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Gandhi era un racista que forzaba a mujeres a dormir con él

En agosto de 2012, justo antes del 65vo día de la Independencia de la India, Outlook India, una de las revistas impresas con mayor circulación en el país, publicó los resultados de una encuesta que había realizado a sus lectores. ¿Quién, después de “el Mahatma”, es el más grande personaje de la India? El Mahatma de esta pregunta era, por supuesto, Mohandas Karamchand Gandhi.

Gandhi era un racista que forzaba a mujeres a dormir con él

No hay nada sorprendente en el hecho de que Outlook haya aprobado esta suposición como verdad. Gandhi se ha convertido en un barómetro obvio para la grandeza de la India, si no es que para la grandeza en general. Después de todo, ¿a quién no le agrada Gandhi? Lo conocemos como un anciano frágil, noblemente desnutrido con un alma piadosa y moral. Él es un tipo que marcó el comienzo de una nueva resistencia no violenta en la India, un país al que ayudó a escapar de las limitaciones del dominio británico. Él lideró algunas huelgas de hambre hasta que un tiro de un nacionalista hindú lo mató y efectivamente lo convirtió en un mártir.

Mi abuelo materno estuvo en la cárcel con Gandhi en 1933, así que crecí sabiendo que este mito fue improvisado a partir de verdades a medias. Mi abuelo tomó las lecciones que había aprendido en la cárcel para comenzar un Ashram en las entrañas de Bengala Occidental. Como consecuencia de ello, mis padres me criaron con una comprensión íntima y profunda de Gandhi que se tambaleaba entre lo laudatorio y lo crítico. Mi familia lo adoraba, aunque en realidad nunca compramos la idea de que él solo orquestó el movimiento de independencia de la India. Esto sin hablar del fanatismo de Gandhi, del que no hablábamos en casa. En las décadas transcurridas desde su asesinato en 1948, la imagen de Gandhi se ha construido con tanto cuidado, limpiando todos sus sucios detalles, que es fácil olvidar que basaba su retórica en el desprecio hacia los negros, en la alergia a la sexualidad femenina y en la falta de voluntad general para ayudar a liberar a los parias o “intocables”.

Gandhi vivió en Sudáfrica durante más de dos décadas, de 1893 a 1914, trabajó como abogado y luchó por los derechos de los indios —sólo por los del pueblo hindú. Para él, como lo expresó con toda claridad, los sudafricanos negros apenas eran humanos. Se refirió a ellos usando el insulto despectivo sudafricano: kaffir. Lamentó que se les considerara a los indios como “poco mejor que los salvajes o los nativos de África”. En 1903, declaró que la “raza blanca en Sudáfrica debía ser la raza predominante”. Después de que lo enviaran a la cárcel en 1908, él se mofaba de que a los indios se les enviara con los presos negros y no con los blancos. Algunos activistas sudafricanos han sacado estas partes del pensamiento de Gandhi de nuevo a la luz, como lo hicieron dos académicos de Sudáfrica en un libro publicado el septiembre pasado, pero apenas han hecho mella en la conciencia cultural del continente americano.

Gandhi era un racista que forzaba a mujeres a dormir con él

Por esas mismas fechas, Gandhi empezó a cultivar la misoginia, que lo acompañaría por el resto de su vida. Durante sus años en Sudáfrica, una vez respondió al acoso sexual de un joven a dos seguidoras de Gandhi cortándoles por la fuerza el cabello para asegurarse de que no provocaran ningún deseo sexual. (Michael Connellan explicó cuidadosamente en The Guardian que Gandhi sentía que las mujeres perdían su humanidad en el momento en que los hombres las violaban.) Se guiaba bajo el supuesto de que los hombres no podían controlar sus impulsos depredadores básicos y al mismo tiempo afirmaba que las mujeres eran responsables de los mismos. Sus opiniones sobre la sexualidad femenina eran igualmente deplorables; según Rita Banerji, en su libro Sexo y Poder, Gandhi veía la menstruación como la “manifestación de la distorsión del alma de una mujer por su sexualidad”. Él también creía que el uso de anticonceptivos era signo de fornicación.

Se enfrentó a esta incapacidad para controlar la libido masculina cuando prometió celibato (sin discutirlo con su esposa) en la India, y usó a mujeres —incluyendo a niñas menores de edad, como a su sobrina y nieta— para poner a prueba su paciencia sexual. Él dormía desnudo junto a ellas en la cama sin tocarlas, asegurándose de no excitarse.

Es fácil olvidar que basaba su retórica en el desprecio hacia los negros, en una alergia a la sexualidad femenina y en la falta de voluntad general para ayudar a liberar a los parias o “intocables”.

Tal vez era Kasturba, la esposa de Gandhi, con quien éste se desquitaba. “Simplemente no puedo soportar mirar la cara de Ba”, dijo una vez Gandhi sobre ella, porque ella lo cuidaba mientras estaba enfermo. “Su expresión suele ser como la de una vaca mansa y le da a uno la sensación de que en su propia manera tonta está diciendo algo”. Por su puesto que un apologista afirmaría que las vacas son seres sagrados en el hinduismo, así que el que Gandhi comparara a su esposa con una vaca en realidad es un cumplido. O, tal vez, podríamos atribuírselo al mero fastidio marital. Pero cuando a Kasturba le dio neumonía, Gandhi le negó la penicilina, a pesar de que los médicos dijeron que la curaría; insistió en que el nuevo medicamento era una sustancia desconocida que su cuerpo no aceptaría. Ella sucumbió a la enfermedad y murió en 1944. Unos años más tarde, tal vez al darse cuenta del grave error que cometió, voluntariamente tomó quinina para tratar la malaria y sobrevivió.

Hay un impulso occidental por ver a Gandhi como el aniquilador de castas, una caracterización categóricamente falsa. Gandhi consideraba la emancipación de los parias como un objetivo insostenible, y sentía que no merecían tener un electorado independiente. Insistió, en cambio, en que los parias siguieran siendo complacientes, a la espera de un giro que la historia nunca les dio.

La historia, como Arundhati Roy escribió en su ensayo trascendental del año pasado The Doctor and the Saint (El doctor y el Santo), ha sido increíblemente condescendiente con Gandhi. Esto nos ha dado la libertad de restarle importancia a sus prejuicios y considerarlas como meras imperfecciones, pequeñas marcas en unas manos limpias. Los apologistas insistirán en que Gandhi era humano, por lo que tenía defectos. Tal vez transformen sus prejuicios en algo positivo, prueba de que era igual que nosotros, u algún otro tipo de deserción retórica: el sacar a la luz los prejuicios de Gandhi demuestra cómo los occidentales albergan una fascinación enferma con los problemas de la India, como si los escritores estuvieran obsesionados con inventar de la nada males sociales para el subcontinente.

Estos son los ejercicios mentales con los que nos involucramos cuando estamos ansiosos por mitificar. Los rasgos infames que Gandhi mostró persisten en la sociedad india —desprecio virulento hacia los negros, una indiferencia displicente hacia los cuerpos de las mujeres, una miopía prudente en torno al pésimo trato hacia los parias. No es una coincidencia que estas partes de la retórica de Gandhi hayan sido erradicadas de su legado.

Pero, ¿cómo se puede estar a la altura de un sobrenombre ridículo como “el personaje más grande de la India”? Esta es una carga colosal para cualquiera —ser nombrado la persona más importante de un país que es hogar de miles de millones de personas. El crear a un ídolo falso implica una gran cantidad de olvido. Es sencillo admirar a un hombre que en realidad no existe.

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