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¿Qué es un socialista?

¿Qué es un socialista?

Alfredo Bullard considera que todos los políticos son un poco socialistas, pues a todos les agrada hacer regalos con el patrimonio de otros.

¿Qué es un socialista?Alfredo Bullard es un reconocido arbitrador latinoamericano y autor de Derecho y economía: El análisis económico de las instituciones legales. Bullard es socio del estudio Bullard Falla y Ezcurra Abogados.

La mejor definición que he encontrado de socialista es: ““Persona que cree que puede decidir mejor qué es bueno para los demás”.

Ser socialista se deriva de la arrogancia de pensar que los demás no pueden valerse por sí mismos. Asume que la libertad de decisión es peligrosa para las personas, pues si las dejamos decidir terminarán peor que antes. Entonces el socialista parte de un “complejo de superioridad”: por una razón que no explica, él sabe más de mí que yo mismo.

Sabe mejor qué debo comprar y qué no. Sabe mejor bajo qué condiciones me conviene trabajar y a qué me debo dedicar. Sabe mejor que los consumidores lo que deben consumir y mejor que las empresas cómo deben producir. Y si el socialista da el pasito que lo separa del comunista, sabe mejor quién debe gobernar, qué puede o no puede expresar alguien públicamente y en qué país debo vivir.

El socialismo debe limitar nuestra libertad, porque en esencia la libertad es la facultad de decidir sobre nuestro destino. El socialista se apropia de ese destino.

Pero no solo nos priva de nuestra libertad. Nos priva de la otra cara de la moneda. No hay libertad sin responsabilidad. Si otro decide por mí, me liberan de la responsabilidad sobre las consecuencias de mis decisiones: si elijo mal no asumo los costos de mis decisiones. Equivocarse ya no es mi problema, es problema de los demás, a los que les traslado dicho costo.

¿Qué es un socialista?

Por eso es que los socialistas no hablan de responsabilidad a secas sino de responsabilidad social: el resto de la sociedad está obligada a asumir las consecuencias de mis decisiones, sean buenas o malas.

Pero la responsabilidad social es un sinsentido. Hayek decía que la palabra ‘social’ es una palabra envenenada (una palabra “comadreja”), pues añadida a cualquier otra la convierte en su antónimo: “democracia social” es precisamente la negación del sistema democrático, “derecho social” es justamente un derecho vaciado de la individualidad que le da sentido, “propiedad social” es la ausencia de propiedad. Responsabilidad social es irresponsabilidad pura.

La libertad y la responsabilidad son en esencia individuales. Cuando dejan de serlo se convierten en su antónimo, como ocurre en la Cuba de los hermanos Castro o la Venezuela de Nicolás Maduro.

Así, el socialismo genera un problema moral y un problema práctico.

El problema moral es la expropiación de la dignidad humana al negar la libertad y la responsabilidad. Nos convierte en esclavos del gobernante (socialista) de turno. En eso no se diferencia de otras expresiones de signo ideológico distinto, como el fascismo. La diferencia está solo en los énfasis. No soy digno si no soy libre y no respeto la dignidad de los demás si no soy responsable.

El problema práctico es que destruye todo el sistema de incentivos que genera el progreso. ¿Por qué esforzarme si el resultado del ejercicio libre de una actividad será expropiado por los demás mediante impuestos, prohibiciones, regulaciones? ¿Y por qué ser cuidadoso en decidir si el sistema político o legal me convertirá en irresponsable ante las consecuencias protegiéndome de mis propios errores? ¿Por qué esforzarme en mejorar mi vida si será el Estado el que se encargará de mejorarla?

El socialismo lastra el crecimiento, genera pobreza, retraso, pero, sobre todo, pérdida de dignidad. Curiosamente, en nombre de la libertad, nos priva de ella, pues la confunde con la capacidad de hacer lo que uno quiere sin la responsabilidad de asumir sus consecuencias. Es, por tanto, inherentemente irresponsable. Como decía Frédéric Bastiat, el socialismo no se conforma con que la ley sea justa. Quiere que la ley sea filantrópica. Pero, en realidad, niega la filantropía como acto de desprendimiento y la convierte en una solidaridad forzada por la ley, lo que es una contradicción en términos.

Por eso todos los políticos, sin excepción, son un poco socialistas. A todos les gusta dejarse seducir por el poder de hacer regalos con el patrimonio ajeno. A todos les gusta jugar a ser Robin Hood. El problema es que gobernar no es un juego.

Como decía Churchill, “El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, la prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

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