaza todo. El primer prototipo era muy básico pero se fue perfeccionando y ahora estamos trabajando para ver si se puede aumentar la utilidad de los materiales y que pueda rendir más. Pablo y yo estamos haciendo nuestra tesis sobre este tema.

–¿Qué cantidad de familias utilizan este método para filtrar el agua?

GB– No tantas como nosotros quisiéramos aunque la gente es bastante conciente del problema del arsénico. Cuando comenzamos con esto, explicamos el procedimiento en una de las localidades que tiene más de 600 habitantes. Cuando volvimos pensamos que muchas familias lo estarían poniendo en práctica pero no fue así. Hay costumbres que ya están muy arraigadas y es difícil cambiarlas por eso digo que la concientización es parte de la riqueza del proyecto, para que las personas entiendan la magnitud del problema. En este sentido, creo que se han abierto como dos frentes en el proyecto: por una parte lo técnico y por otra lo cultural que es mucho más arduo.

–En relación a las enfermedades ¿Llevan algún registro?

GB– Hasta ahora no, y en eso estamos intentando hacer algo ya que muchas veces hemos medido el arsénico en el agua, pero no cuán contaminada está la gente. En el caso de una familia cuyo padre falleció, ellos se hicieron los estudios que se miden los gramos de arsénico en el pelo. De acuerdo a eso, se establece que tan contaminada está una persona y los valores que dieron esos estudios son altos.

Queremos invitar a las distintas facultades a que se sumen a este proyecto. Una línea podría ser trabajar con Medicina para hacer estas mediciones y también queremos analizar con la FCA qué pasa con las verduras que se riegan con este agua y también con la ingesta de carne de animales que la consumen.

El Laboratorio Central de Ciencias Químicas colabora con nosotros desde hace tiempo con los análisis del agua.

–Como alumnos ¿Cómo se acercaron al proyecto y cómo valoran la experiencia?

P– Para mí lo más interesante fue poder solucionar un problema concreto de gente que lo necesita. Además, el proyecto ha sido seleccionado para ser expuesto en un Congreso Nacional de Ingeniería Industrial que se realizará en breve en la UTN.

GK– En mi caso me acerqué porque soy santiagueño. No tenía idea que a 200 Km. de la capital podía encontrarme con esta realidad. Es muy fuerte porque ves que hay gente que no tiene nada y esa la gente que más da. Hay muchos niños y por eso queremos que este proyecto siga y que se descubran cosas nuevas.

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