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[Relato] Blackgold – Día 8

Día 7 y anteriores

Día 8

Tardamos un tiempo en reaccionar, en asimilar lo que acababa de ocurrir. Por suerte los apestosos no habían conseguido abordar el barco, en parte gracias a la distancia que separaba a éste del muelle. Al subir había quitado la rampa de una patada y ahora no había más que un pequeño abismo con fondo helado. Las pocas bestias que habían comenzado a subir por la rampa cuando la empujé, cayeron pesadamente sobre el agua de mar congelada y sus cuerpos se destrozaron. Parece que ello persuadió a las demás de intentar algo para acercarse al Spirit in the Night. Aún así, siguieron merodeando por el muelle hasta que, poco a poco, fueron dispersándose hasta desaparecer.

Durante el tiempo que los observé no sabía qué pensar de aquellas criaturas. Por momentos parecían asombrosamente inteligentes, astutas y coordinadas, pero por otros, no eran más que lo que aparentaban, seres básicos y puramente salvajes. ¿Cuál era su verdadera cara? El sonido de Tobías encendiendo el fuego en la pantalla de radar me apartó de mi pensamiento. Chasqueó unas piedras y pronto el fuego calentó el aire de la cabina de mando. Jenny se aferraba a mi brazo con fuerza. Su cara, al igual que la de Tobías, Travis y, muy probablemente la mía también, mostraba un gesto extraño, mezcla de impotencia, miedo y furia. A todo eso se sumaba el desconcierto por la situación de nuestros compañeros. ¿Habrían conseguido llegar a la taberna y ponerse a salvo? ¿O habrían fracasado? Ese segundo pensamiento traía a mi mente imágenes desagradables que prefiero no recordar.

Si bien parecía que fuera ya no quedaba rastro de la turba de apestosos, preferimos descansar un poco antes de salir en busca de nuestros compañeros. Además, bajar nuestro nivel de adrenalina nos ayudaría a ver la situación con más claridad. Uno a uno, fueron cayendo víctima del agotamiento. Primero Travis, luego Jenny que se durmió sobre mi pecho, y por último Tobías. Todos excepto yo. No conseguía dormirme. Pensé que ponerme al día con este diario me ayudaría a conciliar el sueño. Saqué el pequeño cuaderno del interior de mi chaqueta y comencé a escribir. No recuerdo en que momento fue, pero el sueño me venció y me dormí.

Fue cuando volví a abrir los ojos que me di cuenta de que me había quedado dormido mientras escribía, y fue en ese momento también que me pregunté si la cronología que mantenía en mis notas era correcta. Al principio, cuando la luz del sol me ayudaba a dividir los días, era más sencillo. Pero ahora, sumidos en una completa oscuridad desde hace quien sabe cuánto, el dividir los acontecimientos en días me resultaba más que imposible. Intentaba hacerlo lo mejor que podía.

Mientras me refregaba los ojos para aclarar la vista y aplacar el sueño, vi que Jenny dormía pacíficamente a mi lado. Sólo esperaba que en sus sueños estuviera en un lugar mejor. Un poco más allá, junto a las últimas brasas que aún ardían en la pantalla del radar, Tobías hacía lo mismo, incluso se le podía oír un suave ronquido. Al voltearme, esperé ver a Travis descansando en el lugar donde lo había visto antes de dormirme, pero no fue así. Estaba pegado al ojo de buey de la puerta, observando, casi estudiando, el oscuro exterior.

—Ya se han ido —me dijo al ver que ya no dormía—. Hace tiempo que estoy aquí y no he visto ningún movimiento. Deberíamos ir por los demás.

Y eso hicimos. Al oírnos hablar, Tobías y Jenny no tardaron en despertar. A pesar de tener un nudo en el estómago, tomamos un rápido desayuno, merienda o cena a base de fruta enlatada, cogimos nada más que lo necesario y salimos. Mientras Travis ayudaba a Tobías a colocar una nueva pasarela, sentí que el frío había amainado. Empezaba a notar que, últimamente, hacía más frío cuando los apestosos nos atacaban, por lo que tomé la, dadas las circunstancias, agradable temperatura como un buen presagio. Aunque ello no impidió que avanzáramos hacia la taberna con pies de plomo.

Pensamos que lo mejor sería no encender las linternas que habíamos cogido hasta estar completamente seguros de que los apestosos se habían marchado. Si bien era de noche, había cierta claridad en el ambiente. Más que suficiente para ver por donde pisábamos.

Por el camino pudimos ver los cuerpos de los apestosos que yo mismo había abatido antes de abordar el Spirit in the Night. Casi todos habían sido disparos certeros a la cabeza, en estos últimos días había mejorado mi puntería notablemente. Tuvimos que cubrirnos la boca y la nariz, el olor era nauseabundo y empeoraba a medida que nos acercábamos a la taberna. A cada paso que dábamos, los cuerpos ya no solo presentaban disparos en la cabeza, sino que se encontraban horrendamente mutilados por ráfagas de ametralladora. El número de bestias abatidas aumentaba y su devastación era cada vez mayor. Para cuando llegamos a la puerta de la taberna había contado casi treinta cadáveres.

Una profunda tristeza nos invadió al darnos cuenta que uno de los cadáveres era el de Jon Li. Su pecho estaba totalmente desgarrado, y lo que quedaba de sus órganos se desparramaba en la nieve. Si bien no habíamos llegado a estrechar nuestra relación, era una persona agradable, y como dije antes, fuera por lo que fuera, sentía un verdadero apego por aquellos, hasta hace poco desconocidos, que compartían nuestra situación. No se merecía un final así.

Nuestros nervios se crisparon aún más cuando vimos que la puerta de la taberna estaba abierta y presentaba claros signos de haber sido forzada por esos malditos monstruos. Habían arañado la puerta hasta que ésta se redujo a prácticamente un trozo de papel y no resistió su presión. La cerradura estaba reventada, seguramente por nuestros compañeros al encontrarse con que la puerta estaba cerrada con llave. Y muy probablemente fue en ese momento de nerviosismo, pánico y confusión cuando las bestias se llevaron la vida de Jon Li.

Tobías encendió su linterna y atravesó el umbral de la puerta de la taberna. El haz de luz recorrió nerviosamente todos los rincones, allí dentro habría otros quince apestosos destrozados a balazos. En un momento el círculo de claridad que proyectaba la linterna se detuvo en un revoltijo de carne, huesos y entrañas que difícilmente se podía identificar como un cuerpo.

—La cosa no pinta bien —dijo tragando saliva—, nada bien.

El “cuerpo” en cuestión era el de Le Croste. Junto a él había un charco de sangre que dejaba un reguero que atravesaba toda la taberna, subía las escaleras hacia el segundo piso y se perdía tras la puerta de una de las habitaciones. De no ser por la macabra escena en la que se veía envuelta, aquella taberna habría sido un sitio verdaderamente agradable, y estoy seguro de que en algún momento lo fue. Su estilo era evidentemente del lejano oeste, con una larga barra de madera de roble oscuro, con una vistosa colección de botellas tras ella. El resto de la planta baja estaba cubierto por sillas y mesas de madera, ahora destrozadas, donde en algún tiempo los hombres jugarían al póker, a los dados y se trenzarían en peleas cuando creían ser víctimas de algún tramposo. El piso superior estaba reservado exclusivamente para las habitaciones donde los viajeros podrían descansar y los mujeriegos pasar un buen rato. Ahora resulta difícil creer que aquel sitio fuera alguna vez así.

—¡Somos nosotros! —dije golpeando la puerta donde se perdía el rastro de sangre.

Se oyeron ruidos de pesados muebles siendo arrastrados por el suelo. Al parecer habían bloqueado la puerta con todo lo que habían encontrado allí dentro. Cuando la puerta estuvo por fin libre, se abrió. Cautelosamente, Mikaela echó una mirada y, al ver que en realidad éramos nosotros, nos dejó entrar. Dentro, la situación no era muchos mejor. Más allá del mal aspecto, Mikaela parecía encontrarse bien. Darrell era quien se había llevado la peor parte. Al otro lado de la habitación, a la débil luz de unas viejas velas, era atendido por Martin y Tchang, quienes inútilmente intentaban contener la sangre que brotaba de sus heridas. No iba a aguantar mucho más.

—Tenemos algo que contarles —dijo Tobías con su tono característico y me miró, como dándome la palabra.

Respiré profundamente y comencé mi relato por lo que yo consideraba como el inicio de todo, el fragmento del diario de Alfred Watson que Tobías nos había leído a mi mujer y a mí días atrás. La cara que pusieron todos y cada uno de mis oyentes, incluida Jenny, al oír aquel nombre es algo que me costará olvidar. Habían sentido lo mismo que yo, tenían la sensación de conocerlo, pero no sabían de dónde. Que fuera un personaje más o menos importante conocido para Martin y los demás, y que Jenny ya conociera la historia que les estaba contando, no significaba nada. El hecho de que ahora se dieran cuenta de que era nuestra única alternativa para salir de allí lo había cambiado todo. Había pasado de ser poco más que un cuento, a ser la causa de nuestra desgracia, y muy probablemente también, la clave de nuestra salvación.

Pero ahí no acabó todo. Las cosas se pusieron aún más serias cuando les fui contando que yo mismo había visto una fotografía suya en una caja cubierta de polvo en el ático de la abuela, y que hace poco tiempo había visto esa misma fotografía en el búnker en el que nos habíamos refugiado. La latente desesperación por encajar todas las piezas del puzle se desbordó cuando llegué a la parte de los números en la parte de atrás de la fotografía.

—¿La tienes aquí? —me preguntó Martin.

El bullicio se adueñó del ambiente mientras buscaba la fotografía en mi mochila. Al parecer, todos recordaban haber visto la polémica fotografía en algún momento de su vida. ¿Sería del todo cierto? ¿O acaso era la paranoia intentando encajar las piezas de un puzle imposible de resolver? Luego las discusiones dieron lugar a intento tras intento por descubrir el significado de aquellos números. Parecíamos inmersos en un bucle sin fin cuando Martin arrojó algo de luz al asunto.

—¡Lo tengo! —exclamó entusiasmado, casi olvidando el contexto en el que estaba.

Todos callamos y aguardamos a que el joven documentador hablara. Miró la fotografía una vez más, y tras unos breves segundos, explicó su teoría. Nos dijo que, antiguamente, los agentes secretos hacían referencia a lugares con su fecha de construcción, fundación o descubrimiento. Cuando la técnica se hizo popular, pasaron a utilizar otro tipo de códigos más complejos. Como la fotografía con los números había sido encontrada en el búnker, no sería extraño que se trate de un código de ese tipo. Podía existir una infinidad de lugares que se ajustasen a esos números, pero sólo uno vino a la mente de todos: Blackgold.

Puestos en otra situación nos habría parecido una idea descabellada, pero a decir verdad, en ese preciso momento era nuestra única salida. No nos llevó mucho tiempo ponernos de acuerdo en que el mejor lugar para empezar a buscar lo que fuera que estábamos buscando era el ayuntamiento de pueblo. Además, luego Martin nos contaría que en este tipo de pueblos aislados, allí es donde suele conservarse un archivo con todos los documentos históricos de relevancia. Vista la importancia de Alfred Watson para la evolución de Blackgold, seguramente fuera allí donde estuviera aquello que buscábamos.

Solo teníamos un problema, Darrell no podía marchar en el estado en el que se encontraba, y ya nada podíamos hacer por salvarlo. Por más que Travis lo intentara, la sangre no paraba de brotar de sus heridas. Lo mejor sería quedarnos con él hasta el final, se lo merecía.

Cuando Mikaela cerró sus ojos suavemente con su mano, las velas ya estaban casi consumidas. En silencio y desolados, salimos por el mismo camino por el que habíamos entrado. Tobías lideraba el grupo mientras marchábamos hacia Blackgold. Quien sabe cuántas veces haya realizado ese trayecto. Lo único que deseaba era que aquella fuera la última.

El camino que tenía Tobías para ir a Blackgold estaba alejado de la carretera que unía el pueblo con la Bahía de Grayson. Allí todo era nuevo para mí, e imagino que para los demás también. Todos, excepto el viejo marino, avanzábamos cautelosamente siguiendo sus firmes y seguros pasos. Y así fue durante un tiempo. Al principio no lo noté, pero poco a poco la seguridad en el andar de Tobías había ido desapareciendo, hasta que se esfumó por completo cuando detuvo la marcha.

—Estamos perdido —dijo mirando al horizonte.

Nadie dijo nada mientras Tobías miraba en todas direcciones en busca de algo que le sirviera de referencia. Hacia atrás teníamos la nieve pisoteada por nuestras botas, a la derecha una interminable llanura blanca perfectamente lisa salpicada de cuando en cuando por alguna roca o árbol, a la izquierda una pequeña colina pedregosa, y delante más nieve, rematada por una hilera de árboles donde el suelo se juntaba con el cielo. Cuando estábamos por reanudar la marcha en dirección a los árboles, un hombre se asomó tambaleándose por la cima de la colina. No parecía un apestoso, pero de todas formas cada uno desenfundó el arma que llevaba.

Lentamente el hombre fue abriéndose paso entre las rocas hasta que por fin descendió de la pequeña colina. Le gritamos intentado comunicarnos con él, pero seguramente la suave nevada que había comenzado a caer movida por una débil y fría brisa, sumado a su convaleciente estado, le había impedido oírnos.

—¡Es Douglas! —dijo Martin, emocionado al reconocer al cocinero del Hunter of the Seas cuando lo tuvimos a unos cincuenta metros.

El joven documentador corrió hacia él mientras los demás guardábamos nuestras armas. La reaparición de Douglas nos había tomado por sorpresa, no podíamos creer que siguiera con vida. ¿Qué había ocurrido aquella noche cuando quedó fuera del búnker a merced de los apestosos? ¿Dónde había estado todo este tiempo? Pero cuando los gritos de júbilo y alegría de Martin se transformaron en gritos de agonía desesperados, esas preguntas tuvieron la misma triste respuesta que habían tenido desde un principio. Douglas había muerto aquella noche, al igual que Martin en ese momento.

Aún desconcertados por la situación, no sabíamos qué hacer. Estábamos petrificados. Fue el estruendo de la escopeta de Mikaela lo que nos sacó del trance.

—Eso no era Douglas —dijo—. Era uno de ellos. No había nada que pudiéramos hacer por él. Será mejor ponernos en marcha antes de que aparezcan más.

La suave nevada se fue haciendo cada vez más copiosa, y para cuando llegamos a la hilera de árboles, no se veía a más de cincuenta metros. Ahora nos encontrábamos en un pequeño bosquecillo, donde las ramas y las hojas de los árboles impedían que la nieve llegara al suelo. Nos tomamos un momento para descansar. Si la nevada no amainaba en los próximos minutos, tendríamos que dormir allí, con el peligro que ello implicaba.

Por suerte aquello no ocurrió, y antes de lo que esperábamos dejó de nevar. Ahora con un campo de visión más amplio, pudimos ver que al otro lado del bosquecillo había una carretera, y no muy lejos de donde nos encontrábamos, un hangar. Rápidamente nos pusimos en marcha hacia allí.

Cuando llegamos pude notar que se trataba del mismo hangar donde Tobías había bajado a por provisiones cuando nos dirigíamos a su barco por primera vez. Al abrir la puerta, un espantoso olor a muerte llenó el aire. El apestoso al que Tobías había disparado días atrás estaba repugnantemente descompuesto, y con ayuda de Travis y Tchang lo llevamos fuera. Al volver a entrar nos aseguramos de que la puerta estuviese firmemente trancada.

Allí dentro había provisiones para un mes, o incluso más. Comimos toda clase de cosas enlatadas hasta casi reventar. Nos quedaríamos allí hasta estar fuertes y descansados para poder llegar a Blackgold. Ahora sólo debíamos seguir la carretera para conseguirlo. ¿Qué podía salir mal? Según mi experiencia, todo.

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