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Lio Messi: ¿ser realista y pedirle lo imposible?

Que Messi es el mejor jugador del mundo desde hace varias temporadas, no entra en el plano de las discusiones futbolísticas. El análisis es otro. Es Messi en la Selección. Es el funcionamiento que precisa de un equipo para hacer todo lo que hace allá. Su problema es la adaptación a otras circunstancias y a un nivel colectivo inferior que lo empuja a resignar brillo e influencia.

Lio Messi: ¿ser realista y pedirle lo imposible?

¿Messi (cumple 28 años el 24 de junio) es el mejor jugador del mundo desde hace por lo menos 5 o 6 años? Sí.

¿Messi es hoy la individualidad más desequilibrante del mundo? Sí.

¿Messi hasta el momento la rompió en la Copa América en los dos primeros partidos de Argentina ante Paraguay y Uruguay? No.

¿Messi jugó en la franja de los 6 y 7 puntos en los dos encuentros en los que convirtió un gol de penal frente a Paraguay? Sí.

¿Messi está actuando en una Selección que propone presionar, mover la pelota y atacar con mucha gente? Sí.

¿Messi está rodeado de jugadores que le sirven como opción de toque y descarga al pie o al espacio? Sí.

¿Messi está huérfano arriba? No.

¿Con Messi hay que ser realista y pedirle lo imposible, como alentaban los graffitis y las consignas revolucionarias en el Mayo francés de 1968? Sí y no.

Antes del arranque de la Copa América el mismo Messi aclaró que llegaba a la competencia en Chile mejor que al último Mundial. Se refería, esencialmente, a sus posibilidades físicas, ahora más plenas que en Brasil 2014, cuando se lo observó con una merma evidente en el excepcional cambio de ritmo que siempre lo distinguió.

El entrenador de la Selección, Gerardo Martino, también en los días previos al debut en la Copa América, se manifestó en comunión con las palabras del astro argentino: “Lo veo en condiciones inmejorables. Messi está como en su mejor época. Ha terminado una temporada excepcional y eso es bueno para todos, especialmente para nosotros. A su faceta de goleador, gambeteador y habilitador, también logró ser un gran jugador de equipo”.

Concluido el tiempo de las palabras, llegó el tiempo del juego. ¿Qué nivel mostró Messi en los 180 minutos ante Paraguay y Uruguay? Bueno, no muy bueno. Bueno. No fue imparable, como suele serlo con la camiseta del Barcelona. Tampoco absolutamente influyente en la dinámica colectiva del juego ni en el resultado final. Tuvo arranques esporádicos metiendo la diagonal desde el lateral derecho, algunas muy buenas habilitaciones (como la pelota que le puso a Agüero en el primer tiempo contra Uruguay, que al Kun le quedó un poquito arriba y no logró cabecearla con precisión al segundo palo del arquero Muslera) y muy pocos remates picantes o envenenados al arco adversario. En general, no estuvo muy cerca del gol.

¿Por qué encontrándose mejor físicamente, más y mejor acompañado en ataque que en el Mundial y sin los fantasmas de las lesiones que lo venían persiguiendo en la recta final que desembocó en Brasil 2014, todavía no la descosió como el ambiente esperaba? El Tata Martino, antes del comienzo de la Copa América, había manifestado: “Buscaremos que la pelota le llegue a él luego de una buena circulación y en condiciones favorables. Elaborar juego para que la pelota le llegue con ventaja y no se vea obligado a tener que limpiarse a 4 o 5 rivales, si bien que ya vimos que es muy posible que lo haga”.

Esa circulación y elaboración que pretendía construir Martino para ofrecerle a Messi un menú futbolístico sin tantos obstáculos, en general, quedó a mitad de camino. La Selección tuvo pase. Muchos pases. Un pase siempre previsible. Pero no tuvo distracción. Y sin distracción es muy complejo encontrar los espacios. Messi, entre otros, padeció la ausencia de ese rubro intangible que es la distracción. Distraer es tocar con el propósito de cambiar en algún momento y de manera repentina el frente de ataque y transparentar la búsqueda ofensiva. Ese es el pase con ventaja. El pase que provoca el uno contra uno.

A Messi en la Selección la pelota le llega con poca elaboración previa. Y siente la presión de 2 o 3 adversarios que siempre lo salen a cortar sin miramientos ni sutilezas. Las complejidades severas que encuentra para desequilibrar en clara inferioridad numérica lo van alejando de la zona de fuego. Y Messi es también Messi porque resuelve como nadie en los últimos metros de la cancha.

Hasta ahora, se lo vio poco frecuentar esos territorios. En definitiva, los territorios que habitan los goleadores de todos los tiempos. Y Messi es mucho más un goleador que un armador o un estratega ofensivo de altísimo calibre, repentización y talento, como por ejemplo lo fue Diego Maradona.

Precisa Messi del juego inteligente de todos para jugar él. Si no juegan todos a partir de una idea muy bien pensada, desarrollada y ejecutada, Messi va a cargar sobre sus espaldas la necesidad de diseñar la apilada monumental e inolvidable que sale en contadísimas oportunidades y menos aún a nivel de selecciones, cuando las dificultades son mayores que cuando la competencia se da entre clubes.

Si el juego colectivo de la Selección no revela un nivel similar de ritmo, presión alta y circulación como el que expresa el Barcelona (esta es la apuesta conceptual de Martino, muy parecida a la que Sergio Batista quiso imponer, hasta que lo cesantearon después de la Copa América de 2011), Messi podrá brillar erráticamente porque sus condiciones técnicas son excepcionales, pero sus apariciones estelares serán aisladas. Porque Messi depende del funcionamiento del equipo.

En el contexto de un funcionamiento consolidado, su aporte siempre será determinante. El problema es que las selecciones que integró desde el 2006 en adelante, nunca se caracterizaron por acceder a ese funcionamiento. Y Messi sufrió esos daños colaterales, quizás más que otros, porque lo que se espera de él son las respuestas que nadie puede ofrecer. Las respuestas de un iluminado que ilumine al equipo.

Por eso en la Selección rinde menos que en el club catalán, aunque esté acompañado por cracks que, en algunos casos, están a la misma altura que los jugadores del Barcelona. La diferencia sustancial se concentra en el funcionamiento. En esa área, Messi tiene inconvenientes para adaptarse a las nuevas circunstancias, no ideales, que encuentra en la Selección. En las selecciones de antes (con Basile, Maradona, Batista y Sabella) y en la de ahora con Martino.

Este Messi entregado a los fervores y a la idea todavía no afianzada de la Selección de Martino, igual puede pintar en Chile en apenas algunos segundos una obra majestuosa durante los partidos que se le vienen encima. Pero también habrá que apelar a una sensación inocultable que sobrevuela los cielos argentinos: es más probable que lo haga allá. En Europa. Y con la camiseta del Barcelona. Donde cada pase lleva un mensaje. Y una aventura.

Lio Messi: ¿ser realista y pedirle lo imposible?

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