Facebook Twitter RSS Reset

Las victorias de Viengsay

Las victorias de Viengsay

En el ámbito internacional su singularidad es altamente reconocida, y en su patio insular no hay nadie, iniciado o ignaro, que desconozca su nombre o no lo asocie a esa escasa categoría llamada excelencia

Las victorias de Viengsay
Viengsay Valdés ha logrado, solo a base de talento y trabajo, conquistar algo muy difícil: la fama y la popularidad. Foto: Nancy Reyes

La solidez de la presencia femenina ha sido uno de los rasgos característicos del ballet cubano desde sus tiempos iniciales. La excepcionalidad de una figura como Alicia Alonso, su indiscutible misión fundadora y las legendarias cualidades artísticas y técnicas que marcaron su carrera la convirtieron en una suer­te de musa para las diferentes generaciones de bailarinas cubanas surgidas en estos sesenta y siete años de gloriosa brega.

En 1994, llegó al Ballet Nacional de Cuba uno de esos jóvenes talentos al que aguardaba un futuro luminoso y un destacado sitial en la historia del ballet cubano. Era Viengsay Valdés, una chica de exótico nombre (que significa Victoria, en Laos, país donde fue engendrada por sus padres) y honroso pedigree, pues ve­nía graduada con Título de Oro y po­seedora de altos galardones obtenidos en eventos competitivos de alto fuste en Cuba e Italia.

A partir de entonces su innato talento y sus promisorias facultades enrumbaron hacia el alto vuelo al que estaba destinada. Un disciplinado quehacer bajo la guía de los más prestigiosos maîtres y profesores de la compañía, la enfrentó a incesantes y crecientes retos. Tuve el privilegio de ser testigo cercano de esa for­ja, que incluyó tanto la remodelación de su físico, para acercarlo al ideal estético de la danza clásica, co­mo una total entrega para domeñar los grandes retos estilísticos exigidos por el legado romántico-clásico del siglo XIX y las creaciones más audaces de la contemporaneidad.

De esa batalla emergió, desde el 2001, una primera bailarina de acerada técnica y amplio diapasón estilístico, cuya solidez ha sido ampliamente reconocida en las numerosas giras que ha realizado como primera figura del Ballet Nacional de Cuba por los cinco continentes y durante sus actuaciones como estrella invitada de las más prestigiosas compañías de ballet del mundo, entre ellas el Ballet del Teatro Marinski de San Pe­tersburgo, el Ballet Bolshoi de Mos­cú, el Real Ballet Danés y el Real Ballet de Londres, así como en galas y festivales en un periplo que abarca des­de Beijing, Japón y Laos, hasta Nue­va York y México, pasando por Aus­tralia, Turquía y Buenos Aires. En ella se han revalidado, para los aman­tes del ballet de nuestro tiempo, las virtudes que en el pasado sentaron el prestigio de las grandes bailarinas cubanas.

Su sólida formación académica, su disciplinado quehacer cotidiano y ese carisma de que es poseedora le impidieron ser una más en las casi siempre anónimas filas del estatus internacionalmente conocido como corps de ballet. Se supo de inmediato que ella no estaba destinada a los compartimentos estancos, ni al lu­gar común, y pronto pudo comprobarse que habitaba en ella una solista destinada a ascender y a iluminar con luz propia. Siete años después, luego de haber transitado exitosamente los diferentes estadios jerárquicos del elenco, llegó lo impostergable: su ascenso al máximo peldaño artístico, el de primera bailarina. Pero, ¿qué sucedió entonces? Debió compartir un cetro pentárquico con otras valiosísimas bailarinas, también de fuertes personalidades y só­lido dominio técnico-estilístico, ca­da una capaz de aportar sus do­nes peculiares y de enfrentar el re­to de continuar una tradición ge­ne­ra­cional lamentablemente truncada a destiempo.

Por disímiles razones, durante un largo periodo ella fue quedando como la estrella solitaria de su generación, al abandonar la compañía la mayoría de sus iguales en jerarquía, pero no se volvió fatua ni egocéntrica, sino que contrariamente a lo que podía esperarse, compartió experiencias con las nuevas coestrellas y, muy especialmente, con una pléyade de jóvenes partenaires a los que, con modestia y altura humana, no vaciló en colocar en la ruta de sus éxitos. Quizá el hecho de ser la bailarina cubana con mayor presencia individual en galas y festivales en las cuatro esquinas del mundo, sin apartarse de su Alma Mater, el Ballet Na­cional de Cuba, haya hecho el resto. Sin privilegios divulgativos, Vieng­say Valdés ha logrado, solo a base de talento y trabajo, conquistar algo muy difícil: ser famosa y ser popular, que por cierto no son categorías idénticas.

En el ámbito internacional su singularidad es altamente reconocida, y en su patio insular no hay nadie, iniciado o ignaro, que desconozca su nombre o no lo asocie a esa escasa categoría llamada excelencia. Al respecto he sido testigo de dos mo­mentos especiales, en esa aclamación a su arte y a su persona. El primero de ellos ocurrió en noviembre pasado cuando, al hacer su entrada en el Teatro He­re­dia, de Santiago de Cuba, sin anun­­cio previo, más de 2 000 es­tu­diantes universitarios, puestos de pie, la ovacionaron cuando asistía como jurado e invitada especial al Festival Nacional de Ar­tistas Afi­cionados de la FEU; y el segundo ocurrió en junio de este mis­mo año, cuando más de 10 000 es­pec­tadores desafiaron una lluvia pertinaz en la Plaza de Toros de Cali para verla bailar una suite de Car­men en la Gala Inaugural del 9no. Festival Internacional de Ballet de esa ciudad colombiana.

Desde el pasado año, de manera muy sensible, Viengsay ha querido festejar sus dos décadas de pertenencia al Ballet Nacional de Cuba y para ello ha hecho notar su presencia como estrella invitada en galas y festivales del más alto linaje en México, Argentina, Portugal, Es­pa­ña, Puerto Rico, Sudáfrica, Co­lom­bia, Estados Unidos, República Po­pular China y, en días recientes, en el consagratorio 14 Festival In­ter­na­cional de Ballet de Tokio, cuyo escenario mantiene vivas las huellas de las más grandes luminarias del siglo XX que han actuado en sus diferentes celebraciones, entre ellos nombres tan ilustres como Alicia Alon­so, Margot Fontein, Carla Fra­cci, Maya Plisestkaya, Marcia Ahy­dée y Na­ta­lia Macarova.

Y habría que añadir, con supremo orgullo, que todo esto lo ha he­cho subrayando su cubanía, su pertenencia a la tierra que la vio nacer, aunque su órbita ya sea totalmente cosmopolita. Enaltece comprobar que ella sabe, y así lo demuestra, que el arte no tiene Patria, pero los ar­tistas sí.

No comments yet.

Leave a Comment