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Nicea, año 325: el Concilio de las incertidumbres

En el año 306 de nuestra Era, Flavio Valerio Aurelio Constantino fue nombrado Augusto (emperador) del Imperio Romano de Occidente. El nombramiento tuvo lugar en Eboracum (la actual York, en Inglaterra) tras la muerte de su padre, Constancio Cloro. Este había llegado al poder con la institución, por parte de Diocleciano, de la llamada Tetrarquía: un sistema de gobierno consistente en dos Augustos (uno para Occidente y otro para Oriente) con sendos Césares subordinados a aquéllos. Hasta el año anterior, los Augustos habían sido el propio Diocleciano y su camarada Maximiano, y Constancio Cloro había sido César del primero. Pero en 305, la renuncia de Diocleciano y Maximiano elevó a los dos Césares a la dignidad de Augustos; pero durante su primer año como Augusto, Constancio Cloro falleció, y sólo las tropas leales a éste fueron quienes nombraron sucesor a su hijo Constantino. Una designación así admitía, quizás, objeciones, aunque a los eventuales objetores les importaran menos la validez de los derechos de Constantino que su propio apetito de poder. Así se inició una querella por la sucesión, en la que llegó a haber más Augustos (nueve en total) que Césares. Pero poco a poco Constantino iría deshaciéndose de estos rivales, y cuando se deshizo de uno muy importante, Majencio, creyó que había sido por la intervención de Cristo. El doble augustado de Diocleciano y Maximiano había sido nefasto para los cristianos, perseguidos entonces como nunca. Constantino creyó ganar una contienda militar favorecido por Jesucristo, quien sin embargo había predicado un mensaje, no pacifista, pero sí pacífico, y no podía menos que sentirse agradecido por tal intervención; y sin embargo, su gratitud, a la larga, sería para el cristianismo una desgracia mucho peor que las persecuciones de Diocleciano y Maximiano: en lo sucesivo, se pasaría una y otra vez por alto la esencia del mensaje cristiano, librándose guerras en nombre de Dios.

Sin embargo, había discordia entre los propios cristianos por asuntos de fe. Si bien los disensos eran muchos, la gran querella de entonces tenía lugar entre los arrianos y los atanasianos, así llamados, respectivamente, por los obispos Arrio y Atanasio, líderes de cada una de las facciones (en realidad, por la época a la que nos referimos, el líder de la facción luego capitaneada por Atanasio era el obispo Alejandro, conocido luego como San Alejandro). Constantino pretendía consolidar su poder merced a la Iglesia y la religión, pero para ello necesitaba que esa misma Iglesia y esa misma religión fuera una sola, unida y concorde. Y así, para zanjar definitivamente las cuestiones de fe, convocó en el año 325 al desastroso, fatal Concilio de Nicea, y la primera pregunta que surge es con qué autoridad podía él, que ni bautizado estaba, convocar a un Concilio. Suena más o menos como si yo, cristiano, pretendiera convocar a una gran reunión de autoridades islámicas para zanjar cuestiones de fe aún en debate.

Sin embargo, soplaban para los cristianos vientos de tolerancia religiosa, y por lo visto decidieron aprovecharlos o, tal vez, temieron enfurecer a Constantino y desencadenar una nueva y más feroz persecución. De cualquier modo, la respuesta a tal convocatoria fue muy favorable. Durante el Concilio se decidieron las cuestiones más importantes en materia de fe, tal como pretendía el Emperador; las decisiones básicas tomadas entonces se expresan hoy, en la Iglesia Católica, en la profesión de fe conocida, por esa razón, como Credo Niceno.

Una de las disputas más difíciles de resolver fue la que separaba a los arrianos y atanasianos, y que ya mencionamos antes. Lo más chistoso, o estúpido, es que solamente una única letra los dividía: los arrianos sostenían que el Hijo era de una sustancia no igual, aunque sí parecida, a la del padre (Homoiousios, “de similar sustancia), en tanto que los atanasianos afirmaban que ambos eran idénticos en sustancia (Homoousios, “de la misma sustancia”. Así lo cuenta Peter de Rosa en Vicarios de Cristo: Muy pronto fue evidente que la mayoría de los obispos se inclinaba por las posiciones arrianas. Constantino no tenía preferencias teológicas, pero se alzó de su trono de oro para zanjar la polémica. Quizás sólo quiso demostrar que era el responsable. Propuso lo que vendría a llamar ‘la noción ortodoxa’ del Hijo de Dios, ‘una sola sustancia’ con el padre. Todos los obispos disidentes se echaron atrás, excepto dos a los que Constantino depuso con presteza y expulsó con cajas destempladas. Luego escribió a Alejandría, donde los arrianos aún conservaban una posición poderosa: ‘Lo que ha complacido a trescientos obispos no es otra cosa que la voluntad de Dios’.

La visión de Elaine Pagels en su libro Más allá de la fe es, ya que no Homoousios, sí al menos Homoiousios a la anterior: nos dice de San Alejandro y sus aliados que “Para excluir la idea de Arrio, según la cual Cristo era divino pero no en el mismo sentido que Dios, insistieron en añadir que Cristo era ‘de la misma esencia que’ el Padre. Aunque la gran mayoría de los obispos ‘estaba preparada para aceptar casi cualquier fórmula que asegurara la armonía dentro se la Iglesia’, los que se oponían a esta frase señalaron que no aparecía en las Escrituras ni en la tradición cristiana. ¿No es excepcional -preguntaron los opositores-, y contrario a los evangelios, decir que Jesucristo es esencialmente ‘lo mismo’ que Dios Padre? Pero triunfaron los que insistían en que sí era lo mismo, y sin duda fue importante que Constantino, quizás decepcionado por la gran cantidad de tiempo que habían pasado peleándose por una frase, instara a los obispos a incluirla y terminar el debate. Dado que Constantino había aceptado la expresión, podía parecer que quien le contradijera ponía en cuestión la ortodoxia del propio emperador. En cualquier caso, todos los presentes firmaron el documento, salvo unos pocos que optaron por marcharse del concilio: el propio Arrio, junto con algunos sacerdotes y dos obispos de Libia que permanecieron leales a él. No obstante, la inclusión de esta frase intensificó posteriormente la controversia entre cristianos, prolongándose durante décadas; de hecho, durante generaciones (y algunos dirían que durante siglos).” Concluyamos la exposición de los hechos básicos señalando que el mismo Constantino, increíblemente, se pasó al bando arriano, ratificando incluso la decisión de un concilio de obispos que había destituido a Atanasio, ya sucesor de Alejandro; e incluso parece que cuando se bautizó al fin, ya sobre el final de su vida, lo hizo en la fe arriana.

Analizando estos hechos, no hacemos más que acumular un motivo tras otro para invalidar cualquier decisión que se haya tomado en él: lo convocó un emperador que ni siquiera era oficialmente cristiano, puesto que no estaba bautizado; que estaba motivado por objetivos sumamente terrenales y nada espirituales, es decir, consolidar su poder; que en materia de fe era como una bandera que sopla según el viento que le dé, puesto que primero se pronunció en contra del arrianismo y luego, pasado el Concilio, a favor del mismo; que prácticamente impuso una cláusula nada menos que él, veleta como era; y los obispos se sintieron coaccionados a no contradecirlo y votaron esa cláusula sin importar que estuvieran convencidos o no de su validez. Consecuentemente, el mismísimo Credo Niceno pierde validez y, con él, todos y cada uno de sus enunciados: puedo creer en la Trinidad, pero sólo si quiero; puedo creer que el Hijo es de la misma sustancia que el Padre, pero sólo si quiero; y de hecho, yendo más lejos, puedo creer que hay una verdadera religión y que ésa es la cristiana, pero sólo si quiero. Desde el Concilio de Nicea a esta parte, puedo poner en duda la validez de cualquier cosa que haya acontecido en el seno de la fe cristiana; por ejemplo, la canonicidad de los libros que hoy integran la Biblia. ¿Por qué? Porque el absurdo Concilio de Nicea, mal que me pese, fue un hecho trascendente para el cristianismo, y si no hubiera ocurrido (y no debería haber ocurrido o sido aceptado como válido, al menos), la historia posterior de nuestra religión habría tomado otros rumbos, y quizás se habría decidido que los libros canónicos eran otros. Mejor habría hecho Constantino en obligar a los cristianos a ser tan tolerantes entre ellos y con los paganos como pretendían que se fuera con ellos, como hizo uno de sus sucesores, el efímero Emperador Juliano, que tratándolos de obligarlos a lograr un consenso que en realidad jamás se produjo. No hace falta más que ver cuán diversificado está el cristianismo hoy en día: unos creen en el Infierno y otros no, unos aceptan el divorcio y otros no, unos admiten la homosexualidad y otros no, y ni siquiera el canon bíblico es el mismo para todas, siendo el más curioso el de la Iglesia Etíope, que consta de sólo dos libros, el Libro de Enoc y el Evangelio de Valentino, ambos considerados apócrifos, hasta donde sé, por todas las demás iglesias, o al menos por la mayoría de ellas. Teniendo en cuenta todo esto, incluso aceptando a Jesús como Señor y Salvador (y Dios sabe que yo sí lo acepto), es imposible defender con propiedad dogmas. Vivir cristianamente, amando y respetando al prójimo y cultivando las mismas virtudes predicadas por Cristo, es lo más sensato.

Y ya para terminar, con toda la pena de mi corazón, anuncio que he decidido cerrar los comentarios de todos los artículos que escriba sobre religión. Y digo con toda la pena de mi corazón porque tanto entre los creyentes como entre los ateos hay personas juiciosas, que sin duda harían aportes muy interesantes a lo que ya expongo aquí. Quizás con algunos de ellos no concordaría, pero si movieran a la reflexión y fueran inteligentes, eso no importaría para nada. Pero la inmensa mayoría de los ateos y creyentes que “comentan” este tipo de artículos, no tienen en realidad intención de comentar, sólo buscan camorra los primeros, y les responden, o repiten dogmas sin intentar al menos fundamentar o razonar, los segundos. No obstante, si alguien tiene algo que decir, incluso si se tratara de buscar camorra o balbucear zonceras, puede hacerlo por mensaje privado. No responderé a la provocación, no me exasperaré ante las zonceras, responderé en todos los casos aunque tarde un poco… Y lo haré cortésmente. Muchas gracias por entender.

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