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locura d precios: comparaciones aberrantes

La locura de precios: comparaciones aberrantes y alternativas viables

En la calle hay un carnaval absurdo de precios, que han ido en desmedro de la capacidad adquisitiva de buena parte de la población alentando la inflación. ¿A qué se debe esta situación patológica-comercial en nuestro país signado por una inflación estructural?

FEBRERO 2 DE 2016, 2:43 PM

El desbarajuste propiciado contra los sistemas de precios en Venezuela tiene dos explicaciones fundamentales: por un lado, la actuación articulada de productores, importadores y distribuidores, quienes encontraron una estrategia de lucro exorbitante por sus actividades económicas y guiados por móviles políticos. Por otro lado, la incorporación de tasas o precios de dólar diferenciadas en la economía real por la vía oficial (Cencoex, Sicad y Simadi) y también por mecanismos ilegales (dólar paralelo), obedeciendo este último a prácticas especulativas y en consecuencia de la caída del caudal de dólares (por la baja del petróleo) para el insaciable sector importador venezolano.

Al hablar de “carnaval de precios” no nos referimos al golgorio colorido de lo bonito y alegre. La cosa es fea y en muchos casos aberrante. Aplica a ejemplos, como el de ir a la farmacia y comprar un desparasitante infantil, por el que cobra Bs. 4 y ver en el mostrador un caramelo Salvavidas que se vende en Bs. 140.

El malandraje desatado, pero también la composición (que se supone “justa” a veces) de los precios marcados en productos, vino a propiciar abismos entre precios y rubros lo bastante absurdos como para desnudar las asimetrías profundas y fallas de origen de la rentista economía venezolana.

Los precios altos. Comparaciones aberrantes

A mediados de enero irrumpió la (dolorosa para muchos) noticia de que la bolsa de 2 kilogramos de la bebida achocolatada en polvo, Toddy, aumentó a Bs. 3.067,61, según publicó una usuaria en la red social Twitter. El costo representa casi un tercio del salario mínimo, que actualmente se encuentra en Bs. 9.648,18. Este producto -en manos de PepsiCo y Empresas Polar- podría considerarse muy popular en los hábitos de consumo venezolano, aunque sus consumidores frecuentes muy seguramente sean en su mayoría quienes lo piden en taza en un cafetín y los carajitos gordos de la clase media. Sin dudas es popular, pero en cualquiera de sus denominaciones desde hace años permanece amontonado en los anaqueles sin sufrir desabastecimiento.

El Toddy es expresión de esa economía estilo “el producto que a todo el mundo le gusta, que pocos pueden comprar y que a nadie parece molestarle eso último”. Sus ingredientes base son en su mayoría nacionales, aunque requiera coyunturalmente que se use azúcar importada en su fabricación (la cual llega subsidiada a dólares de papá Estado). Sin embargo, como muchos de los productos de la agroconfitería Polar, este no tiene precio regulado y siempre apunta a lo alto. Es ese típico producto del rentismo venezolano que “siempre hay, siempre es caro y siempre hay porque siempre es caro”.

En la calle se experimenta el impacto, el fin de la fantasía de los precios regulados fuertemente influenciados por el dólar de papá Gobierno. En Farmatodo suele haber colas estrepitosamente armadas ante la llegada de productos como el champú Pantene (de Procter & Gamble), cuya botella regular cuesta Bs. 37. Este producto es expresión de tener un precio “artificialmente bajo”, dado que es importado a totalidad con dólares subsidiados y de acuerdo a lo establecido para productos regulados, ese es su precio marcado. Más allá del posicionamiento de marca de ese producto y su fantasía de su “efecto alisante”, este producto es un fetiche del consumo venezolano tanto por su parafernalia comercial como por su precio. Es expresión de eso “que a todo el mundo le gusta, pero que no se consigue”.

El desbarajuste vino a desnudar las asimetrías profundas y fallas de origen de la rentista economía venezolana

“La crisis” ha hecho proliferar una serie de champús de fabricación nacional, en botellas de buena presentación y de cierta calidad. Una botella de una marca llamada BioNaturals en su denominación Keratine aparece marcada en Bs. 600. La otra cara de la moneda.

Apliquemos a este último ejemplo el caso de los pañales. Una bolsa de pañales Huggies extra-grande de 22 unidades puede venir marcada a irrisorios Bs. 111, siendo el costo por pañal de más o menos Bs. 5. La fantasía del dólar regulado una vez más presente, por considerarse éste un producto “esencial”. Es exactamente el lado contrario a la historia del atún. Venezuela hasta hace poco solía importar atún de Ecuador y solía ser muy económico. Ahora las licencias de importación no se emiten para este rubro, pues tenemos un mar de atún en el Caribe y el negocio ha quedado en manos de los atuneros y de las enlatadoras nacionales. Atún Margarita (otra vez Polar) y Atún Paraguaná han signado la triste historia de las latas de atún de 184 gramos, a más o menos Bs. 950, con “precio justo” marcado en la lata. Situación que obligó al Ejecutivo a negociar con los atuneros.

Hablando de productos nacionales e importados, no siempre la producción local es una garantía de precio bajo. Un par de zapatos RS21 hecho en Venezuela puede llegar a costar dos veces más que una fabricación china de la marca Puma, sin que haya diferencias abismales en la calidad de ambos productos. El ejemplo se traslada a otros casos como ropa, carteras, correas, etc., donde los productos manufacturados en Venezuela dependen en gran medida de componentes importados, y al ser incorporados a las cadenas venezolanas (por las estructuras de costos nacionales) terminan produciéndose en condiciones de precios más altos, comparando esos precios con los que resultan de las maquiladoras hiperproductivistas de China. Sobre este ítem se impone aquella vieja premisa de la destrucción del aparato productivo venezolano que consolidó el rentismo: habiendo dólares se traía de afuera lo más barato, matando la producción nacional. Por tanto “la crisis” actual es una oportunidad para fabricantes venezolanos.

El dólar paralelo sí ha tocado claramente ciertos tipos de rubros considerados “no esenciales” pero importantes para ciertos grupos de consumidores venezolanos. En el ramo de la electrónica y el hogar, la cosa es escalofriante. Ciertos modelos de teléfonos (como el S4) de la marca Sumsung (cuyo precio no aparecerá jamás en ninguna caja, pues no están sometidos a reglas de marcaje), importado y vendido a referencia de dólar paralelo, puede llegar a costar más o menos Bs. 300 mil en una tienda. Televisores, cocinas importadas, neveras, electrónica de hogar y computadores, entran en este desmadre.

Los que ganaron la guerra económica en abastecimiento

Una bolsa pequeña de detergente en polvo regulado cuesta Bs. 8 y puede aparecer intermite y esporádicamente, en un anaquel justo al lado de los otros productos de higiene y para el hogar que nunca desaparecieron en la guerra económica, los que le ganaron a la guerra económica al menos en su abastecimiento: los desinfectantes y los jabones líquidos.

Estos productos comenzaron a proliferar, siendo fabricados de manera artesanal y semindustrial en muchísimos casos. Siendo cierto que marcas como Lavan San o Pino Lin desaparecieron, otras vinieron a llenar el vacío, propiciando un verdadero desfile de precios en todo el sentido de la expresión, pero eso sí, siempre presentes en los anaqueles. Y en esta situación intervino no sólo el fabricante habitual, pues ya hay en estos momentos fabricantes artesanales que diversificaron su producción de desinfectante a base de lejía y ahora hacen jabón líquido para lavar ropa y hasta champú para el cabello. Una botella de desinfectante de estas características va de Bs. 100 a Bs. 150, la misma cantidad en las marcas desaparecidas estaban por los Bs. 18. Ahora bien, ¿en qué yace la victoria de los desinfectantes a la guerra económica? Esta yace en que la producción de desinfectantes y similares es expresión en sí misma de la economía mixta de la que tanto se ha hablado. Ha sido expresión de la socialización y democratización económica por medio de la producción.

Eficientar el entramado productivo venezolano en sus diversas modalidades de propiedad

Esos productos los fabrican los grandes privados y hasta los microprivados artesanales, hay empresas estatales en el negocio, hay empresas familiares y hasta hay empresas de propiedad social directa comunal produciendo estos productos. Los insumos son nacionales, se producen en buenas cantidades que suplen la demanda con creces, hay variedad del producto, los hay de diversos precios, no hay monopolio ni oligopolio del producto, su producción está georreferenciada a todo el país pues se producen en todos los estados y en muchísimas ciudades, aunque algunos son de baja calidad los hay también de gran calidad, hay precios acordes y su distribución no está cartelizada, pues están en los abastos y hasta en bodeguitas en los barrios. Ellos ganaron.

La alternativa a los desbarajustes

Podrían parecer cuestiones elementales estas afirmaciones, pero hay que hacerlas: la economía rentista tiene variables bondadosas y perniciosas, hoy vemos de cerca las segundas por las cuestiones que explicamos al inicio. Esto implica la necesaria consolidación de una economía de la productividad, de generación de equilibrios entre oferta y demanda real, la sinceración de algunos precios y la regulación efectiva y articulada de los sistemas de precios.

Convenientemente, parte del empresariado venezolano dejó cadenas incompletas para procesar parcialmente productos en el país con el propósito de importar insumos y pechar al Estado con dólares. Otras empresas-franquicias mantienen ese patrón por imposición de sus casas matrices que dividen y especializan la producción por países. Resolver esa asimetría estructural-productiva a favor de Venezuela no será fácil. El Gobierno venezolano le apuesta a nuevas empresas, estatales, privadas y sociales-comunales, con músculo para sustituir importaciones elementales, en una política de generación de equilibrios, ampliando las cuotas de oferta de bienes, y por otro lado creando reglas viables y claras de precios, que permitan contener desde plantas y puertos la vorágine especuladora que termina desarrollándose aguas abajo por distribuidores e intermediarios parásitos.

Sobre los precios, algunos de estos seguramente se van a sincerar, entendiendo que el enrarecimiento total de los sistemas de precios en Venezuela no alcanzó exclusivamente a los consumidores. Este se trasladó desde hace tiempo a las estructuras de costos de los factores productores, para lo cual se requieren ajustes que hagan viable la productividad. Irremediablemente la política pública deberá reorientarse luego a la recuperación del salario, en la medida en que se resuelven las asimetrías en los sistemas de precios, cuestión que colinda en buena medida con el abastecimiento. Esto no implica la imposición de la liberación total estilo neoliberal, que deja los anaqueles llenos y los estómagos vacíos. No.

Los rubros sensibles, regulados, subsidiados, objeto del deseo del bachaqueo, de la guerra económica y del sabotaje articulado que induce la caotización de los sistemas de abastecimiento, de mantenerse su regulación pese a ajustes, deberían pasar a nuevas cadenas y modalidades distributivas para que su existencia tenga sentido, es decir, para que sirvan de protección a la población más vulnerable, la más golpeada por la guerra.

Acabar con el carnaval pernicioso del desbarajuste de precios en Venezuela parte de acciones estructurales, medulares y profundas. Ahora, hay que trabajar en la más dura de ellas: eficientar el entramado productivo venezolano en sus diversas modalidades de propiedad para que prolifere la diversificación de la oferta, para que se amplifiquen las capacidades productivas que sustituyan importaciones y exportaciones. En eso consiste atacar las cuestiones de abastecimiento y precios desde la productividad. Es el ejemplo para la realidad nacional, la de los fabricantes de desinfectantes. Ellos le ganaron a la guerra económica.

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