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Hippies no soportaron vivir en el campo “Fue una pesadilla”

El paraíso hippie se volvió una pesadilla irreal

Me llamo John, y este es un mensaje para los jóvenes que quieren irse a vivir al campo

Hippies no soportaron vivir en el campo

Yo viví en Taylor Camp. Muchos lo conocen como el último paraíso verdaderamente hippie de los años 60, como una utopía frente al mar tropical.

Fui allí con 25 años, en la primavera de 1969. Éramos 13 amigos y estábamos hartos de la violencia policial en los campus universitarios, de los disturbios en Berkeley, de que encerraran a la gente en prisión acusándolos de ser sucios vagabundos.

Cada día nos hería la guerra de Vietnam, las políticas asesinas de nuestro propio país. Nos sentíamos abandonados, incomprendidos y atrapados: o cogíamos las armas o huíamos de allí. Así que lo dejamos todo, las casas de nuestros padres, sin decir nada, y nos fuimos a Kauai, en Hawai.

Por entonces, aún era una isla virgen sin turistas. Y parecía la solución a todos nuestros problemas.

Hippies no soportaron vivir en el campo

Tengo 71 años y hace mucho que volví a la ciudad. Mi deseo es sincerarme, quiero contar mi experiencia en Taylor Camp más allá de la nostalgia y las idealizaciones. Me gustraría que todos esos jóvenes urbanitas que ahora sueñan con irse al campo sepan lo que viví durante 8 años.

Que tengan en cuenta el aprendizaje de este viejo y lo tomen en consideración.

Sientes como tu cuerpo se desgasta

Como podéis imaginar, construimos nuestras casas en la playa, con bambú, restos de madera y materiales reciclados. No teníamos electricidad. Cultivábamos la tierra y pescábamos.

Todas nuestras necesidades básicas estaban cubiertas, pero el día que llegaba alguien con un paquete de comida como obsequio, estallábamos de emoción.

Algunos se convertían en esos vagabundos que negaban ser. Otros parecían olvidar la paz de espíritu con tal de asegurarse un trozo de pastel de carne.

Hippies no soportaron vivir en el campo

Cuando vives en contacto con la naturaleza, nutriéndote y cuidándote solamente a través de ella, tu cuerpo cambia. Adelgazas, te vuelves más ágil, te pones moreno. Durante un tiempo llegas a sentirte realmente bien.

Pero otras cosas también cambian, y empeoran a gran velocidad. Tu cabello se reseca, tus dientes se vuelven amarillos; la piel, siempre llena de tierra y sal, se vuelve un vestido cada vez más áspero y aparatoso. Sientes cómo te desgastas.

Llegué a soñar con almohadas, con un baño caliente, con sábanas blancas recién planchadas y difusores de nata

Nuestras cabañas eran idílicas para unos días pero poco confortables para 8 años. Pasábamos frío a veces. Todo se llenaba de óxido, los platos, los cubiertos, siempre había decenas de objetos esparcidos por el suelo.

Yo llegué a soñar con almohadas, con un baño caliente, con sábanas blancas recién planchadas y difusores de nata.

¿Acaso no era natural añorar eso? ¿Acaso Taylor Camp no fue un privilegio, un capricho de quienes ya han probado todo el confort que se puede tener?

Hippies no soportaron vivir en el campo Hippies no soportaron vivir en el campo

Dejamos atrás nuestras familias para encontrar otra peor.



En Taylor Camp había parejas formales, y sólo entre ellos jugaban al sexo libre de vez en cuando. Los demás nos alejamos tanto de nuestra sexualidad que parecíamos monjes budistas.

Es cierto que íbamos todo el día desnudos y que eso nos provocaba placer y una enorme sensación de libertad. Pero veía a las chicas como a hermanas. Su desnudez era natural y dejó de ser un motivo de atracción.

Veía a las chicas como hermanas. Su desnudez era natural y dejó de ser un motivo de atracción sexual

Eso, claro, era bueno, un cambio de mentalidad que nos hizo estar relajados y sentirnos muy bien juntos. Cuestros cuerpos, tal y como eran, convivían en armonía y respeto.

Sin embargo empecé a echar de menos el impulso sexual. Sentir el deseo hacia una mujer, y poder descubrir el cuerpo bajo la ropa. Acceder, despacio, a su intimidad.

Soné con peleas posesivas, con celos, con que toda es armonía se viera sepultada de emociones negativas.

Cuando vives en una comunidad modélica en una isla paradisíaca, hay un efecto llamada. Los surfistas y veteranos de la guerra de Vietnam totalmente traumatizados empezaron a llegar.

El campamento se convirtió en un pequeño caos. Muchos lo disfrutaban, yo empecé a amargarme.

Al principio todos buscábamos la expansión de nuestras conciencias, entrar en sintonía con el amor cósmico: “¡Vámonos de fiesta y tomemos ácido!”. Teníamos Marihuana y LSD.

Con el tiempo la marihuana y el LSD se convirtieron en una medicina necesaria para combatir el aburrimiento

Con el tiempo las drogas se convirtieron en una medicina necesaria para combatir el aburrimiento. Vivíamos en plena naturaleza pero no hacíamos nada más que buscar alimento, observar a los bebés que nacían, fabricar ungüentos para las picaduras de los mosquitos. Cada día las mismas caras, las mismas muecas de cansancio y las mismas miradas perdidas.

Era imposible tener una vida anónima. Sólo adentrándonos en la selva podíamos escondernos del grupo, de esa pequeña aldea en la que cada persona se pudría a su manera; solo entre matorrales junto al río, podíamos sentir el alivio de estar lejos de esa comunidad encerrada.

Empecé a añorar el anonimato en compañía que me ofrece la ciudad. La libertad de odiar a los demás.

Hippies no soportaron vivir en el campo

Taylor camp podrían haber sido las mejores vacaciones de mi vida, el año sabático más inspirador y salvaje, pero se convirtió en una pesadilla irreal.

Lo positivo es que no teníamos leyes, ni restricciones o normas; no teníamos que escuchar discursos políticos ni estar sometidos a la publicidad. No teníamos que pagar facturas y lo decidíamos todo de acuerdo a las “vibraciones” internas.

Pero nos equivocamos en lo más básico. Nuestro origen no era ese, no era nuestro estado natural. No pertenecíamos a comunidades aisladas del mundo, sabíamos lo que ocurría a nuestro alrededor e incluso al otro lado del Pacífico.

Nos equivocamos en lo más básico: nuestro habitat natural son las ciudades

No éramos un pueblo que viviera del campo, no éramos ermitaños, tampoco refugiados del cambio climático. Nos estábamos imponiendo algo natural y artificial al mismo tiempo.

Nuestro hábitat natural son las ciudades. Las cuevas privadas, las avenidas y estados multitudinarios, el anonimato y la intimidad, las corrientes eléctricas y de información. Esa tensión constante entre lo individual y lo colectivo, entre las madrigueras y las avalanchas. Entre la naturaleza y el asfalto.

Nuestra vida es dinámica, no estanca.

Si muchos pudimos soportar Taylor Camp, y llegamos a disfrutar muchos momentos antes de que el Estado nos echara, fue porque sabíamos que aquello iba a tener un final.

Hippies no soportaron vivir en el campo

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