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Los mestizos y los indios NO apoyaron a los realistas

(POST SIN IMÁGENES)

Hace ya unos dìas, un usuario de Taringa escribió un artìculo sosteniendo la afirmación, ya que no enteramente falsa, por lo menos inexacta e inflada, de que “Los mapuches lucharon en los ejércitos realistas españoles”. Ya esa afirmación era, digamos, polémica; pero más abajo se entraba en un rotundo disparate, cuando el mismo usuario, en respuesta a un comentario sarcástico de otro, agregaba que “En los procesos de independencia de América, el indio y el mestizo luchó (sic) en el bando realista (español).

Los conquistadores españoles, con esto no estoy descubriendo América como tampoco lo hizo Colón, fueron mayormente unos redomados canallas que diezmaron a las poblaciones locales de América Central y del Sur. A los mestizos los trataron con olímpico desprecio; tampoco esto es ninguna novedad ni algo exclusivo de los españoles, lamentablemente en casi todo el mundo el mestizo parece sufrir el mismo desdén. En Argentina, el mestizo por excelencia era el gaucho. Que para vergüenza argentina, ni gauchos ni indios se vieron favorecidos por la independencia, es un hecho innegable; pero afirmar que lucharon a favor de los españoles es una vil mentira o, en el mejor de los casos, un error peligroso, que podría utilizarse como justificación para el posterior trato recibido por unos y por otros de sucesivos gobiernos indiferentes por igual a su situación. Por otra parte, si algún argentino cree realmente en tan absurda afirmación, le tengo varios puentes en venta, porque en nuestro país se han olvidado (u ocultado adrede, no sé) muchas cosas de nuestra Historia, pero siguen muy vivas en la memoria de todos las luchas de Don Martín Güemes y sus gauchos en el Norte contra los ejércitos realistas. Ningún historiador revisionista cuestionó jamás esas luchas, sobre las que volveremos brevemente más adelante, de modo que hasta el más escéptico tendrá que asumir que existieron; pero antes podríamos preguntarnos si el caso de Güemes y sus gauchos no habría sido una excepción, y si en realidad la mayor parte de la población mestiza no luchó a favor de los españoles.



Podría ser el caso, si realmente los mestizos hubieran sido bien tratados por sus amos realistas. Si bien ya dijimos que no lo fueron, seamos más precisos: los españoles no sólo no fueron benévolos con los mestizos sino que, además, con sus Leyes de Indias los marginaron y forjaron la leyenda del “gaucho vago” Según escribe León Pomer en Historias de gauchos y gauchisoldados (el resaltado en mayúsculas y subrayado es mío):

Las Leyes de Indias, con esa justicia exquisita que algunos les atribuyen, mandaban que a cada colono o fundador se le dieran tierras según su condición: a los peones o gentes “inferiores”, una “peonía”; a los oficiales y personas de “buena cuna”, una “caballería” que, por su extensión, multiplicaba la peonía. Y si despareja la distribución, destinada a mantener las diferencias sociales y económicas, las obligaciones eran similares: edificar, ocupar casa, labrar la tierra y poblarla con ganado. Y todo eso en un lapso estipulado. Es obvio que los de curia aventajada y bolsillo mejor nutrido tenían más posibilidades de cumplir. la tierra realenga, o del rey, tierra no distribuida, podía ser comprada. Pero si una legua cuadrada (2500 hectáreas) costaba 20 pesos, los requisitos legales demandaban varios cientos. Y como los gastos disminuían a medida que acrecía la superficie adquirida, se comprende que los más ricos eran los más beneficiados.

Juan Agustín García (h) anota en La ciudad indiana que “las demoras y entorpecimientos en la tramitación administrativa y el elevado impuesto que se pagaba como suplemento de precio, hicieron casi imposible que los más castigados por la fortuna pudieran adquirir, aprovechando a los especuladores ricos que, en el siglo pasado (XVIII), compraban grandes extensiones de tierra para revenderlas en lotes”.

El sabio Félix de Azara critica severamente el sistema porque “lo primero que hace el comprador es echar a muchos pobres que estaban poblados en lo comprado, o los hace sus triubutarios, según se le manda en la cédula de venta, cuando no ha hecho más que esclavizar a los verdaderos pobladores…”

Algunos pobres audaces y emprendedores -relata García- “corrían la aventura de establecerse en las fronteras, en medio de los indios. Desgraciadamente, no eran los salvajes sus únicos enemigos; estaban a merced de los hábiles y poderosos, que se apoderaban de esas tierras denunciándolas como realengas. Para obtener el título oficial que daba la posesión tranquila era necesario cumplir numerosas formalidades fiscales, pagar honorarios de relatores, abogados, procuradores, pregoneros, impuestos”. En fin, un mar de obstáculos y tribulaciones: un imposible para los más pobres.



LOS MESTIZOS NO PODÍAN SER DUEÑOS DE TIERRAS, DATO IMPORTANTE PORQUE PARTE CONSIDERABLE DE LA POBLACIÓN QUE HACÍA VIDA MARGINAL EN EL DESIERTO, ESPAÑOLA DE ORIGEN, ACABÓ MEZCLÁNDOSE CON LOS INDIOS Y POR LO TANTO PRODUCIENDO GENTE CON RASGOS INDÍGENAS. Sólo los vecinos tenían derecho a la propiedad territorial, calidad aquella que se acreditaba ante el Cabildo, demostrando tener residencia en el lugar, casa habitada, caballos, armas y haber servido en la milicia. No todos los que obtienen título de propiedad consiguen retenerlos, puesto que se les quita “a algunos de ellos, a cuya causa se pretendían salir de la dicha ciudad y lo hacían, viéndose sin tierras ni solares, habiéndolos trabajado y adquirido mediante el trabajo que habían tenido en la dicha población”. Y ahora la pregunta: los despojados, cargando probablemente, casi seguro, un rencor de padre y señor nuestro, ¿adónde iban a ir, si no al desierto? (…)

En 1735 la corona complica las cosas: quienes entraran en posesión de tierras realengas debían pedir confirmación a Madrid, sin cuyo requisito nadie obtenía el título. por supuesto, en la corte abortan muchos pedidos y otros, bien palanqueados, obtienen rápida aprobación. No pocos ocupantes, imposibilitados de costear el trámite en la capital de España, deben abandonar sus posesiones, pero algunos optan por retenerlas oculta y clandestinamente, colocándose fuera de la ley. La suerte de estos es previsible. (…)

En 1754, el gobierno de Su Majestad trata de enmendar las fallas (no inocentes) rel régimen instaurado en 1735. En adelante, los trámites sobre venta y composición de tierras se radicarán en las Audiencias regionales. Esta ley es la que a finales del siglo condena Félix de Azara como “la más perjudicial y destructora de cuantas se podía imaginar, no solo por lo que es en sí, sino igualmente por sus formalidades. Azara es minucioso y justifica con hechos la condena…

El texto es demasiado largo para reproducirlo entero. En resumen, si los mestizos no tenían tierras, no podían cultivar nada ni criar ganado. A propósito de este último, señalemos que en una época donde no existían alambradas, era muy fácil que se extraviaran los animales en las pampas; pero ni de éstos podían hacer uso los gauchos, ya que se consideraba que todo animal extraviado en campo abierto tenía dueño, y obviamente ese dueño no era uno de ellos. El gaucho que carneaba ganado cimarrón para alimentarse, era un delincuente. Por consiguiente, no tenía más remedio, para subsistir, que pedir empleo a los grandes terratenientes. Pero, añade Pomer:



La vaquería es trabajo estacional: el resto del año los vaqueros deben medrar como puedan. No son agricultores ni se les permite que lleguen a serlo; no son hacendados y ni soñando lograrán acceder a esa condición. Tampoco existe la menor posibilidad de ser comerciantes, funcionarios, amanuenses o escribanos. Son la mano de obra que estancieron pretenden usar cuando la necesitan, y en su mayor parte ello ocurre, en el mejor de los casos, en períodos cortos del año. Son el sobrante que la sociedad colonial, exclusivizada en vacas, es incapaz de absorber en actividad productiva alguna.

De más está decir que, de allí en adelante, el gaucho será el “bago”y el “bagamundo”, y esa imagen perdurará entre buena parte de la grotesca aristocracia porteña de la Argentina independiente. Por lo tanto, ni los gauchos ni ningún otro mestizo de la Hispanoamérica colonial tendría, en principio, interés en luchar en ejércitos realistas.

Más arriba mencionábamos a los gauchos de Güemes, un caudillo que causaba incomodidad al gobierno de Buenos Aires, precisamente por su desprecio que le inspiraban los gauchos. Entre quienes lo despreciaban se contaba el general unitario José María Paz; y sin embargo, hasta él, en sus Memorias, tuvo que reconocer que

No obstante, era adorado por sus gauchos, que no veían en su ídolo sino al representante de la ínfima clase, al protector y al padre de los pobres, como lo llamaban, y también, porque preciso es decirlo, al patriota sincero y decidido por la independencia porque lo era en alto grado. El despreció las seductoras ofertas de los generales realistas, hizo una guerra porfiada y al fin, tuvo la gloria de morir por la causa de su elección, que era la de la América entera. (Citado por Felipe Pigna en Los mitos de la historia argentina 2)

Cabe preguntarse qué ascendiente podría Güemes haber tenido sobre sus gauchos para ser considerado “protector” y “Padre de los Pobres”, si no hubiese habido contra quién protegerse, o si aquellos gauchos no hubieran sido pobres. Por lo pronto, si la pasaban tan bien bajo el régimen realista, no habrían accedido a combatir al mismo. Es evidente que le tenían más fe al gobierno criollo, fe que seguramente fue mal pagada, pero eso no podían saberlo, y valía la pena arriesgarse. De hecho, Mitre, en su Historia de San Martín y de la emancipación americana habla con repugnante racismo de negros, indios y mestizos, pero admite que todos combatieron en las filas patriotas; según él, los indios, sólo en calidad de “auxiliares”, los negros como tropa de infantería y los mestizos como “carne de cañón”. De estos últimos agrega que eran buenos guerreros, pero que no participaban de la lógica “civilizadora”. Según él, entre los mestizos, sólo los cholos de la sierra del Perú se decidieron por la causa del rey.

En cuanto a los indios, arduo sería mencionar el extenso historial de abusos y crueldades cometidos contra ellos por los españoles. Aparte de las matanzas llevadas a cabo por Cortés en México y por Pizarro en Perú, recordemos que, según cuenta Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia general y natural de las Indias (de nuevo citado por Pigna, pero esta vez en el primer tomo de Los mitos de la historia argentina) durante la conquista de Veragua:

Diego Gómez y Juan de Ampudia se comieron un indio de los que mataron, y luego se juntaron con otros y mataron para comer a Hernán Darias, de Sevilla, que estaba doliente.

Los españoles, increíblemente, consideraron justas sus guerras de conquista, basándose en las teorías de un tal Juan Ginés de Sepúlveda, que estaban basadas en la Política de Aristóteles, según la cual

La humanidad se divide en dos clases: los dueños y los esclavos (…) Los unos tienen derecho a mandar, los otros están hechos para obedecer y contra los cuales la guerra es siempre legítima, pues ella es siempre una especie de caza a los hombres que han nacido para servir y que no quieren someterse. (Cita de Pigna al pie de página 49 en Los mitos de la historia argentina)

¿Quién en su sano juicio lucharía a favor de semejantes opresores? Opresores que crearon la mita, el yanaconazgo y muchas otras “lindezas” más contra algunas de las cuales se rebeló el gran Tupac Amaru, quien pagó su osadía con una muerte cruel que se hizo extensiva a su esposa y sus hijos. Tanta barbarie no puede justificarse como “inevitablemente propia de la época”, porque tuvo ligar durante la Era Cristiana, y España se consideraba a sí mismo país cristiano. Que la misma historia del cristianismo está plagada de excesos también es un hecho, pero, de la misma manera, ni uno solo de esos excesos tiene la menor excusa. Quien se diga cristiano ha de comportarse como un cristiano. Los españoles fueron crueles e inhumanos, y si los mestizos no apoyaron masivamente su horrnendo régimen, tampoco lo hicieron los indios. Los chiriguanos, según Pigna, desde 1796 continuaron la lucha de Tupac Amarú sin que los españoles pudieran jamás reducirlos. El famoso Andrés Guaçurari, apodado”Andresito”, hijo adoptivo de Artigas, combatió a favor de la independencia al frente de una hueste de guaraníes. Cuando Don José de San Martín fundó su histórico Regimiento de Granaderos a Caballo, la mitad de ellos fueron guaraníes por expreso pedido del Libertador, que conocía su bravura, según afirma Mariana Vicat en Caciques indígenas argentinos. En 1816, San Martín se reunió en parlamento con un grupo de caciques pehuenches y obtuvo de ellos permiso para atravesar sus tierras rumbo a Chile. Vicat, que sin embargo sitúa la fecha en 1815, agrega que indios huarpes y araucanos (esto es, mapuche) guiaron a las tropas por los pasos de Uspallata y los patos, e intervinieron en las batallas de Chacabuco y Maipú. Esta información no la corroboran Pigna ni Chumbita, aunque este último, en El secreto de Yapeyú menciona al menos a un par de indios mapuche que habrían estado muy en contacto con San Martín y, de más está decirlo, absolutamente de su lado: el capellán de San Rafael, Francisco Inalicán, primer sacerdote de origen mapuche, y Talmayancu, oficial ayudante del Libertador. El mismo autor menciona en la misma obra que, en Cuzco, en 1814, el cacique Pumacahua levantó una gran insurrección indígena que se plegó a la rebelión criolla, aunque el alzamiento fue aplastado, y los que tomaron parte en él, ejecutados por miles.

En cuanto al tema central del artículo del usuario de Taringa al que aludíamos antes, vale la pena aclarar en primer término que los mapuche nunca estuvieron unidos bajo una misma autoridad, y en la guerra de Independencia cada tribu era libre de elegir el bando que le viniera en gana. Si en Chile la mayor parte de ellos terminó alineada, en efecto, bajo el mando realista, fue, según Wikipedia , en primer lugar, porque los criollos demostraron demasiado pronto que iban a ser tan poco humanitarios como los realistas; y por ejemplo, unas milicias conocidas como patrullas volantes cometieron toda clase de tropelías en territorio mapuche. Más vale malo conocido, que bueno por conocer, habrán pensado los mapuche en tales circunstancias, y no puede culpárselos. Luego, fue determinante la influencia franciscana en uno de los caciques mapuche más poderosos de entonces, Mariluán. Y así y todo, la misma fuente asegura que el apoyo masivo de los indígenas a la causa realista en ese país vino recién después de la batalla de Rancagua. No es difícil suponer que ya sabían en ese momento que ganara quien ganara, ellos perderían, y prefirieron apoyar al bando más fuerte para evitar represalias; amén de que, incluso entonces, hubo caciques que siguieron fieles a la causa criolla. Pero sobre los mapuche en especial, las inexactitudes y calumnias son tantas, que valdrá la pena refutarlas en un artículo aparte.

Todo lo cual, viene a demostrar que, definitivamente, los mestizos no apoyaron a los realistas, y que cuando los indios lo hicieron, no fue con entusiasmo, ni puede culpárselos de traición por haberlo hecho.

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