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Porcel y Olmedo: misóginos

Porcel y Olmedo: misóginos

La fábrica cultural de violadores

por lalilogic

Porcel y Olmedo: misóginos

Un par de semanas atrás, mientras D. G. y yo hacíamos un zapping poscena, nos topamos con los títulos iniciales de la película de Hugo Sofovich A los cirujanos se les va la mano (1980), en la que actúa por primera vez el cuarteto integrado por los comediantes Olmedo y Porcel y las actrices y vedettes Susana Giménez y Moria Casán. Si bien ambos la habíamos visto hace años, ninguno recordaba bien de qué venía la peli. Me dije: “Listo, voy a volver a verla para despuntar la rabia”, imaginando que sería uno de esos bodrios de humor sexista característico de la época de la dictadura, en el que los tipos están calientes pero nunca cogen y las minas son bellas y estúpidas, “rapiditas” o viejas gruñonas. D. G. decidió embarcarse conmigo en la aventura hacia la abyección.

Como casi cualquier argentinx de mi generación, he visto películas y programas de tv en los que actuaba el “dúo de granujas”. Ni siquiera la férrea decisión de mis viejxs —que detestaban tanto a Olmedo como a Porcel— de no dejarme ver No toca botón, Las gatitas y los ratones de Porcel ni las películas en las que actuaban los cómicos, pudo impedir que me empapara de las “picardías” del gordo y el flaco argentos; los tipos estaban en todas partes. Recuerdo que el padre de una amiga nos llevó al cine del colegio San José a ver Rambito y Rambón: el humor castrense era tan sano que pasaban las comedias en los cines de colegios católicos. La puta y la señora, cada una en su lugar, sosteniendo el andamiaje de los valores de la familia argentina y del heteropatriarcado capitalista, bajo la mirada tutelar de la Iglesia católica. Nunca olvidaré la indignación de mi papá con el viejo de mi amiga y con la escuela San José.

Pero volviendo a la película de Sofovich, resumo el argumento: dos camilleros misóginos, abusadores y violadores seriales de mujeres (Alberto y Jorge) se hacen pasar por cirujanos para “levantarse” a dos doctoras nuevas (Susana y Moria) y para manosear a enfermeras y pacientes, y se internan en una noche de abuso sexual e intentos de violación de diferentes mujeres —como una joven abusada por su tío que el personaje de Olmedo encierra en la cocina e intenta violar—, incluidas sus compañeras de trabajo; toda esta sucesión de violencias contra las mujeres narrada en clave humorística.

Mientras mirábamos la película —en la escena del doble abuso sexual de la joven mencionada arriba—, me asaltó una intensa sensación de indignación e impotencia y me estallaron los ojos de lágrimas sin aviso, me sorprendió el llanto como a una niña. Todo era demasiado brutal. D. G. y yo quedamos seteados en un loop de desconcierto: mirábamos la tv, nos mirábamos atónitos entre nosotros, volvíamos a mirar la pantalla… Ninguno recordaba que fuera tan violenta, tan desagradable y taaan aburrida. Sacando un par de guiños a los drogones que, admito, me hicieron reír en medio del horror, el resto de los chistes son misóginos, sexistas, ofensivos: si no degradan a las mujeres, se mofan de los gays y de los gordos. Para quien considere que mi reacción fue desmedida, va un “detalle” (con spoiler): la película termina con los camilleros “simpaticones” durmiendo con anestesia a la fuerza a sus dos compañeras de trabajo para violarlas, luego de que ellas los salvaran de ser asesinados por un capo mafioso y tras el intento fallido de secuestrarlas y abusarlas sexualmente en un telo. La imagen se congela cuando ellos están a punto de arrojar a las mujeres drogadas sobre la mesa, luego de que Alberto le dice a Jorge: “Que te diviertas”. Y Jorge le contesta: “Gracias, después te cuento”. Los dos sonríen con sus jetas grotescas y babosas mientras pasan los créditos.

Soy de lxs que creen que no solo todos los temas, tipos y grupos humanos pueden utilizarse como material humorístico— desde pequeñeces hasta las peores tragedias de la humanidad—, sino también que el humor puede ser un medio para visibilizar y para hacer más soportable la realidad que vivimos. Pero hay una enorme diferencia entre el humor que cuestiona y desnaturaliza situaciones de violencia, injustica y opresión, y el humor que las glorifica y perpetúa. El humor, como quien lo practica y quien lo consume, puede ser revolucionario o reaccionario. No estoy en contra de que pasen estas películas por la tv, pero me desespera que quienes ocupan los espacios de poder y toma de decisiones sean tan burrxs, inconscientes e insensibles; que aún hoy continúen sin revisar su perspectiva androcéntrica; que no asuman su responsabilidad social como gestores y productores culturales; que no sientan un poco de empatía con las mujeres; que reproduzcan la cultura de la violación y perpetúen su naturalización. ¿Por qué no televisar este material en el marco de un ciclo de cine machista y misógino, por ejemplo? ¿Por qué optar por hacerlo como entretenimiento en el horario central de la noche? ¿Será para reforzar los roles de género y recordarnos a las mujeres nuestro lugar y nuestros límites? ¿Será para que los hoy padres de familia idealicen sus pajas adolescentes, romanticen la cosificación de las mujeres y piensen: “¡Qué linda esa época! ¡Antes estábamos mejor!”? (Vale recordar que esa “linda época” coincide con última dictadura militar). Que a las mujeres, adolescentes y niñas nos maltraten, nos abusen y nos violen no es un chiste y no debería venderse como entretenimiento para machitos nostálgicos. Si no se trata de una decisión política, es una muestra de falta de sensibilidad, vagancia e ignorancia.

Estamos a horas de la segunda marcha Ni Una Menos, contra la violencia de género y los femicidios. Estamos a menos de una semana de que se encontraran los cuerpitos de Micaela, Guadalupe y Milagros, tres nenas de doce años asesinadas por varones violentos: a Micaela la asesinaron por negarse a tener sexo, a Guadalupe y a Milagros las violaron y abusaron. Desde la movilización Ni Una Menos del 3 de junio del 2015 al 30 de abril de este año se han registrado 241 femicidios en el país. Hoy día, la empresa Fiat propone llamar una calle de CABA “El Manosanta”, a tono con el siniestro “plan de la alegría PRO”. Alberto Olmedo tiene, desde hace años, una estatua conmemorativa sobre un banco de una plaza rosarina, sentada sonriendo de espaldas al río. Si hoy estuviera vivo, seguramente se fotografiaría —como lo hacen tantos otros íconos de la cultura de la violación— con un cartel de Ni Una Menos.

Porcel y Olmedo: misóginos

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