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La vida en Venezuela, contada desde Venezuela

Como están, primero que nada quiero aclarar que yo no soy el autor de este artículo, al pie del post está la fuente. Soy Argentino pero quería preguntarle a algún Venezolano que nos pueda contar su opinión sobre la vida en Venezuela.

Pido la opinión de la gente y prefiero no basarme en lo que digan los diarios porque se que al igual que acá en Argentina los medios (tanto oficialistas como opositores) distorsionan la realidad como más les convenga, y en definitiva lo que vale es lo que vive la gente.

Por eso Venezolanos son bienvenidos a dejar su opinión. Sea del tipo que sea.

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La vida en Venezuela, contada desde Venezuela

La realidad actual venezolana es objeto de miles de especulaciones en prensa y en la calle. Pero, ¿cómo es realmente vivir en Venezuela? Un venezolano nos lo cuenta.

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No te despierta la alarma del reloj, sino el ruido del agua entrando con fuerza por las tuberías vacías. Sabes que tienes que levantarte a recoger agua, pues se irá de nuevo en una o dos horas y posiblemente no regrese hasta la noche. Debes ducharte, lavar ropa, fregar los platos, sacar el máximo provecho a esa breve ventana de tiempo.

Vivir en Venezuela no es una experiencia uniforme para todos: varía muy ampliamente dependiendo de la zona del país en que residas, su carácter urbano o rural, tu estatus socioeconómico e incluso tu visión política. No se trata sólo de que disfrutes de privilegios por pertenecer a cierto partido político, sino también de que tu manera de percibir la realidad es muy distinta dependiendo de si estás de acuerdo con ella o si te resistes. Vivir sometido a constantes controles gubernamentales en las más diversas áreas de tu vida se experimenta de modo muy diferente si crees que estos controles te están protegiendo, salvando de algo, o si crees que están destruyendo tu vida y tu libertad de elegir.

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La inflación de tres cifras en la que está sumido el país y de la cual no tenemos datos oficiales desde hace más de seis meses, se mide sin embargo día a día en la experiencia de cada uno de nosotros. Para subir los precios de los productos considerados “de primera necesidad” se requiere una autorización gubernamental, lo que se traduce en que estos productos (cosas como arroz, harina, leche o artículos de higiene personal) están a un precio artificialmente bajo y no suelen aparecer en los anaqueles (de hecho, su rotación es tan alta que los empleados no se molestan en ponerlos en los estantes, simplemente los dejan en los pallets a mitad de pasillo, y desaparecen a los pocos minutos). Para todos estos productos existe un mercado negro, gente que los obtiene a precio oficial (ya sea haciendo largas colas de madrugada para comprar la cuota permitida, o a través de otros caminos menos legales) y luego los revende con un sobreprecio significativo. Se les llama “bachaqueros”, argot oficial para una conducta que, a pesar de ser ilegalizada y estigmatizada, ha surgido en todos los regímenes políticos donde se ha impuesto controles artificiales de precios. El establishment parece ignorar la historia política mundial, y parece hacerlo adrede.

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Otra consecuencia evidente de los controles al libre mercado es la omnipresencia de las colas. A estas alturas, cualquier venezolano ya está acostumbrado a la noción de que la mayor parte de su día se irá esperando en fila para cualquier cosa: para cualquier compra, trámite o diligencia que necesite hacer. La burocracia impera, y al combinar esto con la escasez, esperar en cola se convierte en la combinación perfecta para el nuevo deporte nacional: atisbar en las bolsas de la compra ajenas cuando la gente pasa por tu lado, intentando adivinar qué hay en el local de donde viene esa persona, y así decidir si te internas en otra cola que no tenías planificada.

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Mientras que para algunos el problema es encontrar las cosas que necesitan (medicinas, repuestos para autos, dispositivos electrónicos, electrodomésticos, todo falta en las tiendas), para otros es pagar el precio que se pide por estas cosas. Un smartphone (por ejemplo, un Galaxy S5) cuesta seis meses de salario mínimo; una BigMac cuesta dos días de salario. Sumando estos dos factores, hemos aprendido a desarrollar aún más la creatividad que ya nos caracterizaba, modificando recetas y averiguando cómo reemplazar medicamentos por otros que se le parecen.

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En el SuperLíder, un mercado del estado de Aragua, los rastros del saqueo.

Por otra parte, hacer estos cálculos en dólares, como muchas veces los extranjeros piden para intentar entender la realidad, no sólo es increíblemente enrevesado sino que nos hace aparecer como uno de los países más baratos del mundo. Con tres tasas de cambio oficiales, más la tasa del mercado negro, la complejidad del control cambiario venezolano no puede explicarse en un par de párrafos. Baste señalar que a la tasa oficial más económica (inaccesible para casi todos los venezolanos, pero frecuentemente usada por el gobierno para cálculos oficiales), el salario mínimo son más de mil dólares, mientras que a la tasa oficial más alta son apenas $37. En consecuencia, cualquier turista se encuentra que al cambiar su efectivo le devuelven paquetes y paquetes de billetes cuyo valor, aunque devaluado, corresponde a lo que muchos venezolanos tienen para vivir durante meses enteros.

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Los efectos perversos del control cambiario se viven también en muchos otros aspectos de la vida cotidiana. Al requerir autorización gubernamental para convertir el dinero a divisas, los venezolanos deben enfrentar infinitos trámites burocráticos para planificar un viaje. El adjetivo “kafkiano” ha sido tan utilizado para describir la situación, que comienza a perder significado. Hay lapsos, fechas, requisitos que cumplir; límites en los montos según el destino y la duración del viaje. (Para viajar tres días a Estados Unidos, por ejemplo, un venezolano sólo puede utilizar hasta $300, y sólo mediante tarjeta de crédito). Esto, si corre con la suerte de conseguir pasajes aéreos: muchas aerolíneas han reducido hasta la casi inexistencia su oferta de pasajes pagaderos en moneda local, restringiendo así las posibilidades de comprar sólo para aquellos que posean acceso a cuentas bancarias en el exterior o a quienes alguien pueda comprarles el pasaje aéreo desde fuera del país.

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Más allá de esto, no se trata sólo de la posibilidad de viajar: los bienes de consumo cultural extranjeros, así como la importación de productos para uso personal, se encuentran sumamente limitados. Comprar libros para Kindle, suscribirse a Netflix, comprar en Amazontodos los trámites que contemplen compras por mecanismos electrónicos se restringen a un límite de apenas $200 al año, que requiere además la posesión de una tarjeta de crédito de un banco de propiedad estatal. Ni pensar, por supuesto, en pagar por cursos a distancia o similares. Igual, no hay que fatigarse por esto: el uso de este llamado “cupo electrónico” se encuentra suspendido indefinidamente bajo excusas burocráticas.

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Durante la pasada década nos hemos acostumbrado a una infinidad de cambios en nuestras vidas cotidianas. Está imbuido en nosotros: no salir de noche, caminar de prisa, no sacar objetos de valor ni contar dinero en la calle, habilidades básicas de sobrevivencia que ya no notamos hasta que alguien nos las hace ver. Tener siempre inventario suficiente de los productos básicos, y comprar un poco de más para la hora en que necesitemos hacer un trueque se han incorporado más recientemente a ese rosario de hábitos.

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Captahuellas usados en los supermercados para controlar las cantidades que puede comprar cada persona.

El aparato oficial de propaganda, que cada año invierte millones de dólares en preservar su omnipresencia simbólica, ha alcanzado tales proporciones que nos hemos desensibilizado ante esa ubicuidad. La imagen del difunto presidente Chávez nos mira desde vallas, edificios, afiches en oficinas públicas, tatuajes en la piel de nuestros vecinos. La simbología y el lenguaje oficial -una suerte de neolengua de la era socialista- se han incorporado al imaginario ordinario del país. Vayas a donde vayas, esto que denominamos país no es sino una única conversación interminable, que se interrumpe en la cola del supermercado para continuar en la sala de espera del dentista o en las redes sociales, cambiando los rostros y las voces, pero no el tema ni el tono de la discusión. A menos que consigas aislarte de todo, construir una burbuja habitada únicamente por ti, no es posible separarte de esa conversación.

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Muchos ciudadanos se tatuan a Chavez, para tenerlo presente por siempre.

Una célebre telenovela venezolana de los años 90 usaba con frecuencia una frase que ha pasado al imaginario colectivo nacional: “como vaya viniendo, vamos viendo”. Esta filosofía, que refleja la idiosincrática improvisación que nos caracteriza, hoy es también una condena para una nación entera que ha perdido la capacidad de hacer planes más allá de su futuro inmediato. Nada puede darse por sentado; es necesario incorporar en todos tus proyectos, por pequeños que sean, la variable de la incertidumbre: no puedes estar seguro de que habrá electricidad, de que habrá agua, de que encontrarás los artículos que necesitas para poner en marcha cualquier cosa, o de que un disturbio, una protesta o un simple accidente climático o una nueva medida gubernamental no estropeará todas tus posibilidades y deberás comenzar de nuevo al día siguiente, en la primera casilla. Esta incertidumbre es, en mi opinión, el aspecto más terrible de la realidad cotidiana de vivir en Venezuela: vivir sin certezas, con la zozobra perenne de un peligro colgando sobre tu cabeza. Un país que es una bomba de tiempo, una cuerda floja, una cárcel sin paredes y un tesoro saqueado, todo al mismo tiempo; un país especular en el que la realidad depende del ángulo desde el cual la estés mirando.

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