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La fotógrafa ciega que capturaba el mundo sin ver

La fotógrafa ciega que capturaba el mundo sin ver


Cuando la tecnología repara la naturaleza

Fotógrafo ciego. Suena a oxímoron. Pero es posible.

Tammy Ruggles fue declarada legalmente ciega hace 14 años, cuando tenía 40. Perdió su trabajo como trabajadora social, y también parte de su identidad.

Pero, tal y como ella explica en un artículo en Vox, la ha podido recuperar gracias a la fotografía.

A Tammy le gustó hacer fotos desde pequeña. Y así lo demuestran las fotos de su familia y mascotas que hacía con la cámara Polaroid de su madre.

La fotógrafa ciega que capturaba el mundo sin ver

Pero Tammy había nacido con retinosis pigmentaria, una enfermedad ocular degenerativa que afecta a la capacidad de la retina para responder a la luz. Una de las primeras consecuencias de la enfermedad es la pérdida de visión nocturna, lo que implicaba que Tammy no pudiese ver en el cuarto de revelado. Tampoco era capaz de ver los ajustes de la cámara. Por todo ello, decidió aparcar su pasión.

Hasta que las cámaras digitales obraron el milagro.

En 2013, Tammy ya no podía conducir, trabajar o dibujar. Pero había oído lo fácil que era hacer fotos con las cámaras digitales. Y decidió que quería probar una.

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Tal y como ella misma explica, ser legalmente ciego no implica ser completamente ciego.

“En mi caso significa que todo lo que veo es extremadamente borroso, en cierto modo, como cuando la lente de una cámara está tan desenfocada que no puedes distinguir una persona de un árbol, o ver dónde empiezan y dónde acaban tus pasos, o dónde está la puerta del lavabo, o cuáles son los rasgos de una persona. Veo las formas generales de las cosas, y cuanto más cerca estoy de algo mejor puedo determinar lo que es”, escribe.

Compró una cámara, pero durante días la dejó en la caja sin abrir. Le asaltaron las dudas: “Temía lo que la gente pudiera pensar. ‘¿Un fotógrafo ciego?’. Me hacía esta pregunta constantemente”.

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Su hijo le dio el empujón que necesitaba, y finalmente se decidió a salir con la cámara a su jardín. “Cuando vi las fotos en nuestro monitor de 47 pulgadas me alucinaron las cosas que no podía ver en mi propio jardín, pero que mi cámara sí veía”, dice.

Ya no necesitaba un laboratorio, porque la misma cámara revelaba las fotos. Ya no necesitaba ver los ajustes porque podía poner el programa automático. Gracias a la tecnología podía volver a ser fotógrafa.



“No solo podía hacer el tipo de fotos que siempre había querido hacer, sino que con mi cámara podía ver cosas que no podía ver sin ella, como si fueran un nuevo par de ojos. Un doble regalo”, escribe.

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Desde entonces, Tammy no ha dejado de hacer fotos, que ha publicado en diversas revistas de arte y que vende en su página web. La mayoría son en blanco y negro, ya que el contraste facilita su visión.

“A veces me acerco a algo que me interesa mientras camino y disparo a unos ocho o diez centímetros. Otras, literalmente apunto en una dirección aleatoria con colinas borrosas y formas vagas de árboles, o lo que sea que haya ahí fuera en el mundo, y hago la foto. Con los paisajes y la naturaleza, mi visión no tiene que ser perfecta. Puedo ser abstracta y puedo cometer errores”, escribe sobre su forma de trabajar.

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Y, en todas ellas, siempre hay un momento decisivo. Pero, a diferencia del célebre concepto que acuñó Henri Cartier-Bresson, su “instante decisivo” no ocurre al apretar el disparador, sino frente a su enorme pantalla. Ahí es donde realmente su trabajo cobra vida, donde descubre los detalles que sus ojos no pueden ver, donde se sorprende por la belleza accidental de las fotos improvisadas y donde vislumbra las líneas de una composición abstracta.

Nunca ha tomado clases de fotografía, pero gracias a la tecnología ha descubierto su propia perspectiva.

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Un segundo par de ojos

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