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La Imbecilidad, Pandemia de Nuestro País !

La Imbecilidad, Pandemia de Nuestro País

Por Leandro Rodríguez

La Imbecilidad, Pandemia de Nuestro País !

Marco Aurelio Denegri, en una de las versiones de su programa televisivo; su entrevistado de turno le preguntó al propio Denegri sobre ¿cual era la enfermedad, según su opinión, más grave del mundo y la que generaba mas muertes y desgracias?. La respuesta de Denegri, al margen de mostrar que es uno de los más firmes convencidos de que el mundo no tiene arreglo y que la inteligencia es un don de pocos, afirmó de que la imbecilidad es la única pandemia que no está en los registros de la Organización Mundial de la Salud y que es la enfermedad que mata más que el cáncer y que cualquier otra que se nos pueda ocurrir. Lo que sí aseguró es que la imbecilidad se administra por los medios de comunicación y se contrae por contagio. Este mensaje me hizo reflexionar y llegué a la conclusión de que nuestro país padece de esta plaga, de manera que podríamos calificarnos como un país donde prima la imbecilidad. Hace algunos años unos periodistas en sus acostumbrados reportajes que rayan en no solo la imbecilidad sino también en la estupidez preguntaron a los transeuntes de la ciudad de Arequipa sobre su opinión de que el volcan Misti fuera trasladado a Lima por decreto del gobierno. Las respuestas eran de las más descabelladas, la mayoría indicaba que sería injusto, que eso era un patrimonio de Arequipa y que el gobierno no debería proceder a ello. A mi me resultó gracioso y lo asocié a la ignorancia o a la manera en que los periodistas abordaron a sus entrevistados intempestivamente. Pero simplemente si miramos lo que ha ocurrido en nuestro país en los últimos años no dudo en pensar que las respuestas obedecían a que esa gente padecía simplemente de la enfermedad de la imbecilidad y la estupidez.

Pero, ¿que es la imbecilidad?. El diccionario de la Real Academia indica que es una forma de insuficiencia mental que impide vivir de un modo autónomo. Algunas definiciones mas generosas pero que encierran toda una verdad dicen, que la imbecilidad es la propiedad de algunos cerebros de no dejarse “contaminar por ninguna idea”.

Hace un tiempo leí un artículo de F. Guerrero que se titulaba “El Imperio de los imbéciles en las organizaciones” el cual afirmaba: “Cuando hay alguien inteligente, inmediatamente es detectado por los individuos imbéciles y toda una inmensa masa cae sobre él despiadadamente hasta destruirlo. Para ello, emplean todos los medios a su alcance, aunque sean laberínticos, con tal de lograr su objetivo. Es que los individuos imbéciles atacan con el mismo odio a la ciencia con la que Newton la defendía. Las personas inteligentes constituyen un estorbo para sus fines malévolos; por eso, los atacan sin piedad y con sadismo. Las personas imbéciles pasan la mayor parte de su tiempo pensando cómo hacer daño a las personas no imbéciles, obstaculizando el desarrollo normal de las actividades. Aquí radica la importancia de estudiar la imbecilidad, en la búsqueda de caminos que permitan identificar a los individuos imbéciles y, a su vez, conocer su verdadera naturaleza para estar en capacidad de enfrentarlos”.

Este pensamiento es totalmente aplicable en estos tiempos a la sociedad en la cual habitamos.

Nunca veo en la televisión, los programas que lleven a este cuestionamiento, particularmente estoy de acuerdo con Denegri cuando dice que la imbecilidad se administra y se contagia por los medios de comunicación, me refiero por ejemplo a programas como Magali TV, o el de J. Baily, etc, etc o derrepente escuchar las radios domésticas, que son muchísimas. Cuando empecé a pensar en este artículo a manera de experimento empecé a mirar esos programas y escuchar dichas radios; en algunos casos más de una hora consecutiva cuando manejaba mi auto o cuando esperaba en algún lugar también en el auto. Sugeriría a ustedes hagan el experimento si es que todavía no se han contaminado o contagiado con esta pandemia. Curiosamente sentirán que en su cerebro empiezan a ocurrir cosas increíbles, de pronto podemos pensar que el Misti si puede ser trasladado a Lima o que tenemos que elegir al candidato “menos corrupto”. O que cuando salieron los Petroaudios acusemos a los chuponeadores y no a los otros delincuentes, o que para el éxito de los inversionistas extranjeros tengan que hablar con el presidente, porque necesita un porcentaje de gloria, de pantalla, de satisfacer esa enfermiza necesidad de reconocimiento más grande que su gordura.

Parece que hay un paradigma que dice: “Hay que ser peruano para soportar esto”. No sé si en otros lugares la imbecilidad sea tan notoria, tan obvia, tan de las autoridades mediatizadas, pero de que hay que haber nacido acá para soportar esta estupidez rimbombante, hay que ser peruano. Y lo digo con el placer de quien recupera la capacidad de asombro, de quien encuentra interesante cada cosa que hace, del que espera encontrar algo nuevo – más allá y muy por encima de la imbecilidad visible – en cada cosa que pasa. Ya no nos asombra ver a alguien que conecta 50 aparatos a un tomacorriente en una instalación clandestina a todos los vendedores de un mercado y que en algún momento se incendia y lo pierden todo, y recién entonces la autoridad se ocupa y se habla del problema. Ya no nos asombra que las autoridades de ternos impecables y cloacas en la cabeza, estén seguras de que la plata es lo único importante, y que se unan a la corrupción. Vemos con cariño la imagen del presidente más corrupto, mediocre, hablador, y descarado del que tengo memoria, y del que a su alrededor se tejen las telarañas más extrañas y turbias que recuerdo desde su anterior gobierno.

Intento recuperar la capacidad de asombro con toda la intención de no perderla de nuevo, porque eso es lo que esperan los que nos gobiernan; que los demás se cansen, nos cansemos, para seguir en el juego de siempre. Hoy es uno de esos días en los que la cólera y la frustración me empujan a buscar mejores cosas. Ojalá esos días sean más largos y más contínuos.

La imbecilidad tiene sus características que lo enumeran algunos pensadores, entre estas tenemos:

El racismo; es penoso, triste y humillante que haya seres humanos en nuestro país que crean esto. Pero sin embargo, la discriminación continúa siendo una cruda realidad. Creer que un ser humano vale más porque usa ropa de marca, aunque parezca mentira, ¡hay gente que se lo cree! No nos damos cuenta acaso que lo más lindo comienza cuando nos quitamos la ropa… ¿Será que a la imbecilidad no le interesa eso?. Pensar que los pobres son pobres porque quieren. Y lo dicen y repiten convencidos. Esta gente aparentemente nunca vio como trabaja un albañil (pobre) en una obra en construcción ¿Por qué se creerá que a alguien le gusta vivir en la pobreza?. Vanagloriarse de saltar las reglas. Para ser un buen -o buena- imbécil hay que sentirse orgulloso de poder saltar el sistema normativo; en otros términos, forzar continuamente el ordenamiento que nos hace animales culturales, seres simbólicos que respetamos los derechos del otro: pasar un semáforo en rojo, no pagar impuestos, hacer trampa cada vez que se pueda. Es decir: pasar sobre el otro. Para ello puede usarse cualquier justificación, por supuesto.

Actuar a partir de prejuicios. No se puede ser un buen imbécil si no se dispone de una buena dotación de prejuicios. No importa que los mismos sean ilógicos, indemostrables, vacíos, inconsistentes; lo importante es que funcionen, que den todo masticado, resuelto, que sean lo que dirige la vida. Tener una buena explicación prejuiciosa para cada cosa ahorra el duro trabajo de pensar por sí mismo.

Dejarse llevar por la corriente, repetir lo que hay que repetir. Claro que esto, sin dudas, ahorra problemas, remar contra la corriente nunca ha sido fácil. Es más cómodo sentirse uno más en el rebaño, delegar, repetir lo que “se debe” repetir. Así se han construido hasta ahora en nuestra historia, las relaciones entre grupos, entre sociedades (la actual cultura televisiva lo ha llevado a niveles inimaginables). En otros términos: aceptar que el poder es unidireccional, que uno obedece y que otro -en general, muchos- obedecen. La cuestión del poder horizontal, el poder como ejercicio democrático (no las elecciones, obviamente), choca con la actitud de imbecilidad. Para ser un buen imbécil no hay que cuestionar nada.

Estar convencido que ser “ganador” es tener una actitud viril y de desprecio sobre el otro. Dicho sencillamente, relacionarnos unos con otros con un patrón varonil, destructivo, y a partir de él, montar toda una cultura donde “es mejor el que la tiene más larga”. Por cierto que esto es el grado sumo de la imbecilidad, pero es el modelo con el que hasta ahora hemos ido construyendo la historia; claro, una historia desastrosa, de violencia y muerte, donde el que no piensa como yo es un estúpido, donde nos autorizamos a usar al otro como instrumento en función de nuestro propio proyecto, una historia que pone a todo nuestra sociedad al borde de la posible autoeliminación.

Nos seduce estar en la cúspide, tener esa sensación de sentirse “más que otro”. El poder, hasta ahora al menos, es eso. Y lo más común es aspirar a tenerlo. La solidaridad y el compartir por igual la aventura de la vida no se ve como algo viable ni en las familias; la tendencia es aspirar a “salvarse” en primera persona creyendo que lo mío es lo mejor, buscar ser un “ganador”, aunque elimine al otro para conseguirlo. ¿Pero será que somos tan imbéciles? ¿No podemos hacer nada para cambiarlo?

Todos podemos desarmar estos puntos y lo planteado en este artículo, pero ello implica un gran esfuerzo pero el resultado final puede valer la pena, el desafío es hacerlo y está abierto y empecemos por nuestros mismos hogares.

Necesitamos, quien lo duda, alimento, vestido, casa y cultura, libertad de expresión y conciencia, para llevar adelante una vida digna. Pero necesitamos también, y en ocasiones todavía más, consuelo y esperanza, sentido y cariño, esos bienes de gratuidad que nunca pueden exigirse como un derecho; que los comparten quienes los regalan, no por deber, sino por abundancia del corazón. Ese es el remedio para la imbecilidad. Educar para el siglo XXI sería formar ciudadanos bien informados, con buenos conocimientos, y asimismo prudentes en lo referente a la cantidad y la calidad. pero es también, en una gran medida, en una enorme medida, educar personas con corazón, con un profundo sentido de la justicia sin que primen intereses lucrativos.

¿hasta donde podemos llegar cuando la presión social imperante no abona el más elemental respeto, sino que premia a los torturadores, a los asesinos, a los desalmados, a los que desprecian el dolor y el sufrimiento de otros?, ¿hasta donde podemos llegar cuando la presión social recompensa a los que no tienen corazón? Tenemos que trabajar en erradicar el “analfabetismo emocional” sinónimo de la imbecilidad que es una fuente de conductas agresivas, antisociales y antipersonales; que desgraciadamente se multiplican en los distintos países, desde la escuela la familia, el fútbol, y a todas las manifestaciones de nuestra vida.

link:

http://www.leandrorodriguez.org/articulos/pandemia.htm

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