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La grieta [Cuento sobre]

Una pequeña reflexión del momento que vivimos los argentinos, divididos y a la vez en el medio de la división:

La grieta [Cuento sobre]

Como doctor, profesor e investigador de idiomas, puedo dar fiel cuenta de que son extraños los casos como el de esta fresca mañana. Pero éste, sin dudas, es el más extraño de todos. Quiero decir, pocas veces llegan manuscritos tan antiguos y denostados y, si llegan, el contenido de los mismos no difiere de resúmenes diarios u ordenanzas detalladas. Pero estoy apresurando el paso y no estoy siendo preciso.

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Prosigo a comentar, entonces, que esta mañana un joven cadete me ha traído a la oficina del instituto un sobre. Sin ignorar yo la aletargada mancha de café que recorría su desgastada textura, abrí sin esperanzas el envoltorio. El material que custodiaba era, contradiciendo a mis prejuicios, un manuscrito antiguo. El mismo constaba de un solo papel, una sola página, una sola mancha de tinta gastada. No tardé más de un cuarto de minuto para resolver que se trataba de un escrito en idioma bizcorro. Pocos conocerán el idioma al que hago referencia. Pues no es para menos, ya que pocos conocen al pueblo que lo pronunció. La ya olvidada comunidad de Nasteres. En mis años de estudiante de posgrado estudié su lengua tosca y minimalista con mucho desinterés, pues poco confiado estuve en encontrar algo atrapante en los discursos que estos antiguos comunitarios trazaban a mano. Eran, según la historia que escriben los académicos, una comunidad acortada, rudimentaria, de comunicación casi nula y que trabajaban aisladamente. Nunca había ahondado yo en mi caprichosa mente el por qué una comunidad así tendría un lenguaje y una escritura. Seres salvajes e ineptos que desaparecieron en el amanecer de la historia y que por ella misma fueron ignorados.

La grieta [Cuento sobre]

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Ese de ahí fui yo escribiendo y pronunciándome como yo escribía y me pronunciaba hasta antes de esta mañana. Mi día ha sido largo y a mi insomnio parece ganarle el sueño la pulseada. He dedicado mis últimas horas a traducir e interpretar aquel papel descubierto por un grupo de arqueólogos, vaya a saber uno dónde y cuándo. Aún no recupero mi cordura y no lo he averiguado, pero supongo que se trata de alguna expedición en el Norte hace poco más de un año, debido al gastado sobre. O quizá le dieron poca importancia al descubrimiento, como yo en un principio, y lo archivaron en el primer envoltorio a la vista. Pues así me indica también el hecho de que haya llegado sin ningún apartado en el que se me indique su procedencia o su antigüedad. Sin decir más, procedo a brindar mi traducción de este manuscrito, dejando a entrever que usted, lector, debe asimilarlo bien y le aseguro que no será menor su asombro. Es justo entender su rudo y directo mensaje, pues es una comunidad muy antigua:

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“El dolor por momentos ha sido intolerable. Desde que llegaron al poder, los Rudimitas sembraron la violencia y el castigo. Yo he sido testigo y he sido sufriente de los mismos, como sabrán, mis kunianos (N. del E.: nunca estudié la palabra “kunianos”, pero supongo hace referencia a “vecinos”).

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Desde que se establecieron, allá en el Año del Viento, han perseguido y masacrado a quienes se han opuesto y se oponen. Pero también han sabido dar pocas señales de bondad y agradecimiento para quienes no han ostentado su lugar.

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De esto atestigüé porque fui fiel trabajador y no fui traidor a mi comunidad ni a mi labor. No me interesaba otra posición y no necesitaba mucho más. Mi familia tenía lo necesario. Mi amada los preparaba y mis hijos aprendían para asumir pronto mi lugar. Yo no había sufrido aún ningún maltrato y mis pensamientos se centraban en mi labor y en el bienestar de mí y de mi familia.

La grieta [Cuento sobre]

Quiero explicar que los rumores sobre Ellos habían llegado a mis oídos. Pero, por el Ojo de Harda, nunca tuve contacto antes de esto. Siempre he dudado de su existencia. O dudaba. Pero los Rudimitas no me creyeron. Algún fuerte rumor llegó de algún lado. Y ellos en su rápido accionar me apresaron. Y el dolor por momentos ha sido intolerable.

La grieta [Cuento sobre]

Todos saben el método, pues lo han visto en la plaza. Ese mismo método atemorizante, por el cual muchos de vosotros cabizbajos continúan su labor, mis kunianos. El sólo hecho de beber mi propia sangre ha sido horrible. Y las llagas en las plantas de mis pies aún me dificultan el andar. La piedra afilada es mucho más dolorosa de lo que parece. Su rugosidad es penetrante y los músculos, en su interior, se hacen más sensibles frente a la misma.

La grieta [Cuento sobre]

Sólo agradezco a Harda por el aliento que me ha dado, en gratitud a mi labor y el bien obrar de mi familia. Sólo así pude soportar tanta pena. Pena que ha atravesado mi carne. Pena que ha estorbado mi aura. Qué de mí, sin aquel aliento, podría haber continuado sabiendo que ella, mi mujer, mi amada, mi luz era, a la vez, mi sombra. Los reclutas investigaron mejor durante mi estadía en la plaza. El rumor era equívoco, pero cercano. No era yo a quién buscaban, pues era ella, mi luz.

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Yo no sabía, no comprendía. Y aclaro, fue mucho peor beber su sangre, comer su carne, acariciar sus cenizas. Después de mucho derramar mi agua de sal, los Rudimitas me liberaron. No sin antes marcar mi espalda. La brasa se fundió en mí y encarnó la cicatriz del siervo con sus llamas. Frente a sus ojos, mis kunianos, fui enlazado al poder cuando yo no lo pretendía ni lo suplicaba.

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Pero continúe. Me arrastré, silencioso, durante oscuridades y continúe mi labor. Adolorido y atormentado. Y lo hice por ellos, por mis preciosos y amados hijos. Fue en una de aquellas negras andanzas que vinieron a por mí. Y así confirmé la existencia de Ellos. Traté de huir, poniéndome de píe. Pero el dolor me venció de una vez. Dejándose llevar de mi marca, actuaron aún más rápido que los Rudimitas y me atraparon.

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Un hombre fuerte y veloz me atrapó del rabo. Frente a mí grito ahogado, no controlé la salida de mi lengua. Su mandíbula era poderosa y no tardó demasiado. Volví a beber mi sangre, ahora en peores cantidades, y me olvidé para siempre del habla. Y de pronto el Oscurecer se oscureció más. Y el amanecer de mis ojos me trajo cierta incoherencia. No sabía qué hacían mis hijos a mí alrededor. No sabía si esa era mi casa. Sí sabía que no estábamos solos. Ellos, de mirada blanca como las plumas del ave y brazos duros como el hacha, me esperaban.

La grieta [Cuento sobre]

Quiero contarles, mis kunianos, que es peor de lo que se dice en nuestra aldea. No sólo ostentan más poder que los Rudimitas, sino que poseen más y peores métodos. No quiero contarles lo que he visto. Simplemente trato de olvidar. Pero qué dolor más inmenso he sentido. Ramas truncas y talladas, ingresando por las cavidades de mis hijos. Dientes filosos rasguñando sus carnes. He visto a mis propios hijos magullados, he visto el resultado de mi amor y mi esperanza amortiguados. El dolor por momentos ha sido intolerable. Y, mis kunianos, qué equivocados estaban Ellos. Qué ilusos y apresurados al pensar que por mi marca yo era un Rudimita. Qué perversos al pensar que conspiré y delaté a mi amada. Ella, tan oculta y velada en mi propia casa. Cómo saber. Pero basté de preguntarme.

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Y, como he aclarado, mi labor ha hecho que Harda me otorgue el más poderoso de los alientos, me atrevo a decir. Y sólo así podría explicar yo que una Iluminada pude escapar de aquellas torturas y de aquellas garras. No supe bien si me había escapado de sus miradas, pero al menos ya no podían tocarme, ni machacarme, ni regocijarse de mi dolor. Porque si debo decir lo que pienso, sí, su felicidad era esa, mi dolor. Caminando llegué a una aldea alejada, mientras en el gran orificio que ahora suplantaba la marca comenzaban a procrearse los pequeños insectos alados. Era una de esas aldeas ya arrasadas por el fuego y la muerte. De esas donde ya nadie habita. De esas que los Rudimitas arrastraron con su lucha para llegar al poder.

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Al menos eso creía yo, que adolorido de cuerpo y aura me recosté en una casa. Y ahí me encontré con él. O él me encontró a mí. Uno más como yo. Un laborioso que, como muchos otros, perdieron mucho más que la labor. Y no por sí, sino por otros. Y ahí me enteré yo de su plan y del de sus amigos. La huida, mis kunianos. Allá donde el Ojo reposa cuando termina la Iluminada y comienza una Oscurecida. Allá debemos ir. Pero no obstante, he tenido que venir aquí. A esta reseca y estrecha cueva. Mi amigo me ha dicho que aquí esperara sereno, que aquí me escondiera hasta unirme a él y a su nueva familia. Que al llegar ellos a buscarme podría yo también ir allá. Y es aquí desde donde escribo.

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Pero parece que Harda aquí no me puede ver. Debe ser sólo por eso que se ha descuidado dejando caer un gran bloque de piedras en la entrada. A pesar de eso, una fina línea de luz entra por un punto aireado. Y por ella ilumino mi trazo. Ya tengo poca fuerza, pero poseo mucho tiempo y, sobre todo, el aliento que Harda me ha otorgado. Sólo resta esperar que mi amigo venga a mi rescate, y así yo partiré allá, mis kunianos. Pero no me olvidaré de ustedes, por eso dejo este relato, para que sepan de quiénes huir y de quiénes confiar. Espero tengan la dicha de encontrarlo pronto, si algún explorador se asoma. Yo mientras, esperaré a mi amigo, y mientras sentaré a descansarme. El dolor por momentos ha sido intolerable.”

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