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Para una Crucifixión cabeza abajo

Siempre me ha gustado esa complicidad que Cortázar ha tenido con nosotros sus lectores. Yo he tenido el placer de haber leído casi toda su obra, desde muy pendejo. Y hace poco he terminando Papeles Inesperados, una colección de textos inéditos y escritos dispersos que se publicó a 25 años de su muerte, y encontré una frase en un texto que dice: y mi comentario quedará(n) bellamente encarcelado(s) y neutralizado(s) entre las cubiertas y no sucederá absolutamente nada,………..y tuve la sensación de que me guiñaba un ojo, socarrón, sabiendo que yo estaba allí mientras leía, y ahora mismo aquí, mientras les cuento esto a ustedes. Y me tomé el atrevimiento de jugar con sus palabras, con su comentario bellamente encarcelado; para plasmarlo aquí, para que ustedes lo lean, y para que esa absoluta nada de la que habla él, no suceda.

Para una Crucifixión cabeza abajo

Para una Crucifixión cabeza abajo*

You could say that a scream is

a horrorific image; in fact, I wanted

to paint the scream more than the

horror. I think, if a I’d really

thought about what causes somebody

to scream, it would have made

the scream that I tried to paint

more successful. Because I should

in a sense have been more conscious

of the horror that produced

the scream. In fact they were too

abstract.

FRANCIS BACON,

Entrevistado por David Sylvester

Para una Crucifixión cabeza abajo

Especialista en alaridos, Francis Bacon le dice explícitamente a David Sylvester que en ningún momento de su obra pictórica ha tratado de ser horripilante. Pocas líneas más adelante agrega lo que puede leerse en el epígrafe.

Si ambas cosas se toman al pie de la letra, el panel de la derecha de los Tres estudios para una crucifixión sería una pintura estrictamente ceñida a imperativos plásticos. No hay por qué dudar de las afirmaciones de Bacon, que delimitan inequívocamente el campo expresivo de su obra. El problema se plantea del otro lado del cuadro, en esa zona donde el espectador la enfrenta y vive lo que el artista niega; el horror del alarido en el suplicio.

Para una Crucifixión cabeza abajo

La obra de un pintor de la talla de Bacon ofrece la paradoja ejemplar del arte en cualquier de sus puntos extremos. Allí donde el artista procede con el máximo rigor a su creación, otra cosa lo está esperando para expresarse también en ella y por ella, algo que cabría llamar la dominante histórica de su tiempo. Bacon parece sorprenderse de que sus críticos (en este caso portavoces de su público) vean su pintura como subentendida del horror. No advierte –porque el genio suele ser particularmente ciego a lo que rebasa su intensa concentración en la obra– que la historia que nos circunda ha encontrado en él a uno de sus cronistas, y que la lectura de esa crónica entraña la extrapolación de la obra en sí, su proyección como espejo del tiempo que nos incluye.

Para una Crucifixión cabeza abajo

Si cualquier espectador contemporáneo del artista puede ser sensible a esta carga que emana de una creación plástica, un espectador latinoamericano será, como en mi caso, hipersensible a un cuadro que condensa en una sola imagen el panorama global de la crucifixión de su propio pueblo y de casi todos los pueblos que conforman su continente. No soy quien elige aquí este cuadro de Francis Bacon: la actualidad y la persistencia del horror lo eligen por mí, lo devuelven por la vía de la palabra a lo que Bacon, por esa misma vía, acaba de negar mientras sus pinceles lo afirman más allá de sí mismo.

Para una Crucifixión cabeza abajo

¿Cómo mirar una pintura que nada tiene de imaginaria, cómo encerrarse en su mera dimensión plástica cuando a pesar de la voluntad explícita de su creador la vemos rebasar hasta la náusea los límites de la tela e invadir como un repugnante mar de sangre y de vómitos su verdadero territorio, el del mundo y el tiempo donde estamos mirándola? Su belleza formal, su admirable fuerza la arrancan de la anécdota pictórica para volverla historia; pero ese paso reclama un espectador no solamente capaz de mirar y ver, si no de asumir la emanación de la pintura cono una consciencia histórica, es decir, con un juicio y una opción. Que una pintura de Francis Bacon, orgullo de los museos que acopian la cultura de Occidente, los pulverice simbólicamente desde su marco, es tarea que concierne a quienes juzgan y optan en un territorio donde impera la otra fachada del sistema, donde los museos son la mentira o la claridad del poder, donde la sangre de bermellón y el alarido hábilmente sugerido tratan de sobreponerse y ocultar la verdadera sangre y los verdaderos gritos. Si alguien propusiera hacer un poster con este cuadro de Bacon y fijarlo en las paredes de Santiago o Buenos Aires, la réplica sería la muerte, en una galería de arte – es decir, en un territorio específicamente estético-, acaso algún ministro inauguraría la exposición con las vacuas palabras presumibles.

Para una Crucifixión cabeza abajo

Lo mismo ocurrirá en este libro: el cuadro y mi comentario quedarán bellamente encarcelados y neutralizados entre las cubiertas y no sucederá absolutamente nada.

Para una Crucifixión cabeza abajo

Para una Crucifixión cabeza abajo

Pero algo hay ya en el hecho de que Francis Bacon haya pintado como pinta, y que muchos de los que ven sus cuadros los proyectan más allá de la estética. De sordos, insospechados y lentos procesos se nutren las mutaciones históricas: un discurso mesiánico en Galilea, un artículo en la Enciclopedia, una frase donde se habla de un fantasma que recorre Europa, y por qué no en nuestros días de pintura, una película, tantas cosas todavía insospechadas, un pequeño David de ojos rasgados derribando a un Goliat campeón de baseball: cabeza abajo en su cruz y aullando de dolor, el hombre histórico es más sonriente que su verdugo de pie. Un libro cerrado puede abrirse un día como una Bastilla de papel; un continente entero puede decidir que las pinturas de Bacon entren irremisiblemente en el pasado como las decapitaciones de las tablas florentinas, como los martirios de las policromadas hagiografías. Creo que esta pintura que hoy miramos desde el horror contiene ya su reverso, su caída en los archivos de la historia. Pero es bueno que haya sido pintada, que posea un poder que a nosotros nos toca asumir y llevar a sus consecuencias últimas, como todo lo que nace consciente o inconscientemente, de la rebelión del hombre de luz contra el hombre de las tinieblas.

Julio Cortázar

*L’arc, Aix-en-Provence, n.º73, julio-setiembre de 1978.

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