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La Madre que buscó 7 años en la villa al asesino de su hijo

La Madre que Recorrió 7 años una villa para encontrar al asesino de su hijo

La Madre que buscó 7 años en la villa al asesino de su hijo

Nélida Sérpico se tiñó el pelo, se rompió los dientes y se compró ropa. Después, sin decirle a nadie, empezó a caminar los pasillos de la 1-11-14 con un solo objetivo: encontrar a Facundo Caimo, integrante de la banda narco que mató a su hijo Octavio (16) de un balazo por la espalda.

El 21 de diciembre de 2005 Nélida se despertó sobresaltada. Había tenido una pesadilla horrible: vio en el sueño a su hijo más chico, Octavio, herido en el suelo y a un compañero suyo tirado al lado, muerto.

Esa mañana su marido le acercó un mate a la cama y la notó nerviosa. Cuando le preguntó, ella le habló de la escena. “Octavio se levanta y me dice, ‘mamá no creas en los sueños que no son realidad’. Me había escuchado desde su habitación”, aclara. “No va a pasar nada”, se acuerda que le dijo, y cierra los ojos con fuerza, como si volviera a escucharlo o como si se culpara por haberle creído.

Ese día ella no quería ir a trabajar, seguía con esa sensación rara apretándole el pecho, pero Octavio, al que en la casa familiar del barrio porteño de Flores le decían por su segundo nombre, Damián, le repitió: “Mamá, no va a pasar nada”.

Nélida se demoró esa tarde en volver del trabajo. Había ido a comprarle una camisa y un par de zapatillas a Octavio, como premio por haber pasado a quinto año. “Si yo me retrasaba él se preocupaba siempre”, deja saber. Cuando bajó del colectivo él la estaba esperando en la parada y caminaron juntos hasta la casa.

Para buscar al homicida, Nélida tuvo que convertirse en otra persona

Octavio Damián Gómez en diciembre del año 2005 tenía 16 años, le quedaba un año para egresarse del colegio y era boy scout en la Parroquia de la Medalla Milagrosa en avenida Asamblea al 1500, a metros de Parque Chacabuco. Era prolijo hasta la obsesión, de piel muy blanca, tanto que en el verano se le llenaba la cara de pecas, y le encantaba la tarta de atún.

La Madre que buscó 7 años en la villa al asesino de su hijo

LA 1-11-14

El barrio Bernardino Rivadavia empieza allá donde termina la avenida Bonorino en el Bajo Flores. Más conocido como la villa 1-11-14, nombre que viene de la unión de tres asentamientos (el, 1, el 11 y el 14), se estima que hoy viven ahí cerca de 40 mil personas.

Cinco compañeros de curso de Octavio vivían ahí y ese diciembre él había ayudado a uno de ellos, Patrick, a preparar una materia. Por eso, después de probarse la camisa y las zapatillas que Nélida le había comprado, dijo que iba a salir para ver cómo le había ido.

Su mamá se desesperó: “Octavio, te soñé que estabas herido y al otro chico que había fallecido”, le dijo Nélida, repitiendo la misma imagen que esa mañana le había descrito a su marido. “Sentí que me moría”, recuerda sobre el momento en que su hijo cruzó la puerta y la voz le tiembla.

Octavio llevaba puestas las zapatillas nuevas que ella le había comprado esa tarde, su reloj, su anillo y una cadenita de oro. Cosas que todavía, a 10 años de ese diciembre, la familia todavía le reclama a la justicia.

Persigio

LOS QUEBRADOS

Alrededor del año 2006, comenzaron a denunciarse hechos criminales en la zona Sur de la Capital Federal, que tenían –y que tienen– como protagonistas a bandas enfrentadas por el dominio territorial de la venta de drogas. Una de esas bandas es la de “Los Quebrados”, por esos años en disputa constante con la de “Los Solís”, en la 1-11-14.

Un operativo antidrogas en el 2008 erradicó a “Los Solís” casi en su totalidad del barrio, pero las disputas continúan actualmente entre “Los Quebrados” y nuevas bandas que entraron en escena. Sin ir más lejos, hace una semana y media Jorge Mario Porras Sosa murió en la guardia del Hospital Piñero, tras haber sido acribillado a balazos por cinco hombres en la manzana 21 de la 1-11-14, donde vivía, en lo que se cree fue un nuevo ajuste de cuentas.

A “Los Quebrados” se los puede ver atravesar a pie la canchita de fútbol del barrio Rivadavia, armados con fusiles FAL, custodiando la zona donde guardan la droga, y usando las zapatillas del mismo color que las motos de alta cilindrada en las que se mueven.

“Sonó el timbre y la perra ya ladraba”, recuerda Nélida, como prueba de un mal presagio en la madrugada de ese jueves 22 de diciembre de 2005: “Me quedé en la cama, mi marido se levantó y fue a abrir. Empecé a escuchar los gritos de él, se despertaron los chicos, nos desesperamos– enumera Nélida, que a medida que van apareciendo las imágenes en su cabeza, las dice en voz alta.–No era la policía, ni los médicos, vino una gente de ahí a decirnos que había fallecido. Nos llevaron hasta la villa a reconocer el cuerpo de él y a mí no me querían dejar entrar, así que los empujé a todos y ahí lo vi”.

Octavio estaba tendido a mitad de uno de los pasillos principales de la 1-11-14 con un balazo en la espalda. No tenía orificio de salida, el proyectil le explotó adentro y murió en el acto. Patrick, el compañero al que había ayudado a preparar una materia, ya no estaba ahí. Se lo habían llevado herido al Hospital Piñero, donde esa noche “Los Quebrados” intentaron matarlo. No lo lograron, pero el mensaje estaba claro.

Patrick fue el único de los compañeros de colegio de Octavio que no declaró en el juicio. También era el único que había estado con él esa noche, el único que había visto a los asesinos y el único capaz de identificar a alguien.

Al otro día Nélida, que hasta ese día no lo conocía, fue hasta el hospital a ver a la última persona que había visto a su hijo con vida, al único que había estado ahí esa noche, el único que podía decirle lo que había pasado. Patrick había perdido un riñón pero podía hablar y ella le pidió que le contara: “La mamá de este chico lo había invitado a comer a Octavio. Después de cenar, cuando iban caminando a tomarse el colectivo para volverse, me dijo que los cruzó esta bandita de ‘Los Quebrados’ y uno le dice: ‘Te dije que no quiero que vengas con conchetitos acá’. Al parecer mi hijo le respondió algo. Patrick le dijo ‘Tené cuidado Octavio, son peligrosos, corré’, y les tiraron por la espalda. Nunca vi tantos casquillos en un lugar, parecía que había habido una guerra ahí”.

A pesar de que Patrick no declaró, varios testigos señalaron a “Los Quebrados” como autores del hecho y particularmente a Facundo Caimo como el asesino de Octavio. Se emitió un pedido de captura contra él acusándolo por el crimen, pero Caimo desapareció.

“Haga usted Justicia, nosotras no podemos hacer justicia acá, porque si hacemos algo nos matan”, recuerda Nélida que le pidieron algunas madres de la villa esa misma noche del crimen en el barrio. Fueron las primeras en hablarle de “Los Quebrados” y en darle datos de la banda.

Algunas semanas más tarde, cansada de ir de Tribunales a Comodoro Py, desesperada por los pocos avances en la causa, Nélida tomó una decisión que le cambiaría la vida para siempre: encontrar ella sola al asesino de su hijo.

Asesino

SER ALGUIEN MÁS

Nélida tuvo que convertirse en otra persona. Su cara había aparecido en los diarios y los noticieros, era identificable, era la mamá de Octavio Gómez el chico asesinado en la 1-11-14, era lo que menos necesitaba ser en ese momento: reconocible.

La Madre que buscó 7 años en la villa al asesino de su hijo

– ¿Cómo hiciste?

– Primero miré cómo actuaba un drogadicto. Me teñí el pelo de negro, porque ahí son pocos los que tienen el pelo claro, me compré unas zapatillas de marca Nike y me astillé y quemé dos dientes– hace el gesto como si sostuviera un encendedor contra sus incisivos inferiores. Los que consumen los tienen todos rotos.–Así empecé– explica.

– ¿Y en tu casa tu marido y tus hijos no sospecharon nada?

– Yo sabía a qué hora llegaba mi marido, así que volvía antes, me bañaba, me cambiaba, escondía todo bien guardadito y nunca nadie supo nada.

– ¿Y los dientes?

– Dije que se me habían roto sin querer. Ellos se enteraron de lo que había hecho cuando declaré.– lo dice y lo hace parecer fácil.

Nélida tenía además un identikit de Caimo. Lo había fotocopiado y reducido para que le entrara en la palma de la mano y lo llevó con ella todos los días durante los siete años que recorrió los pasillos de la villa.

–¿Cómo lo conseguiste?

–Vos cuando querés una entrevista la conseguís. Bueno, yo también cuando quiero algo lo consigo–responde y dice que eso mismo le había dicho al abogado de Caimo cuando se lo preguntó en el juicio.

Para ayudar a la Justicia a confeccionar un identikit, para declarar en un proceso judicial, para ser testigo, hay que dar datos: nombre, apellido, nacionalidad, domicilio, DNI. Nélida no pedía nada, ni identificaciones, ni números, ni nombres, solamente información. Nélida consiguió su identikit.

– Para mí él era una rata, ¿Y qué hace una rata cuando vos la buscás?

– ¿Se esconde?

– Se esconde. Y cuando cree que no la buscás más, sale.

Nélida caminó día tras día pasillos flanqueada por paredes de ladrillo hueco, simulando ser alguien más, volviéndose invisible, repasando una y otra vez esa cara que ya sentía que podía dibujar de memoria. Los trazos se le transpiraban en la palma de la mano y tenía que cambiarlos por nuevas copias periódicamente. En esos recortes tenía también anotado el número de la causa, para pasárselo a la operadora policial cuando lo encontrara. Porque estaba segura de que lo iba a encontrar.

Villa

CARA A CARA CON EL ASESINO

El domingo 13 de abril su marido se había ido a trabajar y no volvía hasta las 11 de la noche. Sus hijos tampoco estaban en la casa de Flores, se acuerda que había sol, así que hizo lo mismo que hacía cada vez que se quedaba sola: ir a caminar la villa.

Ese día había feria en el barrio Rivadavia y el movimiento era mayor al de costumbre. Nélida caminó como había hecho tantas otras veces los últimos años, dobló las mismas esquinas, atravesó los mismos pasillos y miró las mismas casas, pero ese día lo vio: “Estaba con cuatro o cinco pibes. Estaba muerto de la risa”, se acuerda y aprieta el puño.

La Madre que buscó 7 años en la villa al asesino de su hijo

“Me quedé dura, se me aflojó el cuerpo, las piernas. Me tiré el pelo hacia delante y lo miraba, lo miraba. Pero estaba ida. Las facciones, los ojos, la cicatriz que le surcaba el maxilar, era él, era Facundo Caimo”, dijo a este sitio. Nélida estaba segura, era el hombre que buscaba hacía siete años, pero no podía reaccionar: “De repente siento que alguien me empuja, como si Octavio me dijera ‘mamá está ahí, qué esperás'”.

Se infiltró en una villa y le dio órdenes a Gendarmería de cómo desplegar el operativo

Nélida volvió en sí. A la villa, a ese pasillo, y de la confusión pasó al miedo de que Caimo se le escapara. Balanceándose para parecer drogada, algo encorvada hacia adelante y cubriéndose el rostro con el pelo para poder ver sin mirar, Nélida apretó el botón del su celular donde tenía agendado el teléfono de la Gendarmería. Cuando atendieron sus palabras fueron precisas: estaba frente a Facundo Caimo, pasó el número del expediente de la causa y dijo que en 10 minutos volvía a llamar. Cortó. Lo tenía todo planeado desde hacía años: “Una mujer pasaba caminando y le dije ‘Che vieja ese que está ahí se llama así y así’–Nélida nunca menciona a Caimo por el nombre–`Sí, es ese pero andate a tu casa que son malas personas, te pueden hacer algo’, me dijo. ‘Sí´’, le respondí yo con voz de extranjera, ‘compro droga y me voy´”.

Cuando volvió a hablar con Gendarmería, del otro lado de la línea ya estaban al tanto de la situación. Dio precisiones del lugar donde estaba Caimo y también dijo por los pasillos que iba a tratar de escapar. Se sabía la villa de memoria. Nélida se había infiltrado en la 1-11-14, el segundo asentamiento más grande de la Capital Federal, dicen que el más peligroso, encontrado a un asesino prófugo vinculado a una banda de narcotraficantes, y ahora le daba órdenes a las fuerzas de seguridad sobre cómo desplegar un operativo. Del otro lado escucharon las recomendaciones y cortaron.

“En segundos vino el helicóptero, estaba Gendarmería y también la policía. Un gendarme le gritó: `Tirate al piso hijo de puta´ y él trató de correr, pero otro grupo le salió al cruce por el otro lado. Lo rodearon. Entonces uno lo llamó por el nombre y el apellido, pero el decía que no se llamaba así. Yo lo vi todo, pero él nunca me vio a mí. Cuando lo esposaron me di media vuelta y me volví a mi casa sin decirle nada a nadie”, cuenta.

Justicia

EL JUICIO

El mismo día en que vio caer a Caimo, Nélida fue hasta el supermercado de su barrio y compró tintura para el pelo. Tiró la ropa que había usado y escondido meticulosamente a diario durante los últimos siete años y se dio un baño. Tiempo después se hizo poner también los dos dientes que se había arrancado.

Al día siguiente se despertó mucho antes de que amaneciera. No podía esperar a ir hasta Tribunales, subir al cuarto piso, preguntar por la causa y escuchar exactamente lo que escuchó: “Lo agarraron, está en el móvil 3 de Ezeiza”. Nélida agradeció y se fue.

Durante el juicio se pidió el testimonio de los padres y fue ahí que Nélida contó ante abogados, jueces, fiscales y su propia familia, lo que había estado haciendo a escondidas los últimos siete años. Nadie articuló palabra durante su relato. Sólo se interrumpió a ella misma para dirigirse a Caimo, por única vez en su vida, y apretando contra su cuerpo un marco con la foto de Octavio, decirle: “Esto te va a perseguir toda tu vida a vos”.

Facundo Caimo fue condenado a 15 años de prisión

Facundo Caimo fue condenado a 15 años de prisión por el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) 1 porteño por los delitos de homicidio simple en concurso real con homicidio en grado de tentativa (por las heridas que sufrió Patrick) agravado por la participación de un menor de edad.

Nélida hoy se sabe en peligro, pero dice que no tiene miedo: “Mi papá siempre me dijo, ‘vos nunca tengas miedo, porque el miedo te va a hundir'”, cuenta y asegura que si no hubiera encontrado a Caimo, todavía lo estaría buscando.

“Para mí todos los días son el día de la madre, no solamente el 18”, comenta en vísperas de la fecha, y habla de Sebastián, su nieto, al que le tiene que corregir una y otra vez para que le diga “Lela”, porque él insiste en decirle “mamá”, y aprovecha para compartir un recuerdo: “Me acuerdo que al día siguiente de que nació lo llevamos a casa y el papá lo acostó en la cama del hermano, de Octavio. De repente escuchamos ruidos y creímos que lloraba. Cuando vamos, él miraba para arriba y se mataba de la risa, solo. `Mirá mamá, está jugando con mi hermano’, dice mi hijo. Yo creo que Sebastián vino a tapar tristezas”, dice Nélida y, por primera vez en la entrevista, sonríe.

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