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Olave, el Tarzán de Alberdi

Olave, el Tarzán de Alberdi

En el libro “No te vayas, campeón”, Roberto Fontanarrosa describe a Amadeo Carrizo. Y dice: “Era hermoso. Alto, enorme, elegante, modelado; salía por la boca del túnel con esa tricota amarilla de cuello alto, junto con los demás jugadores, y parecía hecho de otra escala”.

Tras esa descripción del gran arquero que tuvo River Plate en los años ’50 y ’60, el escritor y humorista gráfico rosarino, hincha declarado de Rosario Central, lo compara con otro gran exponente del arco de aquella época: “No tenía esa cosa expansiva, musculosa y tarzanesca de Antonio Roma”. Emblemático atajador de Boca Juniors.

Las particularidades unen a Carrizo y a Roma: fueron ídolos en sus clubes, tuvieron una vida prolífica en partidos y en títulos, y pusieron a prueba la longevidad del jugador del fútbol, aunque en aquella época, por diversos motivos, esa condición era más frecuentada por quienes pisaban un campo de juego: Carrizo se retiró a los 44 años. Roma lo hizo a los 40.

Sin entrar a evaluar lo odiosa que resultan las comparaciones, y con el deber de reconocer el límite que imponen los pocos registros que ofrecen las imágenes de ambos, la comparación puede extenderse hasta la actualidad, en la que nuestro GPS nos lleva, inexorablemente, a los barrios Las Palmas y Alberdi.

Juan Carlos Olave cumplirá 40 años el 21 de febrero de 2016, sin andador ni papagallos; sin tantas visitas al médico ni recurrencias a la Anses, con el porte tarzanesco tan relacionado al pétreo e inmenso Antonio Roma y con un dominio del área y una personalidad avasallante como la de Amadeo Carrizo.

En rigor, y con el perdón de los que peinan canas, a los que les puede parecer inoportuna o desmesurada la comparación, más allá de los parecidos y de las analogías lo que se intenta destacar en Olave son dos cosas: su proximidad a las cuatro décadas jugando en la máxima competencia y su indisoluble vinculación con su otra casa, la casa de muchos, con los que comparte la sangre que corre segundo a segundo, minuto a minuto, día a día, año tras año por las arterias de Alberdi.

Dicen los que frecuentan los entrenamientos en el predio de Villa Esquiú y los que lo vieron llegar a Belgrano a mediados de los 90 que su hábito de trabajo no ha cambiado; que es uno de los primeros en llegar y uno de los últimos en irse; que en cierta forma y en algunos aspectos es una extensión del orden que emana del entrenador Ricardo Zielinski, y que revela una todavía indómita manera de digerir los malos resultados.

Los árbitros no le tienen miedo pero lo escuchan y piensan cinco segundos más que con cualquier otro a la hora de amonestarlo. Olave es calentón, protestón y polémico; jetón con sus compañeros e indisciplinado a veces en la cancha; amedrentador por su físico e inhibidor por la constancia de su trayectoria veinteañera. Aun en los partidos sosos no pasa inadvertido y se viste de John Wayne o de un metálico Robocop cuando el trámite empieza a echar burbujas.

Es uno de los pocos jugadores en la historia del fútbol de Córdoba que es sinónimo de su camiseta. Olave es Belgrano como Gasparini es Racing, Willington es Talleres y “el Pitón” Ardiles o Kempes es Instituto. Y es de Córdoba, una plaza a la que le siguen haciendo falta las estatuas con una pelota en la mano o en los pies.

Ya muy cerca de cumplir los 40 años, indisolublemente atado a sus mechas ochentosas, el arquero de Belgrano prepara la lapicera para firmar un nuevo contrato. Tiene para argumentar que salvó goles hechos ante Lanús, Defensa y Justicia, Crucero del Norte, Huracán y Colón, por citar los partidos más frescos en la memoria, lo que se traduce en una de sus mejores versiones desde que camina por Arturo Orgaz y La Rioja.

Olave, el hombre de las cuatro décadas, ha jugado uno de sus mejores campeonatos. No es fácil en una edad en la que los huesos crujen con más frecuencia y la paciencia de los hinchas está repleta de prejuicios y por eso mismo admite muchos menos errores.

Olave, el Tarzán de Alberdi

Olave, el Tarzán de Alberdi

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