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Quinta Presidencial de Olivos

Quinta Presidencial de Olivos
Quinta Presidencial de Olivos
La legendaria Residencia Presidencial de Olivos ubicada a unos diez kilómetros al norte de la ciudad de Buenos Aires, en la localidad del mismo nombre es, seguramente, uno de los edificios que simbolizan la investidura del primer mandatario en la República Argentina.
Quinta Presidencial de Olivos



La historia

La quinta conserva, en gran parte, el formato original de los primeros fraccionamientos de tierra realizados por Juan de Garay en 1580. Su primer dueño fue Rodrigo de Ibarola.

En 1774 la adquirió Manuel de Basavilbaso, administrador general de Correos. Su única heredera, Justa Rufina Basavilbaso, se casó con un primo, Miguel de Azcuénaga, vocal de la Primera Junta de Gobierno, de 1810. La quinta fue heredada por sus hijos. Uno de ellos, Miguel, le pidió a Prilidiano Pueyrredón, recibido en el Instituto Politécnico de Francia, que diseñara la casa para la quinta. La obra concluyó en 1851. Consta de dos plantas, con tres dormitorios en suite, seis baños y varias salas de recepción.

La chacra de los Azcuénaga fue heredada por las sucesivas generaciones de la familia, emparentada con el virrey Antonio Olaguer Feliú. Carlos Villate Olaguer, heredero de la quinta, murió en ella en 1913 y en su testamento legó parte de la chacra al gobierno nacional con la condición de que fuera utilizada como residencia del presidente. La donación fue aceptada en 1918 por el entonces presidente, Hipólito Yrigoyen, que no la utilizó.

El primer presidente en instalarse allí fue Agustín P. Justo, en 1932. En 1938, Roberto M. Ortiz la usó como lugar de descanso. Ramón Castillo se instaló en 1942, y a partir de entonces Olivos se convirtió en la residencia permanente de los presidentes argentinos. Perón, que en su primera presidencia la utilizó sólo en los veranos, se estableció en la quinta en 1973 y pasó allí el resto de sus días. Fue el único presidente que murió en Olivos (1974).

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C. Menem y R. Alfonsín: reunión en uno de los salones de la quinta, por los acuerdos que llevaron al Pacto de Olivos.
Cambia, todo cambia



La quinta estuvo cerca de convertirse en cenizas: una falla en el montaje del escenario que Juan Carlos Onganía había ordenado construir sobre la enorme pileta para escuchar a Los Cinco Latinos provocó un grave incendio. Onganía -que practicaba polo en los jardines- ordenó ampliar la residencia. Y Alejandro Agustín Lanusse levantó la capilla. Más acá, Fernando de la Rúa encomendó plantar más árboles para que pudiera pasear sin ser advertido; se deshizo de los perros que había traído Carlos Menem y los reemplazó por bambis. Además, enrejó los canteros para que nadie pisara las flores. Un dirigente sindical, luego volcado a la política, pasaba, bien acompañado, amorosos momentos en la piscina, en tiempos del primer gobierno menemista. Menem, que entre otras cosas ordenó que construyeran canchas de golf, de tenis y de paddle, un gimnasio, un ring, un polígono de tiro, un helipuerto, un quincho, una pajarera y un zoológico para la vasta fauna presidencial -que incluía perros, papagayos, cabras asturianas y ponies-, conocía la situación. Tampoco ignoraba que ese dirigente le usaba su bata de baño.

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Terracota, el color que pintaron la casona presidencial en Olivos, los k.

Isabelita pidió que se construyera una cripta en la capilla para el descanso de los restos de su marido y de Evita. Descanso que interrumpió Alicia Raquel Hartridge, esposa de Jorge Rafael Videla, cuando, pocos meses después del golpe militar del 24 de marzo de 1976, dijo: “De ninguna manera me pienso mudar [a la quinta] hasta que no saquen el cadáver de ésa”.

“Ni Prilidiano Pueyrredón, cuando diseñó los bocetos de la casa, ni Carlos Villate Olaguer, cuando dictó su testamento, pudieron imaginar, seguramente, que las 35 hectáreas de Olivos terminarían siendo un espacio ajustable a la medida del capricho presidencial”.

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En el capítulo correspondiente a María Lorenza Barreneche, Ottaviano narra cómo la esposa de Raúl Alfonsín, conocida por su discreción y su amor por el hogar, los hijos y los nietos, sufrió su estada en la quinta: “(…) Venía padeciendo desde el principio la pérdida de su intimidad. Además, se sentía inútil; en la quinta presidencial de Olivos no podía hacer nada: cocinaban por ella, lavaban por ella, planchaban por ella (…)”.

En noviembre de 1993, en la quinta de Olivos se condimentó el pacto entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín, un acuerdo entre las fuerzas mayoritarias en beneficio de las estructuras partidarias que se terminó de hornear el 13 de diciembre, a pocas cuadras de ahí. También allí, a comienzos de su gobierno, en 2002, el presidente interino Eduardo Duhalde mantuvo su primer contacto telefónico con el entonces director gerente del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler. Según testigos de la escena, entre ellos Oscar Lamberto, por esos días secretario de Hacienda, la charla, de unos treinta minutos, estuvo marcada por el fastidio del presidente. Cuando concluyó el diálogo, Duhalde le preguntó a Lamberto: “¿Qué pensás del acuerdo con el FMI?”. Según otra fuente, Duhalde, en realidad, dijo: “A este tipo no me lo banco más… ¿quién se cree que es?”.

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En los festejos por el final de su gestión, poco antes de pasarle la banda a Néstor Kirchner, hubo empanadas, vino y una generosa picada para ochenta personas. Duhalde era el centro de atención, pero las ovaciones fueron para Lamberto y su esposa, Tati, que ofrecieron una clase magistral de cómo bailar el tango. Dicen quienes esa noche estuvieron allí, en esta residencia que aun conserva sillones fraileros del siglo XVI, arañas de cristales de Baccarat y una mesa de nogal italiano del siglo XVIII, que pocas veces se vio algo tan maravilloso.

Como muchas otras veces, Olivos fue una fiesta.

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Las calles internas de Olivos.
Juan Domingo Perón comenzó a pasar los veranos allí y ordenó construir un túnel para acceder directamente al Centro Naval.

Frondizi fue el primer presidente constitucional en vivir con su familia en la Quinta.

El lugar sufrió un incendio durante la presidencia de Onganía por lo que tuvo que ser reconstruido.

Un presidente murió allí, Perón. Tras su fallecimiento, López Rega levantó una pared de 5 metros de alto, que tapó definitivamente el paisaje verde de los parques, según relata Diario Veloz.

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El arte en los jardines de la quinta presidencial.

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Vista aérea de las 35 hectáreas de Olivos

La familia de Alfonsín no vivió allí ya que su esposa no quería que la atiendan, prefería hacer los quehaceres del hogar.

El siguiente presidente, Carlos Menem, sí se mudó con su esposa. Pero Zulema Yoma fue expulsada del lugar en medio de una crisis matrimonial escandalosa.

Desde entonces los presidentes se instalan allí con sus familias dejando historias para contar.


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El arte en los jardines

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Helipuerto

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El Escuadrón Chacabuco (Destacamento Militar Residencia Presidencial de Olivos) brindará seguridad al SPN, sus familiares directos y las instalaciones de la RPO, para salvaguardar la integridad física de los mismos, dentro de estas instalaciones, a fin de contribuir con la misión de la Casa Militar de la Presidencia de la Nación.

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Una vista del laguito que está frente a la casa donde duerme la presidenta.

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Fotografía aérea de la Quinta de Olivos con el perímetro señalado en amarillo y la residencia presidencial en rojo.

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Vista de la casa con el jardín de invierno construido sobre la terraza durante la presidencia (de facto) de Juan Carlos Onganía.

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Vista del espejo de agua construido durante la misma presidencia

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Vista del parque

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La casa, el espejo de agua y una escultura de la Venus Púdica

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El comedor

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El Salón Blanco

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El dormitorio presidencial durante el mandato de Menem

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El vestidor

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Menem y Alfonsin charlando en los jardines de Olivos.

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