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quien decide sobre la salud venezolana?

La crisis venezolana no es solo económica, y la lucha que se libra en ese vital aspecto no puede ocultar la necesidad de cambios en muchos otros.

El presidente Maduro debe liderar la nueva realidad pero también reconocer los errores que venimos cometiendo en otras áreas estratégicas que, como en este caso, traigo a nombre de la salud de este país.

Ciertamente se han logrado cambios muy importantes para mejorar y hacer llegar niveles de salud a sectores históricamente desprotegidos pero hacer retórica de ello no puede justificar los grandes baches que persisten; no, la realidad, la ética y la inteligencia nos obligan a dirigir de una vez la búsqueda de corrección a los puntos de quiebre, correcciones revolucionarias a grandes fallas y a grandes incoherencias.

Comencemos por hacernos estas preguntas, en el contexto de la primera parte del Articulo 84 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el resaltado es mío:

Artículo 84. Para garantizar el derecho a la salud, el Estado creará, ejercerá la rectoría y gestionará un sistema público nacional de salud, de carácter intersectorial, descentralizado y participativo, integrado al sistema de seguridad social, regido por los principios de gratuidad, universalidad, integralidad, equidad, integración social y solidaridad.

1.-¿Quién decide sobre la Salud en Venezuela o la salud de los venezolanos?, 2.-¿Quién dispuso posponer el mandato de la constitución de 1999 sobre la instauración de un Sistema Público Nacional de Salud?, 3.-¿Quién usufructúa del caos para que aun persista la fragmentación de nuestro sistema de salud, sin conexiones entre sus instituciones vitales y con muchas de sus entidades estadales?, 4.-¿Quién se aprovecha de una pujante industria aseguradora privada o “semiprivada” en un estado que quiere ser socialista?

En principio responder la primera pregunta concatena la respuesta de las siguientes. Respecto al significado de: Quien decide sobre lo sustancial de la salud de un país, nos referimos a las decisiones fundamentales, las estratégicas, las estructurales, las que definen las grandes Políticas de Salud de un Estado Socialista: el modelo de financiamiento, quien invierte y como, como y que se planifica a largo plazo, como participa y se concreta que la Comunidad Organizada (definida así en el artículo 84) pueda decidir en la planificación y control de instituciones de salud. Nos referimos a los cambios radicales que generan saltos cualitativos e innegables en salud.

Al buscar responsables de esa toma de decisiones en salud de inmediato pensamos en quienes han sido los grandes mampuestos para dar la cara a una tarea imposible de cumplir: los ministros del Poder Popular para la Salud. Imposible de cumplir por dos razones: Una, su débil peso específico en las grandes decisiones. Decisiones tan fragmentadas como el sistema que su liderazgo sueña unir y dirigir. Utopía honesta, de principios revolucionarios y conocimiento que reconocemos en la mayoría de los ministros y ministras que han llegado a ese despacho, con la certeza que esos ministros se acompañaban y acompañan de años de convencimiento, estudios y capacidad para instaurar un Sistema Único de Salud, como lo estableció la Constitución de 1999 aprobada por un pueblo a la vez inocente de lo que esa estrategia contenía si se pasaba, como se ha pasado, por debajo de la mesa.

Y la otra razón depende de la vida media en ejercicio de un ministro de salud en nuestra revolución, cualquier otro alto funcionario del Estado Mayor de Salud ve pasar en seguidillas los auges y las caídas de los ya 14 ministros en 16 años de la nueva constitución Bolivariana, 1,14 años en promedio de ejercicio. Solo para que tengamos una idea, la revolución cubana en sus primeros 35 años tuvo 7 ministros de salud, 5 años en promedio para cada uno. Inclusive e increíble, en la era vario pinta de los 40 años de AD, Copey y Convergencia, 23 ministros tuvieron una media de ejercicio más larga, 1,73 años, respecto a los homónimos de nuestra única revolución. Muestra clara del poco liderazgo que logran esos ministros o más bien que se obligan a no tener.

De paso, además de hacer imposible en esos cortos tiempos cualquier continuidad administrativa y programática, ni el Presidente ni las Vicepresidencias parecen conocer los cambios aguas abajo que implica la sustitución casi anual de un ministro, toda la estructura trabajadora y funcional de la institución sucumbe, estimulando una competencia mediatizada por los intereses particulares e injusta a los intereses reales de la institución y en nuestro caso de la revolución.

Pero volvamos de nuevo al fondo, en Cuba para 1961 dos años después de la llegada de Fidel, ya se había decretado el allá llamado Sistema Nacional Único de Salud y para 1970 (12 años después) la integración de los subsectores estaba completa y fue lo que permitió la planificación en salud a largo plazo con efectos mundialmente reconocidos.

Porqué la revolución en Venezuela no pudo hacer lo mismo, cuando tuvo una Asamblea Nacional con mayoría absoluta, cuando a diferencia de Cuba nuestro poder legislativo no tenía que eliminar sino integrar la atención privada de la salud y a todas las instituciones en salud del estado venezolano; sin duda, nuestros convencidos ministros de salud se enfrentaban a una fuerza mucho mayor a la de sus deseos. Una fuerza invisible que poco le importó el discurso hueco de una salud “gratuita” pero inconexa, débil en sus entrañas y en sus voluminosos números; cuando esa fuerza, la fuerza del capital lograba posesionarse de un mercado mucho mayor a sus propias expectativas frente a un gobierno socialista. Ese gran capital avanzaba producto y mezcla de aseguradoras privadas parásitas del estado, una industria de los medicamentos que trabajo a sus anchas y una industria privada de la atención médica ofreciendo la cobertura y las camas que el sector público perdía o no tenía. Es allí, en ese plano de las estrategias en políticas macros de salud donde estamos perdiendo la batalla, con un estado que aun sostiene y financia en paralelo dos sistemas antagónicos de salud, (el público y el privado). Algo intangible cuando una inmensa renta petrolera daba para ambos, pero dramático cuando los antes “bien asegurados” profesionales de clase media o inclusive nuestra gente de la clase pobre pero también “asegurada” ven ahora pulverizar sus coberturas en solo días y a veces horas de hospitalización para regresar súbitamente y sin recursos al hospital público que esquivaban.

No basta con decir que fueron errores estratégicos, hubo y hay beneficiados internos en esos aliados “rojos” al gran capital de la industria de la salud.

No es siquiera un problema de un país socialista, esta batalla la libra actualmente toda la sociedad de la Europa occidental y Canadá, conscientes de lo que pueden perder ante la gran industria “gringa” y mercantil de la salud. Esta es una guerra, en mucho, exclusiva de un sector corporativo de la salud en Estados Unidos para quien el resto de la América Continental incluyendo a Venezuela se controla cual vigencia doctrinaria de Monroe, desde que identificaron que dosificar el miedo era rentable y “asegurable”.

No hemos seguido tampoco el modelo intermedio y social de la medicina en algunos países europeos, sin mucho nos hemos entregado al monstruo asegurador de la medicina norte americana. Menos asumimos la estructura de salud cubana de quienes si aprovechamos la presencia y valioso trabajo de su personal en salud, con mediana coordinación en los niveles operativos de atención primaria y diagnóstica.

El presidente Maduro tiene que acabar con ese pugilato que representan los intereses particulares que manejan la salud en Venezuela, y que está más allá del Ministerio Popular para la Salud. Deja de ser un secreto que el conocido Estado Mayor de Salud lo que hace es diluir el peso específico de un ministerio que debió ser rector desde hace años, y dejar de estar sus ministros pidiendo favores a las supra estructuras visibles e invisibles que manejan el poder y los dólares en Venezuela.

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