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Paula ¿Qué te ven los hombres?

Paula ¿Qué te ven los hombres?

Me levanté a eso de las ocho de la mañana, por el peor frío, ese frío de Septiembre que nos recuerda que las gotas de sudor de esos mediodías de Agosto no son fruto de los primeros calores de una nueva primera, o de la misma primavera que se ausentó un año, sino las últimas caricias de un otoño indeciso que al final decidió hundirse en el invierno.

La cosa está difícil che, racioné todo el presupuesto mensual, para poder llegar a fin de mes en: Almuerzo: dos tazas de café con leche y medio paquetito de galletitas al agua con dulce de leche; cena: Carne, dos días de arroz o fideos, uno de verduras, para no volverme loco. Y quince cigarrillos diarios.

El problema es que el insomnio y la vigilia desconfiguraron abominablemente mi rutina lerda. Llegando a comer a las cinco de la mañana costeleta de cerdo y el caer de vuelta otra vez en tus brazos de espuma y bronce a las dos de la tarde. No había mirado el reloj, ni usado su despertador, y no corría las cortinas, ni apagaba las luces en ningún momento porque, sinceramente, odio la noción de tiempo, en realidad, la conciencia sobre el horario; porque bueno, con vos era todo lo contrario “Sí Nico, muy rico, pero vamos a cenar como a las una” “Voy a llegar tarde amor, a las dos entro y quiero estar un rato antes” “A eso de las cinco ponen la mejor música en el boliche”. Y así era feliz yo, dejándome llevar como un barrilete con el viento de tu energía, de tus cositas chiquitas en las que me dejabas ser parte, que en el fondo estaban llenas de mucha alegría, feliz simplemente estando, siendo con vos.

Supongo que la única conducta regular que sigue en mi vida es la misma que cuando todavía seguías aquí.

Escribí en el diario: “6 de Septiembre 10:30. Buenos días amor, tengo unos nervios de ir al dentista, pero tengo que, sino ¿Cómo voy a seguir comiendo tus cosas ricas, sonreirte lindo por todo lo feliz que me hacés? Además no te merecés un esposo chimuelo. Te amo Paula, ya vemos que picamos para el almuerzo. Besos.”

Salí a la calle para cumplir la cita y después de una siete u ocho cuadras me estremecí, al darme cuenta que no había visto a ninguna mujer desde que salí de casa… peor todavía, desde que te conocí. No existían, no eran más que un conjunto de extremidades estorbándome en la calle, sacándome cigarrillos, pidiéndome la hora, una birome, punteándome por no ver que estaba en verde…

Más tarde, casi como una prueba para terminar de fundamentar la hipótesis, la dentista por unos breves segundos me apoyó sin querer un seno en mi cara, más allá de la molestia y una pequeña risa de vuelta en la calle no volví a recordar el suceso hasta estar escribiendo esto, y anotarlo como prueba concluyente del fenómeno.

Después fui a un café, me senté en una de las mesitas de la vereda e intenté romper el hechizo. Buscaba en mi mirar a esas mujeres un rastro que me llevara a comprender este peculiar fenómeno. Había una rubia, treinta años, el sol parecía atravesar su pelo sin oponer la menor resistencia, una antiopacidad pues carecía de brillo no como tu pelo policromático de algunas fibras oscuras, la mayoría ambar y unos filamentos de oro 24k para completar la alaja de tu cabellera, que tiende a volverse más claro y fino a medida que cae, como una cascada; con lentes y un sombrero bajo el toldo me hizo pensar en una completa frivolidad y superficialidad, no tengo argumentos para sustentar eso, pero es la verdad. Luego una morocha en ropa deportiva, medí con mis ojos sus pechos y sus nalgas, y llegué a la conclusión que tendría de un 45% a un 55% el total de tu volumen en esas zonas ya mencionadas, y no poseía caderas ni cintura, casi un travesti en proceso de actualización. Luego otra con bata de enfermera, tenía el rostro demasiado grande, nunca me gustaría jugar con ella al truco, sería como ver las señas en pantalla gigante, además tenía un bolso de Hello Kitty, pero que mina pelotuda…

Algo así fue el proceso, me di cuenta que mientras más veía a las mujeres más me enojaba con ellas, ahora supongo porque ellas no eran vos.

Intenté encontrar la solución desde el otro extremo de la ecuación, todas las cosas que amo de vos, a las que realmente me aferro solo las pude conocer conociéndote adentro, no explica por qué la primera vez que nos encontramos te reconocí entre la multitud al instante ¿Qué te ven los hombres? ¿La sonrisa, las curvas, tu forma de vestir y caminar como un diente de león en día de viento? Estabas de espalda a mí a varios metros entre decenas de personas y aún así sentí ese calorcito en el pecho, esa presión en la garganta. Cuando te saludé y te diste vuelta fue como el finalizar de un eclipse, pero yo ya sabía que al otro lado estaba el sol.

Supongo que no es algo que alguna vez se pueda poner en palabras, porque justamente no es algo que se pueda ver propiamente en vos, porque cuando uno te ve a vos, a partir de ese momento es lo únco que se ve. Lo demás queda a oscuras, da un paso atrás para dejarte al frente del escenario. Así no se puede advertir que la lluvia es tan especial porque no hay nubes en el cielo, pero no lo notás, por concentrarte solo en las gotas tibias que parecen que caen del sol, o una constelación, un puñado de estrellas entre millones, y las otras estrellas no son más que lo empañado en el cristal del cielo, y del otro lado de esa ventana estás vos.

Tomé el cappuccino y comí dos mafaldas, me guardé a la fuerza un par de lágrimas con tu nombre y me fui. Supongo que ahora no me voy a dar cuenta cuando llueva con nubes, cuando vea al cielo y me falte mi constelación solo voy a ver una noche oscura, un espacio vacío para llenar con los recuerdos de mi constelación en las formas que yo más quiera y que su recuerdo me permita. La mayor parte de lo que es la vida, y lo que compartí con vos ahora es invisible para mí, cada día está tan vacío, para llenarlo con tu recuerdo… gracias a Dios que es así.

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