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Hume – Sobre el entendimiento humano

Para comenzar a explicar y profundizar esta minuciosa investigación, que es llevada a cabo por este reconocido filósofo escocés llamado David Hume, es necesario brindar un panorama de la estructura de su obra, la cual está dividida en secciones que abordarán y ahondarán temáticas de diversa índole, pero que, aún así guardan estrecha relación con el propósito que la obra pretende abordar.

Aunque sobrepase de cierto modo el tratamiento que pretendo brindar al respecto, es necesario conocer algunas particularidades cronológicas e ideológicas en cuanto a la tradición de pensamiento que Hume hereda, y este punto no merece ser pasado por alto puesto que no hay filosofía sin historia de la filosofía, no se pude de ningún modo pretender entender un pensamiento sin conocer a priori el contexto en el cual se desarrolló.

Hume nace en Edimburgo en 1711 y muere en 1776. Fue, además de filósofo, economista, sociólogo e historiador escocés. El pensamiento de Hume estuvo fuertemente influido por personalidades que arrastraba la tradición a la que pertenece, tales son: John Locke, Pierre Bayle, George Berkeley y principalmente Isaac Newton, y afirmo que principalmente éste último,pues fue él mismo quien se pronunció “heredero” de Newton, e intenta a lo largo de su investigación hacer algo parecido a lo que Newton hizo en el plano de la física pero aplicado al ámbito del conocimiento; entiéndase que Newton propuso una perspectiva del mundo sostenida a través de determinadas fuerzas, y dicha terminología la utilizará Hume en su investigación pero no en un sentido peyorativo, sino que le dará una significación que se ajusta a sus propósitos.

David Hume nos interesa pues porque plantea una teoría del conocimiento que rompe con todo paradigma establecido hasta el momento (en algunos puntos fundamentales responde y se atañe a cuestiones planteadas por la filosofía cartesiana), y ejerce tal impacto que los filósofos posteriores no pueden hacer oídos sordos a lo que éste ha planteado, como por ejemplo Kant, quien desarrolla a posteriori gran parte de su brillante filosofía como una respuesta a la filosofía de Hume.

Un rasgo fundamental que influye o más bien se desarrolla a lo largo de la filosofía de Hume es, en primer lugar su empirismo y al mismo tiempo agrega una cuota escéptica a nivel cognitivo.

Después de esta breve presentación general en cuanto a Hume proseguiré, pues, a desarrollar con un tratamiento lo más objetivo posible su obra, pero en primer lugar, me parece pertinente definir lo que se entiende por entendimiento, pues se trata de la capacidad que tiene un sujeto para discernir cómo se relacionan entre sí las partes o aspectos de un asunto e integrarlas. Es la capacidad de un sujeto para aprender el concepto o sustancia subyacente en un objeto. El entendimiento permite a la persona ponerse en contacto con el mundo como realidad, captando su estructura y significado, y es esto lo que Hume pretende indagar, profundizar, desentrañar sus supuestos, ahondar y finalmente declarar.

Para empezar, Hume, en la sección I de su investigación sobre el entendimiento humano, realiza una distinción entre lo que denomina filosofía moral o ciencia de la naturaleza humana, puesto que la misma puede ser considerada de dos formas distintas: la primera de ellas considera que el hombre ha nacido por encima de todo para la acción y que, en todo momento, está determinado por el gusto y sus sentimientos. Establecen que el hombre persigue unos objetos y evita otros según el modo en que se le presentan y el valor que éste les otorga. Ésta clase de filósofos presentan a la virtud como la acción más digna de alabanza y desarrollan su filosofía para fomentarla y estimularla también en la mente de otros hombres. A este tipo de filosofía la denomina la filosofía más sencilla y evidente. Mientras que, por el contrario, tenemos la otra clase de filósofos que consideran al hombre bajo la luz de la razón, por lo que ponen más empeño en cultivar su entendimiento y no tanto sus costumbres. Éstos estudian la naturaleza humana para tratar de dar con aquellos principios que rigen nuestro entendimiento. A éste modo de filosofía Hume lo llama la filosofía más precisa y abstrusa.

A partir de esta distinción, Hume reflexiona respecto a ambas categorías de filosofía y anuncia que la filosofía sencilla y evidente resulta más útil que la abstrusa, puesto que tiene más que ver con la vida diaria, mientras que la segunda, por en contrario, está más asentada en un ejercicio intelectual. Continua reconociendo que el hombre, es un ser dotado de razón, y la misma lo vuelca a la acción, puesto que parece que lo mejor que puede hacer el hombre es, en consecuencia de esta distinción, desarrollar para sí una vida mixta, es decir que lo que Hume propone aquí es una conciliación entre la ciencia y lo humano. A partir de esto, Hume, valora la filosofía abstrusa en cuanto a su precisión a la hora de tener en cuenta las operaciones del entendimiento humano, y él entiende que el único modo de liberar el saber de cuestiones abstractas y supuestos, consiste en investigar la naturaleza del entendimiento humano, a fin de conocer las operaciones de la mente para, de esta manera, dar cuenta de lo que puedo conocer y así, ésta se convierte para Hume, en una parte no desdeñable de la ciencia. Lo que intentará Hume a partir de esto, es confeccionar un mapa del funcionamiento de la mente, dar cuenta de la geografía mental del hombre para, de esta manera, desentrañar los supuestos que están por detrás del entendimiento humano.

A continuación, en la sección II Hume intentará establecer el origen de las ideas, para lo cual es necesario en primer lugar exponer la concepción que él propone de éstas, y para ello debemos comenzar por describir aquellas percepciones que tienen un papel primordial y de las cuales se desprenden las primeras: ellas son las impresionesque son nuestras más vívidas e intensas percepciones, la sensación primera; mientras que nuestras ideas son nuestras percepciones menos vivaces, cuando se evoca en la mente aquella sensación primera, cuya capacidad consiste en copiar las impresiones, aunque nunca tendrán el mismo grado de nitidez y viveza que éstas. Una idea consiste, pues en la representación que se presenta en mi mente de un objeto, o mejor dicho de la experiencia sensibleque yo (sujeto) tuve de ese objeto -noción que se desarrollará y profundizará más adelante-. La diferencia entre estas percepciones de la mente no es, sino gradual (unas son menos fuertes y vivaces que las otras).

Como ya se ha mencionado, quizá con liviandad pero merece en realidad toda nuestra atención, Hume afirma que las ideas son meras copias de nuestras percepciones, puesto que en primera instancia, cuando reflexionamos respecto de nuestro pensamiento, éste parece ser ilimitado, pues mientras nuestro cuerpo se arrastra con dolor y desgano por los confines de este planeta, nuestro pensamiento es capaz de transportarnos hasta los confines más remotos del universo. Pero, si nos detenemos sobre este punto y reflexionamos una vez más, inmediatamente saldrá a la vista que en realidad, nuestro pensamiento se mueve dentro de unos límites muy estrechos: el poder creativo de la mente no va más allá de mezclar los materiales que la experiencia nos suministra. Por ejemplo, cuando pensamos en una montaña de oro, no hacemos otra cosa que unir dos ideas consistentes -montaña y el oro- que ya habíamos adquirido con anterioridad a partir de la experiencia. Lo que quiere decir Hume con esto es que, en pocas palabras, todos los componentes del pensamiento derivan de nuestras impresiones internas y externas, formando así ideas simples o complejas.

En conclusión, cada idea tiene como correlato su correspondiente impresión, pero puede darse el caso en que yo tenga una idea pero no halla experimentado su correspondiente impresión, pues esta idea puede ser simplemente heredada o transmitida por la cultura o la sociedad, por ejemplo, yo tengo en mi cabeza la idea de fuego unida al calor, y aunque yo nunca me halla quemado con el fuego, pues sé que no puedo tocarlo.

Para dar cuenta de que a cada idea le acompaña su correspondiente impresión, Hume apela a dos argumentos:

– En el primero de ellos nos llama a analizar cualquier idea que tengamos, por muy compleja que sea, y a descubrir que es posible reducirla a ideas tan sencillas que denotan que son meras copias de nuestras anteriores impresiones. Para clarificar esta cuestión trae el siguiente ejemplo: si pensamos en la idea de Dios, en tanto ser infinitamente bueno, no tenemos más que tomar la idea de bondad y aumentarla en forma ilimitada; por lo que uno puede explicar el origen de ciertas ideas cuando voy aumentando algo que ya conozco hasta el infinito. El problema que plantea Hume aquí no es respecto a la existencia de Dios, sino respecto a la idea de la existencia de Dios.

– En el segundo argumento que presenta, Hume hará que nos remitamos a un hombre que fuera incapaz de generar alguna impresión (es decir, percibir alguna sensación), veríamos cómo el mismo sería incapaz de generar una idea correspondiente. Esto quiere demostrar que el no tener experiencia de algo significa que, en consecuencia, seré incapaz de generar una idea correspondiente.

Sin embargo, a esta teoría bien argumentada viene a contrarrestarla otra. Hume demuestra mediante el siguiente ejemplo, que es posible concebir una idea sin su impresión correspondiente, esto es: imaginemos una persona que, a lo largo de 30 años ha disfrutado de la vista y se ha familiarizado con todas las tonalidades del azul, excepto una que nunca tuvo la posibilidad de observar. A continuación, coloquemos a esta persona frente a toda las tonalidades de dicho color de forma gradual, salvo aquella que nunca tuvo la posibilidad de observar. Es evidente que la persona percibirá un vacío allí donde falta la tonalidad referida y, mediante el uso de su imaginación puede concebir una idea de dicha tonalidad, aunque la misma nunca halla sido captada por los sentidos.

Pero, a pesar de este ejemplo que viene a adoptar la forma de una contra-hipótesis, Hume no parece prestarle demasiada atención como para modificar su principio general. En adelante, para finalizar esta sección, Hume niega el innatismo cartesiano, es decir, niega las ideas innatas, y lo que pretende con esta postura no es sino continuar afirmando que las ideas son meras copias de nuestras impresiones, pues si entendemos “innato” como algo originario, o algo que es propio o viene ya dado, y el término “ideas” como ya se ha descrito, adherir a ello contrarrestaría todo lo antes argumentado.

Hume inaugura la sección III estableciendo que existen principios de conexión entre las diferentes ideas de la mente, puesto que es fácilmente comprobable si nos remitimos a nuestras más descabelladas y errantes fantasías, allí la imaginación no corre a desbocarse sino que mantiene una conexión entre las diferentes ideas y el orden en el que se han sucedido. Incluso la persona que rompe el hilo en una conversación determinada, podría explicarnos que un su interior había tenido lugar una sucesión de pensamientos que, de forma gradual, llevaron a la persona a apartarse del tema de conversación. Así, las ideas más complejas comprendidas por las simples están unidas entre sí por algún principio universal, a saber: semejanza, contigüidad (en el tiempo y en el espacio) y causa y efecto.Clarificaremos las nociones mencionadas mediante los siguientes ejemplos: al ver un cuadro nuestros pensamientos tienden a evocar al original (semejanza), la mención de un edificio hace que nos preguntemos acerca de los demás aposentos (contigüidad) y si pensamos en una herida, difícilmente podemos sustraer de la cabeza el dolor que lleva añadida (causa y efecto).

En la sección IV Hume divide los objetos de investigación humana en dos clases, a saber: relaciones entre ideasy cuestiones de hecho. A las primeras pertenece toda afirmación que es intuitiva o demostrablemente cierta, pueden ser descubiertas mediante una operación mental, con dependencia de lo que pueda existir en el universo y conservar siempre su certeza y evidencia; a éste grupo pertenecen las matemáticas aplicadas, o cuando decimos, por ejemplo “cinco por tres es igual a treinta dividido dos”. Mientras que, las segundas no son averiguadas mediante el recurso a una operación mental, ni muestran la evidencia de su verdad, pues su rasgo fundamental es que siempre es posible que se de lo contrario de cada hecho, lo cual no implica una contradicción, por ejemplo decir que el sol saldrá mañana no implica mayor contradicción que decir que no saldrá mañana, pues ambas ideas pueden ser concebidas por la mente.

A continuación, Hume establece que todos nuestros razonamientos acerca de las cuestiones de hecho están fundados en la relación de causa y efecto, y gracias a dicha relación podemos ir más allá de las evidencias que nos proporcionan los sentidos y la memoria. Por ejemplo si nos encontramos en una isla desierta y de pronto encontramos, por ejemplo, un reloj, pensaríamos que en algún momento hubo alguien allí, pues de esta índole son nuestros razonamientos respecto a los hechos, siempre pensamos que hay una conexión entre un hecho presente y lo que hemos inferido a partir de allí, pues si no hubiera nada que los pusiera en relación nuestra evidencia quedaría coja. El conocimiento de tal relación no se alcanza en ningún caso a priori, sino a través de la experiencia en su totalidad. Por ejemplo si se nos presenta un objeto novedoso, ni siquiera mediante un minucioso estudio de sus cualidades sensibles podríamos descubrir cualesquiera de sus causas o sus efectos. En este sentido la naturaleza es muy reservada, pues se guarda para sí estos aspectos, puesto que ningún objeto revela nunca por las cualidades que ofrece a nuestros sentidos (sensibles) ni las causas que lo produjeron ni los efectos que produce, ni es capaz nuestra razón sin ayuda de la experiencia de inferirlo.

Hume considera que el hombre, frente a un objeto totalmente desconocido, de imaginar o inventar los efectos que de él se derivan o las causas que lo produjeron; ésto constituye una forma de relación sin argumentación, sin razón, no es más que arbitrario porque en ella sólo está involucrada la mente y en estas circunstancias la mente jamás podrá encontrar el efecto de la supuesta causa porque el mismo es totalmente diferente y jamás puede descubrirse en ella.

Por esto, Hume supone que podemos conocer algo, pero no las causas últimas (el objeto en sí, su esencia -y allí se alza su crítica a la metafísica, pues ella pretende dar con esas causas últimas que determinan la esencia de los objetos-), pues por la forma en que conocemos resulta imposible tener acceso a ellas: yo conozco algo a través de su comportamiento, puedo conocer las cualidades sensibles que la naturaleza está dispuesta a develar, pero no puedo conocer el objeto en sí, puesto que las cualidades ocultas nos resultan inaccesibles desde todo punto de vista.

Continuando en la misma sección Hume alza una segunda parte en la que en base a lo anteriormente planteado, a continuación, Hume se pregunta ¿por qué tengo las expectativas que tengo acerca del mundo? y para responder esta pregunta Hume dará una respuesta negativa concerniente a toda la cuestión planteada con anterioridad: afirma que, incluso después de haber tenido la experiencia de la causa y el efecto, las conclusiones que tengamos a partir de dichas experiencias no están justificadas, pues aquí radica la relevancia que pondera la filosofía de hume, lo que se está planteando es que yo no puedo justificar mis creencias, pues no están tampoco justificadas mis expectativas. En este sentido, estamos influidos por el hábito, es decir que nuestro conocimiento esta determinado por la noción de causalidad, pues esto es así no por ninguna necesariedad universal ni por ningún hecho científico demostrable y verificable, sino que el principio de causalidad está basado en la noción de hábito, es decir, nosotros estamos simplemente habituados a que cuando hay nubes en el cielo, llueva, pero no implicaría ninguna contradicción que haya nubes en el cielo y no llueva, pues todos los razonamientos que hacemos a partir de la experiencia están basados en elprincipio de uniformidad de la naturaleza, que nos permite ampliar una experiencia determinada al futuro y a objetos semejantes en apariencia. Esto quiere decir que detrás de todas mis expectativas, detrás de todas las afirmaciones y mis razonamientos basados en la noción de causalidad, el supuesto que esta por debajo siempre es que yo espero que la naturaleza siga su curso, pero no implicaría contradicción alguna que la naturaleza cambie. Aquí se manifiesta su raíz escéptica respecto al conocimiento humano.

En la sección V, para dar respuestas a estas cuestiones escépticas se vale, justamente, de la filosofía escéptica, ya que afirmamos que todos los razonamientos que provienen de la experiencia no están justificados, puesto que existe un principio que nos permite adquirir una idea o un conocimiento a través de ella y es el hábito o la costumbre.

Este apartado tiene, a su vez, una segunda parte en la cual Hume direccionará toda su atención en primer lugar, en distinguir las nociones de creencia y de ficción. Pues la ficción es concebida por la mente mediante la imaginación, que posee capacidad ilimitada para mezclar ese primitivo caudal de ideas que suministra las percepciones externas. Así, se puede crear una sucesión de hechos con todos los caracteres de la realidad y atribuirlos a un tiempo y un lugar concretos, imaginarlos como reales y adornarlos con cualquier otra variedad de ideas acerca de las cuales yo tengocerteza. Y entonces, una vez situados en este punto, abre Hume la pregunta acerca de la cuestión que diferencia la ficción de una creencia: pues sabemos que la mente tiene autoridad sobre todas las ideas, de forma voluntaria podría unirlas con las ficciones y en consecuencia, creer en lo que quisiera. De esto deducimos que, la diferencia reside en algún sentimiento o sensación que van unidos a la creencia y que no dependen de nuestra voluntad; siempre que un objeto se hace presente a nuestra memoria o a alguno de nuestros sentidos, por fuerza del hábito inmediatamente nuestra imaginación lo une con otro objeto del que, por lo general, va acompañado. Por ejemplo, si veo en una fotografía un paisaje nevado, inmediatamente se remite a mi cabeza la idea de frío. Pues estas relaciones siempre van acompañadas por una sensación o un sentimiento que no poseen las divagaciones de la fantasía. En esto consiste la naturaleza de la creencia: la creencia es algo sentido por la mente, capaz de distinguir las ideas del juicio de las ficciones de la imaginación, Les concede un mayor peso y capacidad de influencia, y las convierte así en el principio regulador de nuestras acciones.

Hume continúa ofreciendo una descripción más acabada de esta sensación para establecer, más adelante, algunas analogías. Afirma que la creencia no es más que una imagen más vívida, mas intensa y más segura de un objeto que la que puede proporcionarnos la imaginación por sí sola, es un acto de la mente que hace que tengamos más presentes las cosas “reales” que las ficticias. Por otro lado, es imposible que la facultad de imaginar pueda establecer una creencia, más allá de su autonomía, pues parece evidente que la naturaleza de la creencia no radica en el orden o el origen de las ideas, sino en el modo de concebirlas y la impresión que producen en la mente.

Por otro lado, ya hemos observado que la naturaleza ha establecido conexiones entre ideas concretas, y hemos reducido tales principios, a saber: semejanza, contigüidad y causalidad. A partir de estas nociones, Hume se pregunta lo siguiente: ¿Ocurre en todas estas relaciones que, cuando uno de los objetos se hace presente a la memoria o a los sentidos, no sólo la mente es llevada a concebir su correlato, sino que se hace una idea más firme y más fuerte de él que la que hubiera alcanzado de otra manera? Esto es lo que puede ocurrir en el caso de la creencia, que es una consecuencia de la causalidad, y si lo mismo ocurre con las demás relaciones, es posible establecer unaley o principio general.

Para comprender mejor lo que acaba de explicarse, atinemos a los siguientes ejemplos: ante la presencia del retrato de un amigo ausente, nos hacemos una idea de él mediante la semejanza, y para que se produzca dicho efecto se precisa sí o sí de una relación, es decir de una semejanza entre el objeto sensible y mi idea. Lo mismo ocurre en los ritos de la religión católica romana, pues sus creyentes realizan posturas, acciones que vivifican su devoción y alientan su fervor; también realizan sus oraciones frente a objetos sensibles considerados sagrados, pues los objetos sensibles influyen en la fantasía más que nada y transmiten esa influencia a las ideas con las que están relacionados y con las que se asemejan.

Podemos proceder a considerar otro tipo de experiencia si atendemos a los efectos de la contigüidad: al pensar en cualquier objeto, la mente se ve inmediatamente transportada a lo que le es contiguo o próximo a él, y sólo la presencia real de un objeto la mueve con mayor vivacidad, por ejemplo, cuando estoy a unas pocas cuadras de casa todo lo que está relacionado con ella me afecta más directamente que cuando me encuentro a 200 leguas de allí, si bien, incluso a esa distancia pensar en cualquier cosa que tenga relación con mi casa me produce una idea de ella. Pero al igual que lo que sucede en el caso anterior, ambos objetos de la mente son ideas.

Prosiguiendo en la misma dirección, nadie pondría en duda que la causalidad ejerce la misma influencia que la semejanza y la contigüidad: supongamos que se nos presenta al hijo de un amigo que ha muerto, es evidente que dicho objeto -hijo- hará que revivase al instante la idea de nuestro amigo difunto, con tintes más vivos de los que se nos hubiesen presentado en cualquier otra circunstancia; he aquí otro fenómeno de la misma índole de los citados anteriormente. Obsérvese que, cada uno de estos fenómenos no se dan sino por la creencia en un objeto correlativo. La influencia que ejerce un retrato parte de que creemos que nuestro amigo existe o ha existido en algún momento. Por esto, Hume sostiene que la naturaleza de dichas creencias reside en la transición del pensamiento desde la causa hasta el efecto y no tiene su origen en la razón sino tanto en la experiencia como en la costumbre; puesto que inicialmente procede de un objeto presente a los sentidos, y esto mismo hace que nos resulte más fuerte y vívida que la mera imaginación, pues de este modo la idea aparece de forma inmediata, y transmite toda la fuerza de la representación que se deriva de la impresión presente a los sentidos. Nótese esto evocando lo siguiente: cuando una espada me apunta el pecho, me altera más vívidamente la idea de la herida que si estoy tomando un café y de repente me imagino una herida de espada. Pues la transición a la que lleva la presencia de un objeto proporciona le fuerza y solidez a la idea relacionada con él. Encontramos de esta manera, una especie de armonía pre-establecida entre el curso de la naturaleza y la sucesión de nuestras ideas, y aunque los poderes y las fuerzas que gobiernan esta armonía son desconocidos, llegamos a la conclusión de que nuestras ideas siguen la misma secuencia que las cosas de la naturaleza. Aquí, el hábito es el principio por el que se lleva a cabo tal correspondencia, tan necesaria para la supervivencia de la especie. Si la presencia de un objeto no hubiera avivado en nosotros la idea de otros a los que usualmente aparece unido (causa), todo nuestro saber se hubiera visto limitado a las estrechas paredes de la memoria y nuestros sentidos.

Pare cerrar, este interesante apartado, Hume realiza la siguiente comparación: de la misma manera en que la naturaleza nos ha enseñado a usar nuestros miembros, del mismo modo nos ha dotado de un instinto que dirige nuestro pensamiento, según el curso que le corresponda a los objetos externos, aunque ignoremos las fuerzas de las que depende tal sucesión.

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