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Pequeñas fábulas

Posesión

Uno tras otro los cerdos se precipitaron hacia el barranco. El nazareno les había introducido por los orificios una legión de demonios furiosos, e invocando el nombre de su padre, les había ordenado que sacrificaran esa carne mundana y regresaran al averno. Pero entre las piedras que sobresalían del torrente marino, uno de los cerdos conservaba la respiración, forzadamente, todo ensangrentado. La espuma rosa se escurría por su cuerpo, se habría dicho que corales hermosos florecían de su vientre, el cual se hinchaba y deshinchaba con lentitud casi religiosa. Veintisiete demonios abandonaron ese cuerpo justo antes de que exhalara su último aliento, y con prisa hambrienta, tomaron el de unos pececillos que se encontraban a pocos metros.

Una década anduvieron por diferentes cuerpos, todos animales pequeños y marinos, seres desdichados que se veían despojados de sus almas. Transcurrido el lapso, lograron hacerse con el cuerpo de un ave negra que sobrevolaba el crepúsculo multicolor. El ave maldita voló durante la noche. Su plumaje destellaba como perlas azures bajo el halo de la luna. Súbitamente descendió y aterrizó en una ventana gigante de mármol. Las cortinas de seda se sacudieron por el viento helado, y la criada ahuyentó al animalejo, cuyo desconcertado alarido, despertó los llantos del bebé, y la mujer lo contuvo entre sus brazos, observando sus hermosas mejillas, límpidas, cristalinas, azules, puras como el mar. Lo besó y le canturreó “No llores Cayo querido, pequeña criaturita divina”. El llanto cesó. Los demonios habían encontrado un envase apropiado.

Sueño

Fue el hecho más desconcertante y aterrador del que se tiene constancia. La tierra entera se vio sumergida en las tinieblas. Toda la superficie se sacudió, los edificios temblaron, e incluso algunos se desmoronaron como un dominó. Varios cayeron por los abismos que se abrían en el suelo. Tres horas duró el suceso. Luego, la calma y el orden volvieron a reinar. Los científicos, perplejos, buscaron respuestas incansablemente. Nada. No había motivo alguno para la catástrofe.

Sin embargo, mientras los estudiosos se desgajaban los sesos en investigaciones, en el Tíbet, un monje sabía la respuesta. De tarde, y mientras una mariposa se posaba en la hierba combada, le dijo a otro “Una mariposa como esa se posó en la nariz de Visnú hace unos momentos. Por poco lo despierta y elimina el universo entero”.

El animal desdichado

Una vieja leyenda cuenta la historia de un animal desdichado. El motivo de su desdicha sería, principalmente, de orden gastronómico. Parece que, de padre antílope y de madre leona, el susodicho animal habría heredado la cabeza, el pecho, y las patas delanteras de su madre, mientras que el resto del cuerpo de su padre. Su olfato percibe el olor del antílope en el viento, y todo su paladar está diseñado para gozar con la carne roja y la sangre jugosa y los huesos sabrosos de las criaturas herbívoras, pero cuando la carne llega al estómago, éste la rechaza con violencia, pues el único alimento que es capaz de digerir es aquel que no gritó al morir, y de este modo, al cuerpo le es sumamente difícil recargar energía.

Refieren las historias que es común verlo entre los pastizales, bien escupiendo a arcadas los pastos horribles, o bien vomitando compulsivamente la carne deliciosa, o bien muerto de inanición. Sin embargo, la vida se impone a la vida, y más corriente que todo lo anterior dicho, es verlo renunciar a su voluntad en pos de la supervivencia, caminando lentamente, tragando a la fuerza y con alguna lágrima tímida que se asoma por el ojo algún que otro pasto, cabizbajo, desdichado.

El origen del lenguaje

En aquellos primerizos días en que el lenguaje carecía de otra cosa que no fuera sustantiva, y a fuerza de gruñidos y ademanes furiosos, los hombres se hacían entender, sucedió que a uno se le dio la curiosa idea de filosofar.

Recostado en un amplio pastizal, contempló el cielo de la noche y sintió la hondura de esa bóveda infinita. Por vez primera (en la historia) lo miró como quien mira una obra de arte. Súbitamente algo se agitó en su pecho, pero él, nuestro antiguo pariente, en completo estado de conmoción, no sintió realmente otra cosa que no fuera el infinito espacio como una abertura sin comisuras. Entonces vio una estrella. No vio las estrellas, sino que vio una estrella, parpadeando incesantemente. La vio y comprendió que no estaba pegada a un techo oscuro, sino que estaba lejos, más lejos que su hijo, que dormía en el otro extremo de la llanura, más lejos que las montañas. Los conceptos entraban en su memoria abruptamente, pues no sabía qué cosa era “lejos”, pero sabía que esa estrella estaba lejos.

Pasado un lapso considerable de tiempo, comenzó a gritar, y uno que estaba durmiendo cerca, despertado por los alarmantes gritos, se acercó, y de un empujón lo interrogó. El otro apuntó al cielo (pues el apuntar era entonces tan importante como el conocimiento vago de “ser” lo es ahora), mejor dicho, a la estrella, pues para él, esa estrella era como algo imposible. Más su compañero miró el dedo, miró el cielo y no vio ningún ave, volvió a mirar el dedo, y volvió a mirar el cielo y siguió sin ver nada que se moviera. El filósofo seguía absorto, gimiendo y apuntando a la misma dirección. En ese momento sucedió algo grandioso, pues de tanto mirar el dedo, al desorientado hombre que no comprendía nada se le abrió una posibilidad: seguir la invisible línea recta que se desprendía del índice, y allí se concibió la idea de línea recta. Aun a pesar de resistir esta abstracción cosa de unos metros, no consiguió nada. Rompíase la cabeza mirando al cielo y al dedo, pues no había posibilidad alguna de que su amigo estuviera loco o estuviera mintiendo, que tales cosas eran inconcebibles, y sin embargo, pasadas unas horas, se quedó dormido. Al rato también el filósofo, que en realidad, a los cinco minutos del despertar de su compañero, ya no sabía por qué apuntaba hacia arriba, y sólo lo hacía por puro presentimiento de alguna necesidad impensable.

A la mañana siguiente ninguno se acordó de lo sucedido, pero sus hijos salvaron al clan de una inundación, y hubieran sido líderes, si otros más fuertes no les hubiesen destrozado la cabeza.

Lobizón

Volvía una pareja del baile del pueblo a eso de las cuatro y pico de la madrugada. La modesta casa donde vivían quedaba a unos cuantos kilómetros, y un vasto camino rural, surcado por un bosque, era la ruta a seguir. El sonido del motor del coche pervertía raudo el silencio, y el foco delantero (pues sólo uno estaba sano) pervertía la oscuridad y el mirar de la luna, que estaba llena.

Súbitamente el coche se detuvo en seco en medio del bosque. Se oyen respiraciones turbias y los amantes se miran. Ambos tapan sus bocas y narices y el sonido persiste. Una espesa niebla envuelve el auto, y logran distinguir la figura negra de un perro jorobado. ¡Fuera! Grita la mujer, que tenía aires de bruja, ¡por Dios te ordeno que te marches! El bicho desapareció, como fulminado por el nombre de Dios, y prontamente reanudaron la marcha, temblando el resto del camino.

El día comenzó a clarear, y se levantaron temprano, medio inquietos todavía. Tomaron algo de mate y de consciencia, y comprendieron que había sido una broma del alcohol el drama del perro, y salieron a respirar el fresco aire matinal. Sin embargo, no pudieron hacer otra cosa que enmudecer al ver las huellas enormes que rodeaban la casa, y que incluso embarraban una ventana abierta, y seguían hasta la pieza, hasta detrás de la puerta, la cual es cerrada violentamente por el culpable de la turbia respiración que retumba en el pequeño cuartito cerrado.

El pensador

En un humilde país, en un humilde pueblo, en una humilde familia, el padre miraba a su hijo y se lamentaba de la actitud que éste tomaba ante la vida, y le exigía reacción. No puedo, le decía su hijo, he intentado de todas formas actuar y simplemente no puedo, me quedo absorto en mis pensamientos, contemplando todo cuanto sucede. Harto el padre decidió llamar a un sabio del lugar, que también era médico, pues temía de su hijo que no fuera tan sólo idiota, sino que estuviera loco. Entró el sabio y habló a solas con el joven y al rato salió y le dijo al padre, es menester, si quieres ver trabajar a tu hijo, que dejes de respirar. ¿Yo? Respondió el padre, confundido, pues bien, si es necesario lo haré, ¿cuánto tiempo? El que precises de él que se dedique a sus tareas. ¿Cómo?, pero eso es imposible. Entonces no pidas imposibles, le dijo el sabio, y se llevó al joven y lo entrenó hasta hacerlo su sucesor.

El diablo bondadoso

Había en un pueblo a orillas del valle un mercader muy astuto. A fuerza de engaños se hizo de un buen capital con la ingenuidad de los pobres aldeanos, y pensaba llevar sus dotes para probar suerte en la gran ciudad. Sin embargo, la fortuna le abandonó al arribar al mercado, y su astucia se vio trunca al tener como primer cliente al mismísimo diablo. Habíale intentado engañar en la cantidad de cabras que le iba a vender, y descubierto su truco, postrábase de rodillas implorando perdón. Su suerte regresó mágicamente, pues ese día el diablo estaba bastante bondadoso, y solamente lo mató.

La luz mala

Había una vez un niño muy curioso, que nunca dejaba pasar la ocasión de saber algo que oía por allí. Un corto circuito cortó las luces de su humilde hogar, era una noche lluviosa. A la luz de la vela, los viejos contaban sucesos que no respondían a la lógica. “Luz mala”, dijo uno, y el niño quiso saber qué era eso, pero en el preciso instante de recibir la respuesta, volvió la luz, y ya, con la televisión prendida, nadie tuvo ganas de pensar otra vez.

Caminando entre el barro, el niño se dirigía temprano a su colegio. En su cabeza percutía el término, “luz mala”. Rezó para conocer su significado, y Dios, incapaz de resistirse a las súplicas de un niño madrugador, lo oyó. Pero lo que nadie sospecha es que para Dios las palabras no expresan conceptos, sino cosas, pues Él es el Verbo, y de su Palabra surgió el universo.

La noche caía y una tormenta azotaba la oscuridad creciente. El niño volvía costeando el río, cuyas aguas furiosas chocaban entre sí, pensando aún en la luz mala. Fue entonces cuando vio, suspendido en las aguas, un fuego verdoso de una belleza inefable. Hipnotizado, el niño se acercó lentamente a la luz, que permanecía imperturbable entre los fuertes vientos de la tormenta. Dios le mostraba la luz, pero “luz”, así sin más, no abarcaba la totalidad del término en cuestión. Idiotizado como un mosquito, ansioso por tocar el resplandor, avanzó lentamente, hasta mojarse los pies y la garganta.

El peso

Llorando, moqueando moco aguado sobre el moco seco, se seca la cara arrugada con la manga desteñida y jura que él no asesinó a su señora mujer. El juez lo contempla, aburrido. Saca una moneda del bolsillo y le dice: “Cara vivís, seca morís”.

Agarrá una moneda de un peso, lector, tirala al aire. Yo, que soy el escritor de este pequeño relato, que he decidido el curso irrevocable de lo que ha sucedido, digo ahora mismo que lo primero que salga, cara o seca, decidirá la suerte de este hombre irrevocablemente. Esta no es una ficción de Borges, y el destino de ese hombre, que quizás viva en otro mundo, junto con los sueños y los reflejos cuando no son observados, no se bifurcará en dos. La vida y la muerte son antípodas de la misma moneda y no puede darse una sin la otra, más tampoco las dos al mismo tiempo.



El malandra lector de Schopenhauer


El palco clamaba por su muerte, pero él no se inmutaba. El juez dijo “para acallar tus culpas es menester que sufras una eternidad en el infierno”, pero el otro respondió “menuda desprolijidad, diez años de crimen y una eternidad de castigo, creí que ustedes los jueces gustaban de la justicia”. El juez meditó, “los muertos están con dios, y en la muerte él te juzgará. Pues bien, el tiempo que pudieron haber vivido tus víctimas, el tiempo que dure el pesar de los familiares, ese tiempo, que es el resto de tu miserable vida, sudarás en ardua labor”. “No me parece justo aún. Yo actué mal por pura necesidad, si robé y maté, fue por pura necesidad”. “Desconfío de cuestiones de ese tipo, tu culpa es tu culpa y no la del estado. Valdrías más muerto, si de hambre hubieses muerto, que vivo a costa de matar, he aquí esta paradoja que resume tu ventura, que es tu suerte y tu ser”. “No lo niego, pero no es a eso a lo que me refería. ¿Por qué no ha matado usted? Porque no tenía necesidad, claramente. Pues bien, yo sí la tenía, pero mi necesidad no era de índole económica o social. Yo simplemente lo hice porque lo hice, ¿no comprende usted? Hablando así, abiertamente, me hubiese gustado no hacerlo, pero el hombre puede hacer lo que desee, no desear lo que desea”. “Tremenda zalagarda”.

El destino

“El arroyo corre a mi lado, pero yo ya no puedo. Lentamente se apaga el día y yo también. Estas cosas, que me son tan comunes, como el color naranja y el sabor del agua, desaparecerán junto conmigo. Sólo sé que no sé nada, en esta contradicción veo el resumen de una vida dedicada al conocimiento, pero no soy agnóstico. Chau mundo, sé que en el momento en que yo te abandone, tú me abandonarás.”

Así lo escuché, y no pude sonreír sin que se me escape una lágrima.

Lo que el nihilista le dice a su amor a modo de despedida

Amor mío, mi vida, hay algo que debo confesarte. Pronto he de partir, pronto mi cuerpo perseguirá su destino óseo, impulsado por fuerzas que exceden mi voluntad, la vida no significará ya nada para mí cuando te deje. Es necesario que así sea, es necesario para realizar mi tarea abandonar aquí mismo el calor que me hace hombre, aquí contigo, y entre tus pequeñas manos, lo resguardarás con toda la ternura que has sabido mostrarme. Así, dispensado del amor, solo quedará para mí el recuerdo orgánico de tu cuerpo, el sonido abstracto de tus palabras, que la razón sabrá descifrar en claves más íntimas, como melancolía y dolor. Todo esto, amor mío, será la vida para mí cuando te deje, melancolía y dolor. El frío endurecerá mi ser, la esperanza será un concepto vacío e inaprehensible, y así, insensible como una bestia, le entregaré el cascarón de mi carne a la tierra. ¡Ay, pero no llores! Porque de todas estas penurias nace una alegría infinita, superior, un hálito de felicidad que envuelve toda la oscuridad y se la devora. Es verdad, mi vida, pronto he de partir. Pronto seré un recuerdo para ti, pronto la vida nos separará, y la muerte definitivamente no nos reunirá de nuevo. Pero, ¿es que no te das cuenta? ¡Ahora mismo te hablo, ahora mismo limpio tus mejillas, y ahora mismo, aún hay un beso que no hemos efectuado! ¡Todo esto, mi amor, ahora mismo! ¿No es ahora mismo, un momento maravilloso?

Campaspe y Apeles

Como sostenida por un susurro divino, Campaspe recuesta su cabeza en el agua azur, inmaculada, mientras piensa en los amores que se dispersan cual un abanico entre las nubes. Su corazón acaricia las intenciones más fugaces, es presa de la ambigüedad y tuerce su pequeña boca mientras frunce el ceño, gesto que denota su ya magnifica beldad. Se deja estar con los ojos color berza reduciendo la realidad al pensamiento, gobierno del deseo y la sensualidad, pero también del amor, que despliega sus sedas blancas imponiendo autoridad y respeto. Entonces, como una barca atrevida surcando los arroyos más remotos, una imagen se descubre en el éter: Es el gran Apeles, protegido de las musas, que reclama su amor desde un ámbito desconocido. “¡Oh, hombre mío! Dueño ahora mismo de este fuego intenso, pastor de mi inocencia, ¿desde dónde envía tu dolorosa conciencia la intención que yo ahora recibo? ¿Desde dónde tu corazón sufre una agonía profunda como el Tártaro? ¡Yo quiero saberlo, quiero abrazar ese dolor e inmiscuirlo, porque ese sufrimiento es el que a mí llega y que me imprime esta condena, esta deuda contigo! Es por tu intención, por la imagen que tu mente cósmica hace de mí que yo ahora mismo te amo, que yo ahora mismo clamo por tus manos de artista, de creador.” Flotando en las cristalinas aguas que reflejaban el cielo y la imagen de su amor, flotaba Campaspe, llamando por el hombre que, habiendo enviado su deseo como un rayo, fulminó las dudas de la hermosa venus, afianzando su corazón y haciéndole arribar a puerto eterno, donde moran los Dioses.

El sueño del rey

El rey soñó que jugaba al ajedrez y que perdía. Se despertó, y los soldados enemigos lo esperaban para ejecutarlo.



El conocimiento de la noche


Esa tarde me recosté en el techo de mi casa. Pronto me acostumbré a la incomodidad: el granito rodando ásperamente por mi espalda, mi cabeza apoyada sobre puntiagudas almohadas. Me recosté y miré el cielo. Era una furia en pausa. Estaba dinámicamente estático, lo eterno y lo efímero, Dios y el hombre. Cerré los ojos y pensé en intentar no pensar. Previsiblemente, el contorno en la oscuridad de mi visión desapareció. Abrí los ojos, el cielo estaba gris. Estaba hinchado de agua. Lo miré, lo miré tanto que yo, el que miraba, desapareció, y solo quedó el cielo gris. Vi cómo el cielo pasaba a negro, vi cómo la negritud envolvía la tierra. Fue más rápido de lo que uno creería. Sutil, pero rápido.

La nación

En esa nación se desarrollaron varias de las disciplinas científicas que entienden las naciones cultas, y otras también. Las más son variaciones de las ya conocidas nuestras. Por ejemplo, ellos comprenden algo que nosotros podríamos llamar “geometría táctil”, que se encarga de la mesura de propiedad cualitativas. No hay en esa doctrina tal cosa como “dimensiones”. Sus conceptos son mucho más abstractos, complejos y precisos. Ellos miden esa geometría en términos de intensidad y duración. La mayoría son, gracia de sus capacidades especiales, expertos en el arte de tocar. Algo similar sucede con las artes, que se dividen en sus dos respectivas ramas, la intelectual y la sensible. Los últimos no se preocupan para nada en el retrato o el realismo, lo que consideran carente de valor. Un buen artesano es un químico capaz de crear una textura gelatinosa y agradable, o un terciopelo suave. Cuanto más sea capaz el ciego en sumergirse en la textura, cuanto más el éxtasis le suprima los límites de su cuerpo (cosa que les suele pasar), tanto mejor será la obra.

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