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La batalla más oculta de la Segunda Guerra Mundial

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El wolframio, volframio o wólfram, también llamado tungsteno, es un metal escaso en la corteza terrestre que se encuentra en forma de óxido y de sales en ciertos minerales. Se trata de un material estratégico que ha estado en la lista de productos más codiciados desde la Segunda Guerra Mundial.

El wolframio se usó para blindar la punta de los proyectiles anti-tanque y la coraza de los blindados. La adquisición de wolframio se convirtió en un elemento vital e indispensable para la Alemania nazi, que lo adquiría a través de la España franquista.

El mayor productor de este codiciado metal era China, pero cuando los alemanes atacaron a la URSS en 1941 se echó el cerrojo a la principal ruta de comercio entre Asia y Europa y quedó como alternativa el territorio español, amén de algunas zonas de Portugal. Los nazis pudieron servirse “a placer” aprovechando los ricos yacimientos de Galicia, Cáceres o Castilla y León.

La batalla más oculta de la Segunda Guerra Mundial

Alrededor de 20.000 personas trabajaron en las minas –oficialmente— y con toda seguridad muchas más lo hicieron de forma clandestina. No eran pocos los que acechaban las excavaciones custodiadas por la Guardia Civil y el Ejército español con la complicidad de la madrugada, y es que en aquellos tiempos de pobreza el estraperlo formaba parte de la cotidianidad de pueblos como el gallego. En Castilla y León se pagaba tan bien el metal que había una famosa banda –la “cuadrilla del gas”– de gente armada convertida en salteadores de caminos que robaban a quienes lo portaran.

Por otro lado, las minas de wolframio se convirtieron en una especie de campos de concentración, en donde miles de prisioneros del bando republicano eran hacinados en barracones que se encontraban junto a las excavaciones y obligados a dejarse la piel, literalmente, sin descanso y en condiciones infrahumanas. A algunos de aquellos presos se les había conmutado la pena de muerte a cambio de convertirse en mano de obra para los nazis.

La ventaja militar que proporcionaban las caracteristicas del wolframio fue descubierta por los aliados e ingleses y americanos empezaron a comprar de forma masiva el metal para evitar que fuese a parar a manos de los alemanes. Una buena parte de este material adquirido por los aliados fue a parar a la ría de Vigo. Cuenta la leyenda que uno de los mayores yacimientos de wolframio de la actualidad se encuentra, precisamente, en las aguas de la ciudad gallega.

La batalla más oculta de la Segunda Guerra Mundial

Entre 1942 y 1944, el precio del metal se multiplicó por cuatro cada año, intensificándose con ello los trabajos de extracción e incrementando su valor de venta por las tasas que el régimen aprovechó para imponer sobre su exportación.

Roosevelt empezó a presionar al gobierno franquista, lo que alcanzó su punto álgido con el embargo de productos petrolíferos estadounidenses a España. El dictador, consciente de la gravedad de la situación, terminó por bloquear la salida del metal hacia Alemania. Tras la guerra, la fiebre del wolframio se diluyó, aunque la Guerra de Corea en 1948 y 1952 provocaron su resurrección.

En el documental Lobos sucios, as minas de Casaio, dos mineros describen los avatares de su día a día en aquellas minas.