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La ciencia es atea y los investigadores tienen una obligació

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La ciencia es atea y los investigadores tienen una obligación

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La ciencia es atea y los investigadores tienen una obligació

El astrónomo y físico, además de divulgador científico Lawrence Krauss ha escrito recientemente un artículo en el que reflexiona sobre el eterno conflicto entre ciencia y religión y el papel que los científicos, obligados por su propio código deontológico, deberian jugar en defensa del racionalismo y frente a la superstición en todas sus variantes, incluida la religiosa.

A continuación he extraído los argumentos generales más relevantes del artículo que se puede leer al completo en el “New Yorker”.

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Como físico, escribo y hablo en público mucho sobre la naturaleza extraordinaria de nuestro cosmos, principalmente porque creo que la ciencia es una parte fundamental de nuestro patrimonio cultural y debe ser compartida de manera más amplia. A veces me refiero al hecho de que a menudo la religión y la ciencia están en conflicto y de vez en cuando ridiculizo el dogma religioso. Cuando lo hago, me acusan a veces en público de ser un “ateo militante”. Incluso un sorprendente número de mis colegas pregunta cortésmente si no sería mejor evitar molestar a las personas religiosas. ¿No deberíamos respetar las sensibilidades religiosas, disfrazar los posibles conflictos y construir un terreno común con los grupos religiosos para crear un mundo mejor y más equitativo?

En ciencia, por supuesto, la propia palabra “sagrado” es blasfema. Ninguna idea, religiosa o de otro tipo, tiene vía libre. La noción de que un concepto o idea está fuera de toda duda o ataque es anatema dentro del mundo científico. Este compromiso con el cuestionamiento abierto está profundamente ligado al hecho de que la ciencia es una empresa atea. “Mi práctica como científico es atea”, escribió en 1934 el biólogo J.B.S. Haldane. “Es decir, cuando diseño un experimento asumo que ningún dios, ángel o demonio va a interferir con su curso y esta suposición se ha justificado por todo el éxito que he logrado en mi carrera profesional”.

Es irónico en verdad que tantas personas estén obsesionadas con la relación entre la ciencia y la religión: básicamente no hay ninguna. En mis más de treinta años como físico profesional nunca he escuchado que se mencionara la palabra “Dios” en una reunión científica. La creencia o increencia en Dios es irrelevante para nuestra comprensión del funcionamiento de la naturaleza, del mismo modo que es irrelevante para la cuestión de si los ciudadanos están obligados a cumplir con la ley.

Ya que la ciencia sostiene que ninguna idea es sagrada, es inevitable que aleje a las personas de la religión. Cuanto más aprendemos sobre el funcionamiento del universo, más parece que éste no tenga ningún propósito. Los científicos tienen la obligación de no mentir sobre el mundo natural. Aun así, para evitar ofender, a veces dan a entender engañosamente que los descubrimientos actuales coexisten en fácil armonía con las doctrinas religiosas preexistentes, o callan en lugar de señalar las contradicciones entre la ciencia y la doctrina religiosa. Es una contradicción extraña, ya que a menudo los científicos discrepan acertadamente con otros tipos de creencias. Los astrónomos no tienen ningún problema en ridiculizar las pretensiones de los astrólogos, a pesar de que una fracción significativa del público cree en esas afirmaciones. Los médicos no tienen problemas para condenar las acciones de los activistas antivacunas que ponen en peligro a la infancia. Y sin embargo, por razones de decoro, muchos científicos temen que ridiculizar ciertas afirmaciones religiosas aleje al público de la ciencia. Cuando lo hacen, están siendo condescendientes en el mejor de los casos e hipócritas en el peor.

En última instancia, cuando no nos atrevemos a cuestionar abiertamente las creencias, porque no queremos correr el riesgo de ofender, cuestionar en sí mismo se convierte en tabú. Es aquí donde el imperativo para que los científicos hablen me parece que es más urgente. Como resultado de hablar sobre las cuestiones entre ciencia y religión, he escuchado a muchos jóvenes indicar el oprobio y el ostracismo que experimentan después de cuestionar simplemente la fe de su familia. A veces, se encuentran que les niegan derechos y reconocimientos porque sus comportamientos chocan con la fe de los demás. Los científicos tienen que estar preparados para demostrar con el ejemplo que cuestionar la verdad percibida, especialmente “la verdad sagrada”, es una parte esencial de la vida en un país libre.

Quinientos años de ciencia han liberado a la humanidad de las cadenas de la ignorancia forzada. Deberíamos celebrarlo abiertamente y con entusiasmo, sin importar a quién pueda ofender. Si eso hace que alguien sea llamado ateo militante, entonces ningún científico debería avergonzarse de la etiqueta.

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