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La caza, la carne y el fuego como aceleradores evolutivos

La caza, la carne y el fuego como aceleradores evolutivos

Homo carnivorus, o revolución carnívora —la caza, la carne y el fuego como aceleradores evolutivos

En los tiempos más tempranos, los hombres vivían en la oscuridad y no tenían animales que cazar. Eran personas pobres, ignorantes, muy inferiores a las que viven hoy en día. Se desplazaban en busca de comida, vivían viajando como nosotros, pero de un modo diferente. Cuando paraban y acampaban, trabajaban el suelo con picos de un tipo que ya no conocemos. Obtenían su comida de la tierra. Nada sabían de toda la caza que tenemos ahora.

(Aua, chamán de la etnia esquimal iglulik).

El hombre, cuando se desgajó de la rama de los primates hace cuatro millones de años, a nivel de australipiteco, lo hizo porque dejó de ser un primate vegetariano y frugívoro para transformarse en un primate cazador.

(Félix Rodríguez de la Fuente).

Actualmente es increíble la mala fama que tiene el colesterol y los alimentos animales, mientras que otros alimentos sumamente perniciosos acaparan las estanterías de los supermercados y llenan los estómagos de países enteros. Sin embargo, la caza fue la principal directora de nuestra evolución, ya que seleccionó cualidades como la inteligencia, la rapidez de reflejos, los sentidos más afinados, el instinto territorial, la mejor comunicación en el seno del grupo, el “espíritu de equipo”, un espacio vital más amplio, la belleza y la ferocidad. Como veremos pronto, la carne, la sangre, la grasa, el tuétano, la médula, los sesos y las vísceras, presidieron y alimentaron el desarrollo de nuestra inteligencia, y contribuyeron a su vez a hacer de nosotros depredadores cada vez más eficaces. Literalmente, el aumento de alimentos animales nos alejó de los monos y nos acercó a los ángeles.

La caza, la carne y el fuego como aceleradores evolutivos

Los antiguos homínidos, desde su origen simiesco y predominantemente frugívoro, fueron ascendiendo peldaños hasta colocarse en lo alto de la pirámide trófica el momento en el que dejaron de ser presa de otros depredadores. La base de la pirámide, la carne de cañón, son seres vivos vegetales que producen su propia energía a partir del suelo o mar (minerales, materia orgánica, agua) y el cielo (luz solar, aire). El escalón siguiente de la pirámide, más reducido, ve la aparición de seres con mayor conciencia (los herbívoros) que se alimentan del escalón anterior. El escalón superior, aun más aristocrático, ve aparecer un mayor nivel de conciencia: se trata de los carnívoros y omnívoros, que se alimentan de todos los escalones anteriores. Este artículo estará dedicado a la larga odisea de ascensión de la pirámide, escalón por escalón, hasta llegar a las formas de vida más perfectas que han existido.

La carne y la caza, junto con otros factores (como los rítmicos vaivenes del frente glacial, el uso de herramientas y fuego, la necesidad de cuidar a crías muy indefensas y la aparición de la vida social), explican la aceleración evolutiva sin precedentes que experimentaron los homínidos, llevando al cabo “saltos genéticos” sin parangón en el mundo animal. A los primeros primates (que vivieron en China hace 30 millones de años y no eran más grandes que un pulgar) les llevó más de 25 millones de años llegar al Australopithecus. A éste le llevó más de 2 millones de años llegar al Erectus. Este impresionante progreso palidece ante el enorme salto que supuso pasar, en tiempo récord (menos de dos millones de años), de los 1.000 cc de capacidad craneal (Erectus) a superar los 1.700 (Cromagnon). Las fuerzas de la evolución parecen haberse personificado de una manera muy clara en el tronco de primates al que pertenecemos (en unas ramas más que en otras), mientras que otras especies animales (como los tiburones, los cocodrilos o las cucarachas) prácticamente no han cambiado nada en docenas y hasta centenares de millones de años. Esta aceleración evolutiva, difícil de ser explicada únicamente por el darwinismo, no ha terminado. Aun no está completa la creación del tipo humano que heredará la Tierra definitivamente.

carnivoros

LA CAZA EN LA GENEALOGÍA DEL HOMBRE

En un sentido muy real, nuestro intelecto, nuestros intereses, nuestras emociones y nuestra vida social básica —son todos productos del éxito de la adaptación cazadora.

(John Reader, “Man on Earth”, 1988).

Valga decir antes que nada que en los círculos científicos paleoantropológicos no hay ningún tipo de duda acerca de la dieta del hombre primitivo; las dudas sólo surgen en personas desinformadas o en vegetarianos militantes, si es que no son la misma cosa. Para poder comprender el importantísimo papel de la carne en nuestra evolución, es necesario comprender primero la historia del consumo de carne entre nuestros lejanos antepasados, ya que ellos forjaron nuestra genética actual a lo largo de millones de años, y pueden decirnos mucho acerca de cuáles son nuestras verdaderas necesidades nutricionales predeterminadas biológicamente. Es importante desmarcarse en lo que al respecto tienen que decir la TV y los dictócratas de la “nutrición políticamente correcta” (a ellos no les mueve la ciencia, la genética o la evolución, sino la economía y el falso moralismo), y volver nuestras miradas hacia la dieta ancestral para la cual estamos diseñados. Comenzaremos este apartado examinando a los primates más cercanos a nosotros evolutivamente, antes de ascender en la pirámide.

• Los chimpancés:

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Con quienes compartimos las mayores similitudes genéticas fuera del género Homo, ejercen la carroña e incluso la depredación; hasta llegan a fabricar primitivas lanzas de caza, afilando palos con sus dientes . La primatóloga inglesa Jane Goodall ya observó a principios de los años 60 actividades de caza entre los chimpancés del Parque Nacional Gombe de Tanzania. Actualmente en este parque, la depredación de los grupos de chimpancés macho se cobra entre 60 y 70 mamíferos al año —incluyendo otros primates. También se ha encontrado que comen serpientes, ratones y crías de ave y de reptil. Generalmente, los chimpancés aprovechan casi todas las partes del animal, incluyendo los sesos . A pesar de que el chimpancé es el gran simio más dado al carnivorismo y de que la carne de caza es un alimento muy apreciado entre ellos, no llega a constituir más del 2% de su dieta. Otro 6% corresponde a la consumición de insectos sociales (hormigas, termitas, abejas, larvas), lo cual nos da un 8% de productos de origen animal en la dieta del chimpancé.

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Al público general le es difícil imaginarse a los chimpancés como depredadores y comedores de carne, pero ya en los años 60, Jane Goodall obervó y documentó minuciosamente las actividades de caza entre ellos. Hoy se acepta que la carne es un alimento muy apreciado por los chimpancés, aunque forma sólo el 2% de su dieta, debido a unas aptitudes predatorias poco desarrolladas aun. El mono colobo rojo (inserto en la fila central a la derecha) parece ser una presa predilecta. Arriba a la izquierda, Sagu, un chimpancé macho del Parque Nacional Tai (Costa de Marfil). En este parque, se ha observado que las hembras valoran tanto la carne que se prostituyen por ella. Abajo, una hembra con una cría, pidiendo carne a un grupo de machos. Cuando están embarazadas, las hembras aumentan muchísimo el consumo de productos animales en la dieta.

• Los gorilas:

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algo más alejados genéticamente de nosotros, sí son bastante más herbívoros que los chimpancés. Su consumo de frutas es bajo (de hecho, el más bajo de todos los grandes simios), y su consumo de hojas alto, estando su aparato digestivo mucho mejor adaptado a procesar celulosa. Sin embargo, comen hormigas, y además se ha encontrado ADN de monos pequeños y antílopes en las heces de algunos gorilas del Parque Nacional de Loango, Gabón, cosa que sugiere de una manera bastante clara que, ocasionalmente, estos gorilas se dedican a la carroña o a la caza . En los zoológicos, pronto se observó que los gorilas sufrían de deficiencias proteínicas, y debían ser alimentados con carne. Luego se supo que la causa estaba en la comida desnaturalizada con la que estaban siendo alimentados: los productos vegetales del menú del zoo, totalmente limpios, carecían de pequeños insectos y trazas de otros seres vivos.

los Australopithecus

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Se dedicaron sin duda a la carroña, ya que en sus yacimientos se han encontrado huesos animales que tienen marcas de utensilios y dientes por encima de las marcas de otros depredadores. Esto implica que acudían al cadáver de un animal ya muerto y medio devorado, y utilizaban primitivos utensilios pétreos para cortarle los tendones y la piel, arrancarle la carne, la grasa y los órganos, y quebrar sus huesos para sorber el tuétano y los sesos , órganos altos en colesterol y otras grasas saturadas, que pasaban a alimentar el cerebro de estos homínidos. Además, los análisis de los esqueletos de Australopithecus muestran proporciones de estroncio/calcio propias de animales que tienen un importante aporte cárnico en la dieta . Otra pista arqueológica la constituyen los estudios del microdesgaste dental de los Australopithecus: los escaneos con microscopios electrónicos muestran patrones propios del consumo de carne, además de grandes cantidades de productos vegetales . No existen aun evidencias sólidas que demuestren que los Australopithecus cazaban. Sin embargo, que los chimpancés actuales sí cacen, es consistente con que los Australopithecus, “más evolucionados” que ellos, más cercanos a nosotros, lo hiciesen en mayor medida aun, aunque limitándose a presas de tamaño modesto, y ejerciendo la carroña sobre las de tamaño mayor.

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Hace 2,5 millones de años, parece claro que el Australopithecus se dividió por un lado hacia el género Homo y por otro hacia las diversas variedades de Paranthropus —a veces consideradas simplemente tipos de Australopithecus. El género Homo estaba destinado a la encefalización (desarrollo del cerebro), la aceleración evolutiva, la depredación y un aumento del consumo de carne. Los Paranthropus, principalmente herbívoros como evidencian sus dentaduras y configuraciones craneofaciales, desaparecieron del registro fósil.

El Homo habilis,

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primer representante del género Homo, parece claro que llegó a cazar, que se alimentó de jirafas, hipopótamos y rinocerontes, y que hasta en ocasiones comió ciertas variedades de Australopithecus. Su consumo de carne está confirmado por los análisis de coprolitos (heces fosilizadas). Asimismo, nació la industria lítica olduvayense (o Modo 1), consistente principalmente en choppersy chopping tools (especie de hachas y machetes muy primitivos), para desollar a los animales muertos, descuartizarlos y romper sus huesos. Resulta muy indicativo que, en los yacimientos Habilis, las herramientas pétreas casi siempre van acompañadas de huesos de animales quebrados, cráneos machacados y esqueletos con señales de haber sido raspados para separar la carne y la grasa del hueso. Puesto que se considera que la presencia de una industria pétrea amplia es una de las cosas que distingue al Habilis del Australopithecus, es seguro que el consumo de carne había aumentado drásticamente.

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A pesar de estas innovaciones, el Homo habilis —relativamente tonto (600 cm3), de constitución muy grácil, brazos largos aun bastante adaptados a estar suspensos en ramas, y una estatura de aproximadamente 1 metro— era todavía una criatura bastante débil e indefensa, a merced de los grandes depredadores que aun lo superaban en la pirámide alimenticia. Por ejemplo, sabemos que el Homo habilis era una presa predilecta del Dinofelis (“gato terrible&quotLa caza, la carne y el fuego como aceleradores evolutivosLa caza, la carne y el fuego como aceleradores evolutivos, un felino dientes de sable que vivió en África durante la época y que, al parecer, también se puso morado de Australopithecus, babuinos y otros herbívoros. Este tipo de depredadores ejerció una importante labor seleccionadora y en cierto modo fueron nuestros aliados evolutivos; otro hubiese sido nuestro camino de no haber existido gatos como el Dinofelis.

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Las evidencias forenses más antiguas (2,5 millones de años) para la extracción de carne con útiles pétreos. Izquierda: marca de corte con piedra sobre la mandíbula de un bóvido, efectuada durante la extracción de su lengua. Derecha: marcas de percusión con piedra efectuadas sobre la tibia de un bóvido durante la extracción de su tuétano

El Homo erectus

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probablemente descendiente de alguna rama Habilis, salió de África difundiendo el género Homo por Eurasia, fabricando la industria pétrea achelense (o Modo 2, principalmente bifaces y similares) y utilizando ya el fuego, aunque no queda claro si para cocinar. Su esqueleto era de proporciones similares a los humanos actuales, salvo en lo que respecta a la configuración craneofacial, y es posible que realmente perteneciese ya a nuestra mismas especie (como se ha descubierto recientemente con el Neandertal). Fue el primer cazador-recolector nómada, y parece que sus desplazamientos estaban sujetos a los movimientos migratorios de los grupos de grandes mamíferos. Prueba de ello es que salió de África a la vez que muchas otras especies animales (como los elefantes antepasados de los posteriores mamuts), cosa que sugiere de una forma bastante rotunda que dependían de estas manadas para su sustento. El yacimiento de Olorgesailie (Kenia, hace 900-650.000 años) tiene una gran abundancia de fósiles de hipopótamos, zebras, elefantes, jirafas y babuinos que fueron descuartizados utilizando hachas de mano, en enclaves concretos establecidos por el Erectus a tal fin. Hace 412.000 años como poco, ya había una raza Erectus cazando elefantes, bisontes y rinocerontes en la actual Alemania. En los yacimientos de Torralba y Ambrona (Soria, España, 330.000 años) podemos comprobar que los Erectus se las ingeniaban para provocar estampidas y conducirlas hacia un precipicio. Entre estos restos animales, se han encontrado instrumentos pétreos de tipo achelense, utilizados para desmembrar los cuerpos caídos.

El Erectus tuvo una expansión sin precedentes, que lo llevó a adaptarse a numerosos tipos de terreno y condiciones climatológicas, diversificándose en varias ramas, desde el Homo ergaster (África) hasta el Homo pekinensis (China), pasando por el Homo georgicus (Cáucaso) y otros. Fue también el homínido que duró más tiempo: alrededor de 1,6 millones de años, hasta su “extinción” (más bien evolución) hace 300.000 años. Sin embargo, algunos indicios apuntan a que subsistieron razas Erectus en núcleos aislados (por ejemplo, en Indonesia) hasta hace tan sólo 50-30.000 años.

El Homo antecessor :

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Podría considerarse simplemente una raza europea de Erectus, quizás descendiente del Homo ergaster, y en transición hacia formas homínidas más pesadas y árticas. Por huesos sometidos a análisis forense, sabemos que utilizaba herramientas de tipo achelense para descuartizar ciervos, caballos y rinocerontes. Se han encontrado marcas idénticas en huesos de Antecessor, cosa que implica que hace 800.000 años estos individuos practicaban el canibalismo de forma habitual, probablemente con presas de otras tribus Antecessor.

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El Homo heidelbergensis

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Procede con casi total certeza de los grupos Antecessor y Erectus ibéricos, y es el seguro antepasado del Neandertal. Floreció en plena Glaciación de Mindel (la antepenúltima edad de hielo) y se trata del primer gran cazador de nuestro continente con clara adaptación ártica: una bestia de entre 1,75 y 1,80 metros de altura y nada menos que 100 kg de peso, un esqueleto increíblemente ancho y robusto, y una musculatura a tono con él, cosa que sabemos por las marcas de los ligamentos e inserciones musculares sobre los huesos. Con razón se ganó el apodo de “Goliath” en círculos paleoantropológicos. Estos individuos no sólo eran buenos cazadores, sino también exquisitos carniceros y anatomistas. Las marcas de útiles líticos encontradas en huesos de rinocerontes, caballos, ciervos y elefantes de yacimientos Heidelbergensis (como Atapuerca en España o Boxgrove en Inglaterra), dan fe de que estos animales fueron descuartizados de una forma ya muy “profesional”. En palabras de Michael Pitts y Mark Roberts, dos de los principales excavadores de Boxgrove, “todo animal para el cual hay evidencias de interferencia por parte de los homínidos, ha sido cuidadosa, casi delicadamente descuartizado, con el propósito concreto de consumir su carne”.

El Neandertal:

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como ahora sabemos, era una raza humana (o más bien un conjunto de razas humanas, tres como poco). En su época hay ya claras evidencias de utilización del fuego para cocinar carne. Se cree que era el depredador principal de su entorno, que su dieta era casi exclusivamente carnívora, que tuvo éxito cazando bisontes, uros, caballos, ciervos, cabras y ovejas, y que se hallaba ya en lo alto de la pirámide alimenticia (parece claro que incluso cazaron osos cavernarios, algo que los Homo habilis no podrían ni haber soñado). También practicaban el canibalismo. Este tipo de alimentación no parece haberle sentado mal al neandertal, ya que su constitución ósea era masiva (aunque su estatura por lo general era reducida) y su capacidad craneal mayor que la del hombre moderno. A la luz de ciertos estudios, se considera que el neandertal tenía unos niveles hormonales privilegiados, que los machos estaban fuertemente sexuados, que tenían un desarrollo impresionante de la musculatura en general y del brazo derecho en particular, y que incluso las hembras no eran criaturas muy delicadas precisamente. Por los análisis forenses de algunos fósiles, sabemos que los neandertales eran capaces de sobrevivir a lesiones tremendas (como amputaciones de brazo) y que eran excepcionalmente resistentes al frío y al dolor. Actualmente se considera que fueron los primeros en adoptar conductas rituales que evidenciaban la presencia de una religión.

El Cromagnon

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Es con toda probabilidad el responsable de la “extinción” del Neandertal en Europa, lo cual sugiere que poseía habilidades depredatorias aun superiores. A las comunidades cromañón les tocó sobrevivir al Último Máximo Glacial, algo que sólo podrían haber conseguido volviéndose prácticamente carnívoros puros y aumentando mucho la proporción de grasa animal en la dieta. Sus culturas materiales (Auriñaciense, Solutrense, Magdaleniense, posiblemente Gravetiense) dan fe de que se trataba de sociedades que le concedían una enorme importancia a la caza y también a la pesca, así como de que eran capaces de aprovechar absolutamente todas las partes de los animales (por primera vez, surgen industrias de hueso, asta y marfil). Los cromañones mataron y devoraron mamuts, bisontes, uros, renos, ciervos rojos, caballos, gamuzas, peces, focas, pájaros, marisco, etc. Muchos de estos animales, que constituían el fundamento de su vida y de su evolución, quedaron inmortalizados y homenajeados en las primeras pinturas rupestres, magníficos frescos que evidencian un refinadísimo conocimiento anatómico. De nuevo, esta dieta produjo una constitución física privilegiada, una estatura altísima (aunque un esqueleto menos ancho que el del neandertal), un maxilar inferior prácticamente igual de ancho que el cráneo, alta capacidad craneal y una musculatura muy desarrollada (de nuevo, menos que el neandertal).

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Crô-Magnon 1. De todas las culturas del Paleolítico, las culturas cromañón sin duda son las que evidencian una mayor importancia de la caza, la carnicería y las armas. Nótese la anchura del maxilar inferior.

Durante el cambio climático de la desglaciación hace 12.000 años, el cromañón se desplazó hacia el Noreste mientras perseguía a las manadas de animales. Tras cruzar Francia, acabó en las orillas del Mar del Norte, en el sur de Escandinavia, la llanura germano-polaca y la cuenca del Báltico. Por el aumento de la temperatura y la extinción de la gran megafauna paleolítica (mamuts, rinocerontes lanudos, etc.), la proporción de comidas vegetales debió ascender algo a costa de las comidas animales durante el Mesolítico. Los microlitos de las culturas mesolíticas de Europa Occidental (Aziliense, Sauveteriense, Tardenoisiense, Asturiense, etc.) muestran que el tamaño de los animales cazados había disminuido drásticamente para aquella época, y que los tiempos del mamut, del rinoceronte lanudo y del bisonte ya quedaban atrás. Sin embargo, los descendientes del cromañón en Europa continuaron siendo cazadores-recolectores hasta que llegó la agricultura a sus territorios hace unos 7.000 años.

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Nuestros antepasados llevan comiendo carne unos 3 millones de años como poco. Eso equivale a 150.000 generaciones.

Nuestros antepasados llevan, como poco, 500.000 años ejerciendo la caza de forma consumada e intensiva. Eso equivale a 25.000 generaciones.

Nuestros antepasados llevan cultivando cereales y comiendo sus almidones (azúcares complejos que hay que descomponer y transformar en azúcares simples, como hacen los herbívoros con la celulosa) unos 8.000 años siendo generosos. Eso equivale a sólo 400 generaciones de agricultura. Este tiempo no es suficiente para desarrollar mecanismos de adaptación a una dieta tan alejada de lo natural, y más teniendo en cuenta que desde que se adoptó la agricultura, la selección natural decayó, la integridad genética necesaria para la evolución se ha ido a hacer gárgaras y además el registro fósil revela una drástica disminución de la calidad biológica debido a una alimentación deficiente. Esto da a entender que, si por ventura nos adaptásemos genéticamente a una dieta como la actual y a una vida de sedentarismo, se operaría un retroceso en nuestra evolución. Por tanto, si hay un componente antinatural en la dieta humana moderna y que debería ser extirpado, no sería precisamente la carne, sino los granos de cereales, los almidones y todos sus derivados, además de otros productos artificiales de la actual industria alimentaria (aceites hidrogenados, azúcares refinados, edulcorantes artificiales, conservantes, colorantes y un largo etc.), extremadamente nocivos para la salud.

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