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¿Querés aprender otro idioma?

¿Querés aprender otro idioma?

¿Querés aprender otro idioma? Considerá los siguientes conceptos.

No existen los idiomas difíciles.

Si el chino o el árabe fueran más difíciles que el español los niños de los correspondientes idiomas aprenderían a hablar a partir de los cinco años y a leer y escribir a partir de los diez.

De hecho todos los niños del planeta aprenden su idioma nativo entre el primer año de vida y los dos años y se escolarizan a partir de los cinco años.

No existen los alfabetos difíciles.

Nadie presta a atención a su propio idioma. De hecho las letras p, b, d y q del español tienen exactamente la misma forma y su identidad depende del giro del diseño.

Lo mismo ocurre con la u, la n y la c.

De todos modos nosotros las percibimos como muy diferentes y distinguibles unas de otras.

No existen las pronunciaciones difíciles.

Cada sonido de cualquier idioma se produce ubicando la lengua en su lugar correspondiente y administrando el paso del aire de acuerdo al resultado que se quiera obtener. Lo mismo que hacemos al flexionar otros músculos para sujetar sin romper, para romper, para impulsar una pelota.

En español los sonidos p, b, m ubican los labios de la misma manera, cambia el paso del aire.

Solemos decir que el español se pronuncia como se escribe. De hecho hay muchas excepciones a este concepto.

Nuestra única letra muda no es la “h”. También la u en gue/gui/que/qui es muda. La “s” rosarina final se aspira y suele ser inaudible a los oídos no rosarinos. La “h” adquiere sonido en su combinación “ch”.

La “n” se pronuncia “m” antes de “p”, “b” y “v”: con Pablo, sin viento, tan pobre.

En vez de llevar la lengua al paladar se baja el velo del paladar cuando está antes del sonido “k” y “g”: tango, con gente, sin casco.

Todos los idiomas tienen “reglas de construcción” que permiten la comprensión.

Estas reglas hacen que la oración “Mi mamá lee en la cocina” no pueda construirse correctamente alterando el orden de las palabras: “cocina lee mamá mi la en”

Basta con que “veamos” las reglas de construcción del nuevo idioma para que podamos construir sobre esos parámetros.

La situación del inmigrante.

El inmigrante, al pisar su nueva tierra, es un sordomudo analfabeto.

Si bien escucha ruidos, los sonidos que percibe no aportan ideas, conceptos o imágenes significativas. Es lo mismo que si no escuchara del todo. Por supuesto no puede hablar, leer o escribir en este idioma nuevo. De ahí su dificultad en encontrar trabajo y su imposibilidad de comunicación.

Aún así, se encuentra sumergido en este nuevo idioma. Lo escucha 24 horas por día y la necesidad hace que se esfuerce en adquirir este instrumento de comunicación como un elemento de supervivencia.

La persona que va a aprender un nuevo idioma no está en la situación del inmigrante. Está expuesto al nuevo idioma, a lo sumo, dos o tres veces por semana por una hora o algo más por vez.

Esperar que una persona dilucide un idioma y lo adquiera como si fuera un inmigrante, sometiéndolo a una visión “desordenada y natural” con esa breve exposición, es un fracaso anunciado.

Hay que considerar que el orden y la graduación de la dificultad son comparables a las del aprendizaje de matemáticas.

Primero aprendemos a contar. Con ese conocimiento podemos luego sumar y restar, dividir y multiplicar. Entenderemos la idea de potencia y raíz.

Aprenderemos que no se puede restar: 8-23.

Luego aprenderemos números negativos y el resultado será -15.

Un idioma debe adquirirse de igual manera: ordenadamente, graduadamente; un concepto apoyado en el anterior ya aprehendido.

A la hora de elegir un lugar o una persona que te guíe en el aprendizaje es conveniente recordar que un enfoque que evite la memorización, la copia y la repetición está negando los resultados obtenidos por Del Potro, Messi, Les Luthiers, Baremboim y tantos otros deportistas, músicos, actores, cantantes y bailarines que basan su excelencia en la repetición, el ensayo y el entrenamiento.

Te deseo mucha suerte en la adquisición de tu nuevo idioma.

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