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Mascherano, el Jefe de los perdedores

Mascherano, el Jefe de los perdedores

Mascherano, el Jefe de los perdedores

Javier Zanetti se alegra cuando escucha del otro lado de la línea telefónica que ya no será el hombre que más veces defendió la camiseta argentina. Está en Cerdeña, de vacaciones con su familia, pero no se despega de la computadora para seguir el debut de la Argentina en la Copa América . Esa franca felicidad retrata su nobleza. Su récord de 145 encuentros con la mayor estará a salvo un tiempo más, pero si se contabilizan todas las categorías en celeste y blanco, si se suman los 12 encuentros que disputó entre los Panamericanos 95 y los Juegos Olímpicos 96, esos 157 que parecían inalcanzables ayer fueron atrapados por un cazador incansable: Javier Mascherano. El Jefe llegó a un récord que ni él se imagina. Que no sale en ningún lado. Eso que es un celoso custodio de sus estadísticas.

“Lo recuerdo de pibe, era el mismo… Había que frenarlo, para él no había prácticas ni amistosos con la selección. Escuchaba todo el tiempo, pero también preguntaba, quería saber cada día un poco más”, agrega Zanetti desde la isla italiana. Javier I dejó la selección a los 38 años y Javier II acaba de cumplir 31.

En Brasil 2014, Mascherano ya avisó que no desea comer más mierda. Volverá a intentarlo con idéntico espíritu de inmolación. Hace unas horas advirtió que quiere ganar esta Copa por las generaciones que vendrán. Prefiere que no carguen con el calvario que él viene sosteniendo desde julio de 2003, cuando debutó en un amistoso ante Uruguay, en La Plata. Todavía no había aparecido en la primera de River y Bielsa lo elegía para jugar con Burdisso, Cata Díaz, los hermanos Diego y Gabriel Milito, D´Alessandro y Battaglia. Era el más chico, pero parecía un viejo. De perfil subterráneo, desbordaba personalidad. No ganó ese día, empató 2-2. Y no ganó nunca más. Ni en la Copa América de 2004, 2007 ni 2011. Ni en los Mundiales 2006, 2010 ni 2014. Es más, se trató de uno de los sparrings que acompañó a la delegación a la Copa de 2002.

¿Se acostumbró a perder, dirán? Zanetti se ríe de tanto sadismo. “Él es la garantía del grupo porque siempre se pone al frente de las necesidades de todos. Y nunca necesitó la cinta de capitán para hacerlo”. Agrega Pupi, justo el hombre que le cedió la capitanía en tiempos de Maradona como DT. “Yo me siento respetado, pero nunca fui un emblema; a mí me reconocieron más en Italia que en mi país. Javier sí, el es un héroe porque es el corazón de la selección”. Zanetti no se atreve a ocupar ningún trono porque sólo lo avalen los números. Su vida se construye de sentimientos. “Es un muchacho que no repara en riesgos a la hora de asumir las responsabilidades”, agrega. Y se le atraganta el empate guaraní.

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Los partidos del Jefe en la selección no terminan en los 112 con la mayor. Su sentido de pertenencia llega casi desde la infancia. Subió, escalón por escalón, de la mano de ortefebres como Pekerman y Tocalli. Jugó el Sudamericano Sub 17 Perú 2001 (6 partidos), el Mundial Sub 17 de Trinidad y Tobago 2001 (6), el Sudamericano Sub 20 Uruguay 2003 (8), el Mundial Sub 20 Emiratos Árabes 2003 (6), el Preolímpico Chile 2004 (7), los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 (6) y los Juegos de Pekín 2008 (6). Ningún atleta argentino se colgó dos medallas doradas olímpicas. Muchos se afirmarán en el descrédito: no alcanza.

Ya son 112 con la mayor y fueron otros 45 desde el Sub 17 hasta el Sub 23. Todos oficiales. Porque amistosos contra combinados provinciales o equipos de ciudades del Interior hubo otros 30, recorriendo kilómetros en un micro que salía de la puerta de la AFA. Mascherano tenía 15 años y dejaba de colaborar en la pizzería familar “Salamandra”, en su San Lorenzo natal, para soñar detrás de una pelota. De canchas polvorientas en Realicó, Merlo o Gualeguaychú, hasta el Maracaná. O Wembley o al Alianz Arena. Mascherano 187 veces ya se enfundó de albiceleste.

Dos prepotentes del esfuerzo. Si Zanetti olfateaba un desafío, hacia allá enfilaba aunque volviesen con el ridículo mote de mufa. Jamás pensaba en las conveniencias. Mascherano nunca negoció su ambición por su visceral relación con el fútbol. Señalado con maldad como el heredero natural de la anterior generación de perdedores, no pudieron desanimarlo. Zanetti fue único. Mascherano es irrepetible. Representan algo más que un título: son el orgullo por los colores. Dos tipos sin reposición. ¿No ganaron nada? Un rastrero reduccionismo que revive en el imaginario cruel con el final de ayer. El corazón de Mascherano late hasta en el bronce.





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