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Mapas del Cosmos [Inteligencia colectiva]

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“VER A TRAVÉS DE LA RADIACIÓN DE FONDO CÓSMICA, SI ERES RELIGIOSO, ES COMO VER A DIOS”, DECLARÓ GEORGE F. SMOOT, PREMIO NOBEL DE FÍSICA 2006, DE VISITA EN EL FESTIVAL INTERNACIONAL CERVANTINO




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¿Cuántas estrellas existen en nuestra galaxia?, ¿cuántas galaxias hay en el cosmos?, ¿dónde nos encontramos con respecto a las demás?, son algunas de las preguntas que han llevado a que el físico y astrónomo estadounidense George F. Smoot no despegue los ojos del firmamento. Smoot fue uno de los pioneros en determinar que el universo se encuentra en constante expansión hacia todas las direcciones de la gráfica al mismo tiempo, lo que pareciera corroborar la idea del Big Bang. Y en su continuo esfuerzo por recabar evidencias de la gran explosión astral y el amanecer del espacio primigenio fue que dio con la radiación de fondo cósmica y comenzó a generar cartografías del universo, hallazgo que le valió el premio Nobel de Física 2006 y sobre el cual el astrofísico Michael Turner declaró que los científicos habían encontrado “el Santo Grial de la cosmología”, y la Astronomy and Astrophysics Enciclopedia consideró los resultados como el Génesis. 


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¿Pero que hace un premio Nobel de ciencia en el Festival Internacional Cervantino? La noción de que la ciencia y el arte caminan por separado parece permear sobre la sociedad actual y podría sugerir, al menos para el grueso de la humanidad, que la fisura entre ambas disciplinas se extiende a lo largo de toda la historia; pero no nos engañemos: se trata de una división moderna, un distanciamiento del cual ni Leonardo da Vinci ni Miguel Ángel, Aristóteles, Galileo, Goethe o Julio Verne tuvieran noticia o les inquietara de algún modo. Antes todo era visto como parte integral del conocimiento y quizás ya viene siendo tiempo de retornar a esa visión incluyente del imaginario colectivo. O, al menos, eso es lo que pensamos varios autores. Y digo pensamosporque el eslogan de la presente edición del Festival Cervantino: “La ciencia del arte/el arte de la ciencia”, no podría reflejar mejor mis intereses. Por supuesto que no me atrevería a compararme con las mentes ilustres convocadas por Jorge Volpi y José Gordon a debatir sobre el escenario bajo el rubro La danza de las neuronas; reconozco que no poseo ni el bagaje ni la elocuencia de tales homínidos y que mis células cerebrales aún distan de perfeccionar su ritmo de baile, pero sí comparto las opiniones manifestadas acerca de que, tanto ciencia como literatura y artes, son piezas fundamentales de la cultura y que, como tales, deben ser fraguadas dentro de un mismo discurso popular. Un teatro tiene igual cabida para una puesta de Fausto o un concierto de trip hop que un duelo entre filósofos o astrónomos. 

Mapas del Cosmos [Inteligencia colectiva]Foto: Ana J. Bellido

La sensación vigente de lejanía entre las distintas disciplinas se debe, en parte, a la aproximación reduccionista e hiperespecializada que marca la pauta del saber y quehacer contemporáneos, y es infundada por el prejuicio o desconfianza que suelen guardar los miembros más obstinados –por no decir fundamentalistas– de cada grupo por los del otro bando. Por un lado se promulga que a los científicos les falta imaginación, y por el otro, que a los artistas más bien les sobra y de lo que adolecen es de rigurosidad, aseveraciones que no podrían estar más equivocadas; la verdad es que no existe obra maestra sin trabajo arduo y no hay teoría científica que valga la pena sin disposición para el juego y la experimentación. En realidad estamos ante las dos actividades humanas que más dependen de la imaginación, la metáfora y el rigor para ser llevadas acabo, y que mayor creatividad y entrega exigen para satisfacer la curiosidad y la pasión que las desencadenan. El físico y el músico habitan cotidianamente mundos que no existen, exploran planos de realidad intangibles por medio de fórmulas o partituras. El matemático y el poeta buscan condensar el lenguaje, depurar el idioma hasta llegar a la exclamación mínima: a la ecuación simbólica descriptiva y eficiente. El químico y el pintor desmenuzan la alquimia para comunicar su visión particular sobre el entorno que nos rodea. La relación entre ciencia y arte es profunda, con vínculos fluidos, constantes y de vital importancia en ambas direcciones y así como no se requiere ser músico para disfrutar de Pink Floyd, tampoco es necesario ser científico para gozar de los descubrimientos del CERN.

Eso dicho, tampoco es que las conexiones entre ambas disciplinas sean todas positivas, la ciencia y el arte se parecen también por la resistencia que suelen mostrar sus practicantes ante las innovaciones revolucionarias: el escepticismo que ostenta el grueso del grupo cuando es confrontado con un cambio de paradigma, rasgo que tanto Darwin como Duchamp supieron bien, tachados en un principio de locos y luego declarados como genios absolutos. No obstante, lo rescatable en estos menesteres es que los dos marcos teóricos comparten el hecho de que sus verdades no sean absolutas, las suposiciones favorecidas o prácticas estándar momentáneas están siempre abiertas a debate y, aunque en ocasiones cueste derribarlas, las ideologías imperantes pueden ser cuestionadas y renovadas.

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El problema es que el mundo científico actual suele ser demasiado reiterativo y un tanto hermético y, salvo en limitadas instancias, voltea a ver a su alrededor o al pasado, lo que ocasiona que en torno a él se haya formado un alo de alienación o sospecha por parte de grandes sectores de la población, situación que únicamente ayuda a incrementar la extensión de esa brecha ficticia entre su campo particular de estudio y todos los demás. Por eso resulta tan apremiante volver a colocar a los investigadores y su trabajo a la luz pública, no sólo divulgar el conocimiento sino socializar el oficio científico y reintegrarlo a la cultura en amplio espectro. Es momento de difuminar los linderos, borrar las fronteras conceptuales y construir una experiencia humana más rica en todos los sentidos: una nueva época de ilustración.

En estos albores es que llegó George F. Smoot, premio Nobel de Física 2006, al Festival Internacional Cervantino XLIII para hablar sobre el origen del universo. “Lo que experimento cuando veo una ecuación como la de Einstein (E=MC2), es similar a lo que sucede cuando se lee un haiku: cada elemento que compone la frase conecta y tiene un efecto sobre los que le rodean”, dijo el científico antes de comenzar a entrar en materia.

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Smoot habló sobre las distintas técnicas empleadas para detectar reliquias cósmicas, como la radiación de fondo, y de qué manera esta información puede ser empleada para generar mapas tridimensionales de los filamentos, cúmulos y nódulos de galaxias que se reparten a lo largo y ancho del espacio sideral. Cartografías complejas que revelan aspectos sobre la expansión, distribución y generación de los componentes del cosmos y que ayudan a aproximarse a conceptos más resbaladizos como la energía oscura y los cuásares. El único problema es que se confronta un déficit de tiempo directamente proporcional con la distancia de observación: “Es como ver hacia el pasado. Mientras más afuera, más hacia el pasado estas viendo”, declara Smoot, para luego agregar que los telescopios más poderosos con los que contamos en la actualidad captan luz emitida por los cuerpos astrales hace aproximadamente 2 millones de añosMapas del Cosmos [Inteligencia colectiva]
Conforme me sumergía en un mapa tridimensional que emulaba un zoom out desde la Tierra hasta el cúmulo de Virgo, recordé la conferencia de prensa del día anterior y cómo este hombre de mente inquieta había volteado la dinámica y terminado formulando él las preguntas. ¿Qué nos hace ser humanos? ¿Qué nos define y diferencia del resto de posibilidades? ¿La manera en la que creamos arte? ¿La manera en la que entendemos el arte? ¿Qué va a pasar cuando los robots adquieran esta capacidad? ¿Será que en 20 años el Festival Cervantino no sólo invitará a científicos y artistas sino también a robots destacados? No son cuestiones para tomarse demasiado a la ligera, no hay que olvidar que una computadora ya fue capaz de superar la prueba de Touring.

Imposible no considerar la vastedad del cosmos en relación con la posibilidad de hallar vida en otros planetas. Si tomamos en cuenta que tan sólo en nuestra galaxia hay alrededor de 4 mil millones de estrellas y que se estima que existen más o menos 100 mil millones de galaxias en el universo –lo que arroja una cifra desconcertante de un uno acompañado por 22 ceros como el total potencial de estrellas, el hecho de que únicamente se registre vida en un ínfimo rincón de la Vía Láctea denominado como planeta Tierra se perfila como improbable. Claro que eso tampoco quiere decir que no sea así y que, en efecto, la vida figure como un fenómeno tan singular que sólo haya surgido una vez y en un lugar específico.

Me hubiera gustado preguntar sobre esto al ilustre premio Nobel, estoy seguro que el investigador cósmico ha dedicado algunas horas de intelecto a rumiar la cuestión y mucho tendría que aportar al respecto, sin embargo, no hubo ocasión para hacerlo. Con cierta taquicardia levanté mi mano durante el pequeño período de preguntas y respuestas posteriores a la ponencia, pero mi brazo se ahogó entre un mar de palmas ansiosas y el micrófono fue entregado a otro asistente, lo que solamente me permite conjeturar sobre cuál podría haber sido su posible respuesta. Quizás se habría inclinado por contestar a la manera de Carl Sagan, quien confrontado con la misma interrogante declaró que en realidad no importa, que ambas posibilidades son igual de especiales: tanto si estamos solos como si hubiera vida en otros lados. O no, quizás el buen George F. Smoot habría sorprendido al auditorio con alguna creencia extraña sobre seres multidimencionales. O mejor aún, y ya francamente entrando en el terreno de los sueños diurnos, con algún tipo de evidencia oculta por los gobiernos que hiciera a los partidarios de las teorías conspiranóicas revolcarse en sus asientos. Quién sabe. Difícil determinar qué tanto albergue el cerebro hiperactivo de este hombre que trata cotidianamente con un nivel de abstracción tan descabellado como el origen mismo del universo. La verdad es que también me hubiera interesado saber cuál es su postura frente a Dios, considero que su trabajo es un reto digno para las creencias de hasta los más férreos devotos, pero eso sí quedará para que cada lector saque sus propias conclusiones al respecto. 


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