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Religión climática



En los seis mil años de historia que tenemos registrada, la religión legitimaba los gobiernos y sus conquistas, y hubo religiones que sumaban (subordinados) a los dioses de los pueblos conquistados, y otras que optaban por destruirlos. Es sólo en la época moderna que se considera la posibilidad de permitir que cada quien tenga la religión que más le guste, lo que obligaba al Estado a no tener ninguna. Sin una religión obligada, algunos países se convirtieron en un mercado libre de religiones (Estados Unidos es el caso) mientras que otros fueron perdiendo la fe.

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Pero la invención de la religión fue exitosa porque respondía a ciertas características naturales de los seres humanos, que buscan explicaciones, consuelo, dirección, rutina, porque tienen miedo de la muerte, del fin. Cuando ocurre el derrumbe del Estado religioso en Europa, el vacío se llena con ideologías que cumplen con esos requerimientos: explican, dirigen, consuelan y dan una rutina. El nacionalismo y el comunismo, creo, son los mejores ejemplos. Como las religiones que sustituyeron, tenían vocación universal y ansia de conquista y, como ellas, también amenazaban con el fin de los tiempos.

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Hacia los años sesenta, aparecieron competidores. Primero el cuento de la explosión demográfica (Ehrlich), luego el del fin de los recursos (Club de Roma), y finalmente, el cambio climático o calentamiento global. Aunque todos tuvieron sus principios religiosos, este último ha logrado realmente convertirse en una religión en forma, con su dogma, sus ministros, e incluso sus concilios, como el registrado en París este fin de semana. Como usted ya sabe, no hubo explosión demográfica. Es posible que la humanidad alcance un máximo de diez mil millones de seres humanos para fines de siglo, pero muy posiblemente no llegue siquiera a ello. Hoy mismo, ya se nos está acabando la población en edad de trabajar en buena parte del mundo (incluyendo Brasil, por ejemplo). De los recursos, es claro que no se acaban, e incluso hay ahora más que antes de muchos de ellos.

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Pero los del cambio climático han logrado construir su religión. Cosecharon a muchos fieles del comunismo que se quedaron sin iglesia, han juntado recursos, y son sumamente agresivos. De hecho, a quienes discrepamos nos llaman “negadores” (deniers), es decir pecadores, herejes, carne de cadalso. Como ocurrió con las otras religiones modernas, dependen de la fe, y no de la evidencia. No hay duda de que contaminamos, como tampoco la hubo de que la población crecía o de que los recursos se consumían más rápidamente. De lo que hay duda es de las tendencias, los impactos, los procesos, que en todos los casos anteriores han resultado muy diferentes de lo que los profetas dijeron. Pero, por si fuese poco, afirman que la ciencia ya ha dicho su última palabra. Eso no es ciencia, es religión. Sólo ahí hay últimas palabras. No puedo entrar en detalles acá, pero si quiere más información, le sugiero el artículo del domingo en el WSJ de Matt Ridley y Benny Peiser en este tema, o si quiere leer más, el libro colectivo Climate Change: the Facts.

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Sí estamos contaminando, sí se requiere hacer más eficientes los procesos, pero amenazar con el fin del mundo para proponer un solo camino y una sola verdad, no es ciencia, es religión.

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