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Para los Kirchner, Lenin era neoliberal

Para los Kirchner, Lenin era neoliberal

Para los Kirchner, Lenin era neoliberal

Para los Kirchner, Lenin era neoliberal
El realismo mágico argentino siempre sorprende a propios y ajenos también

El 21 de marzo de 1921, Lenin promulgó un decreto…

El 21 de marzo de 1921, Lenin promulgó un decreto a través del cual establecía la NEP (Nueva Economía Política).

La NEP no era otra cosa que la liberalización parcial del ‘comunismo de guerra’, vigente desde la revolución de 1917. Al nacionalizar todas las producciones, había llevado a Rusia a una hambruna generalizada.

En particular, en materia agrícola, la NEP permitía la libre disponibilidad de una parte de la producción agrícola. Ello derivó en el crecimiento de una ‘nueva burguesía’ (como después acusaría Stalin) que evitó que la Unión Soviética cayera cincuenta años antes.

Lenin murió en 1925. Hacia 1928, su sucesor, Stalin, por tierra con la NEP y establece el primer plan quinquenal. Con ello, la persecución a los campesinos. En los años treinta, los agricultores muertos por Stalin se cuentan en millones (algún día, alguien habrá de investigar la razón por la cual los genocidios del comunismo tienen tan buen marketing).

El punto es otro. A la política de Lenin, los kirchneristas la hubieran llamado ‘NeoLiberal’.

En el afán de confundir todo el kirchnerismo acusa de ‘neoliberal’ a simples medidas racionales de desregulación de una situación insostenible.

En los últimos años del gobierno de Cristina Kirchner, la actividad económica fue asfixiada. Al punto de ser la Argentina el único país del mundo que no creció durante cuatro años consecutivos. El empleo privado finalizó estancado durante el mismo período, y las economías regionales arribaron a un colapso total. Producciones enteras no se cosecharon y las cámaras de tevé tuvieron el pudor de no mostrar alimentos que se tiraban conforme era imposible trasladarlos.

Todo ello, hijo de un capricho autoritario. Cristina y sus últimos gestores de La Cámpora se enamoraron del cepo cambiario, controles de precios, regímenes informativos, prohibiciones para importar y exportar, y el sometimiento a todas las producciones privadas para pedir permiso hasta para lo más obvio.

Ese sistema fracasó. Generó lo que nos dijeron que no iba a generar: estancamiento e inflación.

Desde el 10 de diciembre, la Administración Macri sólo ha destapado las ollas a presión (campos minados) que dejara el kirchnerismo. Levantó las restricciones del cepo cambiario, eliminó ROES (Registro de Operaciones de Exportación), Rois (Registro de Operaciones de Importaciones), DJAIS (Declaración Jurada Anticipada de Importación), liberó los precios, ajustó tarifas y, tal como Lenin, devolvió a los agricultores parte de la producción que retenía el Estado.

Sacarle los grilletes a una economía es necesario. Lo hubiera hecho cualquiera, incluso el ‘neoliberal de Lenin’. Ahora, bien; liberalizar la economía, llevar a cabo un programa liberal es bien distinto. En esencia, el macrismo pretende una mejor administración del estatismo que creció en los últimos doce años. Los programas típicos de derroche fiscal como ‘Futbol para Todos’, la publicidad oficial, los megacentros de producción ‘cultural’, los medios de comunicación oficiales, todo seguirá en manos del Estado. Las empresas públicas como Aerolíneas Argentinas e YPF, quizás mejor administradas, también. Continuará la filosofía por la cual ‘el Estado debe garantizar derechos y bienes a las personas’ a través de la Asignación Universal por Hijo (AUH), y demás programas de sostén y apoyo.

Es correcto, la sociedad no acepta soluciones más jugadas, ni una conducción ideológica que destierre las vacas sagradas en las cuales cree religiosamente. En la Argentina, el Estado es un culto. Seguramente, la nueva Administración gestionará sin manejo político, sin demagogia y con menos corrupción. Sin dudas, un avance.

De todas maneras, y en la práctica, el liberalismo es otra cosa, completamente distinta. Lejos de ajustar el gasto público con un bisturí, una política liberal redefine el nivel y la composición de todo el gasto público, comenzando por una redefinición de funciones fiscales. Será el tiempo de preguntarnos si es necesario que el Estado entretenga y divierta a la población. Si es función del estado subsidiar a las clases medias y altas y sostener de por vida a las clases bajas. Por antipático que suene, habrá que volver a pensar al estado tanto la política de gastos como la de ingresos.

Los ingresos fiscales, lejos de ‘eficientizar las oficinas recaudatorias’, deben volver a pensarse por completo. El objetivo no es recaudar más ni que los que más tienen más paguen. Esos son consuelos de políticos culposos dado que generalmente son ellos los que más tienen.

Argentina, en las palabras de Juan Bautista Alberdi, no debe ser ‘un pueblo de complexión fiscal, simples tributarios o colonos’. La administración fiscal debe cobrar impuestos eficientes que alteren lo menos posible la asignación de factores y la inversión. El objetivo del país debe ser crecer y generar oportunidades. Nunca el objetivo de la economía puede ser el mantenimiento del estado extralimitado. En la Argentina, hay 7 millones de aportantes y 21 millones de personas cuyo principal ingreso depende del Estado. No existe forma alguna de sostener semejante disparate, a no ser con impuestos confiscatorios e inflación. El kirchnerismo pretendía que las mesas de los pobres las atienda el Estado y que los niños rindan culto a un presidente o a un puntero antes que a los padres.

El ideario liberal es lo contrario. El alimento lo provee el trabajo de los padres quienes con su productividad tienen que poder comprar alimentos de calidad. Las netbooks se las deben agradecer los hijos a los padres y no al Estado. En la heladera de los hogares pobres, en un gobierno liberal, puede estar la imagen de San Cayetano, Maradona, Messi, Fangio, Gardel, el Flaco Spinetta, pero jamás la de un presidente al cual rendirle pleitesía.

El macrismo propone ser más eficiente y abarcativo en el uso de tales asignaciones. El liberal gobierna para que no sean necesarias. En materia de asignaciones, más nunca es sinónimo de ‘mejor’; es indicador elocuente del fracaso de la política. La política liberal es bien distinta a lo que hasta ahora está mostrando el macrismo. Y -obvio- diametralmente opuesta al desastre kirchnerista.

Los kirchneristas debieran buscar otro epíteto a la hora de denostar las políticas del gobierno. Deberían ser más creativos. Casi tanto como lo fueron a la hora de destruir la economía.

Para los Kirchner, Lenin era neoliberal

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