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La Huida

El automóvil se introducía cada vez más por el sendero de tierra hacia la espesura del bosque. La hierba, los arboles de troncos viejos y henchidos, las ramas de cuanto arbusto fresco y verdenilo y toda la floresta silenciosa, nos abría sus puertas e iba atrapándonos, atrayéndonos más y más hacia sus entrañas. Las alturas, en una techumbre de hojas y maderos, cubrían la noche de todas las estrellas que dejáramos atrás en el camino.

El ronroneo del motor se camuflaba con los cantos de grillos y pretendíamos así distinguir el murmullo cuando pasábamos cerca de un charco; entonces algunos sapos salían del agua a observarnos y reclamaban la interrupción de cuanta cosa hacían por la noche.

Todo se llenaba de sombras oscuras y silencios ruidosos y desconocidos. En ese atrapado sentimiento de pálpito y misterio, nuestra vista fija en el cristal, hacia la luz de los focos del vehículo, seguíamos hacia más allá, solos y callados. Le miraba conducir, pálida y tensa mientras a ratos fumaba su cigarrillo. Le había visto otras veces algo alterada por el trabajo y también por el exceso de preocupaciones; sin embargo en aquella noche que avanzaba sobre sus horas a un ritmo tan violento que me exaltaba, habían otras preocupaciones, otros problemas, y en el centro de todo, la pureza del aire me lo recordaba, la extraña sensación de saberlo todo perdido; para ella, para todos.

Envueltos por la espesura seguíamos el camino terroso sin esperar un claro aunque en cada pensamiento que mantenía nuestras miradas fijas entre las orillas del sendero, esperábamos encontrarlo.

Escapar de la ciudad había sido el primer deseo. Huir del bullicio, de la presión de cientos y cientos de personas apretujadas en las calles, el aire húmedo y oscurecido que se mantenía latente a unos metros de las cabezas y hacia sudar cuerpos y asfaltos entre los empellones y bocinazos. Cada hora transcurrida en la proximidad del verano recargaba el presagio de las tormentas con sus millones y millones de gotas de agua tan pesas y monótonas, aumentando la temperatura, saturando el ambiente de una pesada angustia.

Fuera de allí, al llegar a las formaciones de árboles que indicaban el bosque, era la frontera. Hacia allá cruzando la primera y ordenada arboleda, las luces de la ciudad se perdían hasta en el recuerdo y desde ese instante era entregarse a la espesura malezada de arbustos.

El concurso estético de colores y formas vegetales, llenas de paz y senectud se transformaban al caer la noche en una serie de angustiosas sombras perfumadas. La gran escapatoria casi no tenía límites. Todo se perdía a unos metros hasta donde llegaba la fuerza sensual y agreste. La tranquilidad y el silencio para hablar y discutir las desilusiones comunes, buscándolas donde se perdían las luces de la metrópoli, se encontraba en el verde agreste pero en demasía. Esa tranquilidad y ese silencio buscado se transformaban en un inmenso reloj que nos golpeaba la cabeza segundo a segundo como un gong multitudinario y que nos detenía hasta el latido de las vísceras para indicárnoslo y hacérnoslo responsable y asumido.

Era como un complot terrenal en que hombres, circunstancias y espacios se ofrecían de fiscales sin que pudiésemos mantener nuestra defensa a partir de nuestra mutua unidad.

Mientras el ronroneo del motor continuaba ahogando los silencios, detenía mi mente en aquel seguro pensamiento, buscando y esperando de todas las formas desuniformes de las sombras que me pasaban frente y al lado de los ojos, aquel ente o instrumento que me permitiera conseguirlo. Junto a eso, la lucha brutal de la soledad se debía dar en el centro o en los flancos de la ciudad, en el territorio de todos los enemigos. Entonces después de cientos de minutos repasados en el trajín de ofuscaciones y temores, lo mejor era volver, emprender el regreso a hablar y hacerse oír entre los gritos de las calles y viviendas. Se lo hice saber, me miro en una comprensión de saber un triunfo bajo la manga, retomó el camino pasado y aumento la velocidad. A medida que nos acercábamos a las grandes sombras de la frontera metafórica, comenzábamos a ver las primeras estrellas cuya luz desvelada caía en paz sobre nuestros ojos. Encendí la radio y la música vino a los oídos. Me miró y largamos a reír y en esa risa suave y sincera, se encontraba el germen de una promesa de unidad. Después de todo, podíamos ser más que nosotros mismos en cada parte en que pasara la existencia.

La Huida

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