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Los coches son los nuevos caballos

Los coches son los nuevos caballos

El transporte en la ciudad siempre ha sido una fuente de problemas. Aunque a veces tendemos a pensar que es algo contemporáneo, siempre han existido conflictos. La contaminación del aire, atascos, inseguridad, accidentes y gran consumo de combustible no son problemas nuevos, ni siquiera exclusivos de los coches. La ciudad de Nueva York de finales del siglo XIX ya los sufría, y eran debido al… caballo.

Aunque hoy en día nos parece un medio de transporte ecológico, cuando a finales del siglo XIX las ciudades comenzaron a crecer exponencialmente en población, el caballo era la única manera de mover a toda esa gente. Caballos llevando personas, coches y tranvías.

Al igual que hoy en día los coches, los caballos producían multitud de externalidades negativas que afectaban a toda la ciudad. Se requerían muchas cosechas para alimentarlos, aumentando los costes y la superficie de tierra dedicada a la agricultura, que era restada de zonas vegetales.

Además, los carros de caballos producían interminables atascos en las calles. Cuando un caballo desfallecía, se le solía matar allí mismo, y en ocasiones los servicios de limpieza esperaban a que su cuerpo se descompusiera para llevárselo a trozos.

Cada caballo generaba una media de 10 kilos de excrementos al día, lo que superaba con mucho las necesidades de los agricultores para abonar los campos. Esto hacía que el estiércol se acumulase por las calles, y que en solares y descampados hubiese grandes torres de hasta casi 20 metros de alto de excrementos. Los días de verano, todo este excremento hacía que las ciudades estuviesen llenas de un fétido olor y de moscas que transmitían enfermedades. Y los días de lluvia, estas grandes acumulaciones de estiércol se deshacían produciendo un torrente espeso marrón que regaba las calles y se metía en los sótanos.

Los coches son los nuevos caballos

Respecto a la seguridad vial, un peatón tenía el doble de probabilidades de ser atropellado por un caballo o coche de caballos en el Nueva York de finales de siglo que de serlo hoy por un vehículo. Y el ruido que provocaban los caballos y carros al pasar por el empedrado de las calles hacía que se llegase a prohibir su circulación en los alrededores de los hospitales.

Contaminación, suciedad, enfermedades, ocupación del espacio público… estos problemas comenzaron a resolverse cuando el caballo fue sustituido en sus tareas de transporte por un nuevo invento: el coche.

Sin embargo, en la actualidad estos problemas han vuelto. El coche se ha hecho dueño de la ciudad, arrinconando al resto de medios de transporte y peatones. Sus necesidades de aparcamiento y uso privado del espacio de todos ha destruido plazas, calles y arruinado el urbanismo de gran parte de nuestras ciudades. Sus combustibles provocan guerras, y un grave problema de contaminación que está alterando el clima del planeta y destruyendo su biodiversidad, sin olvidar cómo afecta a nuestra salud en lo referente a alergias, problemas respiratorios y desarrollo de enfermedades pulmonares. Nuestras ciudades están sucias, contaminadas y llenas de ruidos. Hemos llegado a una situación peor a la que provocaron los caballos a finales del siglo XIX, pues ahora somos muchos más los afectados.

Los coches son los nuevos caballos
Cuando paseáis por Nueva York o Londres, así como otras ciudades importantes, no os habrán pasado desapercibidas esas regias escalinatas que suben desde la calle hasta la entrada de la primera planta. Las puertas de las casas, pues, no están a ras de suelo. Pero la razón de este tipo de construcción nada tiene que ver con la estética o la moda. También, como algunas flores, se debe al estiércol.



Esta vez la solución no está por descubrirse. Los medios de transporte sostenibles, como la bicicleta, el transporte colectivo o caminar son la respuesta para que nuestras ciudades vuelvan a ser habitables, para que las recuperemos entre todos. El coche eléctrico que nos venden como la solución para no tener que abandonar nuestros hábitos de vehículo privado no nos parece la solución: su consumo energético para mover una persona es muchísimo mayor al de cualquier medio sostenible. Y aunque solucione los problemas de contaminación del aire (y tal vez los de contaminación acústica), sigue manteniendo los mismos de atascos, uso del espacio público para aparcar una máquina privada y desarrollo de un urbanismo insostenible.

Tenemos el problema acotado y la solución identificada. ¿Apostaremos por ella o por un parche más para no tener que renunciar a ir en coche a todas partes?

La historia de los caballos en Nueva York está obtenida de Superfreakonomics, editorial Debate.

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