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La Guerra de Sucesión Española.

La Guerra de Sucesión Española.
El mariscal Villars liderando la carga francesa durante la batalla de Denain.

Pequeña introducción al tema.

La Guerra de Sucesión Española fue un conflicto dinástico español que se inició tras la muerte sin descendencia del rey Carlos II de España. El trono de España correspondía a Felipe V de Borbón, nieto del rey francés Luís XIV, pero el miedo de muchas potencias europeas a una unión dinastica entre Francia y España generó que apoyaran al archiduque Carlos de Austria en sus pretensiones al trono español. El conflicto dinástico se convirtió en una feroz guerra internacional que decidiría para siempre los destinos de toda Europa. Este conflicto marcó el punto final para España como potencia hegemónica en Europa, convirtiéndose a partir de entonces en una potencia de segunda fila. El conflicto sucesorio se convirtió además en una verdadera Guerra Civil entre la Corona de Castilla y la Corona de Aragón, que se saldó con la perdida de los históricos fueros aragoneses y catalanes.

Carlos II y la llegado de los Borbones al trono español.

La Guerra de Sucesión Española.
Carlos II de España, último rey español de la dinastía Habsburgo
El rey Carlos II de Habsburgo, apodado “El Hechizado”, siempre ha sido maltratado por la Historiografía. Los historiadores se limitaban a leer y repetir las fuentes de la época sin analizar científicamente y con rigor su figura, por ello la imagen de rey poco inteligente, estéril y enfermizo es la que aún predomina en nuestros días. Es cierto que Carlos II era estéril y sufría de muy mala salud, pero era un buen rey que mediante su “valido” (primer ministro), el duque de Medinaceli, quería emprender las reformas que tanto necesitaba la decadente España de la época. Desde la época del rey Felipe III el Imperio Español había alcanzado tal grado de desarrollo que los reyes necesitaban contar con validos y secretarios que les ayudaran a administrar el complejo Estado, pero los bandos nobiliarios solían disputar sórdidamente entre ellos por ocupar el cargo de valido del rey, lo que generaba una alta inestabilidad política. Las reformas políticas y económicas que pretendía llevar a cabo Carlos II no pudieron concretarse por la férrea oposición que encontró en los nobles y la Iglesia, los cuales temían perder sus vastos privilegios económicos y sociales.

La mala salud de Carlos II y su falta de herederos convirtieron su sucesión en el principal asunto político europeo. Las vastas propiedades que tenia España eran un ambiciado botín que se empezaron a disputar por un lado Luís XIV de Francia, cuya madre, Ana de Habsburgo, era hermana del rey Felipe IV y su esposa, Maria Teresa de Habsburgo, era hija de Felipe IV y por otro lado el emperador Leopoldo I hijo también de una hermana de Felipe IV y casado con Margarita de Habsburgo, hija también de Felipe IV. Al estar primeras en la línea sucesoria la madre y esposa de Luís XIV por ser hijas mayores, correspondía a éste la sucesión, pero en el “Tratado de los Pirineos” de 1659, en el que se acordó la boda entre Luís XIV y Maria Teresa, existía una cláusula mediante la que Luís XIV renunciaba al trono de España a cambio de una compensación de medio millón de escudos de oro. España jamás pago la compensación económica, por tanto, legalmente Luís mantenía el derecho al trono.

En la última década del siglo XVII se extendió en la corte de Madrid una opinión favorable a que se convocaran las Cortes de Castilla para que resolvieran la cuestión sucesoria si el rey Carlos II como era previsible moría sin descendencia. Esta opción era apoyada por la reina Mariana de Neoburgo, el embajador del Imperio Aloisio de Harrac, por algunos miembros del Consejo de Estado y del Consejo de Castilla que ya en 1694 defendieron «la reunión de Cortes como único remedio de salvar la monarquía». Sin embargo, frente a esta opción “constitucionalista” se impuso la posición absolutista que defendía que era el rey quien en su testamento debía resolver la cuestión.

Cuando en 1696 Carlos II testó a favor de José Fernando de Baviera y, sobre todo, cuando en 1698 se conoció en Madrid la firma del Primer Tratado de Partición, que dejaba al archiduque Carlos únicamente con el Milanesado, se formó en la corte un “partido alemán” (o austracista) para presionar al rey para que cambiara su testamento en favor del segundo hijo del emperador. Ese “partido alemán” estaba encabezado por Juan Tomás Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla y por el conde de Oropesa, presidente del Consejo de Castilla y primer ministro de facto, y el conde de Aguilar, y contaba con el apoyo de la reina y del embajador del Imperio. Frente a él se alzaba el “partido bávaro”, encabezado por el cardenal Luis Fernández de Portocarrero, y el embajador de Luis XIV, el marqués de Harcourt, que seguía presionando para defender los derechos de Felipe de Anjou.

La cuestión sucesoria se convirtió en una grave crisis política a partir de febrero de 1699 cuando se produjo la muerte del candidato escogido por Carlos II, José Fernando de Baviera –de siete años de edad–, porque el “partido bávaro” del cardenal Portocarrero al haberse quedado sin candidato se acabó inclinando por Felipe de Anjou. Nació así el “partido francés” que acabaría ganándole la partida al “partido alemán”, gracias entre otras razones a la eficaz gestión del embajador Harcourt –que no excluyó el soborno entre la Grandeza de España, “frente al ineficaz embajador austríaco Aloisio de Harrach, cuyas relaciones con la reina, por si fuera poco, nunca fueron buenas”. “Mientras Carlos II era sometido a exorcismos para librarse de supuestos hechizos”.14 nota 4 El marqués de Villafranca, uno de los miembros más destacados del grupo de Portocarrero, justificó así la decisión a favor del candidato francés:

Mirando a la manutención entera de esta Monarquía hay poco que dudar, o nada, en que sólo entrando en ella uno de los hijos del Delfín, segundo o tercero, se puede mantener

Así pues, Carlos II, persuadido también de que la “opción francesa” era la mejor para asegurar la integridad de la «monarquía católica» y de su Imperio –y ello a pesar de las cuatro guerras que había mantenido contra Luis XIV a lo largo de su reinado: Guerra de Devolución entre 1667 y 1668; Guerra de Holanda entre 1673 y 1678; Guerra de 1683-1685; y Guerra de los Nueve Años entre 1688 y 1697– testó el 2 de octubre de 1700, un mes antes de su muerte, a favor de Felipe de Anjou, hijo segundo del Delfín de Francia y nieto de Luis XIV, a quien nombró «sucesor… de todos mis Reinos y dominios, sin excepción de ninguna parte de ellos» –con lo que invalidaba los dos tratados de partición–.

En el testamento Carlos II establecía dos normas de gran importancia y que el futuro Felipe V no cumpliría. La primera era el encargo expreso a sus sucesores de que mantuvieran «los mismos tribunales y formas de gobierno» de su Monarquía y de que «muy especialmente guarden las leyes y fueros de mis reinos, en que todo su gobierno se administre por naturales de ellos, sin dispensar en esto por ninguna causa; pues además del derecho que para esto tienen los mismos reinos, se han hallado sumos inconvenientes en lo contrario». Así decía que la «posesión» de «mis Reinos y señoríos» por Felipe de Anjou y el reconocimiento por «mis súbditos y vasallos…»'[como] «su rey y señor natural» debía ir precedida por «el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos», además de que en el resto del testamento se incluían nueve referencias directas más al respeto de las «leyes, fueros, constituciones y costumbres». Según Joaquim Albareda, todo esto manifiesta la voluntad de Carlos II de «asegurar la conservación de la vieja planta política de la monarquía frente a previsibles mutaciones que pudieran acontecer, de la mano de Felipe V». La segunda norma era que Felipe debía renunciar a la sucesión de Francia, para que «se mantenga siempre desunida esta monarquía de la corona de Francia».

En conclusión, la elección de Felipe de Anjou se debió a que el gobierno español tenía como prioridad principal la conservación de la unidad de los territorios del Imperio español, y Luis XIV de Francia era en ese momento el monarca con mayor poder de Europa y, por ello, prácticamente el único capaz de poder llevar a cabo dicha tarea.

El nacimiento de la Gran Alianza antiborbónica

La apertura del Imperio español al comercio francés confirmó el temor de las dos potencias marítimas de la época, Inglaterra y las Provincias Unidas, de que Francia pretendía adueñarse del comercio español con América, por lo que el 20 de enero de 1701 firmaron una alianza para realizar operaciones conjuntas contra Francia y dieron su apoyo a las aspiraciones del segundo hijo del Emperador Leopoldo I al trono español. Cuando se conocieron las concesiones hechas por Felipe V a la “Compagnie de Guinée” en la trata de esclavos –que coincidió con el reconocimiento por Luis XIV de Jacobo III Estuardo en sus aspiraciones al trono de Londres–, Inglaterra y las Provincias Unidas, promovieron la formación de una gran coalición antiborbónica. Así el 7 de septiembre de 1701 se firmó el Tratado de La Haya que dio nacimiento a la Gran Alianza, formada por el Sacro Imperio, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Prusia y la mayoría de los estados alemanes, que declaró la guerra a Luis XIV y a Felipe V en mayo de 1702. El reino de Portugal y el Ducado de Saboya se unirían a la Gran Alianza en mayo de 1703.

La guerra se inició al principio en las fronteras de Francia con los Estados de la Gran Alianza, y posteriormente en la propia España, donde se convirtió en una guerra europea en el interior del país, desembocando en una auténtica guerra civil, básicamente entre la Corona de Aragón, partidaria mayoritariamente del Archiduque, el cual había ofrecido garantías de mantener el sistema “federal” de la Monarquía Hispánica, y la Corona de Castilla, que había aceptado a Felipe V, cuya mentalidad era la del estado centralista de monarquía absoluta comparable al modelo de la Francia de la época. Terminada la guerra, los Estados de la Corona de Aragón desaparecieron al ser suprimidas sus leyes e instituciones propias sustituidas por las “leyes de Castilla, tan loables y plausibles en todo el universo” –como se decía en el Decreto de Nueva Planta de 1707 que puso fin a los reinos independientes de Aragón y de Valencia–, y sólo las “provincias” vascongadas y el Reino de Navarra mantuvieron sus leyes e instituciones propias al haberse mantenido fieles a la causa borbónica.

La Guerra de Sucesión Española.
Felipe de Borbón, duque de Anjou, en 1701

La Guerra de Sucesión Española.

Si bien en un principio sólo Austria se negó a reconocer a Felipe V como rey de España, una serie de torpezas cometidas por el monarca francés Luis XIV traería como consecuencia una larga guerra, que durante doce largos años ensangrentaría los campos europeos.
Las Causas.
La oposición austriaca al testamento de Carlos II.

La política desacertada del Rey Sol al declarar, en diciembre de 1700, que el nuevo monarca español, su nieto, no podía renunciar a sus derechos sobre la corona francesa, lo que abría la posibilidad de reunión de ambos tronos en un solo soberano, rompiéndose así la Teoría del Equilibrio Europeo.

La apertura a Francia del comercio con las Indias, que provocó el recelo de Inglaterra y Holanda.

La toma por parte de Francia de las plazas de la “Barrera Belga”, lo que suponía un peligro para la Holanda.

Los contendientes

El emperador Leopoldo I supo aprovechar hábilmente aquella situación para formar la Gran Alianza de La Haya (1 septiembre de 1701), en la que se integraron Austria, Inglaterra, y la mayor parte de los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico. A esta coalición se unieron, en 1703, Portugal y Saboya. Cada uno de los aliados pretendía una parte de Imperio español: si alcanzaban la victoria, Inglaterra recibiría Menorca, Gibraltar, Ceuta y la tercera parte de las Indias españolas; Holanda, parte de Flandes y otro tercio de las Indias; El Milanesado sería para el Imperio; Galicia y Extremadura para Portugal; y el resto de la monarquía española quedaría para el archiduque Carlos, segundo hijo del emperador alemán.

Frente a ellos, Felipe V contaba con Francia, dos príncipes alemanes, y como es natural con España, aunque algunos súbditos de la corona de Aragón cambiarían de bando en 1705.

La Guerra de Sucesión Española.

Los jefes militares

En esta contienda tuvieron ocasión de distinguirse grandes militares, entre los cuales merecen mención:

El general inglés John Churchill, duque de Marlborough, cuyo nombre se hizo tan famoso en Francia y en España, que se ha perpetuado en ambos países en canciones infantiles: el célebre Mambrú, vulgarización de su título nobiliario.

La Guerra de Sucesión Española.La Guerra de Sucesión Española.
Izquierda: John Churchill, duque de Marlborough. Derecha: Jacobo Stuart Fitz-James, duque de Berwick
Jacobo Stuart Fitz-James, duque de Berwick, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra y sobrino de Marlborough, que se naturalizó francés al perder su padre la corona, y consiguió para los borbones el triunfo de Almansa.

El mariscal Eugenio de Saboya-Carignano que, aunque nacido francés, combatió en el bando austriaco.

Claudio Luis Héctor, duque de Villars, mariscal de Francia, posiblemente el mejor general de Luis XIV en la Guerra de Sucesión.

Luis José de Borbón, duque de Vendome, militar francés fallecido en Vinaroz y sepultado en El Escorial por orden de Felipe V.

La Guerra en Europa.

Los hechos de armas fueron, en general, desfavorables para las tropas borbónicas a lo largo del conflicto en los campos de Europa (exceptuando la Península). Las hostilidades comenzaron ya en 1701 en el norte de Italia, entre austriacos y franco-españoles, resultando heridos el propio Felipe V en Luzzara (14-15 de agosto de 1702). En el frente de batalla de Flandes y el Rin, Marlborough se apoderó de Lieja y, junto a Eugenio de Saboya, venció a los franceses en Höchtädt (13 de agosto de 1704). Una reacción hispano-francesa permitió la toma del Ducado de Saboya. Poco antes, el 4 de agosto de 1704, la escuadra inglesa había ocupado Gibraltar en nombre del pretendiente.

En 1706, tras las decisivas batallas de Ramillies y Turín, España dejaba de dominar Flandes y el Milanesado. En 1707, la escuadra anglo-holandesa se apoderaba de Orán, Cerdeña y Menorca. En 1709, Luis XIV inició gestiones para conseguir la paz, pero fracasaron ante las duras condiciones de los aliados, que le exigían luchar contra su propio nieto. Aquel mismo año, los partidarios del archiduque consiguieron que éste fuese reconocido como rey de España por el Papa Clemente XI, lo que provocó la ruptura de relaciones entre Felipe V y el Vaticano.

Los fallecimientos sucesivos de Leopoldo I (1705) y de su primogénito José I (1711), que elevaron al trono imperial al archiduque Carlos, resultaron decisivos. Inglaterra, que entre otras cosas luchaba para impedir la eventualidad de la unión de las coronas francesa y española, viendo que de continuar la contienda, con toda seguridad acabarían reunidos los tronos del Sacro Imperio Romano Germánico y España, se apresuró a comenzar las negociaciones de paz, que culminaron en 1712 con la renuncia de Felipe V a sus derechos sucesorios sobre el trono francés. Ni Holanda, ni Portugal, ni el Imperio aceptaron el cese de hostilidades, continuando la guerra en Flandes, donde Villars derrotó a Eugenio de Saboya cerca de Denain, victoria que permitió un respiro a Francia. Portugal, y poco después Saboya y Holanda, se adhirieron armisticio unos meses más tarde; sólo Austria mantuvo la guerra hasta que la ocupación francesa de Friburgo obligó a los Habsburgo a firmar la paz.

La Guerra Civil

Hacía más de cuatro años que Felipe V reinaba en España con el acatamiento de todos sus súbditos, cuando en el verano de 1705, algunos territorios de la corona de Aragón reconocieron como rey al pretendiente austriaco con el nombre de Carlos III, desacatando la autoridad de Felipe V. Este levantamiento vino determinado por:

La propaganda austriaca, que insistía en el carácter centralista de la administración borbónica.

Algunos atentados cometidos contra el régimen autónomo tradicional.

La coactiva presencia de la escuadra aliada en distintos puertos mediterráneos.

La Guerra de Sucesión Española.
Batalla de Almansa

Dentro de la gran complejidad de la sublevación, se puede, sin embargo, afirmar la ausencia en todo momento de un sentimiento separatista. En el plano estamental, la confrontación presentó un doble cariz; en la corona de Castilla, pueblo y clero apoyaron la causa borbónica, mientras la alta nobleza era partidaria del archiduque; por el contrario, en la corona de Aragón, se invirtieron los términos.

En 1706 la causa se presentaba mal para Felipe V, llegando al extremo de tener que abandonar Madrid ante el ataque del pretendiente. En abril de 1707, las fuerzas franco-españolas derrotaron al ejército aliado en Almansa, propiciando así la caída de gran parte de los reinos valenciano y aragonés. Durante 1708, las tropas felipistas completaron su dominio sobre Valencia al tiempo que avanzaron hacia Cataluña.

La Guerra de Sucesión Española.
Batalla de Villaviciosa

En 1710, una ofensiva aliada desde Barcelona logró detener a las fuerzas borbónicas en Almenara, llegando incluso a tomar de nuevo Madrid. Sin embargo, las victorias de Brihuega y Villaviciosa de Tajuña (Guadalajara), decidieron la guerra en España a favor de Felipe V. Poco a poco, los austriacos abandonaron Cataluña a su suerte. Barcelona cayó tras heroica resistencia en 1714.

Con la toma de Palma de Mallorca en julio de 1715 terminaba definitivamente la Guerra de Sucesión Española, cuando hacía tiempo que se había firmado la paz general.

La Guerra de Sucesión Española.
Toma de Barcelona

El Fin de la Guerra: El Tratado de Utrecht

La guerra concluyó con la firma del Tratado de Utrecht en 1713. El tratado estipuló lo siguiente:

Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de España pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona francesa.

Los Países Bajos españoles y los territorios italianos (Nápoles y Cerdeña) pasaron a Austria. El reino de Saboya se anexionó la isla de Sicilia.

Inglaterra obtuvo Gibraltar, Menorca y el navío de permiso (derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las Indias).

Conclusiones

A la pregunta ¿quién ganó la Guerra de Sucesión Española? la respuesta suele ser unánime: la Monarquía de Gran Bretaña —que consiguió el dominio del Atlántico y del Mediterráneo, con las bases de Gibraltar y de Menorca, y que puso los cimientos del Imperio Británico, con las concesiones territoriales y comerciales que consiguió en América—. Pero también salieron beneficiados, aunque en menor proporción, los otros dos firmantes de la Gran Alianza de 1701: las Provincias Unidas y el Imperio Austríaco. Este último se quedó con las posesiones de la Monarquía Hispánica en Italia y en los Países Bajos, aunque Carlos VI no consiguió la Corona española. La Monarquía de Francia, por su parte, alcanzó el objetivo de situar en el trono español a un borbón, aunque no sólo no obtuvo ningún rédito de ello sino que pagó un alto precio pues Francia salió de la guerra con una grave crisis financiera que arrastraría a lo largo de todo el siglo XVIII. “Fue la fortuna de su familia la que guió la actuación de Luis XIV antes que los dictados de la razón de Estado”, afirma Joaquim Albareda.

En cuanto a la Monarquía de España el desenlace de la guerra supuso la entronización de la nueva dinastía borbónica, a costa de la pérdida de sus posesiones en Italia y los Países Bajos, más Gibraltar y Menorca, y de la pérdida del control del comercio con el Imperio de las Indias, a causa de la concesión a los británicos del asiento de negros y del navío de permiso. Con todo ello se produjo, según Joaquim Albareda, “la conclusión política de la decadencia española”. Así pues, Felipe V fracasó en la misión por la que fue elegido como sucesor de Carlos II: conservar íntegros los territorios de la monarquía.

A nivel interno Felipe V puso fin a la Corona de Aragón por la vía militar y abolió las instituciones y leyes propias que regían los estados que la componían, instaurando en su lugar un Estado absolutista, centralista y uniformista, inspirado en la Monarquía absoluta de su abuelo Luis XIV y en algunas instituciones de la Corona de Castilla. Así pues, se puede afirmar que los grandes derrotados de la guerra fueron los austracistas defensores no sólo de los derechos de la dinastía de los Austrias sino del mantenimiento del carácter “federal” de la Monarquía Hispánica.

Según la historiadora y periodista suiza Sibille Stocker y el también historiador de la misma nacionalidad Christian Windler, autores de Instituciones y desarrollo socioeconómico en España e Hispanoamérica desde la época virreinal (Bogotá, 1994), en el terreno económico, los territorios de la Corona de Aragón se beneficiaron ampliamente de la derogación de las aduanas, así como del acceso a un nuevo y amplio mercado; especialmente Cataluña que pudo amplificar sus réditos, al comerciar con las colonias americanas. Las reformas del nuevo Rey, crearon un ambiente positivo que favoreció considerablemente la artesanía, la industria y el comercio, lo que derivó en un ambiente favorable para la pacificación entre los contendientes en el conflicto.

Según el historiador Ricardo García Cárcel, la victoria borbónica en la guerra supuso el “triunfo de la España vertical sobre la España horizontal de los Austrias”, entendiendo por “España horizontal”, la “España austracista”, la que defiende “la España federal que se plantea la realidad nacional como un agregado territorial con el nexo común a partir del supuesto de una identidad española plural y «extensiva»”, mientras que la “España vertical” es la “España centralizada, articulada en torno a un eje central, que ha sido siempre Castilla, vertebrada desde una espina dorsal, con un concepto de una identidad española homogeneizada e «intensiva»”.

Según el historiador Juan Pablo Fusi, la nueva monarquía llevó a cabo reformas favorables de gran calado: se promovió la educación, el patronazgo de academias y se realzó la investigación científica, especialmente en las ciencias médicas y en matemáticas. Así mismo se llevaron a cabo reformas positivas en el sistema de producción, con la creación de reales fábricas; esto conllevó a una consecuente innovación de las técnicas productivas, de reanimación de sectores “decaidos” y a la creación de sectores productivos antes inexistente.

La Guerra de Sucesión Española.
Retrato de Felipe V de España, de Jean Ranc (1723)

Dado que es un tema bastante extenso, traté de reunir textos de wikipedia y otros resúmenes recopilados de distintas páginas para que no fuese tan largo.

Gracias por pasarse.

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