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La muchacha del tren

El tren parte desde Retiro, si uno está en retiro, y desde Villa Rosa, si uno está en Villa Rosa. Hace un recorrido de hora y media, en lo que atraviesa un total de veintidós estaciones. Su sonido se oye a la distancia, especialmente justo en la mitad del viaje, cuando las viejas vías que cuelgan del aire vibran con potencia sobre el riachuelo de Montes, la zona más longeva y la única campestre. Hay puntos precisos en los que la gente, un caudal de gente, atropellados cual manada de antílopes, aguardan su llegada para desatar el nudo de otro día laboral, y uno de ellos es Polvorines. Las horas de la mañana suelen ser las más concurridas, y no hace falta ser muy atento para observar el incontenible flujo de personajes dispares y extravagantes que buscan un lugar.

El surco de las palomas en el techo de chapa, lleno de mierda, es algo hermoso para ver mientras uno espera sentado con la cabeza para arriba. El tren llegaría en unos minutos, ya se podía distinguir su pequeña silueta de punto negro, semejante a la frente de Cristo en La última cena, perdón, quiero decir, al punto de fuga. Bueno, para ser sincero, ella no es una chica hermosa, pero es muy linda, y más aún, tiene ese encanto misterioso que tienen las chicas no-hermosas pero lindas. Sentada así, en ese banco, yo puedo admirarla desde todos los puntos de vista. Me encanta su perfil, su nariz respingada, su mentón pronunciado pero discreto, sus largas pestañas. No, no es que sea hermosa, es sólo que destaco sus facciones bellas. No sabría decir qué de todo el conjunto es lo que la hace no-hermosa, porque, en efecto, acá no son las partes las que trabajan en beneficio del todo, su rostro es extraño. Ojalá pudieran verla como yo la veo, perdón, pero no me destaco por mis virtudes descriptivas. En cualquier caso, yo la veo y la escucho. Está sola y está callada, y no está loca. Lo que escucho no es la banalidad fonética que podría desprenderse de sus labios (bellos labios), sino lo otro, lo que, si es que hay persona, en un sentido casi arquetípico, hace a la persona. Claro, sus pensamientos. Oír pensamientos es una experiencia única, inexpresable (nuevamente, perdón). Ustedes no oyen pensamientos, oyen la resonancia, el recuerdo acústico que reviste algún que otro pensamiento, y que sería como esa famosa cabeza de iceberg que se muestra por encima del oculto e inmenso cuerpo. Entonces, cuando escribo “oír”, escribo “oír” a falta de una palabra que describa ese otro sentido al cual me refiero. Yo oigo sus pensamientos, creo, como un sordo oye los suyos. Revistamos en palabras algunos de esos pensamientos:

…as palomas grises y negras y blancas y manchadas y feas son feas porque tienen el ojo feo y la panza llena (…) Y el amor, qué pito toca? No no no no es amor. Amooor, amooor, amooor, amooor, es el evangelio en una palabra, na na na na na na na, como a ti mismo (…) Love, amour, love (…) Can’t buy me loooooooove (…) She loves you yeah yeah yeah (…) All you need is love pa-parapapam. Todo lo que necesito es amor? Y qué diría el diccionario sobre el amor? A ver, a-eme-o-ere… amor, conjunto de costumbres, no, conjunto de sensaciones enlazadas en el alma, no, conjunto de recuerdos enlazados en el alma, no, conjunto de sensaciones anexadas a recuerdos empíricos enlazadas en el alma y que despiertan cuando se insinúa alguna imagen empírica que pudiera asociarse con dicho conjunto en un único e ilusorio bloque llamado amor (…) Hiroshima, mon amour (…) Amore mío (…) No no no no es amor(…) Pero las palomas sí son palomas. Palomas de Buenos Aires, hoooow many seeaas must the whiiite doove sails. Palomas de Buenos Aires, tu tu tu tu tu tutu, las golondrinaaaaas… de plaza de mayoooooo, observan la genteeee…

Bueno, transcribirlo fue algo difícil sin dudas, pero creo haber hecho un trabajo respetable. Nadie conoce, o mejor dicho, todos desconocen el idioma seminal de esa vertiginosa corriente de palabras, por lo tanto, estoy libre de críticas. Cualquier queja, cualquier idea desagradable, por favor, atribuírsela a la muchacha no-hermosa. Sus pensamientos divagaron de esta manera hasta que llegó el tren, entonces un gordo horrible que se encontraba en la puerta del vagón fue blanco de algunas injurias mentales, para luego seguir divagando de la misma manera.

Su cuerpo se mueve, como el de todos, automáticamente. Se subió como hacía todos los días. Como siempre, iba parada, pues encontrar un asiento en tal situación era irrisorio, es decir, dicha idea ni siquiera pasaba por su mente. Como siempre iba parada, pero esto no le importaba. Estaba metida en sus pensamientos, estaba perdida en sus pensamientos. Su mirada se suspende absorta en la ventana que da hacía las casillas de chapa y cartón, donde los niños mugrientos y moquientos de la villa corren a gritos, escapando de la voz delgada y odiosa de las viejas que refriegan bombachas a pocos metros. De vez en cuando suena alguna piedra que otra contra el alféizar, nadie se sorprende. Qué piensa… no piensa en mucho. Los vendedores grasientos y lisiados fonéticamente se abren paso entre la compacta multitud, anunciando cosillas que nadie compra a simple vista.

No conocía el amor. Ciertas inclinaciones intelectuales o sentimentales, devenidas en ciertos actos, le hacían cavilar sobre la afirmación antes expresada. No conocía el amor pasional, y sólo podía decir esto al cabo de leer a los poetas, es decir, sólo podía hablar de ese concepto que se llama “amor pasional” en tanto miles de testimonios declaran su existencia. Ahora bien, ¿cuál existencia? ¿De qué tipo? Ella buscaba establecer un paralelismo en lo que tantos espíritus nobles han expresado experimentar para unificar el sentimiento en uno solo. Se acordó de Virgilio, “Omnia vincit Amor; et nos cedamus Amori”, el amor conquista todas las cosas, cedamos paso al amor. ¿Conquistar todas las pasiones? El amor sonaba muy déspota. De ninguna manera, no hay tal cosa como el amor.

Su pensamiento se estiraba como el viaje, y el dolor en las rodillas, tan habitual, habitualmente le era indiferente. Algún muchacho le rozó la cola con la mano. Creo que no lo notó. Todo iba más que normal, hasta que, ¡un milagro! Un gordo se paró, justo en frente de ella. No es que estuviera desesperada por sentarse, como ya hemos visto, pero rechazar un milagro era cosa insensata. Sin embargo, apenas entornó un poco la cadera, sus sentidos se alertaron. Efectivamente, una vieja pintarrajeada y ruluda, a cinco metros de distancia, había divisado la escena, y ya estaba removiendo cielo y tierra para llegar al lugar. Ella prefirió hacerle lugar antes de comerse un carterazo, y pensó:

“¡Qué cosa que son estas viejas! Yo creo que andan malhumoradas porque ni siquiera se soportan ellas mismas. Ya me las imagino, en las noches, pensando “esta piel molesta que se pega mi piel”, y se refieren a la mano que usan de almohada. Pero conmigo es algo especial, estas viejas me odian. Cuando salgo a la calle, la contienda es siempre la misma: las viejas contra yo. Además…”

Bueno, al menos esta vez fue un pensamiento coherente, y no la parva de cosas sueltas que soltó antes. Sin embargo, si se preguntan por qué detuve la corriente de su pensar, lo cierto es que no lo hice, se detuvo sola. Justo cuando el tren cruzaba el riachuelo de Montés, y se agitaba como loco, vio a un chico sentado, durmiendo. Su corazón imitó e movimiento del vagón.

No voy a describirlo, porque yo no sé describir chicos lindos, pero figúrense que éste es un chico lindo. La única particularidad a destacar es el color de su piel. Es extremadamente pálido, e incluso parece que está enfermo. Sin embargo, también ésta palidez contribuye a su beatificación, el sol le pega como si fuera un cristal, y los rayos estallan hacía todos lados. Ella no puede pensar, no puede dejar de mirarlo, apenas puede respirar. Parece un milagro, un santo, un ángel. Está tan absorta, que no se percató del otro milagro. Un muchacho, sentado justo enfrente del que duerme como ángel, se levantó. La gente, de alguna manera, parece no darse cuenta. De pronto, una mano la saca de su ensueño. Es un hombre con rostro amable, que le hace señas allí, al asiento que es alcanzado por un rayo luminoso y que parece un trono. Le cuesta reaccionar, pero alcanza a decir gracias, y se sienta con torpeza, saltando los pies de la vieja.

Y allí está ella, mirando al joven, pero, ¿era posible? No era tan atractivo como para perderse en su aspecto. Aquí y allá, se divisaba algún defecto. ¿Por qué? ¿Será, acaso, eso que llaman amor? Reflexionó, y todo coincidía. Su corazón estaba comprimido en su pecho, como una bolita de uranio en una bomba nuclear. ¿Así estallaría también? Por lo pronto, el éxtasis infundía su cuerpo. Tenía ganas de hablar, de moverse. Un millar de pequeños duendes picarones le recorrían el cuerpo aceleradamente. La sensación no disminuyó en todo el viaje. ¿Y cuál era todo el viaje? Ella debía bajarse en Villa Adelina, a tres estaciones de Retiro, la estación final. Ese era todo el viaje, casi siempre, pero no hoy. No se levantó (no hubiese podido), y se quedó contemplando a su amado hasta el final.

El tren se detuvo y el olor a grasa frita ya rebarbaba en el aire, fundido con el calor. Todos se levantaron, menos dos, pues el muchacho no se movía. “¡Dios mío!”, pensó, “¡qué suerte! Yo nunca hubiese podido hablarle, y ahora me veo obligada a ello”. Entonces se acercó, mientras su corazón se agitaba como loco. Extendió lentamente la mano, y cuanto más se acercaba, más hermoso, más inhumano parecía se le parecía. Finalmente, tocó, delicada y temblorosamente, su hombro, y con un susurreante “disculpe”, quiso despertarlo. Pero no pudo. Estaba helado y no respiraba.

No puedo describir, de ahora en más, cuáles fueron sus sentimientos. Lo que hice antes fue una futilidad, eso de querer transcribir sus pensares, no fue más que una vana pretensión, pero de alguna manera fue divertido. Ahora es distinto. Lo que siente no puede explicarse con símbolo posible, de ninguna manera. Toda comunicación depende de un fondo común de experiencia entre las personas. Hablamos del color rojo, porque lo conocemos. Hablamos del sabor de la manzana, porque la probamos. Pretendemos hablar del amor, porque pretendemos haberlo sentido. Para que yo pueda comunicarles su sentir, tendrían que pasar por esto: tendrían que conocer al amor de sus vidas, y perderlo. Todo en menos de hora y media. Por eso, les pido, lectores, que no la juzguen por lo que su cuerpo, intentando de alguna manera ir acorde con su espíritu, hizo después.

Se sentó a su lado, y lo abrazó. La segunda ley de la termodinámica nos dice que la naturaleza tiende al equilibrio, y cuando dos cuerpos dispares entran en contacto, aquél con más temperatura cede parte de la misma hasta que ambos queden igualados. Esto, naturalmente, sucedió a nivel físico, aunque también a un nivel espiritual. A medida que él perdía calor, más calor era necesario que ella le transfiera. Se murió de frío todo el viaje, pero así como antes soportó el dolor de piernas al estar parada, con más ímpetu aún soportó el congelamiento de las mismas. El tren regresó hasta Villa Rosa, y luego regresó hasta Retiro. Lo hizo unas cuantas veces más.

Ya era de noche, y no quedaban pasajeros, pero había un último viaje, un último cruzar el puente, el riachuelo de Montes, allí, donde lo había visto por primera vez. La luna se mostraba gorda y radiante, reflejando su pálido rostro en el agua fría, las luciérnagas formaban otro espectáculo lumínico en los pastizales, y el cantar de los grillos semejaba un cuarteto vienés. Con mucho esfuerzo, logró llevarlo hasta la puerta. Todo su cuerpo temblaba, de frío, de dolor, de amor. Finalmente, besó sus labios, que, extrañamente, estaban más tibios que los suyos, y le dijo “adiós, amor mío”. Y lo dejó caer en el agua negra.

Desde entonces, no hago otra cosa que observarla, como siempre, como esa vez que la conocí allí, en la estación, mientras miraba las cagadas de las palomas y los gordos horribles, y vi su rostro no tan hermoso, pero más hermoso que otro que jamás haya visto. Yo había muerto de un aneurisma unos minutos antes, pero nunca había sido tan feliz. Desde entonces, no hago otra cosa que observarla y esperarla, para poder devolverle el calor que me dio.

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